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Cartas al Presidente Cárdenas. Carta 8. México y Europa.
Ginebra, 7 de enero de 1939.

 

 

CARTA NUM. 8.

Ginebra, 7 de enero de 1939.

México y Europa.

Antes de informar a usted -en cartas posteriores- sobre la situación que he encontrado en Europa, después de los desastrosos convenios de Munich, he querido darle las impresiones de mi reciente viaje a nuestra tierra, pues pienso que pudiera interesarle la opinión de un compatriota que, habiéndose ausentado del país durante año y medio, encuentra en él, al tornar a verlo, una situación difícil pero, indudablemente, menos intrincada y peligrosa que la reinante en Europa.

***

Cuantas veces he regresado a la patria, he sentido más y más acentuados, el afán por su progreso, la admiración por su naturaleza esplendorosa, el apego a sus muy pecualiares costumbres y tradiciones, y el amor a su pueblo, tan merecedor de una vida más humana y digna de sus capacidades. Pero la verdad es que nunca había tenido un interés tan vivo y creciente por su desenvolvimiento general, como en este mi reciente viaje. ¿Por qué?

Desde luego, porque la ausencia larga y la mucha lejanía intensifican en nuestro espíritu el apego a la tierra en que nacimos, haciéndonos contemplarla, a distancia, como el complemento de nuestro ser, como algo que nos falta para integrar nuestra propia existencia. Y, además, porque en esta ocasión, más que en otras, hallé en México una vida más activa y vigorosa, un movimiento citadino extraordinario, un proletariado cada día más consciente y una juventud más sana, más alegre y más alerta.

Claro es que el movimiento mercantil ha resentido el contra-golpe de nuestra depresión económica, derivada de la expropiación petrolera que abatió el precio de nuestra moneda, restringiendo el comercio nacional e internacional; pero puntualmente, teniendo en cuenta estas circunstancias desfavorables a nuestra economía, más nos sorprendió haber contemplado a un pueblo pobre que, viviendo con entereza su precaria situación, trata de salir avante, en su lucha cotidiana, a fuerza de tesonero trabajo, de ingenio y de optimista fe en sí mismo. Y vive, y vive mejor que antes, a pesar de todas las dificultades que encuentra a su paso, no sólo porque en México la gente no se muere de hambre, sino porque cada día -y por efecto de la Revolución- el mexicano se ha hecho más y más apto para el trabajo, para conocer y reclamar sus derechos, para elevar por sí mismo su standard de vida; es decir, para crearse necesidades que lo transformen en un verdadero ciudadano, en un hombre responsable, con más cultura, con más vigor físico, con mejor educación espiritual, con más sanas costumbres, con más conciencia de sus deberes familiares y sociales.

***

Cuando vuelvo los ojos a algunos países europeos y comparo su penosa situación general, con la nuestra, pienso que quizá no estamos tan desastrosamente mal como sostienen quienes no están conformes con el Gobierno actual de México.

Los Estados democráticos por excelencia, Francia e Inglaterra, viven en medio de muy graves preocupaciones de todo orden: su economía, antaño próspera, ahora encuéntrase en muy serias dificultades. El Gobierno del Frente Popular francés disminuyó considerablemente las reservas del Banco de Francia; y ahora Daladier, tratando de corregir el desequilibrio financiero y el malestar económico de su país, dicta disposiciones drásticas, opuestas a las conquistas sociales ya obtenidas, disposiciones que lo han puesto al borde de una nueva crisis ministerial, que, de efectuarse, arrojaría a la nación en otra serie de conflictos que, aun pudiendo conceptuarse lógicos dentro del sistema realmente democrático de Francia, revelarían, sin embargo, una aguda desorientación política del pueblo. El Gobierno, para intensificar, en gran escala, la producción armamentista que le es ruinosa, pero que le es también indispensable para prepararse contra y para la fatal guerra futura,
viola la ansiada reivindicación de las cuarenta horas; mientras los sindicatos, en represalia, decretan una huelga general que fracasa lamentablemente.

