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Siglo XX > 1970-1979 > 1977

Mis memorias de la Revolución. Isidro Fabela. 36. Don Jesús Carranza.
Octubre de 1977.

 

 

 

DON JESÚS CARRANZA

DON JESÚS CARRANZA, hermano menor de Don Venustiano, se afilió a la insurrección desde el primer momento, quedando comisionado por el Primer Jefe en el puerto fronterizo de Piedras Negras para atender al abastecimiento del Ejército del Noreste, que crecía momento a momento. El Gral. se parecía mucho a su hermano mayor, pero no era tan corpulento, ni en su carácter tan severo e imponente como Don Venustiano. Además, Don Jesús tenía menos luenga barba y mucho mas aventajado el vientre.

En el carácter se diferenciaban los dos hermanos en gran manera. El Primer Jefe ostentaba una gravedad y parsimonia invariables; Don Jesús era de acogedora entrada, amable y campechano, hasta donde los límites de su jerarquía, edad y respetabilidad le permitían. Los dos queríanse entrañablemente, guardando, eso sí, en su correspondencia y trato oficial, las distancias debidas.

Don Jesús Carranza era un bueno de solemnidad y demasiado generoso para los demás. Cualidad ésta a la que tal vez debió su trágica muerte, porque el espíritu benevolente debe tener sus límites cuando se es hombre de mando; Don Jesús no parecía tener muy medidos los extremos de su generosidad para gentes que no conocía bien. Basta recordar este hecho, adelantándome un poco a los acontecimientos:

En septiembre de 1914, cuando llegamos triunfantes a la ciudad de México, Don Jesús Carranza, en persona, se presentó en la Secretaría de Relaciones Exteriores que era a mi cargo, para decirme:

"He querido verlo yo mismo, Lic., para recomendarle a un hermano de mi buen amigo y compañero de armas, el Gral. Alfonso Santibáñez, para ver si es posible que lo nombre usted Cónsul en algún lugar de Europa."

A lo cual le manifesté mi aquiescencia, nombrándolo desde luego Cónsul General en Génova, que en esos momentos estaba vacante, agregándole que yo le daría cuenta al Primer Jefe, su hermano, del nombramiento que había expedido, según los deseos de Don Jesús, lo que hice al día siguiente, habiendo aprobado mi proceder Don Venustiano.

Después de los hechos relatados, se me presentó en la Secretaría de Relaciones Arturo Santibáñez, manifestándome su gran reconocimiento y pidiéndome órdenes respecto a su partida y además, con el fin, que era su principal objeto, de invitarme a comer en su casa-habitación en compañía, naturalmente, de su noble amigo el Gral. Don Jesús Carranza, a quien su hermano le debía muchos favores.

Acepté la invitación presentándome a la casa donde vivía el ya Cónsul Arturo Santibáñez, casa que no era de él, sino incautada por los revolucionarios que como un botín de guerra se apropiaban de las mansiones que les venía en gana.

Dicho Santibáñez no escogió un gran edificio, sino una pequeña residencia muy bien puesta, en la que se sirvió el banquete que nos ofrecieron a Don Jesús y a mí.

El ágape fue espléndido realmente, quedando todos complacidos de nuestro anfitrión que nos parecía un hombre correcto, de cierta distinción que demostraba decencia y muy buenas maneras.

Cuento esta anécdota porque estaba muy lejos de pensar Don Jesús Carranza que el mismo hombre que le mereció tanta confianza y afecto, el Gral. Alfonso Santibañez, después lo traicionaría y mataría.

Como esta tragedia fue sensacional en toda la República y causó al señor Carranza uno de los dolores más íntimos de su vida, considero interesante para los lectores relatar cómo se llevó a cabo la felonía que acabó con la vida de aquel hombre bueno, patriota y honestísimo que fue el hermano de Don Venustiano Carranza.

