1939
Cartas al Presidente Cárdenas. Carta 19. La obra de Hitler.
Ginebra, 16 de septiembre de 1939.


 

 

CARTA NUM. 19

Ginebra, 16 de septiembre de 1939.

La obra de Hitler.

Alemania ha entrado a la guerra actual con toda premeditación y por la sola voluntad de Htiler y los suyos. Cualquiera persona medianamente informada de los acontecimientos políticos europeos de los últimos años, sabe que el Führer ha venido preparando sus agresiones en la Europa Central y Oriental de acuerdo con su plan político expuesto en el "Mein Kampf", el cual ha ido realizando paso a paso.

La conquista de Austria la había previsto y la preparó en forma tan bien estudiada y admirablemente ejecutada que en unos cuantos días le permitió ocupar el país y regularizar los servicios públicos, sustituyendo a todos los funcionarios que le parecieron sospechosos, es decir, a los patriotas austríacos y a los judíos, por gente de su confianza.

Para no tener enemigos serios que pudieran provocarle un conflicto interno, suprimió, por medio de la Gestapo, a varios miles de ciudadanos que habían cometido uno de estos dos graves delitos: el de ser judíos o el de haber sido partidarios del mártir Dollfus. El sistema practicado por la trágica Gestapo en Viena, fué especialmente el del "suicidio". A todo descontento o sospechoso de nacionalismo austríaco se le entregaba un revólver para que se "suicidara" en su celda y si no lo hacía se le asesinaba.

Austria fué así dominada sin que las grandes potencias ni la Sociedad de las Naciones, excepto México, protestaran por la supresión de un Estado independiente miembro de la Liga.

El Gobierno mexicano, habiendo aprobado por acuerdo de usted, señor Presidente, la nota que sometí a su consideración, dejó constancia histórica ante los Anales de la Sociedad de las Naciones de su enérgica protesta por ese crimen internacional llevado a cabo contra el derecho de gentes y contra títulos expresos del Pacto (1).

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Cumplida esta parte de su programa conquistador, Hitler enderezó su política imperialista sobre Checoeslovaquia. Todo el mundo sabe cómo maniobró para apoderarse, sin disparar un tiro, de la región sudetina. Los tristemente célebres convenios de Munich, en los que las grandes potencias fueron escarnecidas por el Führer, prepararon lo que trágicamente tenía que venir: la muerte de Checoeslovaquia como Estado soberano.

Los culpables indirectos de este hecho delictuoso fueron, como es bien sabido, la Gran Bretaña y Francia. Esta por no haber cumplido su solemne tratado de alianza con el Gobierno del Presidente Benes, e Inglaterra, por no haber querido ayudar a los franceses en tan duro trance.

Consumado el atraco, las Cancillerías de París y Londres lo aceptaron por la fuerza de las circunstancias, pero con la intención visible de no reaccionar militarmente, sino de aceptar como un hecho ya irremediable la creación de la Gran Alemania con Austria y Checoeslovaquia, pues, aunque los eslovacos no parecían quedar comprendidos dentro del III Reich, de hecho quedaron también sometidos a Hitler.

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Si el canciller alemán hubiera detenido allí sus conquistas, la paz se habría afianzado poco a poco, pero de un modo seguro en toda Europa; desgraciadamente, la ambición de Hitler no tenía límites, parece no tenerlos, y comprendiéndolo así las grandes potencias comenzaron a armarse acelerada e intensamente en previsión de esta guerra que ya consideraban inevitable.

Ante la historia no es el pueblo alemán el responsable de la conflagración presente, sino un grupo de hombres manejados por un fanático que, por querer dominar a Europa, sumirá a su país en la peor de las catástrofes, condenándole a su posible desaparición como gran potencia.

Porque si los aliados triunfaran en la contienda, el Estado alemán, muy probablemente, sería dividido en pequeños Estados, como lo estuvieron antes de la unión realizada por Bismarck. El pueblo alemán, repito, según mi sincero juicio, no es responsable de la guerra; no la ha deseado, no la necesitaba, le tenía pavor. Lo que ese pueblo culto y laborioso quería era poder vivir tranquilo para trabajar honestamente y seguir aumentando su comercio exterior e interior que crecía rápidamente, sin ambiciones hegemónicas de ninguna especie.

Pero a la inmensa mayoría de la nación la domina, como la ha dominado en otras épocas de su historia, el grupo militarista, la casta prusiana creada al influjo espiritual del canciller de hierro, de van Bülow y von Bernhardi.

Muchos sostienen que también el pueblo alemán es culpable de la guerra, porque no tuvo las capacidades necesarias para no dejarse dominar de un Gobierno tiránico, y que en esa virtud había que aplicarle el apotegma de que los pueblos tienen los gobernantes que se merecen. Pero aceptar esta creencia sería injusto. Muchos países han sido víctimas de regímenes dictatoriales y agresivos que no se han podido sacudir porque contra el terror no es fácil reaccionar en cualquier momento.

Es evidente que el hitlerismo desaparecerá algún día en Alemania y que el pueblo volverá a ser libre; pero lo triste es que cuando se libre de la ominosa tiranía presente, al perder la guerra caerán en las manos de una rigurosa política internacional franco-británica que volverá a hacer víctima al pueblo, como en la guerra pasada, del resultado de su victoria.

