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Siglo XX > 1970-1979 > 1977

Mis memorias de la Revolución. Isidro Fabela. 5. Diputado.
Octubre de 1977.

 

 

 

DIPUTADO

EL AÑO DE 1911, ocupando el cargo a que antes me he referido, además del de Consejero Técnico de la Penitenciaría del Distrito Federal, comenzaron mis andanzas políticas. A ellas lleváronme, más que mis previos y deliberados propósitos, las circunstancias del momento; ellas me indujeron a tomar una ruta en la que siempre me tuve por viandante pasajero, pero que en aquellos momentos de transformación social consideré obligatorio seguir.

¿Habría sido conveniente y patriótico que las gentes que habían luchado en el campo de las ideas, contra una larga dictadura de treinta y tantos años, se cruzaran de brazos sin ocuparse ni preocuparse para nada de la cosa pública? ¿Sería además explicable y justo que los intelectuales, partidarios del nuevo régimen, contemplaran sin interés lo que hiciera o dejara de hacer el Gobierno del señor Madero?

No, evidentemente. Los universitarios insurgentes que habían pugnado y ansiaban un cambio radical de instituciones, procedimientos y personal directivo de la República, deberían ser los primeros en presentarse a tomar participación en la nueva etapa nacional que transformaría profundamente la vida mexicana.

En tales condiciones se me ofreció, de parte de mis paisanos del Estado de México y del Club Liberal Constitucionalista, al que yo pertenecía, la candidatura para diputado al Congreso Federal por el Distrito de Ixtlahuaca. Acepté sin vacilaciones, considerando que más que un derecho tenía el deber perentorio de intervenir en la elaboración de las reformas institucionales de la República. Y como no iban a hacerse las elecciones a la usanza del Gobierno caído, esto es, por nombramiento directo y del Ejecutivo, sino por el pueblo, me lancé a la campaña del sufragio, con el ánimo de ganar realmente el voto de mis coterráneos.

Éramos cuatro candidatos: Don Antonio Pliego Pérez, rico hacendado, ligado con las rancias familias del porfiriato, dueño de extensos latifundios en nuestra entidad y amigo personal del señor Gobernador del Estado, Don Manuel Medina Garduño, importante industrial que se había propuesto sacar avante la candidatura de su protegido; Don Atilano San Román, un viejo hidalgo provinciano, varón integérrimo de austeras costumbres, acaudalado y tesonero trabajador de sus fincas agrícolas y monterías, apolítico por costumbre, pero obligado por un grupo de sus paisanos a aceptar una postulación de la que nunca se ocupó; el Lic. Eutimio Ibar, de Toluca, Profr. del Instituto Científico y Literario y Lic. postulante de nombradía y respetabilidad; y yo.

Los candidatos, con excepción del estimable señor San Román, trabajamos con denuedo recorriendo todos los municipios distritales, cada uno con su estado mayor de oradores y paladines políticos.

En Ixtlahuaca la justa democrática fue peliaguda, porque el potentado Don Antonio había llevado numerosas huestes integradas por los peones de sus haciendas, a los que encabezaban los mayordomos de la de Pastejé.

El Lic. Ibar era el capitán de un simpático y entusiasta grupo estudiantil de Toluca, con el que tuve que luchar en medio de una contienda tribunicia, cordial y caballeresca que nunca pasó las lindes de la decencia.

A mí me seguían, aparte de numerosos correligionarios que aumentaban momento a momento, un escuadrón de jóvenes estudiantes de la Escuela de Jurisprudencia de México; y dos amigos de fuste: un profesor de castellano, Don Enrique Peña, hablista y escritor de las más castizas formas, orador atildado, de voz tonante y erguido ademán, íntimo amigo y paisano de Salvador Díaz Mirón, y como el gran lírico, hombre quijotesco y de muy pocas pulgas, dispuesto siempre a la discusión y al desafío; y un mozalbete ixtlahuaquense, empleado del Correo, Ismael Díaz González -después General-, que se pintaba solo para conseguir adeptos diciendo cosas de su candidato que no está bien que yo las repita, dado lo elogiosas que eran.

Con estos valiosos y entusiastas partidarios y una veintena de paisanos, jinetes en caballerías bien precarias, tuvimos la audacia de presentarnos en la finca de Pastejé; es decir, en los mismísimos lares del más encumbrado y pujante de mis contrincantes.

Cerca del casco de la gran finca, y en una llanada plana y larga, a la sazón que nosotros llegábamos, una muchedumbre copiosa de rancheros estaba presenciando unas carreras de caballos.