He aquí el relato que hace el profesor Alfonso Herrera de cómo fue la aprehensión de Don Jesús Carranza y su Estado Mayor:

"Llegamos a Salina Cruz el día 29 de diciembre (cumpleaños de Don Venustiano) de 1914, en el 'Guerrero' al mando del General Rafael Vargas, a las 10 fondeamos, ordenando el General Carranza apagar las calderas y limpiar el casco del vapor, pues debíamos regresar a Sinaloa, llevando algún contingente de tropas del Istmo. En la trompa de una máquina se dirigió el General Don Jesús Carranza, con el Coronel Caballero y conmigo al telégrafo pidiendo una conferencia con su hermano. Tardamos como dos horas esperando en el telégrafo, hasta que vino el Primer Jefe y hablaron, indicándosele a Don Jesús que se fuese a Veracruz. Regresamos al pullman 'Tlaxcala' y comenzamos a trabajar, encontrando que Santibáñez se llevó de Salina Cruz, un carro de parque y armas que eran para el General Maclovio Herrera.

Hallamos algunos sueltos impresos en que Santibáñez y Rivera Cabrera se atacaban. El General Carranza le dijo al Coronel Orozco que se quedara en Salina Cruz para ir con nosotros el 30 en la noche, pero no quiso y salió él y sus compañeros. Este Coronel vino desde Sinaloa con nosotros y si se hubiese quedado, hubiera sido fusilado. Todo el 29 y 30 estuvimos muy ocupados en despachar mucha correspondencia y arreglar algunas dificultades locales. Salimos a Salina Cruz el día 30 de diciembre de 1914 a las siete de la noche con vía libre. Ya habíamos salido cuando se detuvo el tren para recoger al Coronel Pedro López Morales que trajimos enfermo de paludismo de Acapulco; subió con mucho trabajo al tren y partimos. Debo advertir que llevábamos 35 hombres de escolta que eran soldados que nos habían acompañado desde el Norte, al mando del Capitán Ruperto Castilla; escolta que nos acompañó a Sinaloa y en Salina Cruz se incorporaron 50 hombres juchitecos.

El maquinista tenía orden de no detenerse hasta tener la orden superior. Al llegar a San Jerónimo, el tren se detuvo bruscamente frente al Cuartel General. Al pararse el tren y con extrañeza preguntó el general: '¿Qué pasa?'. En esos momentos entró violentamente el Coronel Mario Palacios y le dijo: 'Señor, la escolta está botando las armas y Salinas dirige la maniobra'. Qué... (BANDIDO). Con toda serenidad el jefe le dijo: 'Dígale al General Santibáñez que venga luego'. Después de unos momentos regresó Salinas y le dijo: 'Dice el General Santibáñez que lo espera a usted en el Cuartel', y salimos todos caminando, primero Don Jesús, luego Caballero y los oficiales y los últimos Leonardo Vidaurri y yo.

Al llegar a los altos del Cuartel General fueron entrando uno por uno, ordenando con altanería el Oficial Hernán Carrera que fuesen todos presos y desarmados.

Mientras esto pasaba allí, en el furgón de escolta luchaba cuerpo a cuerpo nuestra escolta de norteños con los juchitecos que habían traicionado. Presos permanecimos en dos grupos. Don Jesús, Abelardo Carranza, Ignacio Peraldi y yo, en el Departamento de arriba y los demás abajo en el común de presos.

El 31 hubo un general movimiento preparando armas y parque. Nosotros permanecimos con centinela de vista escuchando órdenes como ésta, dadas por Eusebio León y Santibáñez: 'Traigan todos los carros pullman de Rincón Antonio, que no quede uno solo'. 'No dejen salir a ningún soldado y que el batallón de juchitecos esté listo para marchar a Salina Cruz.' 'Llamen al Capitán Castilla; que esté pendiente de la escolta.' 'El Doctor Puig ya debe de estar aquí. No se vaya a ir, lo necesito mucho. Si no se arreglan conmigo, mañana día primero inauguraremos el año con el Consejo Sumario. Cuando lleven al General al telégrafo, que vaya mi hermano Antonio; sabe telegrafía. No quiten las avanzadas de las entradas.'

Nos llevaron al telégrafo a Don Jesús y a mí con una escolta y se pidió conferencia con el General Agustín Castro a San Cristóbal, Chiapas; no estaba y se puso el primer telegrama al jefe con el nombre de Don Jesús, diciendo que no enviasen tropas, pues él no estaba preso.

