1977
Mis memorias de la Revolución. Isidro Fabela. 2. Cómo me hice revolucionario.
Octubre de 1977.


 

 

 

CÓMO ME HICE REVOLUCIONARIO

EN EL AÑO DE 1902, cuando ingresé a la Escuela Nacional de Jurisprudencia, ya existía en el país un incipiente movimiento político que indicaba descontento contra el Gobierno del Gral. Porfirio Díaz. Pero aún dentro del recinto de nuestro colegio todos éramos porfiristas más o menos fervorosos. A este respecto recuerdo que por aquel entonces, cuando el Presidente llegaba a algún plantel educativo, todos los estudiantes se entusiasmaban al contemplarlo y lo aplaudían respetuosamente. Y como yo mismo recibí varias veces, con verdadero halago, premios escolares de manos del Primer Magistrado cuando todavía mi criterio cívico no estaba formado y los sentimientos privaban más que la razón en mi conciencia, aquel viejo soldado me inspiraba alta consideración. Era evidente que su figura austera, su pecho cubierto de condecoraciones, cuando iba con uniforme militar, su gallarda figura eran imponentes. Su alto cargo presidencial, los rasgos enérgicos de su rostro impasible, hacían que todos lo mirásemos con verdadera admiración.

Entre mis compañeros, sobre todo entre mis amigos íntimos, se contaban varios hijos de eminentes funcionarios públicos: Roberto Núñez, lo era del Subsecretario de Hacienda, cuyo Ministro era Don José Ives Limantour; Santiago Méndez, del Subsecretario Encargado del Despacho de la Secretaría de Comunicaciones; Guillermo Obregón, del Senador de la República que había de ser poco tiempo después uno de aquellos representantes de los Estados que pidieron su renuncia al señor Presidente Francisco I. Madero. Y otros más como el lleno de gracia, Manuel García Núñez, hijo de un Magistrado de la Suprema Corte de Justicia y José de la Garza, camarada de los más queridos, hijo también de otro Magistrado de aquella Corte, Don Emeterio de la Garza, Sr. Así, que estaba rodeado de porfiristas sinceros. Ninguno de los componentes de aquel enjambre estudiantil del que yo formaba parte en 1902, pensaba en política en ese año primero, en la Escuela de Jurisprudencia.

Pero el tiempo no pasa en vano.

Antes de proseguir, quiero indicar cuáles de mis condiscípulos eran mis más íntimos: Antonio Caso, que no tenía nada de político y sí mucho de pensador y poeta. Él y Eduardo Colín, el que fue después poeta atildado, crítico certero y orfebre de la palabra, eran mis compañeros de estudio. Eduardo era apolítico, detestaba "esa cosa fea" -como él decía- que se llama "la política"; así como también Manuel Rivera Vázquez y Luciano Wiechers, con quienes estudié Derecho Constitucional y Economía Política. Todos eran talentosos y apegados al estudio.

Pasaron así aquellos primeros años de la Escuela de Jurisprudencia, hasta que mis compañeros de cátedra y yo llegamos al curso del Derecho Constitucional, asignatura que dictaba Rodolfo Reyes, hijo de Don Bernardo y hermano de Alfonso, quien fuera después compañero mío del Ateneo de la juventud y con los años habría de llegar a ser "el señor Don Alfonso el Sabio", como le llamó la fama con toda razón.

Las clases de Rodolfo Reyes eran de lo más atractivas. Ellas me abrieron los ojos a la realidad política de la patria. El comentario de la Constitución del 57, artículo por artículo, resultó para nosotros un verdadero hallazgo intelectual. Estudiando Derecho Constitucional comprendimos que Don Porfirio Díaz quedaba al descubierto como un sojuzgador del pueblo mexicano, violador perpetuo del Código Fundamental que nos regía.

Las palabras de Rodolfo Reyes hicieron pleno impacto en nuestra conciencia juvenil. Cada quien, a su manera, comentaba las palabras del maestro; pero concluyendo siempre con que aquel hombre que había gobernado treinta años a México, no era un guía paternal ni un buen gobernante, sino el déspota que prostituía la Carta Fundamental de la República. Él era el culpable de nuestro vergonzoso estado político. El verdadero Porfirio Díaz no era aquel varón que todos habíamos aplaudido antes, sino un dictador que debía dejar la Presidencia de la República para que los ciudadanos ejerciéramos nuestros derechos humanos y legales de elegir a los mandatarios de la Nación. Así, advertimos que el estado de injusticia creado por la administración porfirista tenía que llegar a su término en plazo perentorio, pues ya no sólo corrían peligro los derechos de los ciudadanos, sino que estaba amenazada de muerte la propia estructura jurídica del Estado mexicano y su existencia como entidad soberana en el concierto de las naciones
independientes.

