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Siglo XX > 1970-1979 > 1977

Mis memorias de la Revolución. Isidro Fabela. 34. La ciudad imperial.
Octubre de 1977.

 

 

 

LA CIUDAD IMPERIAL

NUEVA YORK me pareció esplendente de vitalidad y energía; su fuerza creadora y su poderío económico habían crecido en forma asombrosa en los trece años transcurridos desde que la visité por primera vez.

Cuando terminé la Preparatoria, mi buen padre me concedió la merced de enviarme a los Estados Unidos, con el muy loable fin de que tuviera una visión aproximada de lo que era el mundo fuera de la patria. No fui solo, sino con una de las compañías más placenteras que pudiera tener: la de mi condiscípulo y camarada fraternal, Guillermo Obregón; un ser dotado de inteligencia vivaz y simpatía congénita desbordante, que alegrando su propia vida, desparramaba gracia y dicha contagiosa en los demás.

Aquel año de nuestros dieciocho de edad, permanece indeleble en mis recuerdos, como pasaje de novela inocente en que dos muchachos despidiéndose de sus años mozos entraban a la vida con ansias de hallazgos de toda especie que les enseñaran lo que es el maravilloso milagro de la existencia.

De nuestra fugaz estancia en Nueva York, en aquel año de 1900, recuerdo una escena que me impresionó en demasía. Vivíamos en un boarding house de la Calle 23, cuya dueña, Mrs. Summers, quiso gentilmente darnos una agradable sorpresa que resultó contraproducente.

A la hora del lunch, nuestra amable patrona nos acompañó al comedor para presentarnos con sus demás comensales, y dirigiéndose a un determinado grupo de ellos, "latinos", les dijo:

Aquí tienen ustedes a mis nuevos huéspedes; y, a nosotros, con marcada ufanía, nos remarcó:

Los felicito porque no pueden tener en esta casa mejores compañeros que estos compatriotas suyos.

¡Qué bueno!, expresé francamente complacido. ¿Conque ustedes son mexicanos?

No, señor, me contestó uno de ellos secamente, somos yucatecos.

Si hago reminiscencia de este hecho que no era insólito en aquellos tiempos, es para constatar con cálido beneplácito, lo que va de ayer a hoy. Después que la Revolución, intercambiando a todos los mexicanos por los mil rumbos de la Rosa de los Vientos, se operó un efecto notorio de estrechamiento; mutuo interés y cordialidad entre el resto de la República y el pueblo yucateco, uno de los más valiosos de la nación mexicana. Ese pueblo que se enorgullece con justicia de contar en su seno a los dignos descendientes de la refinada civilización maya, se incorporó muy pronto a la vida general del país, incrementando así, de manera sensible, el valor intrínseco de nuestra nacionalidad.

Pero tornemos a mi segundo viaje. En la urbe inmensa tenía un inmejorable amigo, uno de estos hombres que por sus eminentes valimientos intelectuales y éticos, hacen honor al tiempo en que vivieron y a la patria a que pertenecen. Me refiero a Juan F. Urquidi, quien hiciera sus estudios de Ing. en el Instituto Tecnológico de Boston, el muy prestigiado "Boston Tech.", como lo llaman los norteamericanos.

La naturaleza dotó a Juan de una inteligencia nítida y vigorosa que lucía valiéndose de su extensa cultura literaria castellana e inglesa, de las que era profundo conocedor. Hablaba el inglés a la perfección, y como era poeta, pudo ser lo que fue: un magnífico traductor de Shakespeare. Pero sobre todos sus estimables méritos tenía para mí el de ser un hermano sin parentesco, con quien me unieron para siempre varios amores que cultivamos, separados o juntos toda nuestra vida: el de la patria primero que todos; el de las letras y el de la amistad, de la que hicimos entrambos un culto sagrado.

Acudí a Juan F. Urquidi primero que a nadie. Vivía con la familia de su hermano Francisco, Ing. como él, educado en París, hombre de refinado espíritu y gran inteligencia.

Le pedí me llevara a la oficina de los señores Madero para saber si tenía contestación del señor Carranza. Fuimos. Pregunté. Ni una letra del Primer Jefe; pero como notara que las señas que le di a Don Venustiano estaban equivocadas, dirigíle un mensaje a Piedras Negras haciendo la rectificación correspondiente, quedando con la esperanza de una respuesta.

Pasaron días y días sin ninguna nueva.

Comencé a preocuparme pensando que Don Venustiano no deseaba utilizar mis servicios.

Supe entonces que otro estimado compañero mío, el Lic. Federico González Garza, quien fue Secretario Particular del señor Madero, Subsecretario de Gobernación y el último Gobernador del Distrito Federal del régimen maderista, estaba en Nueva York.

En compañía de Urquidi fui a ver a Federico, quien me acogió con sus bondadosos brazos siempre abiertos a la cordialidad, y en unos instantes decidimos vivir juntos en un cuarto muy modesto que encontramos, no sin dificultades, porque todos nos parecían muy caros.

La señora de la casa nos daría solamente el desayuno, las comidas las haríamos fuera.

A todo esto, mi provisión de fondos mermaba en forma alarmante. Yo estaba decidido a marcharme de inmediato a nuestra frontera norte, en busca de Carranza, pero ya no tenía el dinero suficiente para hacer el largo viaje hasta Eagle-Pass.

Fue entonces cuando acudí a la "National Surey Company". Yo había sido nombrado abogado de esa empresa en México, por recomendación de mi excelente amigo, el señor Lic. Don Salvador M. Cancino, en cuyo importante bufete trabajé como colaborador desde que recibí mi título de abogado.