El día primero leyó cerca de nuestra prisión Santibáñez un telegrama de Salina Cruz, que le envió el General Sánchez; en que decía que sabía que tenía preso al General Jesús Carranza y que acaba de llegar de Mazatlán con 4,000 hombres, que si no daba libertad a los prisioneros, marcharía sobre San Jerónimo. Esto nos alentó, pero ya libre, supe que lo puso el General Rafael Vargas librando al 'Guerrero' y a todos de caer en manos de Santibáñez, causando ese telegrama un gran temor al traidor de Santibáñez. Convencido Santibáñez de la firmeza del Primer Jefe, el que dijo en un telegrama poco más o menos: 'Hace días manifesté que sería irreconciliable con el enemigo y, no pactaré con un traidor'. Santibáñez, borracho, lanzó injurias al Jefe y dijo que sabría castigarlo.

A las 8 de la noche del primero de enero fuimos llevados al telégrafo y el mismo Santibáñez firmó el telegrama, en donde decía al Jefe que soltaría a sus prisioneros, dándosele una suma para el y los suyos y libre paso por Salina Cruz; que contestara pronto, porque si esa noche no se le daba lo que pedía, todos los prisioneros serían fusilados.

Como a las once de la noche se reunieron al otro lado de nuestra prisión (en un cuarto que nos dividía por un cancel de madera; todo oímos). Santibáñez, el Doctor Monterrubio, Ortega, Jefe del Estado Mayor de Santibáñez, Ingeniero Maqueo Castellanos, Eusebio León y un Capitán que dijo era de Sonora. Todos gritaban lanzando imprecaciones. No entendíamos la causa, hasta que Eusebio León dijo: 'Señores, todo está terminado, pues Carranza contestó al último telegrama del General Santibáñez, dirigiéndoselo a su hermano, nuestro prisionero, y le dice que no contestará ni un solo telegrama, que se despide de él y de sus valientes compañeros'.

Indignados, todos pedían la muerte de nosotros y en el llamado Consejo de Guerra se aprobó la muerte. Era la 1.45 minutos de la mañana del día 2 de enero, Santibáñez ebrio de vino y de cólera, mandó incendiar los pullmans que estaban a pocos metros de nuestra prisión y Cuartel General y desde el balcón arengó a los soldados y dijo: 'Capitán Castilla, a fusilar'. Sacaron a los compañeros que estaban abajo presos y los llevaron a la 'pompa' y los fusilaron. A las dos de la mañana entró un Oficial trayendo un kepis de mi amigo y jefe Manuel Caballero y le quitó las tres estrellas de oro, diciendo: 'Este hombre murió como los hombres; después de regalar unas monedas americanas, descubriéndose el pecho dijo: «¡Aquí, viva el Constitucionalismo!»'.

Era una madrugada de horror; los trenes ardiendo, Santibáñez, borracho; los soldados en confusión y el fusilamiento de nuestros amados compañeros. Los cuatro fuimos sacados por un Capitán Benigno Toledo. Nadie hablaba porque todos sentíamos la hora final, como la de nuestros compañeros. Permanecimos dos horas parados en la puerta del Cuartel y se nos volvió a meter, teniendo los centinelas. Fue momento de agonía. El día 2 de enero a las tres de la tarde nos sacó el Capitán Benigno Toledo y 15 hombres al cementerio, allí permanecimos tres horas, sufriendo la tardanza de la muerte. Un oficial llegó a carrera abierta y dijo al Capitán Toledo: 'Llévenselos a Chihuitán' y emprendimos a pie la marcha. Casi a la llegada de la noche llegamos, íbamos amarrados con los brazos hacia atrás, nos colocaron frente a la casa que parecía de alguna autoridad, que bondadosamente nos dio una taza de caldo.

Como a las nueve de la noche llegaron muchos soldados y se notaba gran nerviosidad en ellos. Todos continuamos caminando y pasamos por unos cañaverales de la finca Santa Cruz. No detuvimos la marcha hasta las cuatro de la mañana que nos internamos en el bosque y todos descansamos. Los soldados que llevaban las sogas de nuestra prisión no durmieron y estuvieron conversando que habían vencido nuestras tropas en Chivela por los cañones que tenían y que Santibáñez tuvo que huir; que los venían persiguiendo. Por la conversación supimos que el General Diéguez había entrado esa noche a San Jerónimo. Cuando amaneció, Eusebio León llenó de injurias a Don Jesús, el que se quitó el águila y la guardó. Caminamos día y noche por caminos ignorados para nosotros. Hicimos alto en la sierra y permanecimos algunos días. Nosotros los prisioneros y quince hombres más, estábamos en un jacal destechado, sin dejarnos solos; supimos que el General Domínguez había entrado a San Jerónimo el 3 y sus soldados el día 2 en la noche.

