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Siglo XX > 1970-1979 > 1977

Mis memorias de la Revolución. Isidro Fabela. 20. El asesinato de Don Abraham González.
Octubre de 1977.

 

 

 

EL ASESINATO DE DON ABRAHAM GONZÁLEZ

SACRIFICADOS EN LA CAPITAL de la República el apóstol Madero y el Vice-Presidente Pino Suárez, y levantado en armas contra la usurpación Don Venustiano Carranza, no quedaba en la frontera ningún caudillo más peligroso para los asaltantes del poder público, que el Gobernador de Chihuahua. Lógico parecía entonces que Huerta urdiera, con taimadas artes, la muerte de Don Abraham.

Así lo presentían los revolucionarios de Chihuahua; así lo creyeron los correligionarios más allegados al Ejecutivo de aquel Estado, especialmente José Alcalá, de quien hablaré después; y así lo pensó el Cónsul General de México en El Paso, Texas, Don Enrique Llorente, quien me refirió al respecto los siguientes hechos:

El mismo día 9 de febrero, al saberse en el Norte la iniciación del cuartelazo Díaz-Mondragón-Reyes, entrevistó el citado Cónsul a Don Abraham proponiéndole que tuvieran juntas, diariamente, el Gobernador, los Diputados a la Legislatura chihuahuense y él, a fin de resolver lo más conveniente, según las circunstancias. Aceptada la idea, se acordó, por primeras providencias, que Don Abraham no volviera a dichas reuniones por el riesgo que corría y se marchara de Chihuahua. Pero desgraciadamente el señor González siguió en la ciudad, porque creía no correr ningún peligro, ya que su amigo, el Gral. Antonio Rábago, así se lo ofreciera, no sólo personalmente, sino por conducto de Enrique Llorente. En efecto, este funcionario de nuestro servicio exterior de acuerdo con Don Abraham, fue a ver al jefe de las Operaciones, el sobredicho Rábago, para preguntarle si la vida del común amigo estaría a salvo de cualquier desmán, a lo que contestó el interpelado:

"Dígale a Don Abraham que le doy mi palabra de soldado de que su vida no corre ningún peligro y que no lo mandaré aprehender."

Por su parte Alcalá, charro muy bien plantado que gozaba de las intimidades del Ejecutivo, desconfiando por instinto, visitaba a diario a su venerado amigo, para decirle:

Aquí no está usted seguro, señor, vámonos al monte y allá no nos hacen nada. Mire, hágame caso, Huerta es un matón. Ya acabó con el Presidente y con Pino Suárez; después seguirá con usted. Los federales le tienen ganas. ¿No se da usted cuenta? ¿No me cree? Qué amigo ni qué amigo, ni qué honor ni qué palabra; usted es revolucionario y él es "pelón", eso es todo. Los "pelones" nos odian y nos desprecian. Además, a usted le "alzan pelo", créame, y por eso corre más peligro que cualquier otro político maderista. Ándele, señor, vámonos pa' la sierra, donde lo quieren harto. Yo tengo siempre listos y ensillados, a toda hora del día y de la noche, diez caballos para que nos vayamos cuando usted lo ordene.

Don Abraham no quiso seguir los oportunos consejos del Cónsul Llorente, de los señores Diputados y de Alcalá, y eso le costó la vida.

Su resistencia para abandonar a Chihuahua tuvo y tiene para mí, a través de los años, los tintes y perfiles de un cuadro dramático de caballerosa hidalguía.

Don Abraham estaba ligado a Adela -llamémosla así- por leal cariño. Y ella veía en él, al ser que encarnaba todos los afectos humanos, el de amigo y protector, amante y esposo. Para Adela, el mundo y la existencia estaban concentrados en aquel infinito amor que era todo para ella: orgullo, ilusión, credo y fe. Él, Don Abraham, no podía abandonarla dejándola expuesta a los inciertos vaivenes de un ignoto destino, orillada, tal vez, a la miseria y a la muerte. Por eso, las cabalgaduras y el fiel amigo, prontos a la fácil escapatoria salvadora, seguían esperando en vano, mientras el crimen se tramaba en el Palacio Nacional de México...

Victoriano Huerta tenía al tipo apropiado para sus tenebrosas empresas: el Gral. Benjamín Camarena, que fue el encargado de consumar el felón homicidio.

Su jefe de Estado Mayor, que eso era Camarena, llevaba órdenes personales, terminantes y secretas, que deberían cumplirse militarmente.

El verdugo llegó a Chihuahua y entrevistóse de urgencia con el Gral. Antonio Rábago, quien debía entregarle al Gobernador González, teniéndolo en segura custodia en el Palacio Federal, para después conducirlo a México.

Esta fue la versión del propio Rábago, que así trataba de descargarse de la gravísima culpa que tenía por no haber salvado al amigo a quien ofreciera, "bajo palabra de soldado", las más plenas garantías.

 

Fuente:

MIS MEMORIAS DE LA REVOLUCIÓN.
Editados por la Comisión de Investigaciones Históricas de la Revolución Mexicana bajo la dirección de JOSEFINA E. DE FABELA
Coordinador: ROBERTO RAMOS V. Investigadores: LUIS G. CEBALLOS, MIGUEL SALDAÑA, BALDOMERO SEGURA GARCÍA.
EDITORIAL JUS, S. A. MÉXICO, 1977. pp.62-64.