Todo esto mientras el pueblo se siente profundamente humillado por los pactos de Munich, que representan una claudicación más de las democracias ante el avasallador dictado de las tiranías fachistas; pactos que significan el quebranto flagrante de un solemne tratado con Checoeslovaquia, repetidas veces reiterado, poco antes de ser preterido; pactos que entrañan, por último, no el afianzamiento de la paz -su único fin-, sino el fermento de la próxima conflagración, harto más fatídica que la última y que las grandes potencias occidentales tendrán que aceptar y emprender, en condiciones más desventajosas. ¿Por qué? Porque, para entonces, Hitler y tal vez su satélite Mussolini tendrán bajo su férula de hierro, mordaza y sangre, la mayor parte de los Estados danubianos, que, después del desmembramiento de Checoeslovaquia, están siendo conquistados pacíficamente, en detalle, con éxito rápido y seguro.

¿Seguro? Sí, porque la Gran Bretaña, cometiendo tal vez un craso error, no quiere meter las manos en la Europa Central y Oriental, y porque Francia, aunque quisiera, ya no podría, porque ha perdido de un golpe el enorme y bien ganado prestigio que tuviera en los Estados de esa vasta región, cuya hegemonía económica, comercial, política y militar está quedando, prácticamente, a la merced del poderío nazi.

***

En Inglaterra, cerca de dos millones de hombres sin trabajo crean un tremendo problema interno, insoluto desde hace tiempo, que mantiene sumido en la miseria a un ejército de desocupados, pues el corto subsidio que reciben del Estado no les basta para sus urgentes necesidades (17 a 24 chelines semanarios, de acuerdo con el número de familiares del desocupado). El problema es tremendo, porque un 11 a 12 por ciento de la población carece de empleo (en Gales el porcentaje sube a 24.3 por ciento).

El costo de la vida ha aumentado de un 6 a un 8 por ciento desde 1937, y en comparación al año de 1914, los índices han subido de 50 a 60 por ciento. Los precios han subido todos en Inglaterra: los alquileres, la ropa, los alimentos, los transportes, etc.

El comercio exterior -importaciones y exportaciones-, ha disminuido bastante. (Diez millones de libras en un mismo mes -noviembre- de 1937 y 1938.)

El tipo de cambio ha bajado en relación con el dólar: de 1 por 5 a 1 por 4.64. La tasa de interés del Banco de Inglaterra es de 2 por ciento, no obstante lo cual se realizan pocos préstamos y la actividad industrial no aumenta. En la Bolsa de Valores casi no ha habido movimiento desde 1936.

El impuesto sobre la renta es de 5 1/2 chelines por libra, o sea más de un 25 por ciento, y el impuesto sobre herencias llega hasta el 50 por ciento.

Las condiciones sociales en Inglaterra son precarias. El coeficiente de natalidad ha disminuido, afirmándose que, para 1970 u 80, la población del país estará estacionada.

La alimentación de las clases obreras es muy deficiente, por lo que el raquitismo en los niños es frecuente.

Los pobres -en las grandes ciudades- viven en casas mal ventiladas, sin luz, sin aseo, sin aire, pues en los barrios bajos, en un mismo cuarto habitan muchas personas.

La mayoría de los trabajadores apenas gana lo indispensable para vivir, dado el alto costo de la vida. Y en cuanto al estado psicológico de la juventud -estudiantes y empleados- es de un gran desaliento y pesimismo, porque presiente que su porvenir es perder su vida en la próxima guerra que creen inevitable.

Ultimamente, cuando el señor Chamberlain. el apóstol negativo de la paz, entregó la enorme y rica cuenca danubiana en manos de Hitler, el Parlamento inglés comprendió que los ochenta millones de alemanes de la Gran Alemania actual constituyen una seria amenaza para la precaria paz de Europa; cuando el Parlamento, avizorando el brumoso horizonte político, comprendiera que también el vasto imperio de S. M. corría peligro, votó un extraordinario decreto que permite al Gobierno gastar, en un período de cinco años, dos mil millones de libras esterlinas para la construcción de armamentos y pertrechos bélicos, suma fabulosa que cae sobre las espaldas del pueblo británico, para abatir más de lo que está su empobrecida situación.

***

En Alemania, el pueblo ha perdido su libertad; los ciudadanos se han transformado en esclavos del Führer. La independencia política y religiosa se acabó en el Reich. Todo alemán tiene que ser nazi y adoptar la nueva religión hitlerista. Los católicos son perseguidos impíamente; la religión de Cristo ha de ser barrida en Alemania como enemiga de la verdadera cultura y de la suprema civilización: la germánica.

Los judíos son entes, no sólo despreciables, sino nocivos, por su credo y por su raza; raza inferior que no debe convivir ni rozarse siquiera con la aria, la única digna de habitar Alemania y dominar el mundo.