El Coronel Francisco Castellanos, Jefe del Estado Mayor, ordenó se fuese a ver cómo estaban los cadáveres de los fusilados: los hallaron casi a flor de tierra y el Teniente Urbina tenía despedazada la cabeza y mutilación de varias partes del cuerpo. El Coronel Caballero estaba sin ropa. La madrugada del día 5 se presentó a nuestro jacal Santibáñez y le dijo a Don Jesús: 'Le voy a leer lo que me dice un General Domínguez' y leyó: 'Puede enviar su representante y podemos señalar, de acuerdo, el lugar para hablar'. Nombre usted quién va por ustedes y yo nombraré a un Oficial mío. Con suma dificultad en un pedazo de papel escribí lo que me dictó Don Jesús, que en síntesis, decía: 'Va el Capitán Ignacio Peraldí para que en mi representación arregle nuestra libertad de acuerdo con lo que usted trate con el representante del General Santibáñez'. Y firmaron Don Jesús y Santibáñez.

Al entregar la comunicación le dijo Santibáñez: 'Prefiero que vaya el Profesor Herrera por ser mi Secretario, si a usted le parece'. 'No hay inconveniente, puede ir cualquiera.' Eran las 6 de la mañana del día 5 y me sacaron del jacal el Oficial de Santibáñez, el Teniente Hermenegildo Rodríguez. Se ordenó que me vendasen los ojos y me quitasen la venda en un lugar llamado Los Cocos, yendo con nosotros diez hombres de a caballo. Después de caminar como dos horas, por la sensibilidad del rostro comprendí que habíamos salido a campo libre. Al salir a este lugar, uno de los soldados gritó a mi compañero Teniente Hermenegildo Rodríguez: 'Los carrancistas están en La Oyaga'. Continuamos la marcha y estimo que serían las diez cuando me quitaron la venda. A todo correr seguimos rumbo a San Jerónimo, adonde llegamos a las cuatro de la tarde, entregando al General Domínguez la comunicación, contestando que la entrevista entre el General Domínguez y Santibáñez sería en Chihuitán, más otras condiciones... Se nos dio algo de comer y salimos inmediatamente a la caída del día rumbo a donde habíamos venido..." (1)

"...El día 2 de enero fue tomada la plaza de San Jerónimo -dice el General Juan Barragán- huyendo Santibañez sin presentar combate, con ciento cincuenta hombres rumbo al pueblo de Chihuitán, en la sierra de Oaxaca, llevando consigo al prisionero, a un hijo y a un sobrino de Don Jesús, el Subteniente Abelardo Carranza y el Teniente Ignacio Peraldí, respectivamente, ambos jóvenes de dieciocho años de edad...

... La persecución de Santibáñez fue activísima, internándose el fugitivo en la abrupta serranía oaxaqueña. El 2 de febrero se tuvo la primera noticia en Veracruz de los asesinos de Don Jesús, de su hijo y de su sobrino, por informes telegráficos del Gobernador de Oaxaca, José Inés Dávila y del Profesor Alfonso Herrera. Este caballero fungía como Secretario particular del General Carranza, logrando, inesperadamente, salvar su vida, y habiéndolo comisionado el Primer Jefe para investigar la suerte que hubieran corrido los cautivos, el señor Herrera se internó en la sierra hasta el distrito Villa Alta, donde se le informó que en ranchería de Xambau, entre Juquila y Tepantlale, en plena sierra, habían sido asesinados por el propio Santibáñez, a las tres de la tarde del día 11 de enero, el General Jesús Carranza, su hijo y su sobrino. Los cuerpos que recogió el señor Herrera, en el mismo lugar del crimen, permanecieron insepultos por varios días, siendo devorados en su mayor parte, por animales y aves de rapiña, debido a lo cual su identificación se hizo difícil; esto se logró por las estaturas y los objetos encontrados junto a los despojos..." (2)