Nos dimos cuenta de que muy pronto, si nosotros lo queríamos, vendrían tiempos mejores: los ciudadanos serían verdaderamente ciudadanos, no siervos de la gleba, como eran hasta entonces todos los hombres del campo, o esclavos de la fuerza bruta, como lo eran muchos de la ciudad.

Entonces supimos que las huelgas que habían comenzado a estallar por toda la República, tenían su razón de ser. Fuimos poco a poco execrando al tirano; en lugar de aplaudirlo, silbábamos su presencia, para demostrarle que debía abandonar la silla presidencial y dejar paso al substituto que lo reemplazara en el poder, a fin de devolver al pueblo los derechos que merecía. Decidimos exigir a Don Porfirio que respetara la Constitución de los preclaros varones del 57, muy superiores a él desde el punto de vista cultural, moral e intelectual. Así fue como en aquella aula, donde resonara vibrante la voz de Rodolfo Reyes, fue naciendo en mí un protestador enérgico, convencido y entusiasta, contra la dictadura del Gral. Díaz.

Pero éramos muy pocos los que pensábamos así. Recuerdo a dos de mis compañeros de ideales: José Vasconcelos y Alfonso Cravioto. Los demás seguían imperturbables en su admiración y agradecimiento al Gral. Porfirio Díaz. Claro, eran los hijos de Subsecretarios de Estado, o de Magistrados de la Corte o de amigos del tirano, del que recibían sus padres los más grandes favores. Mas esto no quiere decir que nosotros, los antiporfiristas, nos distanciáramos de nuestros amigos adictos al Presidente Díaz. No. Las vicisitudes de la política interna no llegaron a quebrantar nuestros lazos de amistad, que fueron indestructibles.

Yo seguía en mis correrías juveniles como asiduo compañero de los que coincidíamos en cariño. Continuaron las tertulias con Guillermo Obregón, Roberto Núñez, Julián Morineau, íntimo de Don Ramón Corral y José de la Garza; pero mi espíritu se inclinaba más del lado, no de aquella aristocracia surgida de los puestos burocráticos privilegiados, sino de los intelectuales puros como Antonio Caso, Eduardo Colín, Luis Castillo Ledón, Carlos González Peña, burócrata y novelista, Alfonso Reyes, José Vasconcelos y Alfonso Cravioto. Con ellos tenía coloquios en mi casa de la calle hoy llamada de Amado Nervo, en la Colonia de Santa María. Ahí nos reuníamos a leer, recitar y cambiar ideas.

Sábados y domingos pasábamos las horas muertas leyendo a los clásicos españoles, o bien escuchando los encumbrados pensamientos de Antonio Caso (Toncho, como yo le decía); las brillantes ideaciones de Alfonso Reyes, y las serenas enseñanzas de Pedro Henríquez Ureña; o bien disfrutando del entusiasmo romántico de Luis Castillo Ledón y de su inseparable "hermano" Carlos González Peña, quien llegó a ser de mis compañeros preferidos por una razón fundamental: los dos estábamos profundamente enamorados del arte de escribir, y por eso, los dos últimos fueron quienes me acompañaron muy frecuentemente a la hacienda paterna en Atlacomulco, que era mi delirio, para ver las sementeras que mi padre había ordenado sembrar y acercarme a los labriegos a quienes extraordinariamente quería.

En esas visitas a mi tierra natal, encontré otra de las causas que me hizo abrir los ojos a la conciencia y al ensueño: ¿Por qué aquellos hombres, que trabajan la tierra de sol a sol, me besaban las manos? ¿Por qué aquellos hombres, que nos daban el pan con su trabajo, me decían "Señor amo" considerándome superior a ellos, cuando yo me sentía igual que todos ellos ante la Ley y ante Dios? ¡Cómo los quería, y cómo lloraron cuando les dije con los ojos enturbiados por las lágrimas que mi padre había vendido la hacienda y tenía que dejarlos para siempre!

¿Qué vamos a hacer, señor amo, sin usted? Ya seremos huérfanos, no tendremos quién nos ampare...

Sí, hijos -les decía-, Dios los amparará, y yo estaré con ustedes siempre con el pensamiento fijo en su porvenir.

A la hora de despedirnos, ellos con sombrero en mano y yo en mi cabalgadura, los dejé con aguda tristeza al ver su profundo dolor. En el fondo de mi alma pensaba y deseaba que muy pronto se transformara la vida social de nuestra patria, como en efecto así fue.

