Buscar en  
  Página principal

  Conquista

  Independencia

  Revolución

  Siglo XXI

  Siglo XX

      1990-1999

      1980-1989

      1970-1979

          1979

          1978

          1977

          1976

          1975

          1974

          1973

          1972

          1971

          1970

      1960-1969

      1950-1959

      1940-1949

      1930-1939

      1920-1929

      1910-1919

      1900-1909

  Siglo XIX

  Siglo XVIII

  Siglo XVII

  Siglo XVI

  Siglo XV

Siglo XX > 1970-1979 > 1977

Mis memorias de la Revolución. Isidro Fabela. 27. La Fiesta del Trabajo.
Octubre de 1977.

 

 

 

LA FIESTA DEL TRABAJO

EL DÍA PRIMERO de mayo de 1913, por la mañana, la Cámara de Diputados fue asediada por una manifestación copiosa y entusiasta que llenaba la calle del Factor -hoy Allende- y ascendía, apretujándose, por la escalinata del edificio del parlamento hasta que sus avanzadas se colocaron frente a los Diputados Renovadores Serapio Rendón, Francisco Escudero, Jesús Urueta, Félix F. Palavicini, Luis Manuel Rojas, Alfredo Alvarez, Marcelino Dávalos, Luis Méndez, Borrego, Neri, Rafael Nieto, De la Garza, Isidro Fabela y muchos más que esperábamos a los manifestantes con vivísimo interés.

De pronto, la imponente muchedumbre acalló su murmurante vocerío para escuchar al trabajador José Colado, quien, en representación de los veinte mil obreros allí congregados, con voz estentórea, nos pidió a los "Renovadores" que hiciéramos nuestras y defendiéramos en el Congreso estas dos peticiones fundamentales del proletariado: el descanso dominical y la jornada de ocho horas de trabajo.

Y como el talentoso e incisivo Soto y Gama, y el elocuente orador y periodista Rafael Pérez Taylor, esa misma mañana, en el Hemiciclo a Juárez, habían puesto alas y dado calor al espíritu de los reclamantes, la tiranía se alarmó, y con razón, porque aquel año, ni en Francia, ni en Italia, ni en la misma Inglaterra expresáronse de tan valiente guisa las exigencias obreristas. Sobre todo, cuando tan audaces demostraciones públicas coincidían con graves acontecimientos que se desarrollaban en la frontera norte del país, donde la revolución se enseñoreaba, bajo la dirección del Gobernador Don Venustiano Carranza.

Por la noche tuvo lugar una velada en el Teatro Xicoténcatl; que tenía por objeto celebrar por primera vez la Fiesta del Trabajo. Por designación honrosa y de peligro en la Casa del Obrero Mundial, habria yo de referirme a las reivindicaciones obreras que el proletariado reclamaba como una ingente necesidad social.

Discurso sobre la Fiesta del Trabajo (1)

El mundo entero consagra hoy sus alegrias, sus optimismos, sus entusiasmos a la Fiesta del Trabajo, como un tributo espontáneo de simpatía, como una ofrenda de amor, como un signo de reconocimiento y de admiraciones para esos millones de seres, respetables y no respetados, que pasan la vida pesada y melancólicamente trabajando siempre para los demás en medio a la monotonía doliente de la pobreza, sin más premio que las alabanzas mudas de la propia conciencia, sin más aliciente que la conquista del pan de todos los días, sin más consuelo que los dulces quereres del hogar, sin más descanso a veces que el de las noches, sin más esperanza que la conservación del salario.

Y ellos son, ellos, los que concurren con sus manos incansables a la eterna algarada del mundo; ellos son los productores pacientes y constantes de la riqueza; ellos son los que torturando sus fuerzas, menoscabando su salud y agotando impíamente su triunfal juventud, viven elaborando la felicidad ajena.

Ellos construyen los palacios principescos que adornan los bulevares para ostentación desdeñosa y altiva de los dueños ricos; ellos fabrican los carruajes opulentos que se deslizan por las brillantes avenidas, donde los herederos y los burgueses se abandonan al amor y placidez de su aburrida pereza o a la estulticia de sus estupendos problemas de divertimientos; ellos son los que llevan el confort a los salones, la elegancia a los atavíos, la suntuosidad a los banquetes, el esplendor a los teatros y el lujo maravilloso y deslumbrante a las mansiones regias.