Rescatado el cuerpo putrefacto de Don Jesús, lo llevaron al puerto de Veracruz, donde Don Venustiano recibió sus restos. La oración fúnebre en el sepelio la pronunció el brillante escritor y poeta Don Alfonso Cravioto en los siguientes términos:

Señor Carranza, Señores:

La vida del hombre bueno, cuyos restos mortales venimos hoy a despedir se desarrolla con la simplicidad augusta de los varones de Plutarco, y se destaca en el marco de llamas de la Revolución, con la serena grandiosidad de un templo griego. Este esforzado General que llevaba en las venas sangre patricia, sabiendo que el ser hijo de padres gloriosos no es tanto mérito para serlo cuanto obligación para procurarla, logró hacer de su vida un ejemplo y de su muerte un esplendor.

Siguiendo los momentos sucesivos de tan noble existencia, consagrada toda al amor de la familia y de la patria, parece que resucitásemos el vivir venerable de un Senador romano. El mejor ditirambo de este hombre, que se hizo agricultor cuando la Nación requería trabajo, y que se convirtió en soldado cuando la Patria necesitaba sacrificios, puede caber en este elogio sencillo que muy pocos alcanzan merecer: Fue todo un ciudadano.

Recuerdo una frase ilustre que recogí de sus labios en ocasión memorable: Era en Tlanepantla, en vísperas de la entrada a México del jefe de la Revolución. Habíamos revistado con avidez campamentos y soldados confirmando plenamente aquella famosa leyenda de 'Los muchachos de Don Venustiano'. Era verdad, las falanges revolucionarias eran legiones de jóvenes; en todos palpitaba el ímpetu y el ardor de la savia nueva; el jefe Supremo podía decir como Pericles: El año nos ha dado toda su Primavera; y la Revolución contaba con un aliado formidable: el porvenir. Como yo manifesté esto a Don Jesús Carranza, contestóme así: mi orgullo mayor es haber puesto mi vida de viejo al servicio de los anhelos patrióticos de la juventud. Decir modesto en el que está acuñado el perfil de esa vida esplendorosa.

Esta época de efervescencia y torbellino, voraz de esfuerzo y ávida de acción, exige el impetuoso bullir del hombre nuevo. Todas las juventudes son revolucionarias, porque todas las juventudes tienen la impaciencia del porvenir. Luchar, cuando sentimos en el alma los aletazos bravos de las sugestiones juveniles, y cada respirar es un impulso, y cada palpitar es como un Ímpetu; luchar cuando la vida nos embriaga y nos parece inagotable, cuando la fe se exalta, con la ilusión en primavera, meritorio es en verdad; pero llevar ya en la cabeza 'el polvo del camino de la vida', llevar ya en las espaldas el cadáver de nuestro poeta muerto, y armonizar el pensamiento maduro con el pensamiento impaciente de los que llegaron en el último barco, realizar el milagro de Fausto con las ideas en marcha, decir con el vidente: la renovación o la muerte; ser viejo para la vida y permanecer joven para el ideal, y ofrecerle el sacrificio con igual ardor pero con más conciencia, con igual impulso pero con mayor convicción, virtud es sólo de los hombres fuertes, patrimonio es sólo de los varones egregios que, como Don Jesús Carranza ennoblecen con sus canas el cúlmen de una causa, como ennoblecen las nieves la cima de un volcán.

Y allí está: despojo lamentable de muchas esperanzas truncas, resto doloroso de glorias que ya no se cumplirán, víctima de traición sin nombre, mártir de un austero deber; pero la tumba es para él como un pórtico de triunfo. 'Un bello morir honra toda una vida.' En su ataúd prematuro navegará a través de las eternidades, proclamando a los siglos lo excelso de su ideal y la grandeza de su raza, lado a lado con el Cristo de extrahumanos prodigios, porque si grande es el redentor que alcanza el cielo sucumbiendo por este ideal divino que es el amor, gigantesco es el héroe que penetra en la historia sacrificándose por este anhelo celeste que es la libertad.

