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Siglo XX > 1970-1979 > 1977

Mis memorias de la Revolución. Isidro Fabela. 72. El General Juan Carrasco.
Octubre de 1977.

 

 

 

EL GENERAL JUAN CARRASCO

ESTE ERA UN ranchero alto, nervudo y enjuto, de maneras demasiado sencillas que aconsonantaban con su modestia. Si no fuera porque inclinaba un poco la cabeza sobre el pecho, podía decirse que era un hombre propiamente esbelto.

Su rostro anguloso, de nariz aguileña, mirada alerta y leve sonrisa, denotaban en él simpatía ingénita y carácter enérgico.

El traje y sombrero charros completaban la figura de aquel patriota sinaloense de 34 años, y uno de los bravos adalides de la Revolución Mexicana.

Cuando el 30 de enero de 1914, en Culiacán, le pedí que me contara su vida revolucionaria, accedió con llaneza.

Era maderista entusiasta. No transigía con los caciques de su tierra que hacían odiosa la vida campirana. Los capataces de las haciendas y los jefes políticos llegaron a hacerse insoportables; y por eso, cuando Don Francisco I. Madero se lanzó a la Revolución contra la vieja tiranía porfirista, Juan Carrasco secundó el movimiento, levantándose en armas el sábado de Gloria de 1910.

Peleó en no pocos encuentros: en la Noria, en el Venadillo, en el Rosario, en la quebrada de El Limón y en Mazatlán, cuando "su primero, que era Jesús Tirado, mandó dar media vuelta".

"Entonces contaba con 150 hombres y toda la gente me quería como si fuera yo su jefe", me dice en su charla.

Al triunfo de la causa maderista, después de los absurdos tratados de Ciudad Juárez, como no tenía vocación de soldado, sino de ranchero que vivía de los productos de sus tierras, volvió a su casa a seguir siendo lo que había sido: agricultor.

Pero cuando su ex-jefe Jesús Tirado se levantó en armas contra el gobierno del señor Madero, lo primero que hizo fue mandar aprehender a su ex-segundo, el brioso Carrasco, "pero no me agarró" -añade Juan-, "por lo que sus guerrillas me siguieron persiguiendo."

"Mi lucha era difícil, porque tenía que pelear, al mismo tiempo, contra las fuerzas de Huerta, y con otros elementos de mala ley, que diciéndose zapatistas y orozquistas, no eran sino bandidos, porque nunca se vio que pelearan por una causa digna."

Después de los asesinatos de los señores Madero y Pino Suárez, Huerta que al poco tiempo supo cuáles eran los Gobernadores maderistas irreductibles, mandó aprehender al de Sinaloa, Don Felipe Riveros, a quien los esbirros del dipsómano en el Poder capturaron el 21 de marzo de 1913.

"Como todos conocían mi lealtad a Don Felipe -continúa el ranchero-, cuando supe de su aprehensión, traté de comunicarme con él, pero como no fue posible, me levanté con 50 hombres, que fueron los que pude armar. Amigos míos de Mazatlan me mandaron recados urgentes diciéndome que me iban a aprehender, por lo que, ya lista la gente, salí de mi rancho para tener dos combates, en La Bola y El Potrero, con el capitán Meza y Juan Cañedo a quienes les 'avancé' algunas armas.

Así comenzó mi lucha, ya con 95 hombres. Después de pelear en El Limón, me atacaron 500 soldados federales en El Venado, habiéndoles hecho 200 bajas en lucha encarnizada; y habiéndome cortado para mi casa donde le dicen La Loma, alcancé a 200 de los sobrevivientes de la columna que me atacó y todavía les maté como 60, quitándoles 80 caballos.

En aquella ocasión gané armas, parque y hombres con los que seguí para Concordia, donde me dejaron sitiado los enemigos, pero habiéndome escapado me volví contra ellos, destrozándolos.

Continué mi campaña en La Noria, donde combatí con los del 14 Batallón y unos cuantos rurales de Don Abraham Conde. Me fui para Modesto, donde me atacaron 320 federales haciéndome nuevamente de más elementos, pues les recogí 70 caballos y como 200 rifles.

Sin descansar seguí peleando en Siqueiros, Villa Unión, Badiraguato, Comederos, El Zopilote. En Bamoa, donde fue a atacarme el Capitán San Juan con el 'Batallón de la Muerte', lo hice pedazos, y me dejó en el campo 175 de sus soldados.

Más tarde me lancé, sin permiso, a atacar a los huertistas en Mocorito, donde combatí desde las 6 de la mañana hasta las 12 del día, para después seguir a El Cayón, atacando a las tropas de Chico Mendoza. Hice allí una retirada falsa; los dejé entrar y a poco di media vuelta y los ataqué con muchas ganas, haciéndoles 42 bajas, 'avanzándoles' 60 rifles 30-30 y 8,000 cartuchos que me sirvieron de mucho, pues ya para entonces tenía yo 600 leales a mis órdenes.