Mi popularidad en este sitio era tan evidente que ninguno de aquellos charros se dignó, no digamos saludarnos, ni siquiera mirarnos a la cara, sino de soslayo, con un gesto notoriamente hostil.

Con mi audacia ingenua de entonces, traté de dirigirles la palabra con el mayor comedimiento, pero al advertir que no sólo no me hacían el menor aprecio, sino que comenzaban ya a impacientarse, a formar grupitos provocadores y a lanzar uno que otro "fuera", "fuera de aquí", di juiciosas instrucciones a mis amigos de retirarnos, considerándonos ya, plena y definitivamente derrotados en las propiedades extensas del amo de aquella heredad, Don Antonio Pliego Pérez.

Pero mi noble amigo Peña, no aceptando el desaire y engolando su airada voz estentórea, les gritó a aquellas nuestras enemigas gentes:

Son ustedes peores que los judíos, porque los judíos condenaron a Cristo después de escucharlo, y ustedes no quieren oír al señor Lic. Fabela.

Los "fuera de aquí", "lárguense", menudearon, iniciándose al propio tiempo los vivas más cálidos para el poderoso patrón.

Comprendiendo que era el momento de la retirada rápida, volvimos grupas, y no con todos los honores, sino escoltados por silbidos, de ésos de arriero que lastiman los tímpanos.

Retrocedimos, al principio lentamente, por dignidad; y después al galope, por prudencia, hasta llegar a nuestro cuartel general de Ixtlahuaca donde éramos dueños y señores del campo con su nutrido gentío que nos recibió con vítores, aplausos y recriminaciones amistosas por habernos ido a meter "entre las patas de los caballos".

En las calles de la cabecera distrital hizo crisis la contienda. Invité a mi contrincante para que habláramos, uno frente al otro, en la plaza pública. Don Antonio no aceptó el reto, y entonces quise perorar, y aunque levantaba mi enardecida voz, nadie podía escucharme porque las murgas de Pliego Pérez hacían un ruido ensordecedor, dirigidas mañosamente por los secuaces de mi rival.

Los espíritus agitados de ambos bandos comenzaron a extravertirse en ademanes furiosos, gritos destemplados y frases coléricas que estaban poniendo en peligro la, hasta esos momentos, tranquila contienda cívica.

Insistí en hablar, empinado sobre la piedra de una esquina, pero fue imposible porque los escandalosos tamborazos de las bandas de mi contrincante opacaban mi acento más y más iracundo. Y entonces, bajando de la berroqueña tribuna y seguido de un público que aumentaba por instantes, incité al propio Don Antonio y a su hijo mayor, Toño -ahora mi querido amigo-, increpándolos por su conducta y pidiéndoles que me escucharan; lo que no conseguí, porque los aludidos, considerándose perdidosos abandonaron la partida, quedando yo así, dueño y señor de la plaza pública y del alma del pueblo de Ixtlahuaca que resueltamente se puso de mi lado.

Después de aquella justa, realmente democrática, fui electo Diputado Federal para formar parte de la interesante "cámara maderista", única, quizá, desde 1857 hasta entonces, elegida no sólo con libertad sino con verdaderos anhelos democráticos.

En esa época, que pudiéramos llamar de romanticismo político, las boletas no se substraían fraudulentamente, las casillas electorales no eran asaltadas pistola en mano o garrote en ristre, y las juntas computadoras no esgrimían argumentos o improperios ni acababan a tiros.

Cuando mis correligionarios del "Bloque Liberal Renovador" supieron mi triunfo electoral, me designaron para que formara parte de la Comisión Revisora de Credenciales en compañía del brillante orador yucateco Serapio Rendón, del "divino" Jesús Urueta, el atildado ateniense de nuestro parlamento, y del lapidario Bordes Mangel.

Pero no llegué a desempeñar el proyectado encargo, porque antes de inaugurarse la XXVI Legislatura salí de la Capital, comisionado por el señor Presidente Madero para colaborar con el Gobernador de Chihuahua, Don Abraham González, con el carácter de Oficial Mayor de su Gobierno. A la Cámara no entré sino hasta 1913, después del asesinato de aquel apóstol y mártir, en los albores de la sangrienta tiranía huertista, por los motivos que expondré en seguida.

 

Fuente:

MIS MEMORIAS DE LA REVOLUCIÓN.
Editados por la Comisión de Investigaciones Históricas de la Revolución Mexicana bajo la dirección de JOSEFINA E. DE FABELA
Coordinador: ROBERTO RAMOS V. Investigadores: LUIS G. CEBALLOS, MIGUEL SALDAÑA, BALDOMERO SEGURA GARCÍA.
EDITORIAL JUS, S. A. MÉXICO, 1977. pp.23-26.