¡Oh, la majestad de esa muerte que tiene la irradiación de las tragedias formidables y el esplendor de los sacrificios inauditos! Si el muerto pudiese hablar, si rompiendo el silencio del sepulcro se irguiera ante nosotros para decir palabras definitivas de sincera verdad, él mismo glorificaría su sacrificio que ha sido el de su hermano, su sacrificio que asombrará al porvenir poniendo sello de eternidad a ésta en la perspectiva de edades y de tiempos, México siente por los Carranza igual orgullo venerable que Roma tiene por los Graco! ¡Porque yo no sé, señores, qué será más grande; porque yo no sé, señores, qué será más glorioso, si inmolar la propia vida en los altares de la Patria, o sacrificar conscientemente, en cumplimiento de un fiero deber para que el pueblo se salve, al compañero fiel de toda una existencia de luchas, al que siendo hermano por la sangre, lo era también por el corazón y por el ideal, sufriendo así dos suplicios, torturándose así con dos martirios, soportando así dos muertes!

Por eso la tumba que hoy se abre resplandecerá como un símbolo; iluminará como una enseñanza. Estas fosas, son cual surcos: en ellas depositaremos esos despojos consagrados, como fecundas semillas de glorias venideras. Aquí aprenderá nuestro pueblo, que es necesario elaborar con sangre y con dolor el triunfo de un ideal, que es preciso sacrificarlo todo al bienestar colectivo, emulando a los Carranza; a estos inmortales Carranza que han hecho verdad, para nuestro México, que la salud de la Patria es la suprema ley.

El Ejército Constitucionalista y la legión revolucionaria de civiles, en cuyo nombre tengo el honor de hablar, depositan como ofrenda ante estos sepulcros sus respetos para los muertos y su adhesión para el vivo, protestando una vez más esforzarse por ser dignos de jefes tan ilustres, en la defensa de las libertades patrias y en la conquista del bienestar de nuestro pueblo." (3)

Existe una fotografía en el edificio de Faros, que demuestra el dolor inmenso retratado en el gesto del señor Carranza; tenía cruzadas las manos enfrente, como haciendo varias cruces, en forma dramática, con inmensa amargura. Después de aquello, se encerró en sus habitaciones y no salió hasta después de ocho días; es de suponerse que fue presa del más acerbo dolor, por ser su hermano de los seres más queridos de la familia, no sólo por su bondad, sino porque desde su niñez pasaron juntos la vida con sus penas y alegrías.

Cuando las fuerzas mandadas en persecución de Santibañez recuperaron los despojos de Don Jesús, encontráron varios miles de pesos en oro, que el profesor Herrera, su Secretario particular, regresó al señor Carranza creyendo que ese dinero era del propio Don Jesús. Cuál no sería la sorpresa del profesor, cuando al entregarle la bolsa, dijo el señor Carranza estas palabras históricas: "Ese dinero no me pertenece; mi hermano debía pagar con él las tropas a su mando; en consecuencia, deposítelo en la Tesorería del Ejército Constitucionalista, porque forma parte del tesoro nacional y está destinado al pago de nuestras fuerzas". Cuando ya se marchaba el señor Herrera, le dijo: "un momento Profesor, quisiera conservar una moneda como recuerdo". El depositante de aquella suma le entregó un "hidalgo" y ya se iba, cuando habló el Primer Jefe: "Dígame usted, señor, cómo está el cambio de oro y plata". Informado, sacó de su cartera la cantidad correspondiente a los diez pesos en billetes constitucionalistas de circulación forzosa. No quiso conservar ni un solo centavo de lo rescatado, considerando que era dinero de la nación.

 

(1)   GRAL. JUAN BARRAGÁN, Historia del Ejército Constitucionalista, pp. 193 a 198. Talleres de la Editorial Stylo, México, 1946.

(2)   GRAL. JUAN BARRAGÁN, Historia del Ejército Constitucionalista, pp. 191 y 192. Talleres de la Editorial Stylo, México, 1946.

(3)   El Demócrata, Diario Constitucionalista, publicado en Veracruz, Ver., t. I, núm. 115, 13 de febrero de 1915.

 

Fuente:

MIS MEMORIAS DE LA REVOLUCIÓN.
Editados por la Comisión de Investigaciones Históricas de la Revolución Mexicana bajo la dirección de JOSEFINA E. DE FABELA
Coordinador: ROBERTO RAMOS V. Investigadores: LUIS G. CEBALLOS, MIGUEL SALDAÑA, BALDOMERO SEGURA GARCÍA.
EDITORIAL JUS, S. A. MÉXICO, 1977. pp.105-115.