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Siglo XX > 1970-1979 > 1977

Mis memorias de la Revolución. Isidro Fabela. 7. Rumbo a Chihuahua.
Octubre de 1977.

 

 

 

RUMBO A CHIHUAHUA

SALÍ DE LA Ciudad de México cuando todavía la pacificación de la frontera norte del país no era efectiva, a pesar de las declaraciones oficiales. Mis propósitos eran los de llegar pronto a mi destino, pero una fiebre intensa y repentina me obligó a detenerme en Torreón durante veinticuatro horas.

Aquella oportunísima enfermedad me salvó la vida; porque el mismo tren que yo dejara en Torreón, y siguiera rumbo a Ciudad Juárez, fue asaltado por las fuerzas de Cheché Campos, en forma trágica. En el asalto, según versiones que entonces corrieron en México, yo había sido hecho prisionero sin saberse noticias de mi persona.

Al día siguiente, de matinada, todavía ardiendo en calentura, me embarqué nuevamente, pero el tren no caminó mucho. Un poco adelante de la estación Bermejillo, el convoy se detuvo. Los dos oficiales de la escolta, que charlaban conmigo, haciéndome grata compañía a la vera de mi camastro improvisado, se asomaron por las ventanillas del carro y sin decirme ni media palabra salieron violentamente a la plataforma. El jefe de ellos, después de gritar una orden urgente a sus soldados, descendió con presteza al terraplén.

Los hombres de la escolta, cada uno en su puesto, recargaban su máuser con el cañón fuera de las ventanillas, en actitud alerta. Los pasajeros de primera, que éramos no más de diez, quedamos en alarma expectante.

¿Tendríamos enemigo al frente, desarreglo de la locomotora, descompostura de la vía? Nada de eso. Algunos diligentes compañeros de viaje averiguaron la verdad en un fugaz ir y volver: el tren había detenido su marcha porque dos hombres a pie, parados entre los rieles, habían hecho señas reiteradas para que la máquina se detuviera. El maquinista detuvo el convoy para recoger a aquellos dos infelices que hallábanse en el más lamentable estado físico y moral.

El conductor y los dos oficiales subieron a nuestro carro a los maltrechos fugitivos -que eso eran- y les pidieron que nos contaran sus penalidades, las cuales resultaron en extremo trágicas. Pero antes de satisfacer la nerviosa curiosidad del pasaje nos pidieron agua y más agua, y luego, algo de comer. Venían exhaustos por el hambre, la sed y el terror; su aspecto infundía piedad. No se mostraban acobardados ni rendidos por el dolor; tampoco tenían trazas de mendigos sino de hombres de trabajo agobiados por la fatiga y la inanición. Repuestos un poco con una comidilla que les improvisamos al instante, nos explicaron lo sucedido.

Los tales malaventurados eran el garrotero y el pasa-leña del tren de pasajeros que abandoné en Torreón y que fue asaltado dos estaciones adelante de donde estábamos. Su relato fue pavoroso: todos los soldados de la escolta habían perecido peleando, con excepción de su Capitán, un bravo mozalbete que, mal herido y ya sin parque, fue hecho prisionero, maniatado y quemado vivo en el mismo vagón donde lo encontraron los asaltantes con una pierna rota de un balazo.

Los asesinos, después de amarrar al militar en su propio asiento, regaron de petróleo el carro y le prendieron fuego, quedando así carbonizado aquel heroico muchacho.

Los testigos supervivientes nos decían, con los ojos desorbitados y la voz tremante por el macabro suceso, que ellos pudieron salvarse gracias a la negrura de la noche mientras los asaltantes se afanaban en rematar a sus víctimas; pero que, al huir, temían ser balaceados porque las llamaradas de la estación y del tren incendiado iluminaban la ruta por donde escaparon.

Tres pasajeros habían muerto en el asalto, entre ellos una mujer; a los demás, con el maquinista, se los llevaron presos, no sin antes preguntarles si en el tren no iba un Diputado que tenían órdenes de "entrevistar".

Comprendiendo de quién se trataba, consideré prudente no identificarme con el pasaje, por lo que pudiera suceder más tarde.