Conversando con Pepe Vasconcelos y con Federico González Garza, quien llegó a ser secretario particular de Don Francisco I. Madero y uno de los mas entusiastas revolucionarios que lo rodearon, convinimos los tres en que la vida dolorosa que llevaban todos los labriegos del país, era miserable; y que tenía que cambiar la situación económica y social de los campesinos, porque su condición de entonces era la de esclavos a los que se les conculcaban sus derechos humanos. Lo mismo pasaba con los obreros de las factorías; eran impíamente explotados por sus patrones que los trataban -con raras excepciones- no como hombres sino como animales.

Así me hice revolucionario. ¡Y con qué convicción y con qué fe!

Ya corría el año de 1906. La lucha de las ideas había comenzado a cambiar el panorama político e intelectual de México. Las opiniones públicas de los Precursores de la Revolución gestaban en unos lugares o proclamaban en otros la lucha contra la dictadura militar de Don Porfirio. Pero, todos los intentos para derrocar al Gral. Díaz, bien organizando una oposición sistemática o por medio de levantamientos que se reprimían con prisiones, deportación o sangre, hubieron de fracasar por causas múltiples, hasta que se levantó entre el coro de las protestas antiporfiristas la voz de Madero, cuyo mérito indiscutible radica en haber puesto su fe, su fortuna y su vida, al servicio del antirreeleccionismo, causa que debía de ser, por su carácter estrictamente humano, legal y democrático, la bandera libertaria del pueblo mexicano.

En ese año de 1906, mi pensamiento político había evolucionado hacia el rumbo de las ideas avanzadas en el campo de las doctrinas sociales, pero mi liberalismo nunca dejó de ser constitucionalista en todos sus alcances, porque consideraba que la lucha reivindicadora de los derechos políticos debía concluir forzosamente en la victoria de los derechos económicos populares, la mejoría de las clases productoras, pero sin romper los marcos de la estructura jurídica republicana. Por esta circunstancia nunca estuve de acuerdo en que los antirreeleccionistas confundiéramos nuestros principios ni nuestros esfuerzos con los del grupo anarco-sindicalista, que pretendía derrocar al tirano Díaz para entregar nuestra nación al caos de una lucha civil que no constituía mi ideal. (1)

Por estas causas, en ese año de 1906 ya no aplaudía yo al Presidente Díaz; lo condenaba en todas las conversaciones que sostenía con mis amigos o conocidos. Mi juventud se adelantaba al porvenir. Mis ensueños románticos en política iban adelante de lo que estaba pasando en México.

En 1908, durante la entrevista que el Presidente Díaz concedió al periodista norteamericano James Creelman, el dictador declaró, en substancia, lo siguiente:

1. "He esperado pacientemente el día en que el pueblo de la República Mexicana estuviera preparado para escoger y cambiar sus gobernantes en cada elección, sin peligro de revoluciones armadas y sin daño para el crédito y progreso nacionales. ¡Creo que ese día ha llegado!"

2. "...creo firmemente que los principios de la democracia se han desarrollado y se desarrollarán más aún en México."

3. "Cualesquiera que sean las opiniones de mis amigos y partidarios, me retiraré del poder al terminar el actual período de gobierno, y no serviré de nuevo. Cuando esto suceda tendré ochenta años de edad."

4. "Daré la bienvenida a un partido de oposición en la República Mexicana."

En tal entrevista, el Gral. Díaz reconoció que el pueblo mexicano estaba apto para ejercitar la democracia en los próximos comicios, los que debían efectuarse en 1910; por tanto, debía operarse un cambio radical tanto de sistemas gubernamentales como de hombres en la administración pública. A la dictadura militar, surgida del Plan de Tuxtepec, debía de sucederla un régimen limpiamente constitucional, como resultado del triunfo del antirreeleccionismo, que era el anhelo político nacional.

Aquella declaración que el Gral. Díaz hizo al periodista Creelman -al ser reproducido en los periódicos nacionales lo publicado por el Pearson's Magazine- causó verdadero asombro entre nosotros, lo recibimos como una revelación inusitada; y llegamos a considerarlo como una conquista de los esfuerzos realizados por los opositores del régimen dictatorial que habían mantenido viva la llama del respeto a la Constitución durante los treinta años del régimen del porfiriato. La entrevista Díaz-Creelman fue el verdadero preludio de la Revolución de 1910.

El Gral. Díaz, en un acto espontáneo, había manifestado que los ciudadanos ya podíamos elegir libremente a nuestras autoridades, que habían cesado los motivos por los cuales el déspota había mantenido un régimen opresor. Eso quería decir que el dictador cumpliría su promesa.

Entonces, todos los ciudadanos de filiación antirreeleccionista nos unimos para coordinar nuestros trabajos políticos y nos adherimos a la causa de Madero, porque ella era la nuestra, cuando éste declaró que se pondría al frente de los antirreeleccionistas para ir a la lucha electoral en 1910.