Es decir, que hasta que cada alemán quiera, aprovechando su cultura y su gran capacidad de trabajo, ser individualmente un hombre libre y un verdadero ciudadano que no tolere en el Gobierno dictadores totalitarios, hasta entonces podrá tener la seguridad de poder vivir en paz, siendo, como ha sido en ciertas épocas de su historia y como sería justo que fuese, un Estado de primer orden que tuviera influencia cultural, artística y económica en el mundo entero.

Todo lo anterior está escrito bajo la hipótesis de la victoria de las democracias. Naturalmente si Hitler venciera, para lo cual necesitaría la ayuda de Rusia y de Italia, cuya colaboración no es imposible, entonces la faz de Europa y del mundo cambiaría.

Para evitar esa victoria, que sería el fin de la independencia de los pueblos y de la libertad de los individuos, sería necesaria la intervención de los Estados Unidos en la lucha, intervención en la que no dudamos si la U. R. S. S., con su formidable poder, resolviera invadir Europa para hacer la Revolución social.

Esta eventualidad no es imposible ni quizá difícil, pero lo que nos parecería muy extraño sería que Italia, rabiosamente anticomunista, se prestara al juego, porque ella misma sería una de las primeras víctimas.

En esa virtud, pensamos que si Stalin cree llegada su hora de hacer triunfar el comunismo, Italia puede ser otra barrera más a la invasión del bolchevismo en Europa.

De todas maneras si la conflagración se generaliza, la actitud de los Estados Unidos podría ser decisiva en la hora culminante.

 

(1)   Las declaraciones a la prensa mundial que yo hiciera en mi carácter oficial de delegado permanente de México en la Sociedad de las Naciones, fueron las siguientes:

"En vista de la supresión de Austria como Estado independiente por obra de una intervención militar extranjera, y teniendo en cuenta que hasta la presente fecha no ha sido convocado el Consejo de la Liga de las Naciones para los efectos del artículo 10 del Pacto, que establece la obligación de respetar y mantener contra toda agresión exterior la integridad territorial e independencia política de todos los miembros, por instrucciones del Gobierno mexicano tengo el honor de enviar a usted las siguientes declaraciones con la suplica de comunicarlas a los países que forman parte de nuestra Institución.

"La forma y circunstancias que causaron la muerte política de Austria, significan un grave atentado al Pacto de la Liga de las Naciones y a los sagrados principios del Derecho Internacional.

"Austria ha dejado de existir como Estado independiente por obra de una agresión exterior que viola flagrantemente nuestro Pacto constitutivo, así como los Tratados de Versalles y Saint Germain, que consagran la independencia de Austria como inalienable.

"Esa inalienabilidad ha debido ser respetada, no sólo por las grandes potencias signatarias del Protocolo de Ginebra de 1922 -en que se declaró solemnemente que ella respetaría la independncia política, la intgridad territorial y la soberanía de Austria-, sino por el mismo Gobierno de Austria, ya que dichos Tratados imponen a ese país, cuando menos, la obligación de obtener el asentimiento del Consejo tanto en la relativo al mantenimiento de su independencia en sus fronteras actuales, como cuanto a su existencia como Estado soberano, dueño absoluto de sus decisiones. (Corte Permanente de Justicia Internacional de La Haya. Resolución de 5 de septiembre de 1931.)

"En consecuencia, todo convenio o resolución que menoscabe la independencia de Austria debe considerarse como ilegal; igualmente toda agresión de cualquiera autoridad cerca de un Gabinete extranjero contraria a tales principios y compromisos, debe considerarse como arbitraria e inadmisible por los miembros de la Liga de las Naciones.

"La circunstancia de que las autoridades de Viena hayan entregado el Poder nacional al invasor, no puede servir de excusa a los agresores, ni la Liga de las Naciones debe aceptar el hecho consumado sin enérgicas protestas y sin las reacciones indicadas en el Pacto.

"Por otra parte, las autoridades que abandonaron el Poder Ejecutivo no representan al pueblo austríaco, que seguro contempla la muerte de su patria como una tragedia; esas mismas autoridades no obraron con libertad, pues voluntas coacta voluntas non est.

"En consecuencia, los Estados miembros de la Liga de las Naciones no deben considerar sus actos y palabras como expresión libre y legal de la nación sometida.

"El Gobierno de México, siempre respetuoso de los principios del Pacto y consecuente con su política internacional de no reconocer ninguna conquista efectuada por la fuerza, categóricamente protesta por la agresión exterior de que es víctima la República austríaca y declara al propio tiempo a la faz del mundo que, a su juicio, la única manera de conquistar la paz y evitar nuevos atentados internacionales como los de Etiopía, España, China y Austria, es cumplir con las obligaciones que imponen el Pacto, los Tratados suscritos y los principios de Derecho internacional; de otra manera, desgraciadamente, el mundo caerá en una conflagración mucho más grave que la que ahora se quiere evitar fuera del sistema de la Liga de las Naciones."

(Esta nota fué dirigida al secretario general de la Liga de las Naciones, señor Joseph Avenol.)

 

Fuente:

Isidro Fabela. CARTAS AL PRESIDENTE CÁRDENAS. Offset Altamira. México, 1947. pp.217-223.