La consternación nos había enmudecido a todos cuando la voz del conductor, con acento que era una mezcla de hombradía y designado cumplimiento del deber, nos dijo:

Pues veremos, señores, qué tal nos va a nosotros.

Aquellas palabras nos dejaron perplejos. Nuestros ojos tejieron en el aire una red de miradas, mientras en el espíritu de todos estaba pronta a estallar la rebelión. El conductor llegaba ya a la puerta, cuando un ranchero obeso y decidido, con certera oportunidad se atrevió a interpelarlo diciéndole lo que todos nosotros pensábamos.

¿Pero, es que vamos a seguir adelante?

Naturalmente, señores; yo no tengo órdenes en contrario. Y tomando resoluto el picaporte, abrió y cerró la puerta con violencia, y se fue.

Nuestra extrañeza se trocó de estupor en indignación. Todos protestábamos airados contra aquella temeraria estupidez.

Como importaba mucho conocerlo, pregunté a los oficiales de la escolta cuál era su parecer en aquel trance.

Mi opinión -contestó el Capitán- es que nosotros no debemos seguir y no seguiremos adelante. Y luego, decididamente apoyado por todos los viajantes, agregó enfático y erguido: ¡Pues no faltaba más!

Después de aquella resolución unánime se llamó al conductor para notificarle el deseo, por no decir la orden general de pasajeros y soldados, de retroceder y no avanzar. En esos mismos instantes el convoy se ponía en marcha. El hombre hizo intento de imponer su autoridad, alegando que, aunque nosotros teníamos razón, él estaba sujeto a su disciplina ferrocarrilera, que debía cumplir. Entonces yo, de acuerdo con el jefe de la escolta y los compañeros de viaje, le ofrecí que nosotros asumiríamos la responsabilidad de aquella situación de emergencia.

Los hombres que levantamos en el camino facilitaron la solución de aquel conflicto, agregando, a su reciente relación, estos informes complementarios:

Las dos estaciones que siguen, están quemadas. Hasta Jiménez no hay tropas del Gobierno. El telégrafo ha sido destruido y los orozquistas seguramente están adelante, esperándonos. Con una escolta de veinte hombres es imposible defender el paso del tren.

Siendo así -dijo el conductor- regresaremos a Bermejillo para informar al jefe de la División y pedir órdenes.

Y más soldados, dijo una voz.

Naturalmente, agregó el charro barrigón, muy ufano de su pertinente iniciativa.

Retrocedimos un buen trecho, hasta Bermejillo, donde había una fuerte columna federal. En esa estación, el Gral. Mercado, bien impuesto de lo sucedido y enteramente conforme con la conducta del Capitán de la escolta, aumentó los efectivos de ésta, proporcionándonos una góndola blindada. Por su parte el conductor recibió nuevas órdenes. Los ferrocarrileros salvados la vísperas se quedaron en aquel punto y nosotros seguimos rumbo a Chihuahua.

En la estación anterior a Bachimba el jefe del tren recibió instrucciones militares de pasar el cañón con mucha cautela, pues los rebeldes merodeaban por ese rumbo; encargándosele además que un grueso piquete de dragones siguiera el tren, a uno y otro lado de la vía. Los dragones iban al trote con el fusil listo al ataque, mientras la locomotora avanzaba lentamente hasta la boca de aquel angosto tajo, más que largo, alargado por nuestra febril impaciencia. Después, normalmente y a todo vapor, llegamos sin nuevos contratiempos a Chihuahua.

Cuando el señor Gobernador González, que me esperaba desde el día anterior, supo que había llegado al fin, pero enfermo, tuvo la gentileza de ir a saludarme a mi hotel. Fue en esas circunstancias como tuve el gusto de conocer al eminente revolucionario que fuera, poco después, mi estimado jefe y excelente amigo.

 

Fuente:

MIS MEMORIAS DE LA REVOLUCIÓN.
Editados por la Comisión de Investigaciones Históricas de la Revolución Mexicana bajo la dirección de JOSEFINA E. DE FABELA
Coordinador: ROBERTO RAMOS V. Investigadores: LUIS G. CEBALLOS, MIGUEL SALDAÑA, BALDOMERO SEGURA GARCÍA.
EDITORIAL JUS, S. A. MÉXICO, 1977. pp.28-32.