Los judíos sólo merecen el destierro, la cárcel y la muerte. Para Hitler, el mejor judío es el judío muerto. Por eso se ha erigido en toda la extensión del III Reich un nuevo sistema de represión, esencialmente ejemplar: el "suicidio". El cual es muy eficaz para someter a los descontentos. En Austria, a raíz de la ocupación de marzo, más de mil "suicidios" pacificaron completamente la nueva provincia alemana. Pero como ese procedimiento no puede aplicarse a todos los israelitas, el Gobierno de Berlín ha decretado una pena colectiva contra todos los judíos en represalia del asesinato de un diplomático nazi, muerto por uno de aquéllos: la bien conocida pena consiste en la confiscación total en ciertos casos, y, en general, en pagar al Reich una multa de mil millones de marcos; suma fantástica, que representa la mayor parte del capital judío en toda la nación. En tal forma esas infelices gentes, que tanto han contribuído al considerable progreso material e intelectual del Estado alemán, y del mundo, han pasado, de la condición de indeseables a la de miserables parias, sin patria, sin paz y sin pan. Ese es el esbozo del cuadro nazi. Pasemos ahora al fascista.

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En Italia reinan la pobreza y la opresión política. Patrones y obreros, por igual, viven agobiados: los primeros, por los excesivos impuestos, que les son aumentados constantemente con cualquier fútil pretexto; y los obreros, por los bajos salarios y las demasiadas horas de labor.

El Gobierno está en bancarrota; la conquista de Abisinia, que no se ha realizado de modo absoluto, ha exprimido y agotado al fisco. Lo mismo que la guerra de España, en la que han muerto miles y miles de hombres y se han gastado millonadas de liras.

El italiano tiene que ser fascista, o no vivir en el reino; quien no se inscribe en el único partido existente y no asiste puntualmente a las manifestaciones populares (?), ordenadas para loar al duce, pierde su puesto, para después ser perseguido, encarcelado o muerto.

Las familias de los soldados que están en Etiopía o en España, viven en el más completo pauperismo: les pagan tres liras diarias a las esposas y una más por cada hijo, con lo que no pueden humanamente vivir.

El malestar económico y político del reino es atroz. El pueblo ha perdido su libertad de pensamiento, de asociación, de conciencia. Los judíos son ahora perseguidos como en Alemania. Los ciudadanos han dejado de serlo, porque no tienen representación popular: el Parlamento fué suprimido para ser reemplazado por el Gran Consejo Fascista que obedece las órdenes de Mussolini, que es el César, el amo único de toda la nación.

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En la Europa Central y Oriental, los Gobiernos todos se preparan activamente para una guerra que creen inevitable, mientras someten a sus respectivos pueblos a las cargas tributarias más pesadas.

La ansiedad y la penetrante preocupación dominan los espíritus de aquellos países que son un mosaico variadísimo de razas, religiones y nacionalidades. Las fronteras de cada uno de ellos no coinciden con determinado grupo étnico o nacional, porque -después del Tratado de Versalles- se incorporaron a cada uno de los nuevos Estados: Polonia, Checoeslovaquia, Hungría, Yugoeslavia, diversos grupos raciales de diferentes lenguas, costumbres, historia, religión, lo que ha traído por consecuencia el que en aquellos Estados no haya existido desde un principio, ni exista, una verdadera unidad nacional; lo que acarrea las pugnas más enconadas y las perturbaciones internas e internacionales más frecuentes. Sobre todo, después del reciente desmembramiento de Checoeslovaquia.

En efecto, todas las nacionalidades consideradas como irredentas -ante sí mismas, o porque realmente lo sean- pugnan ahora por separarse del gobierno central que las domina, para buscar, cuando menos, una autonomía lo más lata posible. Esto en virtud de los convenios de Munich, que resucitaron el principio wilsoniano de las nacionalidades, a disponer de sus propios destinos.

Este principio, justo en teoría pero difícilmente aplicable en la práctica, especialmente en la Europa Central; ese principio que no se aplicó equitativamente en los Tratados de Versalles y Saint Germain, está dando origen a los más encontrados pareceres y conflictos exteriores entre Praga y Budapest; entre Varsovia y Praga; entre Hungría y Polonia; entre Rumania y Hungría; entre Polonia y la U. R. S. S., etc.

