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Siglo XX > 1970-1979 > 1977

Mis memorias de la Revolución. Isidro Fabela. 43. Juan Sánchez Ascona.
Octubre de 1977.

 

 

 

JUAN SÁNCHEZ AZCONA

JUAN SÁNCHEZ AZCONA, Secretario de Gobierno, desde mi arribo fue como un hermano; vivíamos juntos en el mismo cuarto que nos ofreciera Don Pepe. En cuanto a los actos oficiales me dejó tanta libertad de acción, que llegué a tener en las manos el despacho de negocios de la administración estatal.

El Gobernador y su Secretario General se pasaban la mayor parte del día hablando de política y de políticos que consideraban enemigos de su régimen, por lo que pocas horas le quedaban libres a Juan para ocuparse de los asuntos del secretariado a su cargo, pues Maytorena lo quería siempre cerca de sí. Era su confidente, consejero áulico y amigo invariable e indispensable.

Sánchez Azcona ocupó situaciones privilegiadas dentro de la Revolución mexicana. Desde luego como Secretario Particular del Presidente Madero de quien fuera amigo de suma confianza. Se habían conocido en París donde estudiaron juntos.

Juan era hombre de inteligencia muy fina y sagaz; educación esmerada y trato sugestivo. Hijo de un Ministro Plenipotenciario de Don Porfirio Díaz, se educó en Europa, adquiriendo buenas formas del caballero que vive en la más alta sociedad desde los años mozos.

Hablaba el alemán a la perfección, lengua que aprendió en Berlín siendo muy joven, cuando su padre era Ministro de México en Alemania. El francés lo conocía bastante, por haber hecho estudios en París, siendo allí camarada estudiantil de Francisco I. Madero.

Sánchez Azcona era además brillante periodista. Como tal dirigió con valor civil y acierto, México Nuevo, periódico revolucionario que sustentó con gallardía las flamantes ideas del movimiento del apóstol y mártir Madero.

No era él precisamente lo que se llama un orador, porque no tenía la voz adecuada para serlo, ni tampoco el gesto que el pueblo reclama de los tribunos, sobre todo en épocas turbulentas de transformación social; pero cuando venía al caso decía las cosas en forma nítida que impresionaban por sus ideas de fondo y su acento incisivo, a veces irónico, pero no lacerante sino amable, que en él era característico. A todas estas relevantes cualidades intelectuales, Sánchez Azcona agregaba la honradez inmaculada de hombre público y un patriotismo eminente que normó siempre sus actos de escritor, revolucionario, estadista y diplomático. De él guardo el mejor de los recuerdos, porque en momentos cruciales para la vida nacional tuvimos el mismo culto, el de la patria y un sentimiento sagrado, el de la amistad.

Por desgracia, y ya en el tramonto de su vida, el sino nos alejó irremediablemente: él se separó del Presidente Carranza y yo seguí a mi jefe siéndole leal, como lo soy ahora a su memoria. Estando como Ministro Diplomático en Alemania, él tomó el partido de Pablo González cuando este Gral. se rebeló contra su antiguo jefe y amigo Don Venustiano, que le había otorgado su más absoluta confianza. Sánchez Azcona adhirióse a la candidatura presidencial de Don Pablo quien volvió sus armas de soldado contra el jefe del Ejército, tornándose así en el autor principal de la derrota y muerte del señor Carranza, porque si el General infidente, González, hubiese permanecido fiel estoy convencido que el Presidente Carranza sí habría podido pasar fácilmente al Estado de Veracruz venciendo de seguro al faccioso Guadalupe Sánchez.

Finalmente, de manera irónica aconteció lo que nunca previeron Pablo González ni su Ministro de Relaciones, Sánchez Azcona, que el otro rebelde, Álvaro Obregón, con facilidad extraordinaria venció a González, a quien despreciaba, apoderándose de la Primera Magistratura, y enviando a su contrincante al exilio. Sánchez Azcona, más tarde, siguió idéntica suerte.

 

Fuente:

MIS MEMORIAS DE LA REVOLUCIÓN.
Editados por la Comisión de Investigaciones Históricas de la Revolución Mexicana bajo la dirección de JOSEFINA E. DE FABELA
Coordinador: ROBERTO RAMOS V. Investigadores: LUIS G. CEBALLOS, MIGUEL SALDAÑA, BALDOMERO SEGURA GARCÍA.
EDITORIAL JUS, S. A. MÉXICO, 1977. pp.135-136.