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Siglo XX > 1970-1979 > 1977

Mis memorias de la Revolución. Isidro Fabela. 41. El Gobernador de Sonora me ofrece la Oficialía Mayor de su Gobierno.
Octubre de 1977.

 

 

 

EL GOBERNADOR DE SONORA ME OFRECE
LA OFICIALÍA MAYOR DE SU GOBIERNO

EN UNA DE LAS idas y venidas que realicé de Piedras Negras a la hacienda de "Hermanas", tuve el agrado de saludar al Capitán Aarón Sáenz, estudiante de leyes que, habiendo dejado la ciudad de México, se incorporó a las fuerzas del General Álvaro Obregón, en Sonora.

El Capitán Sáenz me manifestó:

Vengo de ver al Primer Jefe, señor Carranza, con una comisión del General Obregón, y regreso a Hermosillo para dar cuenta del resultado de mi entrevista. Si se le ofrece a usted algo para Hermosillo, estoy dispuesto a servirlo con el mayor gusto.

Sí, Capitán, le dije; tenga la bondad de expresarle a mi buen amigo Juan Sánchez Azcona, Secretario de Gobierno de aquel Estado, que aquí estoy incorporado a las fuerzas del General Pablo González; pero que como todavía no me dan de alta en el Cuerpo de Ejército del Noreste, por falta de arma y caballo, sírvase usted decirle a dicho compañero que si en algo puedo serle útil en Sonora, con mucho agrado me pondré a sus órdenes.

Con mucho gusto, Lic., cumpliré su encargo.

Y en seguida partió cruzando el Río Bravo para dirigirse a Hermosillo en el ferrocarril norteamericano hasta Nogales.

Buen viaje, Capitán, reciba mis agradecimientos anticipados.

A los tres días recibí un mensaje de mi dilecto amigo Sánchez Azcona, el que decía textualmente:

"El señor Gobernador Maytorena ofrece a usted la Oficialía Mayor del Gobierno de Sonora. Dígame si acepta para girarle fondos inmediatamente."

Munido de tal telegrama y con la venia y facilidades que me prestó Don Jesús Carranza, que encontrábase en esos momentos en su cuartel general de Piedras Negras, partí para el campamento de Don Pablo con objeto de presentarle el mensaje que había recibido y me diera instrucciones al respecto, puesto que estaba bajo sus órdenes.

Don Pablo, después de leerlo, calmadamente, como siempre lo hacía, me contestó:

Usted, señor Lic., ya ha sido Oficial Mayor de Don Abraham González, en Chihuahua; en consecuencia, considero que será usted más útil como estadista en Hermosillo, que como soldado en la campaña que vamos a emprender, pues con nosotros no sería sino un número más de mis soldados. En esa virtud le aconsejo que parta usted para Sonora.

Saldré desde luego para aquella entidad, mi Gral.

Le di un abrazo a Don Pablo, deseándole éxitos militares en su dura misión y encaminé mis pasos rumbo a Sonora.

En la estación de Hermosillo, me esperaba mi ex-compañero de la Preparatoria, Adolfo de la Huerta, con quien me ligaban lazos amistosos y los mismos ideales revolucionarios.

Adolfo no tenía otro objeto al recibirme que el de explicarme cuál era la situación política en aquella provincia, situación que él consideraba molesta, si no enojosa, por las relaciones tirantes que existían entre el Gobernador del Estado y las fuerzas militares comandadas por el Gral. Obregón, pues aunque era cierto que hasta entonces el jefe nato de dicho ejército era el Gobernador Maytorena, a quien daba parte diariamente Álvaro Obregón, la verdad -me dijo Adolfo- es que nosotros -refiriéndose a los obregonistas civiles y militares- no estuvimos ni estamos de acuerdo en que sea el gobernante de la Entidad Don Pepe Maytorena, porque en momentos difíciles, pretextando un mal del estómago, pidió licencia para separarse de su cargo y se fue a Tucson, Arizona. En su lugar nombramos los Diputados de la Legislatura Local al Gral. Ignacio Pesqueira, que nos merecía absoluta confianza.

"Tú comprendes que el propio Don Pepe ha causado con esto una escisión política en nuestro grupo, pues su conducta no armonizó con los deberes que todos los mexicanos tenemos de enfrentarnos al tirano y magnicida Huerta y procurar su derrumbe. Tal parece, agregó, que Maytorena se fue precisamente para esperar cuál sería el fin de la Revolución, no queriendo, por lo tanto, permanecer en territorio nacional mientras no viera claro el porvenir político de nuestro movimiento. Como tú comprenderás, su regreso a nuestro Estado, cuando ya el ejército sonorense había tenido los resonantes triunfos de Santa María y Santa Rosa, previéndose el auge de la Revolución en toda la República, nos causó pésima impresión, que perdura aún, pues mientras nuestras fuerzas iban de victoria en victoria, él se curaba (?) en Tucson, Arizona. Esta es la situación política, agregó, con la que te vas a encontrar en Sonora."

Entonces le pregunté a De la Huerta:

Yo quisiera, Adolfo, que me dijeses, si ustedes, los señores Diputados locales, estuvieron de acuerdo en que el Gobernador Maytorena se ausentara de su puesto concediéndole la licencia que solicitaba.

Sí, me contestó.