Como el enemigo no cesaba de perseguirnos por todas partes, nosotros teníamos que hacer lo mismo sorprendiéndolos. Por eso los ataqué en San Lorenzo, El Águila y otra vez en El Venadillo. Allí me parapeté, sabiendo que una columna federal que nos buscaba tenía que pasar forzosamente por ese punto donde me hice fuerte. Como lo pensaba, sucedió: eran como 350 pelones que se llevaron el gran susto, pues con muy buena fortuna y en tres cuartos de hora les hice 150 muertos.

Por entonces yo tenía mi campamento entre ese paraje del Venadillo y El Potrero y como los federales del General Rasgado lo supieron, destacaron en mi contra una columna de 700 hombres, a los que también derroté, dejando muertos en el campo a varios Capitanes, recogiéndoles buen número de espadas.

Después de aquel fracaso se esperaron 6 días para formar una nueva columna de 1,100 hombres que fue a cuidar la toma de agua de Siqueiros, de donde se desprendieron para venir a atacarnos. Yo no los esperé sino que salí a su encuentro, haciéndoles en un combate duro, como 200 bajas. Ante ese nuevo desastre se rehicieron y después de ocho días me atacaron 1,300 hombres, a los que les di un último golpe, quitándoles una cañón que tengo ahora en mi poder y la espada del General Aguirre. Esta acción tuvo lugar en El Potrero y duró de las 8 de la mañana hasta las 6 de la tarde en que se dispersaron.

Actualmente sigo en El Venadillo con 1,600 hombres, de los cuales tengo armados 1,300 con máuseres, 200 con 30-30 y 100 con 44.

Debo decir a usted, señor Licenciado, que todos mis soldados son voluntarios; muchos de ellos son mis parientes y la mayor parte de los demás han trabajado conmigo, por lo que nos tenemos cariño y confianza.

Verá usted cómo nos preparamos en la campaña. A mis servicios de avanzada les doy mucha importancia para evitar que nos sorprendan con albazos que son tan peligrosos. Por eso me fijo mucho en los muchachos que mando y adónde los envío, teniéndolos muy bien aleccionados.

Los grados de mi gente los doy en esta forma: dejo que los mismos soldados nombren a sus clases y jefes; y en las insubordinaciones soy muy exigente. Si un soldado mata a otro, autorizo a los demás para que ellos mismos lo fusilen, porque no quiero que haya ningún contrario entre ellos. El parque que tengo es el que le hemos quitado al enemigo en su mayor parte y un poco que nos han enviado. En la actualidad tengo dos cañones, uno quitado a los federales y el otro hecho por nosotros mismos. Como artillero tengo a un japonés que me ha salido bueno.

Debo decirle a usted que el Gobierno de Huerta, valiéndose de un intermediario, me propuso que me sometiera, dándome una gratificación para que organizara 100 hombres y pagándome 3 meses adelantados de haberes.

Entonces quise aprovecharme para realizar una maniobra con los huertistas. Les dije que sí, pero que no entraría a Mazatlán sino que en la estación Modesto podía recibir las armas y el dinero, siendo mi intención venirme con los elementos que me hubiera dado el gobierno espurio, para tomar a Culiacán, pero un individuo español llamado Luis Barrera me denunció, habiendo fracasado en mi intento.

Mis soldados muertos han sido treinta y siete, mientras nosotros hemos matado varios miles, y es porque ellos pelean por una mala causa, y nosotros luchamos por buenas ideas y con la mejor intención; por eso no me extraño ver que en el combate de Modesto les hicimos 152 muertos en tres cuarto de hora."

La personalidad modesta de Carrasco, pero de gran varonía, me hizo la mejor impresión: un patriota cabal, cuyas miras eran, según pude darme cuenta, las de un hombre sincero que no buscaba ningún beneficio privado, sino el triunfo de nuestra causa a la que se adhirió con la más absoluta buena fe y una conducta verdaderamente heroica, de la que dio pruebas en el curso de su vida revolucionaria.

 

Fuente:

MIS MEMORIAS DE LA REVOLUCIÓN.
Editados por la Comisión de Investigaciones Históricas de la Revolución Mexicana bajo la dirección de JOSEFINA E. DE FABELA
Coordinador: ROBERTO RAMOS V. Investigadores: LUIS G. CEBALLOS, MIGUEL SALDAÑA, BALDOMERO SEGURA GARCÍA.
EDITORIAL JUS, S. A. MÉXICO, 1977. pp.214-217.