El señor Draper, uno de los vicepresidentes de la Empresa, recibióme con simpatía cortés, como lo esperaba. Le expliqué la situación que me obligaba a no regresar a México sino a trabajar en los Estados Unidos. Naturalmente de mis fines políticos, nada.

Mr. Draper, sabedor seguramente de la realidad, no quiso, sin embargo, despedirme con un "no" rotundo, sino que con la mayor afabilidad dijo:

Vamos departamento por departamento, Mr. Fabela, para ver si hay algo para usted. Y fue conmigo recorriendo oficina tras oficina; naturalmente sólo aquellas en que yo pudiera ser útil, y en todas le contestaban lo mismo: "por el momento nada tenemos para Mr. Fabela".

No contento con su gentil comportamiento, todavía añadió:

No se preocupe, querido señor Fabela, deje usted pasar algún tiempo y vuelva por aquí. Además, déme su dirección para llamarlo cuando tenga algo que ofrecerle. Y así pasó el tiempo sin tener ninguna noticia, ni del Primer Jefe, ni de la compañía de fianzas.

Mi vida no podía ser más modesta. El único periódico que leíamos lo compraba un día Federico, otro yo. La comida la hacíamos diariamente en dos o tres bares bien conocidos del rumbo, donde por un vaso de cerveza de cinco centavos el cliente podía tomar un "lunch" gratis, con el que quedábamos, o teníamos que quedar, satisfechos. La cena era bastante regular para aquellos tiempos, y costaba veinticinco centavos de dólar.

En cuanto a diversiones pagadas, ninguna. El Central y el Bronx Parks; la Quinta Avenida, la Catedral de San Patricio y los museos gratuitos constituían nuestro solo divertimiento.

No obstante lo precario de aquel vivir cotidiano, los fondos se agotaron casi por completo, y entonces llegó, por la fuerza mayor de las circunstancias, la indicada y ya premiosa urgencia de cablegrafiar a mi padre que se sirviera mandarme dinero.

Lo que hizo inmediatamente al recibir mi requerimiento; pero por un error en la dirección no llegó a mi poder el giro correspondiente. Entonces le dije a Federico:

Me quedan diez dólares. Voy a poner un nuevo mensaje a mi casa repitiendo mi súplica y dando con claridad, ya no la dirección de los señores Madero, sino de los Urquidi. Si no recibo nada de Veracruz no sabré qué hacer.

Nunca olvidaré el ademán de González Garza al oír lo anterior. Compañerito, me dijo, mostrándome su libro de cheques. Como verá, tengo todavía trescientos cincuenta dólares; en consecuencia, debe usted saber, de una vez por todas, que mientras yo cuente con dinero, usted lo tendrá también. Esto que tengo es de los dos, me subrayó con mirada noblota, poniendo ante mis ojos el librillo de sus tesoros bancarios.

En su moral política se caracterizó por ser un revolucionario de probidad absoluta e ideales redentores para nuestra patria. Sus andanzas rebeldes contra la dictadura porfirista lo colocaron desde mozalbete entre aquellos ilustres precursores libertarios Juan Sarabia, Camilo Arriaga, los Flores Magón, Manuel Diéguez, Baca Calderón, De la Hoz, Alfonso Cravioto, Santiago R. de la Vega, Librado Rivera, Paulino Martínez, Práxedis Guerrero.

Antonio y yo cruzamos la frontera, presentándonos al Mayor Gabriel Calzada, Diputado local de la Cámara coahuilense, en aquellos momentos históricos, Jefe de las Armas en Piedras Negras, la antigua "Ciudad Porfirio Díaz".

Villarreal, una vez identificado con Calzada, partió sin demora en busca del Gral. Pablo González, de quien era paisano, viejo amigo y pariente.

Yo me quedé con aquel señor que asumía funciones militares, migratorias y policíacas. Visitarlo y rendirle pleitesía era indispensable porque sin su venia nadie pasaba al Sur. Tan exigente se mostraba en sus inquisiciones sobre la personalidad de cada recién llegado que pretendía adherirse al movimiento constitucionalista; y tan duras sus maneras de tratarlos, que muchos elementos de buena fe, al encontrarse con la actitud excesivamente suspicaz de aquella intransigente autoridad, desistieron de entrar a la lucha reivindicadora por Piedras Negras, haciéndolo por otros puertos fronterizos como Matamoros, Ciudad Juárez o Nogales.

Cuando me acerqué a aquel personaje, me recibió casi cordialmente, no quitando el casi, porque de suyo el hombre era de temperamento agrio y seco, pero revolucionario convencido... a su modo. Y su modo era el de ser receloso en demasía respecto a los novatos, que llegaban a diario a sumarse a las filas de Carranza.

Después de abrazar efusivamente a aquel verdadero amigo, tranquilo esperé la respuesta de México.

Me quedaba exactamente un dólar en la bolsa, cuando Juan F. Urquidi llegó con el documento en que mi señor padre me regalaba una fortuna: ¡Cuatrocientos dólares!

 

Fuente:

MIS MEMORIAS DE LA REVOLUCIÓN.
Editados por la Comisión de Investigaciones Históricas de la Revolución Mexicana bajo la dirección de JOSEFINA E. DE FABELA
Coordinador: ROBERTO RAMOS V. Investigadores: LUIS G. CEBALLOS, MIGUEL SALDAÑA, BALDOMERO SEGURA GARCÍA.
EDITORIAL JUS, S. A. MÉXICO, 1977. pp.99-103.