¿Por qué entonces, conocedores de que Maytorena no cumplía con su deber patriótico, le concedieron tal permiso que no se justificaba? ¿Por qué en circunstancias tan críticas para la patria no lo sustituyeron definitivamente? Según creo saber, volvió a Hermosillo porque el Primer Jefe Carranza le recomendó al propio Maytorena regresara a su puesto y ustedes acataron esa recomendación; pero eso fue mucho después y no cuando solicitó la licencia Maytorena, la cual habrían podido negarle por los motivos de emergencia que atravesaba esta provincia y el país, pues no era, ni justo ni varonil abandonar las funciones políticas, administrativas y militares de Sonora, cuando más se requería la urgente atención revolucionaria de su Gobernador.

Es cierto, me contestó Adolfo, no procedimos como debíamos haberlo hecho; pero francamente consideramos que Don Pepe no regresaría, y por eso nombramos a Don Nacho Pesqueira en su lugar, estimándolo a la altura de las circunstancias requeridas. A lo cual le expuse:

Consiguientemente, si yo he aceptado la Oficialía Mayor que se me ofrece, no tengo otro deber que estar al lado del Gobernador. Por supuesto, que lo haré mientras llega el Primer Jefe, a cuyas órdenes me pondré inmediatamente, pues yo no vine a servir a una sola entidad sino a toda la República, y como ya está reconocido como Encargado del Poder Ejecutivo de la Revolución Don Venustiano, apenas arribe haré lo que él me mande. Debo agregarte, Adolfo, que estando en Coahuila, busqué al Gobernador Carranza, precisamente cuando dejaba Monclova para dirigirse a Durango, Sinaloa y Sonora, no teniendo entonces la suerte de entrevistarlo, por lo que, una vez que el Gral. González me dio su venia para que aceptara la Oficialía Mayor del gobierno sonorense, partí rumbo a esta capital donde me pondré a la disposición del Gobernador Maytorena y del Secretario General del Gobierno, Juan Sánchez Azcona.

Naturalmente que los informes y pareceres de mi amigo De la Huerta, no sólo me causaron sorpresa sino profundo disgusto, pues a los pocos días corroboré aquellos hechos que presagiaban un malestar político en el Estado, que traería graves consecuencias para la Revolución, como sucedió.

Mi estancia en Hermosillo fue gratísima, no sólo por el carácter gentil y abierto de los sonorenses, sino por el ambiente cordial que reinó inmediatamente después de la llegada de Don Venustiano Carranza.

Don Pepe Maytorena me recibió con los brazos abiertos, lo mismo que mi jefe directo Sánchez Azcona, con quien estreché vínculos de una camaradería cordial.

Uno de los personajes hermosillenses con quien intimé al conocerlo, fue Carlos Randall, que parecióme un Quijote provinciano, enjuto de carnes y recio de carácter, el amigo más íntimo del Gobernador Maytorena, aun en los momentos en que desvió sus caminos políticos apartándose del Primer Jefe Carranza para seguir la vía torcida de la rebelión que le trazó el Gral. Villa, cuando éste se sublevó contra la autoridad del Ejecutivo reconocida por todos los Constitucionalistas. Entonces se recrudeció, como veremos mas adelante, una guerra civil, nueva, que habría de causar a México trágicas conmociones que culminaron en la derrota definitiva de la División del Norte y de su audaz jefe, el antiguo abigeo Doroteo Arango (Francisco Villa), que transformado en guerrillero habilísimo, vencedor en varias batallas, influyera en la victoria de la Revolución Constitucionalista.

Influyera -recalco- y no determinara, porque si esas victorias, como las admirables de Torreón, Ciudad Juárez, Tierra Blanca y Zacatecas, dieron empuje considerable a nuestra gesta libertaria, no fueron las determinantes, sino las del General Obregón, primero en Santa María y Santa Rosa y después las de Orendain y Guadalajara, así como las de Pablo González en Monterrey, Tampico y el Ébano, que abrieron a Don Venustiano las puertas del centro de la República para que entrara triunfante a la capital federal.

Fue entonces cuando nos sorprendió con su rebelión la División del Norte, comandada por Villa y Ángeles, hecho que vino a interrumpir el avance de la Revolución Social debido a que el Ejército Constitucionalista tuvo que afrontar el choque con los nuevos infidentes, encuentro en que salieran triunfantes las fuerzas constitucionalistas después de librar las grandes batallas de Celaya, León, Trinidad y Aguascalientes, y luego las de Sonora ganadas de modo heroico por el Ejército de Operaciones creado por Don Venustiano y puesto a las órdenes de Álvaro Obregón, con el que colaboraron para alcanzar los mejores triunfos los Generales Francisco Murguía, Benjamín Hill, Manuel M. Diéguez, Cesáreo Castro, Fortunato Maycotte, Miguel M. Acosta, etc.

 

Fuente:

MIS MEMORIAS DE LA REVOLUCIÓN.
Editados por la Comisión de Investigaciones Históricas de la Revolución Mexicana bajo la dirección de JOSEFINA E. DE FABELA
Coordinador: ROBERTO RAMOS V. Investigadores: LUIS G. CEBALLOS, MIGUEL SALDAÑA, BALDOMERO SEGURA GARCÍA.
EDITORIAL JUS, S. A. MÉXICO, 1977. pp.130-134.