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Siglo XX > 1970-1979 > 1977

Mis memorias de la Revolución. Isidro Fabela. 40. El Gral. Pablo González.
Octubre de 1977.

 

 

 

EL GRAL. PABLO GONZÁLEZ

ME HE PROPUESTO en estas memorias esbozar breves siluetas de los hombres más destacados que conocí personalmente durante la lucha. Diré cómo recuerdo al jefe revolucionario que gozaba, en aquella época inicial de nuestra guerra civil, de la más absoluta confianza del Primer Jefe. Quizás pudiera afirmar que como ningún otro de sus Generales.

Don Pablo González era ni alto ni muy bajo, de anchas espaldas, cargado de hombros, tez morena, bigote muy espeso y recortado hasta el borde de los labios, cejas hirsutas, oscuras y harto pobladas. Usaba espejuelos ahumados que medio velaban los ojos, negros y grandes. De andar lento, pausado, voz opaca, un tanto ronca.

Parco al hablar: las palabras necesarias y nada más. Sus voces de mando eran lacónicas y terminantes. Me pareció paciente al escuchar y discreto en sus maneras que no denotaban ni orgullo ni altivez, sino al contrario, una personalidad modesta y serena que no trataba de llamar la atención con su alto cargo.

El Gral. González fue un personaje desde que recibió el mando del Cuerpo de Ejército del Noreste, siendo meses más tarde uno de los tres primeros Divisionarios de la Revolución, con Álvaro Obregón y Francisco Villa.

Terminada mi primera entrevista con Don Pablo me puse en manos del Coronel Villarreal para que se sirviera presentarme con quienes fueran por tiempo largo sus compañeros de campaña.

Entonces conocí a mis luego queridos amigos: El Coronel Pablo de la Garza, Francisco Urquizo, Alfredo Ricaut, Manuel W. González, Ricardo González, Federico Silva, Poncho Vázquez, Alberto Salinas Carranza, José Santos, Rafael Saldaña Galvan, apodado "Maderito" por su notable parecido con el Presidente victimado, y el Dr. Suárez Gamboa.

Varias veces retorné al Cuartel General, para ver si el jefe González me incorporaba a su columna, pero siempre contestaba lo mismo:

Nos escasean caballos, monturas y armas, pero tenga usted paciencia que pronto estará entre nosotros.

El campamento de Hermanas, era de lo más pintoresco; sobre todo avanzada la tarde, cuando ya se habían repartido los servicios nocturnos. Aquella gente joven vivía alegremente, desbordando sin tasa su ingenio y buen humor. Se cantaba todos los días, se hacían corridos llenos de gracia y veneno contra Victoriano Huerta, ensalzándose las figuras de Carranza y de Don Pablo, y zahiriendo a los "pelones" a más y mejor.

Recuerdo en parte este corrido popular que se llamaba "La Carrera de Victoriano Huerta":

Seguí mi camino

tomando aguardiente,

cuando en poco tiempo

me ascienden a teniente.


Seguí mi campaña

tomando cogñac,

cuando al poco tiempo

ya soy capitán.


Seguí mi carrera

tomando sotol

subiendo prontito

a ser un mayor.


Y seguí bebiendo,

bebiendo mezcal,

cuando al fin de cuentas

me ascienden a general.


La concurrencia, sentada en el suelo, hacía coro a los cantadores, que eran "el pelón Santos" y Ricardo González, a quien "la palomilla" de Don Pablo llamaba "La Ricarda"; todos a pleno pulmón, acompañando la música sencilla de sus cantos con las risotadas sonorosas y las interjecciones más crudas contra los enemigos de enfrente, porque en esa época marcial la inurbanidad era típica en aquella gente moza que no guardaba más formas que las del valor y el heroísmo. Esto pasaba cuando las tropas federales al mando del Coronel Joaquín Maass, sobrino, como dije antes, de Victoriano Huerta, podían avanzar de Monclova en cualquier momento, sobre las endebles fuerzas revolucionarias.

Esa era la verdad; Huerta había mandado a Coahuila una potente columna de las tres armas, al mando del más querido de sus milites, que tenía fama de ser un técnico experimentado, muy influyente cerca de su tío. En cambio, las gentes de Don Pablo sólo tenían fe en su triunfo, sin importarles la muerte.

