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Siglo XX > 1970-1979 > 1977

Mis memorias de la Revolución. Isidro Fabela. 29. Fuga oportunísima.
Octubre de 1977.

 

 

 

FUGA OPORTUNÍSIMA

A HORA TEMPRANA del 4 de mayo de 1913 arribé a Veracruz. De la estación, en carretela abierta, me encaminé a la mansión hogareña, donde tendría, siquiera fuese temporalmente, un refugio ideal.

Siguiendo calle arriba la Avenida Independencia, percibí de lejos la cabeza patriarcal de mi padre asomada al balcón de la casa número 24.

También él, como si un presentimiento aumentara la luz de sus pupilas, avizorándome a distancia, irguió cuanto pudo la venerable curvatura de sus años y al sentir que mis ojos besaban los suyos, tornóse alegre a dar la buena nueva:

Mi hijo, ¡ahí viene mi hijo! ¡Vengan todos!

Aquellos eternos huéspedes de mi alma; padres, hermanas y Rosita, nuestra hermana adoptiva, salieron a verme y oírme, a volver a oírme y tornar a verme, acariciando mi rostro con infinita ternura.

Nada les dije en un principio del motivo de mi viaje; pero las madres adivinan. La mía me interrumpió con esta nerviosa afirmación interrogativa:

¡Tú vienes huyendo, hijo mío! ¿verdad?

Sí, mamá; y les conté a medias el peligro que corría en el país y mis deseos de ir a trabajar en Nueva York. De proyectos revolucionarios, ni una palabra. ¿Para qué ensombrecer con el ignoto destino de mi patriótica aventura su fugaz felicidad?

Desahogado el desbordante amor hacia el hijo bienvenido que iba a marcharse, habló mi padre de lo que venía al caso. Hay un barco francés anclado en la bahía; entiendo que sale mañana. En él debes partir; es indispensable que te vayas.

Iré a averiguar, le dije.

¡Qué disparate! Tú no sales de casa; iré yo mismo.

Pero te va a hacer daño caminar, papá... (Mi padre padecía una enfisema pulmonar avanzada, incurable.)

Nada importa. Tu seguridad es lo primero.

Y con el don de mando que siempre tuviera, dijo al salir:

Tú no te muevas de aquí por ningún motivo.

No tardó en regresar angustiadísimo. La empresa de vapores exigía mi presencia en la oficina para darme pasaje. Personalmente fui a comprar el billete, acompañado de mi señor padre que no me abandonaba un momento. Pero otra sorpresa desagradable nos esperaba: el trasatlántico "La Navarre" no zarparía sino hasta el día siguiente. ¿Qué hacer para evitar la muy probable captura cuando imaginaba tan próxima mi salvación?

No estando en la oficina el representante de la Trasatlántica Francesa, los empleados secundarios no podían autorizar ningún embarque en seguida, ni yo quería enterarles de mis especiales circunstancias políticas.

Vamos directamente al buque y pronto, dijo mi padre. Allá mismo suplicaremos al Capitán que te permita permanecer a bordo. Tal vez explicándole tú y rogándole yo, acceda.

Y luego, enérgico, ordenó:

Vamos a casa para que te despidas de tu madre y tus hermanas; no hay tiempo que perder.

El diligente y respetuoso servidor Efrén (que Dios guarde en su gloria) tenía un coche que rápidamente nos llevó, primero, a casa para recibir la bendición de mi madre y abrazar a mis hermanas y a Rosita, nuestro Ángel de la Guarda, y después, apartándonos de las arterias principales de la ciudad, llegar prestos al muelle.

Como iba yo a medio disfraz y apresurado en demasía, híceme sospechoso al guardián de la escala que no me dejaba pasar.

Soy pasajero, le dije.

A su tiempo podrá usted embarcar, el vapor sale mañana.

Sí, ya lo sé, pero no voy a embarcarme ahora, voy a hablar con el Capitán de un asunto oficial urgente. Vengo de la Aduana.

¡Ah! bueno, pase.

Tras de mí venía subiendo mi padre, lentamente, sofocado por la enfisema implacable.

Pregunté por el Capitán.

Está ocupado, me informaron.

Necesito verlo. Asuntos del servicio...

Al fin, pude ver al señor Comandante, que no hablaba español.

En precario francés le informé que era Diputado y venía huyendo de drásticas persecuciones políticas de México; que había orden de aprehensión en mi contra y que si él no me salvaba permitiéndome permanecer en el barco, desde esos momentos me expondría a la muerte.

Mi padre que al fin llegaba, con su sola respetable presencia y visible emoción de angustia, decidió favorablemente mi apremiante súplica.

El Capitán, humanitario y atento, accediendo a nuestros deseos, díjome gentilmente que me encerrara en mi camarote y no saliera de allí hasta que el vapor zarpara, agregando que él no me entregaría a nadie, "salvo" -advirtió francamente- "salvo que recibiera de su Cónsul órdenes especiales"...

Aquella "salvedad" me atormentaba. ¿Serían capaces los huertistas de exigir al Consulado Francés la entrega de mi persona? ¿El Cónsul aceptaría tan injusta pretensión?

Es cierto, argumentábame a mí mismo, que estando a bordo me protege la bandera francesa, pero al propio tiempo sabía que el barco estaba en aguas mexicanas y, a mayor abundamiento, atracado al muelle, lo que facilitaba a las autoridades la comisión de un atropello más.

Mi padre, entero en su ferrado carácter, pero abatido por las dolencias corporales que le robaban la vida, se despidió agradecidísimo del Capitán. Besóme la frente y poniendo en su varonil gesto la serenidad que Dios sabe no tenía en su espíritu acongojado, avanzó lentamente hacia la escala, sostenido por el leal Efrén.

El Capitán me hizo seña significativa de que bajara y descendí apresurado a mi camarote.

Ya oculto en él, desde la claraboya vi alejarse muy paso a paso al venerable ser que, en aquel trance, atormentaba mi ánima con sus lacerantes males del cuerpo y del espíritu. Parecía como si el alma misma estirara más y más las miradas de mis ojos para que pudiera contemplar, quizá por última vez, aquella vida que había encendido la mía... y se iba apagando.

 

Fuente:

MIS MEMORIAS DE LA REVOLUCIÓN.
Editados por la Comisión de Investigaciones Históricas de la Revolución Mexicana bajo la dirección de JOSEFINA E. DE FABELA
Coordinador: ROBERTO RAMOS V. Investigadores: LUIS G. CEBALLOS, MIGUEL SALDAÑA, BALDOMERO SEGURA GARCÍA.
EDITORIAL JUS, S. A. MÉXICO, 1977. pp.86-88.