En otros términos, disgregado el imperio austrohúngaro al fin de la Gran Guerra, los nuevos Estados vivieron tranquilos -aunque algunos miserablemente, como Hungría y, en particular, Austria- mientras Alemania los dejó en paz; pero ahora que el Führer, ha mostrado una gran codicia hegemónica sobre el Este europeo, los gobiernos y pueblos de todos esos países presienten el peligro común. De manera que, en sus luchas nacionalistas, raciales y religiosas, entre ellos mismos, agregan el peligro germánico que se cierne sobre su independencia, como una espada de Damocles que los puede herir o decapitar fácilmente.

***

Ese es el cuadro sombrío que vemos en Europa, cuadro en que resaltan aquí y allá las manchas de sangre y los rasgos negros del odio, el pavor, el pesimismo, la miseria, la muerte... Y, dominándolo todo, la convicción general, aun en los "pueblos bálticos o escandinavos, de que la guerra se avecina y de que es urgente armarse, armarse, minuto a minuto, más y más y más.

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Examinaremos ahora, a vuela pluma, el panorama mexicano, para darnos cuenta, siquiera un poco, de la diferencia que existe entre nuestra vida nacional, pobre y difícil, y la de estos cultos pueblos, atormentados por una cruenta realidad presente o por el misterio de un mañana que presienten trágico.

La impresión que me dió México fué la de un pueblo alerta que marcha con tropiezos, pero sin vacilaciones, a una vida mejor. La conciencia colectiva, en general, me pareció más segura de sí misma, más consciente de sus responsabilidades, más fuerte, más recta.

El pueblo, engendrado en las ideas redentoras de la Revolución, es ya mayor de edad, y aunque le falta todavía mucho que andar en las sendas de la cultura y de la moral individual, ha ganado en ilustración y ha aprendido a conocer sus derechos y a saber reivindicarlos. Y en cuanto a sus deberes, aunque no los cumple como debiera, es evidente que, con más firme voluntad por parte de las autoridades para obedecer y hacer obedecer las leyes, encontrará el carril de sus obligaciones.

El obrero de ahora es un ciudadano que en nada se asemeja al paria sometido a los industriales y a los jefes políticos del antiguo régimen. El obrero actual es un hombre responsable, con ambiciones, con ideales, con personería. Lo que falta es, en ciertos casos, ponderación, equidad y mayor cultura y energía para contrarrestar, cuando es preciso, las tendencias equivocadas de algunos líderes. Y en muchos de éstos, una ética de mayor altura.

Es reconfortante mirar de cerca el progreso social de México. Cuando los revolucionarios de 1910 y 1913 volvemos los ojos al pasado y recordamos cómo eran entonces los trabajadores de nuestro país, cómo vegetaban, cómo pensaban, cómo sufrían los abusos del patrón y las injusticias de las autoridades; cuando pensamos que precisamente su triste estado nos hizo reaccionar, rebelándonos contra el Poder público que tales cosas permitía, y ahora, al cabo de veinticinco años, contemplamos el resultado del movimiento emancipador que emprendimos como un deber elemental y como un sueño patriótico, nos sentimos dichosos, no tanto por haber sido pionners de aquella lucha, sino por verla coronada con el éxito. Porque la Revolución, a pesar de sus fallas, unas de procedimiento, otras de fondo; a pesar de los elementos prevaricadores que la comprometieron y la deshonraron; a pesar de la multitud de irresponsables que cobijó en su seno (como toda revolución), fue útil al adelanto político y social de nuestra República, como seguramente lo consignará el balance crítico de nuestra historia contemporánea.

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Ultimamente, es decir, después de la expropiación a las compañías petroleras, la situación de México hizo crisis: la baja considerable de nuestro peso, la huída del capital extranjero de nuestro país y, consiguientemente, la gruesa disminución de sus inversiones; la feroz campaña emprendida contra nosotros por los implacables capitalistas afectados por la expropiación, campaña que ha impedido o dificultado grandemente la venta del petróleo nacional; todas esas circunstancias, como dijimos antes, han abatido nuestra economía y la deprimen aún, con notorio daño del comercio, la banca, la industria de toda especie y del pueblo en general, cuya vida encuentra mayores dificultades que vencer.

Pero lo admirable de nuestro pueblo es su resistencia, sus capacidades de trabajo, su energía para sobrellevar las más duras crisis y dominarlas; lo extraordinario de nuestro país es su vitalidad, su valor intrínseco, su fuerza como nación, su recia personalidad.