Y ellos son también los que viven en las fábricas bajo el ruido terco y ensordecedor de las máquinas, mirando siempre la aridez desconcertante de las bandas, oliendo a todas horas el ambiente asfixiador del humo, teniendo siempre los ojos fijos, la atención insistente, las manos incansables en la tarea ruda que se transformará en pan. Ellos son los que escuchan y acatan en el taller, sin un gesto de disgusto, sin un altisonante vocablo, a los patrones que tienen bajo su férula el estómago de los obreros.

Ellos son los que rompen la tierra bajo un sol ardentísimo, los que siembran el grano en las invernadas mortíferas, los que siegan en las sementeras sobre los fangos y bajo los torrentes.

Por ellos estamos aquí los que sentimos sus dramas misérrimos, los que comprendemos sus justas inconformidades, los que amamos su pobreza, los que ensoñamos su adelanto, los que bendecimos sus brazos edificantes, y los que vemos en el sublime sudor de sus frentes el rocío de esa madrugada luminosa que iniciará la verdadera transformación de nuestros obreros.

No vengo ante vosotros, señores, a doctrinar; no es este momento a propósito para las enseñanzas económico-sociales, sino propicio únicamente para que nuestra señora la alegría, tomando asiento en este cenáculo, suelte riendas de sus pegasos impacientes y vaya regando desde su carro imperial rosarios de carcajadas, coronas de brazos y floraciones de besos, a todos los hijos de esta patria enferma, que alientan penas, subyugados por el capital y carcomidos por la faena.

¿Cuál es el problema que nos toca plantear, trabajar y resolver? El mejoramiento de la clase obrera, de acuerdo con la historia, con el medio y con las circunstancias actuales; porque es una verdad, de un gran filósofo, este apotegma incontrovertible "las necesidades crean las leyes y no las leyes a las necesidades". Ahora bien, señores, ¿qué significación tiene esta apoteosis?

El día primero de mayo es un día simbólico, no significa solamente el deseo fervoroso del regocijo, de la expansión cordial de todos los espíritus, del sincero sentimiento amoroso que une a todos los hermanos en el trabajo, en la abnegación y en el dolor, no; este día fausto como una resurrección, trascendente como una revelación, hermoso como una reconquista, representa algo más que las puras emociones, porque representa las tendencias de la clase obrera.

La aspiración legítima de millones de hombres de alcanzar en la sociedad una vida mejor, más digna, más justa, más humana. Esta ansia de libertad que sacude las almas, que aguijonea los cerebros contra nuestras leyes económicas, arcaicas y opresoras, y contra los mandatarios, incapaces de penetrar los ideales del pobre, porque el pobre está abajo y sufre y el gobernante está arriba y olvida. Este impulso tremendo del proletariado, "empujado por todas las fuerzas de la historia y por todas las necesidades económicas del siglo", a un altivo, pero justo ideal de mejoramiento económico, se transforma en aleluya regocijante en este día de mayo.

El anhelo fundamental y equitativo del trabajador de la fábrica, del taller y del campo, de amenguar un poco la tiranía ominosa del capital, que pesa despiadadamente sobre sus hombros, ya cansados de aparente vencido, y de tener un participio cada vez menos exiguo en la repartición de la riqueza que él mismo produce; ese afán de ascenso, ese ensueño de ambición que los grandes civilizados de los grandes países reclaman en el libro, en la conferencia y en los Parlamentos irradian por primera vez en México y por todos los ámbitos de la República en este día inmortal, que debiera llamarse no el día del trabajo, sino la fiesta del mundo, porque es la aurora del proletariado que empieza a apuntar en el horizonte de la civilización moderna un nuevo sol espléndido y rojo, magnánimo y justo; la redención del trabajo.