Recuerdo que al decidir el General en jefe, Don Pablo, el avance a Monclova, el Capitán Urquizo me suplicó que arengara a los soldados para enardecer su espíritu combativo, ya que muy presto se hallarían en las líneas de fuego.

Urquizo formó a sus muchachos en el gran patio de la Hacienda, y cuando estaban alineados y en actitud alerta, les dije palabras conmovidas que salían de mis labios con ardoroso fuego y confianza en la victoria, terminando por darles cita al siguiente día, en Monclova, después de la derrota del enemigo.

La realidad fue otra, por desgracia. La enorme diferencia de poderío entre los combatientes, dio por resultado, no sólo la retirada de nuestras fuerzas, en Hermanas, sino también en Aura, Rodríguez y Barroterán.

Sin embargo, si el Cuerpo de Ejército del Noroeste, fue de fracaso en fracaso, la campaña de Coahuila reveló ante la historia de la Revolución, que había hombres en ese ejército del pueblo, de positivos relieves heroicos. Baste mencionar además de los ya dichos a Francisco Murguía, Cesáreo Castro, Jesús Agustín Castro, Jesús Dávila Sánchez, Pilar Sánchez, Ernesto Santoscoy, Carlos Saucedo, Francisco Coss, Sánchez Herrera, Alfredo Ricaut, Antonio Villarreal, Lucio Blanco, el Diputado y General Vicente Dávila, Francisco Múgica, Emilio Elizondo, Maclovio Herrera, el artillero técnico Bouchet, Ildefonso Vázquez, Carlos Prieto, Díaz Couder, Elpidio Barrera, Bruno Gloria, Vicente González, Benecio López, Porfirio González, Roque González Garza, Alberto Palacios, Carlos y Gregorio Osuna, Jesús Valdez Leal, Benjamín Garza, Juan y Lucio Dávila, Felipe Menchaca, el Ing. Ezequiel Pérez, los hermanos Aponte, Manuel Cárdenas, el Profr. David Berlanga, Manuel Prieto, y otros tantos, muchos de ellos muertos en campaña.

En Piedras Negras encontré fácil acomodo al lado de amigos míos desde México, que habían llegado a la Revolución antes que yo, como Alfredo Álvarez, Carlos Esquerro, Nicolás Cámara Vales y su hermano Alfredo; León Aillaud y su hijo Augusto; el Dr. Luis Unda, encargado del hospital de sangre; Manuel Prieto; Arreola, etc...

A invitación cariñosa de Alfredo Alvarez, ex-intendente del Palacio Nacional, jefe de la Oficina del Timbre, y compañero mío en el Grupo Renovador de la Cámara de Diputados, me instalé en la casona que sirviera al propio tiempo de despacho y mesón, donde vivían todos aquellos correligionarios unidos en el mismo ensueño de redención nacional.

Cada uno tenía su catre de campaña, una sábana y una silla. Ese era nuestro ajuar individual, en aquel mísero albergue que fue para todos hogar, refugio, oratorio íntimo y sala de sesiones en la que se exponían las ideas emancipadoras que no podían quedar dormidas en los almarios pletóricos de inquietudes. Todos comíamos en la misma casa de huéspedes, bastante humilde por cierto.

Los que no tenían comisión específica que cumplir, buscaban algo qué hacer, pues todos habían ido a servir a la noble causa. Algunos lograron comisiones de Don Jesús Carranza, que era el segundo de Don Pablo, otros en el Cuartel General de Piedras Negras al mando del Mayor Calzada, y los más seguían en espera de instrucciones del Primer Jefe, que nunca llegaron.

 

Fuente:

MIS MEMORIAS DE LA REVOLUCIÓN.
Editados por la Comisión de Investigaciones Históricas de la Revolución Mexicana bajo la dirección de JOSEFINA E. DE FABELA
Coordinador: ROBERTO RAMOS V. Investigadores: LUIS G. CEBALLOS, MIGUEL SALDAÑA, BALDOMERO SEGURA GARCÍA.
EDITORIAL JUS, S. A. MÉXICO, 1977. pp.126-130.