1977
Mis memorias de la Revolución. Isidro Fabela. 12. Don Abraham y el General Victoriano Huerta.
Octubre de 1977.


 

 

 

DON ABRAHAM Y EL GENERAL VICTORIANO HUERTA.

TODO EL AÑO DE 1912 lo pasé en Chihuahua, al lado del Gobernador González, colaborando en su administración dentro de la más completa armonía. En poco tiempo nos hicimos amigos íntimos. Acordaba con él diariamente en su despacho, y casi todos los días salíamos juntos de Palacio para hacer largos paseos a pie, que eran muy de su agrado.

En esas correrías por las alamedas y encrucijadas de la simpática ciudad provinciana, fui conociendo el espíritu recto y firme de aquel hombre bueno, que soñaba apasionadamente con el mejoramiento del campo y de los campesinos y el engrandecimiento de la patria.

Por esas charlas me fui enterando de las minucias de la política local, y de cosas más graves que fueron al fin trágicas.

La campaña contra el orozquismo no tenía fin en el Estado por culpa del ejército federal. Cuando una partida rebelde irrumpía en algún poblado, el Cuartel General de Chihuahua movilizaba contra ella una pequeña columna la que jamás recibía órdenes de perseguir, hasta exterminar a los alzados.

Con este procedimiento es cuento de nunca acabar -me dijo don Abraham.

¿Pues, qué el Gral. Huerta no tiene tropas bastantes? le pregunté.

Tiene fuerzas de sobra, que no sirven para nada. Parece que lo hacen con intención... Si yo tuviera mi gente, rancheros voluntarios de mi confianza, conocedores del terreno, yo mismo, sin necesidad de los federales, ya habría acabada con Pascual Orozco... Pero el Presidente no quiere, ya usted lo sabe.

¿Y el Gral. Huerta, qué le dice a usted?

Lo de siempre: "No se impaciente, señor Gobernador, no se impaciente. De esos rebeldes yo me encargo".

El hecho es -agregaba Don Abraham- que las voladuras de trenes continúan, lo mismo que los incendios de estaciones y asaltos aquí y allá, y que no tenemos paz.

Dígame, señor -le dije un día al Gobernador-, ¿el Gral. Huerta es amigo de usted?

Él dice que sí...

¿Y usted?

Yo digo que no. Los federales no nos quieren, Lic.; no nos perdonan ni perdonarán la rendición de Ciudad Juárez; pero el señor Madero les tiene una confianza ciega...

Recuerdo que una vez me contó don Abraham que cuando la División del Norte, comandada por Victoriano Huerta, llegó triunfante a la capital chihuahuense después de las batallas de Rellano y Bachimba, el propio general en jefe lo llevó a él del brazo hasta el salón de actos del palacio, y le dijo:

Ahora sí, señor Gobernador, ya lo instalamos en su gobierno y nos vamos.

Después de aquel día, sólo en una ocasión volvió a visitarme, a pesar de encontrarnos tan cerca. (El Palacio Federal de Chihuahua, donde tenía sus oficinas Huerta, estaba frente al del Gobierno del Estado.)

Desgraciadamente yo sí tengo necesidad de ir a verlo, pues cada vez que recibo noticias de los distritos, anunciándome depredaciones de los rebeldes, tengo que pedirle envío de tropas. Cuando esto sucede, es decir, cuando me veo precisado a visitarlo, avisándoselo previamente, el Gral. Huerta sale a mi encuentro diciéndome:

¡Ah, señor Gobernador, cuánto honor de ver a usted por acá! ¿Qué se le ofrece al señor Gobernador? Ya sabe que estamos siempre a sus órdenes.

A la salida -agregó Don Abraham- la misma comedia: "Mucho honor, señor Gobernador, de que visite usted a los humildes soldados".

No me gusta este hombre, Lic., no me gusta -me dijo otro día mi jefe.

¿Qué sagaz presentimiento haría repulsiva al noblote ranchero patriota, la figura torva de su futuro victimario?

Yo también hablé una vez con el Gral. Victoriano Huerta. Fue en la propia capital de Chihuahua, recién llegado para hacerme cargo de la Oficialía Mayor del Gobierno. Fui a saludarlo con una carta de recomendación de su hijo Jorge, amigo mío de la primera juventud. Con éste me había unido la misma entusiasta afición por el juego de pelota a cesta, en la que Jorge era muy experto. Jugábamos juntos en el frontón de mi inolvidable amigo fraternal José Landero, donde él era el mejor zaguero del cuadro.

El Gral. me recibió con indiferente frialdad, pero al leer la carta de su hijo, cambiando un poco de actitud y de tono, me hizo algunas preguntas obligadas.

Conque de Oficial Mayor, ¿eh?

Sí, señor, Oficial Mayor.

¿Y es usted Diputado?

Sí, Gral... soy Diputado.

¿Y por qué no se va usted a México? ¿No piensa usted entrar a la Cámara?

Por ahora, no. Colaboro con el señor gobernador González y estoy muy complacido a su lado.

Bueno, bueno, pues ya sabe usted, joven, que aquí me tiene por si algo se le ofrece. El torvo soldado no me hizo la impresión de amigo ni de hombre leal.

 

Fuente:

MIS MEMORIAS DE LA REVOLUCIÓN.
Editados por la Comisión de Investigaciones Históricas de la Revolución Mexicana bajo la dirección de JOSEFINA E. DE FABELA
Coordinador: ROBERTO RAMOS V. Investigadores: LUIS G. CEBALLOS, MIGUEL SALDAÑA, BALDOMERO SEGURA GARCÍA.
EDITORIAL JUS, S. A. MÉXICO, 1977. pp.42-44.