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Siglo XX > 1970-1979 > 1977

Mis memorias de la Revolución. Isidro Fabela. 32. El exilio.
Octubre de 1977.

 

 

 

EL EXILIO

AL PERDER DE VISTA la línea desdibujada del horizonte veracruzano y el Pico de Orizaba que como centinela parece el vigilante perenne de las costas nacionales, me quedé clavado sobre la cubierta del buque, que hizo rumbo a La Habana, su primer puerto de destino.

Asido a la borda con mano febril, miré con ojos neblinosos las extensas y bellas playas que se perdían poco a poco entre las combas marinas del seno mexicano.

Entonces bajé al camarote para dejar que el corazón expresara libremente sus amarguras, el pensamiento abriera sus ojos a la realidad y todo mi ser se concentrara en sus íntimos trasfondos.

Había salvado el don divino de la vida, pero entraba por las puertas del destierro a un porvenir ignoto, imposible de prever. Dejaba todo lo entrañablemente mío para esculpir con mis propios actos un episodio que sería trascendental en mi destino.

Desasíame de grandes pasiones humanas: mis padres, mi país y un amor hecho girones, para ir en busca de un ensueño que dominaba mi espíritu. Ese ensueño era la libertad de la patria a la que en esos momentos amara como nunca.

Perdía, tal vez para siempre, la dicha de vivir en el solar nativo rodeado de los afectos más puros que el hombre puede tener; dejaba la casa paterna trunca, y lúgubre, con sus pesarosas gentes que estarían orando y escondiendo el llanto para no aumentar la congoja común.

Pero al partir tuve una gran fe en mi destino, por el amor cristiano de mi madre, que puso diamante en mi entereza y por la voz evangélica de mi padre, que me decía:

Sigue tu camino recto y ve siempre erguido a predicar la verdad y a cumplir tu deber.

¡Qué fuerte me sentía con las bendiciones de mi santa hogareña y con la confianza que tuviera en su hijo el patriarca familiar de espíritu recio! Su alma, fortaleciéndome a la despedida, me señaló las rutas y veredas por donde debería hacer camino.

Yo fui el último desterrado que se había refugiado en el domicilio de mis padres al abandonar la República. Antes, al estallar el cuartelazo de febrero, queridos compañeros míos o correligionarios, que después figuraron como patriotas ilustres, habían tenido cobijo acogedor en mi hogar de Veracruz, donde compartieron con mis seres más amados el pan y la sal: Juan Sánchez Azcona, Manuel Urquidi, Federico González Garza, Alberto Pani, José Vasconcelos y Martín Luis Guzmán.

Todos iban huyendo de las persecuciones huertistas que muy pronto habrían de convertirse en crímenes proditorios; como los de Serapio Rendón, Néstor Monroy, Edmundo Pastelín, Adolfo Gurrión, Hilario Carrillo y Don Abraham González, que no pudieron salvarse con oportunidad; o como el cometido en la persona del Senador Dr. Belisario Domínguez, quien consciente y heroicamente provocó su martirio.

Todos dejaban la patria en pos del mismo ideal redentor que habría de congregarnos, al principio de la Revolución, a la vera del hombre que representaba la ley y la dignidad nacional, Don Venustiano Carranza.

 

Fuente:

MIS MEMORIAS DE LA REVOLUCIÓN.
Editados por la Comisión de Investigaciones Históricas de la Revolución Mexicana bajo la dirección de JOSEFINA E. DE FABELA
Coordinador: ROBERTO RAMOS V. Investigadores: LUIS G. CEBALLOS, MIGUEL SALDAÑA, BALDOMERO SEGURA GARCÍA.
EDITORIAL JUS, S. A. MÉXICO, 1977. pp.94-95.