Eso nos salvó en momentos bien críticos de nuestro pasado revolucionario; y eso mismo nos salvará ahora y nos salvará en el porvenir. Por supuesto, si contamos, como contamos ahora, y tuvimos antaño, gobiernos bien penetrados de sus responsabilidades históricas, y estadistas de carácter sólido, de pulcro patriotismo y de manos limpias de oro y sangre, para imponer su personalidad, por el respeto y la estima, dentro y fuera de la República.

¿Qué gobierno es perfecto en el mundo? ¿Qué gobierno no comete errores chicos y grandes? El de usted, señor Presidente, habrá tenido sus yerros, es indudable; pero es también inconcuso que ha gobernado con eminente patriotismo, con un profundo deseo de impartir el bien, especialmente a quienes más lo han menester; las gentes del taller y del campo, con nítida honradez y con un carácter siempre acerado.

Acabó usted resueltamente, y con el beneplácito de la nación entera, con un dualismo político estorboso para la unidad de su administración; estorboso porque cargaba desde hace tiempo un lastre harto pesado para quien, como usted, anhelaba gobernar honestamente y sin afanes de lucro. Y, en general -¿quién podría negarlo sin engañarse a sí mismo?-, se ha empeñado usted ahincadamente en un trabajo intensísimo tendiente a hacer todo el bien posible al pueblo mexicano, al que se debe usted por completo.

Por todas estas consideraciones su "Mensaje a la Nación" de 9 de diciembre último, nos parece oportuno y justo.

Tiene usted toda la razón cuando dice: "Es audaz e insensato afirmar que se vive dentro de un régimen dictatorial, precisamente cuando se han proscrito los asesinatos políticos y vuelto a la Patria, gozando de la protección de las autoridades, a los desterrados que sufrieron amargo exilio; cuando la prensa más conservadora puede expresar su enconada crítica sin restricción alguna; cuando las cárceles sólo guardan delincuentes comunes; cuando los pensadores pueden difundir libremente su credo y sus opiniones; cuando de nuestra hospitalidad disfrutan destacados luchadores y a nuestras puertas llaman las víctimas de cruentas persecuciones, y cuando, por último, el Gobierno pudo, con sólo la fuerza moral de la adhesión del pueblo, desbaratar sin derramamiento de sangre la reciente conjuración de los conservadores, abortada en San Luis Potosí..." "Es verdad -como usted dice- que aún existen miles de hogares mexicanos donde hombres, mujeres y niños, no ven satisfechas sus más elementales necesidades; pero estas condiciones de miseria son herencia secular que no ha podido liquidarse en una corta etapa de lucha y de trabajo, y que lejos de afrentar a la Revolución, la justifican, estimulan su marcha y obligan a enfrentarnos contra las más poderosas fuerzas internas y exteriores, como el reciente caso en que por desterrar las condiciones depresivas de los trabajadores de las ricas zonas petrolíferas, apoyados en la legislación del trabajo y en la responsabilidad de los Tribunales, se impidió que prevaleciese la fuerza económica de las empresas, que lo mismo disputaban al pueblo mexicano la riqueza de su suelo que la soberanía de su poder."

***

Si los que atacan a usted pensaran antes en estas verdades y volvieran luego sus ojos al Viejo Mundo, para contemplar las miserias y los peligros que lo agobian, y recordaran también las tragedias de España y China, que no tienen paralelo en las historias guerreras del mundo, y, por último, comprendieran que el porvenir de la humanidad, con excepción de nuestra América, está al borde de un estado bélico que sería mucho más tremendo que el del cuatrienio pavoroso de 1914 a 18, entonces y sólo entonces convendrán quiza en que la situación de nuestro México actual no es tan mala como ellos dicen.

Como es verdad, señor Presidente, México padece una crisis que será pasajera, pero no lleva en su espíritu el pesimismo, el miedo y el cansancio de esta admirable Europa, más que vieja, envejecida por el dolor y las ambiciones desmesuradas de unos cuantos.

México tiene pan, tiene paz, tiene juventud, tiene aliento, tiene optimismo para vivir y triunfar... y triunfará, señor Presidente.

 

Fuente:

Isidro Fabela. CARTAS AL PRESIDENTE CÁRDENAS. Offset Altamira. México, 1947. pp.91-106.