La intensa vida intelectual de los economistas contemporáneos que han compenetrado su alma con el alma del pueblo, que han arrancado a la ciencia los postulados sociológicos que habrán de reivindicar en el porvenir el aumento del salario, la disminución de las horas del trabajo, el descanso dominical, la protección a los trabajadores accidentados, las asociaciones obreras, etc., esa constante lucha del pensador contra los Gobiernos timoratos, contra las legislaciones conservadoras, contra los espíritus retardatarios; esa altruísta labor de apostolado y aun de martirio de toda una teoría de hombres de buena voluntad que ha conquistado la culta Francia, la amada España, la gentil Italia; todos los ideales libertarios de esas almas superiores palpitan en este día en el ambiente universal, revolucionan todos los almarios, agitan todas las manos que se despliegan victoriosas al aplauso, que es una floración de redenciones, y levantan las frentes de sacrificio que ayer se abatieron rendidas de cansera, divinamente sucias de tierra o de humo, de carbón o de aceite, y que hoy resurgen limpias como el honor y radiantes como la verdad para recibir los besos fecundos del Primero de Mayo.

Todos los dolores del pauperismo que en miles de hogares se manifiestan en lágrimas, en hambre, en desesperaciones, en desalientos y en muerte; todos los odios reconcentrados del pobre que vive llorando contra el rico que pasea sonriendo; del asalariado que suda, obedece y calla contra el patrón que ruge y desprecia; el obrero que trabaja para mal comer contra el burgués que maquina para explotar; todas esas dolencias lacerantes como un flagelo, todas esas miserias amargas como la injusticia, cristalizan en vuestras mentes, aletean en vuestros recuerdos en este día memorable e imperecedero. Pero ¿cómo? No para acrecentar los rencores, que eso sería bajeza y no hidalguía, sino para pensar en tantos males y reclamar los derechos vulnerados con las leyes en la mano; no para vengar afrentas, sino para meditar conquistas; no para arrebatar, sino para pedir; no para maldecir, sino para perdonar.

¿Por qué? Porque la evolución económica es segura, pero debe ser lenta para que sea sólida; porque el mejoramiento de la clase obrera corre parejas con su educación general; porque las leyes progresistas en pro del trabajador deben estudiarse en los Gabinetes, observarse en los talleres y discutirse en los Parlamentos, de acuerdo con las necesidades económicas de cada país, pero no copiarlas de otras naciones, no para imponerlas intempestivamente, porque eso sería torpe y resultaría infructuoso, y además señores, porque hemos llegado a un momento histórico en nuestra Patria, en el cual las ideas libertarias de toda especie están ya espiritualmente conquistadas, tienen raigambre honda y fuerte en nuestras conciencias, y flotan ya en todos los labios como botones tempraneros prontos a romperse en vítores, cuando la libertad, que llama a nuestras puertas, sea definitiva.

Y el triunfo esplenderá maravillosamente, señores obreros, porque el equilibrio equitativo entre el capital y el trabajo es una utopía que se realiza poco a poco, a pesar de los economistas clásicos, a pesar de la burguesía despiadada y sórdida, a pesar de la tradición y de los derechos adquiridos.

¿Pero cuándo serán resueltos esos problemas que preocupan al obrero?

Tiempo falta todavía... porque hay muchos prejuicios que destruir, ignorancias radicales e intereses opuestos que vencer, y, más que nada, nobles doctrinas que predicar.

El principio de aquellos fines está sentado. Ya se ha traspuesto el sentimiento y se ha llegado a la acción, ya no son meros lirismos declamatorios los anhelos igualitarios y las ideas de mejoramiento, ya existe la conciencia del derecho en millones de hombres; ya están establecidas incontables sociedades de obreros que funcionan constantemente; ya repercuten por doquiera las voces de los directores intelectuales, que lanzan la buena nueva en el corrillo, en la asamblea, en el periódico y en el mitin; ya prendió la luz del pensamiento en las mentes obscuras; ya surgió a las bocas la inconformidad antes latente y reconcentrada de todos los pechos; ya se levantó poderosa, con gesto de orgullo y fortaleza, la gallarda rebeldía; la rebeldía trágica de la sangre y la rebeldía misericordiosa de la idea.

Ya hoy, señores, la primera manifestación genuinamente obrera por sus componentes y por sus ideales se presentó imponente de majestad y de civismo, con belleza inolvidable de intención, ante la Cámara de representantes del pueblo, y depositó ante un público compacto y delirante de obreros tres memoriales, que habrán tarde o presto de transformarse en leyes, al grupo Liberal Renovador de esa Cámara, que lleva en su sangre, sangre del pueblo, que nació del pueblo y trabajará por el obrero para cumplir así con los sagrados deberes que lleva troquelados fuertemente en su alma al conjuro de un glorioso apóstol, cuya sangre de martirio, salpicada a todos los vientos, grabará en la historia de mi Patria con letras que irradiarán como soles, a pesar de todos los cuartelazos y a pesar de todas las tiranías, esta sola palabra: ¡Libertad!

