1977
Mis memorias de la Revolución. Isidro Fabela. 18. La aprehensión.
Octubre de 1977.


 

 

 

LA APREHENSIÓN

LA ESCENA ME la ha descrito la señorita Moritz, una de mis taquígrafas en la Oficialía Mayor. Yo no estaba en Chihuahua. La razón de mi ausencia la he explicado ya.

El Gobernador llamó a la "güera" Moritz para dictarle unas cartas. La secretaria ocasional del Ejecutivo tomaba su dictado estando frente a frente en la mesa de trabajo. En la pared, detrás del escritorio frente a ella pendía un gran espejo.

De improviso se oyó el ruido violento de una puerta que se abrió estrepitosamente. La señorita Moritz alzó la vista, miró al espejo y dijo en voz baja y azorada:

Son soldados, señor.

En efecto, un pelotón de infantes irrumpió en el amplio despacho. Don Abraham se puso densamente pálido y levantándose, con serena dignidad, preguntó al oficial que avanzaba hacia él:

¿Qué desean ustedes?

Tengo órdenes, señor Gobernador, de conducirlo a usted al Palacio Federal.

¿Obedecen ustedes instrucciones del Gral. Rábago?

Son órdenes superiores.

El Ejecutivo, dándose cabal cuenta de su irremediable situación, dijo con aplomo:

Vámos, señores.

Y allá fue Don Abraham, al Palacio Federal, donde comenzó su breve calvario.

Una vez aprehendido, los sicarios se dirigieron a las oficinas de la Oficialía Mayor, inquiriendo sobre mi persona. Y cuando supieron que yo estaba en México, revolvieron y saquearon mis papeles y libros, al par que proferían las más soeces maldiciones, endilgadas contra este afortunado prófugo, delante de las señoritas taquígrafas y empleados de la oficina a mi cargo.

Cuando el Cónsul Llorente se enteró de aquellos hechos dirigióse, desolado, a buscar a Rábago, a quien encontró en el juzgado de Distrito con el Lic. Manuel Samperio, que era el juez, y en un tono grave de caballero herido en su personal hombría de bien, le dijo, increpándolo:

General, vengo a devolverle su palabra de honor de soldado, porque sé que ha mandado apresar al señor Gobernador.

A lo que contestó el perjuro, sin disculparse, con acento de ira despechada y soltando una insolencia procaz:

¡A lo que me obliga a hacer ese c... de Huerta!

Y Llorente agregó al salir, sin despedirse, y con arrogancia:

¡Ah! oiga, Gral., sépalo bien, si me va a aprehender a mí, estoy en el Hotel Palacio...

La personalidad de Enrique Llorente era bien conocida por amigos y enemigos de la Revolución por razón de su cargo consular. Durante la infidencia de Pascual Orozco contra el señor Madero, había sido un perseverante y provechoso colaborador en las investigaciones de las actividades rebeldes en los Estados Unidos; y en el suministro de elementos y armas para el Gobierno del Centro.

Victoriano Huerta, conocedor de sus valimientos y seguro de que no podría atraer a su delictuosa causa a varón tan recto, lo mandó aprehender con cualquier pretexto; que fue tan burdo como calumnioso: "Llorente había mandado levantar la vía del Ferrocarril del Noroeste".

Por fortuna para la justicia federal, en aquella vasta provincia, el juez de Distrito era un magistrado integérrimo y entero de ánimo; de manera que, al recibir aquella acusación temeraria, desprovista de toda prueba, puso al presunto reo en inmediata libertad... que no había de gozar por mucho tiempo.

Después de su visita a Rábago, el Cónsul Llorente fue prevenido por el Inspector de la Policía local que se salvara cuanto antes, porque lo iban a arrestar como culpable de peculado. Se irguió entonces iracundo el honesto funcionario.

Ah, si no hubiera sido por eso, ni me escondo ni huyo. Yo no soy un ladrón: que me lo demuestren.

Y permaneció en su hotel hasta que lo aprehendieron, no para juzgarlo en Chihuahua, sino para enviarlo a México, como era obvio suponer.

Ya en la Capital, lo tuvieron encerrado catorce días en el Salón de Banderas del Palacio Nacional, el mismo cuartucho en que estuvieron encapillados los señores Madero y Pino Suárez.

Habiendo interpuesto el juicio de garantías, y obtenido el amparo de la Justicia Federal, escapó a Veracruz para embarcarse en el "Ypiranga", donde encontró al Agente Confidencial del Primer Jefe, Lic. Elíseo Arredondo, quien también oportunísimamente evadíase del país para marchar a la Revolución.

Don Enrique Llorente, ya en Hermosillo, fue designado Jefe del Departamento Consular de la Secretaría de Relaciones; en la citada Secretaría estuve como Encargado del Despacho. Así tuve la ocasión de afianzar con él una amistad de hondas raíces, amistad verdadera, que resistió los embates encontrados de la política revolucionaria que a Enrique Llorente, el "gentleman" arrancado de un salón londinense, lo llevó por un sendero diferente al mío.

Cuando ocurrió la muy lamentable rebelión del General Villa contra el señor Carranza, Llorente fue nombrado representante de aquella facción cerca del gobierno de Washington, mientras yo seguía al frente de nuestra Cancillería constitucionalista, hasta que el 24 de diciembre de 1914, estando en Veracruz, fui comisionado a Europa por Don Venustiano, con facultades discrecionales como Ministro Plenipotenciario.

 

Fuente:

MIS MEMORIAS DE LA REVOLUCIÓN.
Editados por la Comisión de Investigaciones Históricas de la Revolución Mexicana bajo la dirección de JOSEFINA E. DE FABELA
Coordinador: ROBERTO RAMOS V. Investigadores: LUIS G. CEBALLOS, MIGUEL SALDAÑA, BALDOMERO SEGURA GARCÍA.
EDITORIAL JUS, S. A. MÉXICO, 1977. pp.59-61.