1939
Cartas al Presidente Cárdenas. Carta 22. La agresión de Rusia a Polonia.
Ginebra, 18 de septiembre de 1939.


 

 

CARTA NUM. 22

Ginebra, 18 de septiembre de 1939.

La agresión de Rusia a Polonia.

Ayer entraron los ejércitos de la U. R. S. S. en territorio polaco; la agresión no puede justificarse de ninguna manera, y consumará la desaparición de Polonia como Estado independiente. Los patriotas polacos tendrán que repetir la dramática frase de su héroe epónimo Kosciuszko, cuando, después del cuarto y definitivo reparto de su patria entre Federico el Grande, Catalina de Rusia y María Teresa de Austria, exclamó: "Finis Polonia."

Sólo que ahora lo mismo que antaño, ¡Polonia resucitará! O no habrá ya justicia humana ni divina en la que el hombre de este siglo pudiera confiar.

Todavía varias divisiones polacas resisten heroicamente en Varsovia, Lemberg, Lublin y otras ciudades de menor importancia; pero cuando usted reciba esta carta Polonia habrá muerto, pues es militarmente imposible que resista a los dos ejércitos invasores que la están despedazando con fuerzas superiorísimas a las suyas.

Los autores del atentado, Alemania y la U. R. S. S., se repartirán seguramente el botín de guerra: el III Reich tomará lo que tenía Alemania antes del Tratado de Versalles (Posen, el Corredor, Danzig) y algo más; y Rusia, igualmente, lo que tuviera antes de la guerra pasada: Ukrania y la Rusia Blanca.

Como siempre, señor Presidente, no hago en mis cartas a usted predicciones para el futuro, sino sólo conjeturas más o menos fundadas en los hechos existentes, en la tendencia de los gobernantes que dirigen los destinos de los países aludidos, en su economía, en sus intereses políticos, en sus posibilidades militares, y, en general, en todos aquellos factores de diversa índole que pudieran influír en los destinos de cada país.

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Fundado en las declaraciones que hiciera Goëring hace poco, en la propaganda que los nazis han venido desarrollando entre las tropas francesas, fronteras a la línea Sigfried y en cierta prensa europea, pensamos como muy probable que Hitler, al consumarse la completa ocupación de Polonia, ofrezca la paz a Inglaterra y a Francia.

Si tal sucediera y las Cancillerías de París y Londres aceptaran la oferta, la guerra terminaría inmediatamente, y toda la tragedia habría durado aproximadamente un mes. Pero no puedo creer que Chamberlain y Daladier aceptaran esa paz. ¿Por qué? No sólo porque ella sería precaria, no sólo porque el primer ministro francés declaró hace poco enfáticamente que si la aceptara Francia se cubriría de ignominia, sino porque al continuar la lucha, no van los aliados a tratar únicamente de resucitar al Estado caído, sino que se van a defender ellos mismos y al mismo tiempo los principios de la libertad y la democracia de Europa y del mundo.

Porque es evidente, y así lo han de ver los estadistas franceses y británicos: si Alemania y Rusia quedaran dueñas de Polonia, prácticamente tendrían las puertas del Oriente abiertas para establecer su hegemonía larga y quizá definitiva en toda la Europa Central y Oriental y en los Balkanes, para extender después sus tentáculos al Asia y al Mediterráneo, con grave perjuicio de los vastos imperios de la Gran Bretaña y de Francia, que no podrían quizá contrarrestar a la nueva Gran Alemania, porque ésta llegaría entonces a adquirir una fuerza prepotente, ni a la U. R. S. S., que intentaría realizar sus recónditos designios de bolchevizar al mundo.

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¿Cómo se repartirán el botín de guerra polaco los vencedores? Imposible saberlo a ciencia cierta, pero es seguro que Hitler y Stalin, al firmar su Pacto de no agresión el 21 del pasado, fijaron la línea de demarcación hasta dónde habían de llegar las tropas bolcheviques y cuál sería el territorio reservado al Reich.

Además, en ese tratado debe haberse convenido entre ambos dictadores que Rusia tendría, en los territorios por ella ocupados, manos libres para establecer desde luego los Soviets locales de campesinos y soldados con el consentimiento pleno del Führer, así como que éste, igualmente, se adueñaría del resto de la difunta República para gobernarla de acuerdo con la política nacional socialista.

¿Cuál serán las consecuencias de la rara conjunción de esas dos grandes potencias, hasta hace muy poco enemigas y diametralmente opuestas en sus ideologías políticas? ¿Podremos creer que seguirán en la más grande armonía en su condueñazgo de Polonia? ¿Dejará Alemania que Rusia se apodere de Hungría, lo que le sería muy fácil, para seguir bolchevizando a los Estados balkanicos? ¿No tendrá Hitler la mira ulterior de establecer una hegemonía comercial alemana en la propia Hungría y después en Bulgaria, en Yugoeslavia, en Turquía y en Grecia? ¿No tratará en el fondo de sus ocultas aspiraciones dominar el Mediterráneo para acabar con el Imperio Británico, su odiado enemigo? Posiblemente podríamos contestar afirmativamente tales interrogaciones; pero entonces nos preguntamos a nosotros mismos: ¿Cómo es posible que si el Führer ambiciona ir más allá de Polonia, permita que los ejércitos rojos lleguen a la frontera húngara y tengan, como tienen ya, fronteras comunes con Alemania?

Todo esto nos parece tan extraño y anacrónico que nos deja perplejos frente al misterio del próximo porvenir político de esos dos países totalitarios, respecto a su actuación en la Europa Oriental.

Pero sí creemos que no puede unir el futuro lo que el pasado separó tan antagónicamente; porque no es creíble que dos pueblos y dos Gobiernos enemigos, que se han desconfiado mutua y sinceramente, fraternicen de la noche a la mañana en un duradero interés común. En otras palabras, la destrucción de Polonia ha unido por la fuerza de las circunstancias a los Soviets y a los nazis; pero sus gobernantes respectivos, en el fondo de sus conciencias, seguirán siendo hostiles unos a otros.

 

Fuente:

Isidro Fabela. CARTAS AL PRESIDENTE CÁRDENAS. Offset Altamira. México, 1947. pp.239-243.