La semilla hoy lanzada a la sementera siempre fecunda del pensamiento, después de corta o larga germinación, fructificará al cabo, porque esas semillas de libertad e igualdad siempre son fecundantes en estas tierras americanas.

Y esta celebración, esta consagración del día del trabajo, ¿no es ya el paso premigenio, seguro y gigante, en la vía de los mejoramientos? ¿Esta congregación fraternal, que escucha como en un templo y aplaude con entusiasmo al mañana lisonjero, no es ya una primicia de triunfo?

¡Oh! sí, señores, yo veo en vuestras ilusiones un valiente reto a las añejas costumbres, que claudicarán barridas por las frondas prepotentes del primero de mayo; yo presiento en vuestras palabras plenas de fe, verbos proféticos que recogerán nuestros hijos como verdades indiscutibles; yo miro en vuestras sonrisas tranquilamente plácidas la seguridad de una convicción y el secreto de una bella esperanza recóndita y vivaz.

Sólo que es preciso que la confianza impere como un dogma religioso en todos los gremios, que la perseverancia en las actividades sea uniforme y sea constante, y que el amor, amparando a todos los domeñados, a todos los vencidos, a todos los oficiantes en la religión no comprendida del deber, se yerga y se imponga como un dios inapelable, cuyos designios de concordia son indiscutidos e indiscutibles.

Compañeros, compañeros de ideales y de amores: la historia de la República os contempla serenamente, con mirada alentadora de agradecimiento y de confianza.

Podéis retornar a vuestros hogares, como paladines de victoria, a decir a vuestros padres y a vuestras esposas que en este dia, fausto como una resurrección, trascendente como una revelación, hermoso como una reconquista, habéis arrancado al pueblo mexicano el primer grito de emancipación para el trabajo.

Podéis arribar al santuario inmaculado del verdadero afecto, que es donde se elaboran las grandes ideas de la reforma del mundo, a decir a vuestros hijos con solemnidad profética que ellos sí serán verdaderamente libres, para que mañana, cuando sean ciudadanos y vosotros estéis descansando para siempre, ellos vayan graves y orgullosamente con sus pensamientos al porvenir y sus corazones al pasado, a desparramar sobre vuestros nombres las rosas rojas del primero de mayo.

El "Teatro Xicoténcatl" estaba ubicado en donde se encuentra actualmente "El Teatro de la Ciudad de México", antes "Teatro Esperanza Iris"; en la calle de Donceles, junto a la Cámara de Diputados.

De pronto, un individuo con aspecto de obrero, subiendo con premura los pocos escalones que faltaban para llegar a la banqueta, tomándome del brazo me dijo con una voz que todavía conmueve mi corazón por su tono de hondísima emoción:

Licenciado, venga usted conmigo.

Pero ¿adónde? ¿por qué?

Porque lo van a matar; acompáñeme, señor Fabela, yo lo escondo en mi casa.

Vacilé por un momento porque vi en los ojos de aquel noble espíritu la luz inconfundible de la sinceridad; pero reaccionando al instante, le contesté:

Gracias, mil gracias, yo no me escondo... y si me matan, mejor para la Revolución.

Por toda réplica, aquel hombre generoso me expresó estas palabras que conservo como un tesoro:

¡Es usted un hombre! Que Dios lo ampare... Y se fue...

 

(1)   Este discurso fue pronunciado en el "Teatro Xicoténcatl", al celebrarse por primera vez en México la Fiesta del Trabajo el 1o. de mayo de 1913; poco tiempo después de sacrificado el Presidente Madero, durante la época de terror del tirano Victoriano Huerta.

 

Fuente:

MIS MEMORIAS DE LA REVOLUCIÓN.
Editados por la Comisión de Investigaciones Históricas de la Revolución Mexicana bajo la dirección de JOSEFINA E. DE FABELA
Coordinador: ROBERTO RAMOS V. Investigadores: LUIS G. CEBALLOS, MIGUEL SALDAÑA, BALDOMERO SEGURA GARCÍA.
EDITORIAL JUS, S. A. MÉXICO, 1977. pp.76-82.