¡Y cuál no sería nuestra gran sorpresa cuando las prédicas políticas de Madero se abrieron en el alma popular como una floración de ímpetus nuevos para construir una patria mejor! ¡La actitud de Madero nos dejó perplejos de admiración y cariño hacia el apóstol de la democracia! ¡Imperecedero fue nuestro agradecimiento para aquel hombre de cuerpo breve, que había sabido enfrentarse al coloso oaxaqueño, todavía dominante en la República!

Mi maderismo crecía sincero, profundo; yo estaba dispuesto a todos los sacrificios; creía, como lo creíamos muchos, que el estado subsistente de la República Mexicana iba a transformarse efectivamente de la noche a la mañana; pero, cuando tuve conocimiento de que nuestro candidato Madero era tratado por el dictador con el mayor de los desprecios, comprendí que la situación se agravaba, como en efecto sucedió.

Ya no le quedaba al tirano más que uno de dos abismos: dejar que el apóstol Madero continuara su campaña política con sus arengas inflamadas y sus triunfos resonantes en todos los puntos visitados, o someterlo "al orden" para hacerlo enmudecer y castigarlo después con la prisión o la muerte.

Entonces comprendimos los jóvenes que la libertad real no podría existir nunca bajo el Gobierno del Gral. Díaz, como tampoco podrían ejercitarse las prácticas democráticas, muy a pesar de que durante la entrevista sostenida entre Madero y Díaz el 16 de abril de 1910, el dictador prometió libertad en las elecciones y entregar el poder a quien resultara electo.

Ya para el 26 de mayo siguiente, por razón de haber aumentado las persecuciones políticas, Madero se había dirigido al Gral. Díaz, para recordarle sus promesas de libertad electoral y de respeto a las garantías constitucionales. Al día siguiente, Díaz respondió a Madero diciéndole que la Constitución no lo autorizaba para inmiscuirse en cuestiones interiores de los Estados.

Los hechos se precipitaron. El 7 de junio, Madero fue aprehendido en Monterrey. El día 25, fueron ejecutados los revolucionarios del alzamiento local de Valladolid, en Yucatán. Por fin, en el curso del mes de octubre, y después de haberse fugado de la prisión en que lo habían sumido en San Luis Potosí, Madero, desde el exilio, llamó a las armas a la República para levantarse.

Bajo la amenaza de los alzamientos revolucionarios y de su expulsión del país, el Gral. Díaz inició su nuevo período presidencial el 1o. de diciembre de 1910. Los actos rebeldes se produjeron en toda la Nación y la conmoción se generalizó tomando fuerza arrolladora.

El día 18 de noviembre siguiente, Aquiles Serdán y sus heroicos compañeros dieron el grito de rebelión en Puebla. El 20, la Revolución estalló en diferentes lugares de la tierra mexicana.

Todos los antirreeleccionistas teníamos fe en que nuestra Revolución iba a triunfar. No sabíamos cuántos quedaríamos vivos para ver su desarrollo y su culminación. Yo estaba decidido, al igual que muchos compañeros, a luchar sin tregua para tener derecho a disfrutar de todas las garantías que la Constitución reconoce a los ciudadanos.

Después de encarnizados combates cayó en poder de los revolucionarios Ciudad Juárez, y el 11 de mayo de 1911, nombró el señor Madero su Gabinete provisional: Relaciones, Dr. Francisco Vázquez Gómez; Hacienda, Gustavo Madero; Guerra, Venustiano Carranza; Gobernación, Lic. Federico González Garza; Justicia, Lic. José María Pino Suárez y Comunicaciones, Ing. Manuel Bonillas. Secretario Particular, Juan Sánchez Azcona.

Se entablaron pláticas entre representantes del señor Madero y del Gobierno porfirista para consolidar la paz, habiéndose firmado el tratado el 21 de mayo de 1911 en Ciudad Juárez.

El Gral. Porfirio Díaz renunció a la presidencia el 25 de mayo de 1911; lo sucedió como Presidente interino el Lic. Francisco León de la Barra que protestó el 26 de mayo del mismo año.

El señor Francisco I. Madero tomó posesión como Presidente de la República el 6 de noviembre de 1911, gobernando al país hasta el 19 de febrero de 1913.

 

(1)   Actividades Políticas y Revolucionarias de los hermanos Flores Magón.

 

Fuente:

MIS MEMORIAS DE LA REVOLUCIÓN.
Editados por la Comisión de Investigaciones Históricas de la Revolución Mexicana bajo la dirección de JOSEFINA E. DE FABELA
Coordinador: ROBERTO RAMOS V. Investigadores: LUIS G. CEBALLOS, MIGUEL SALDAÑA, BALDOMERO SEGURA GARCÍA.
EDITORIAL JUS, S. A. MÉXICO, 1977. pp.13-20.