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Cartas al Presidente Cárdenas. Carta 18. Actitud de Italia.
Ginebra, 13 de septiembre de 1939.

 

 

CARTA NUM. 18

Ginebra, 13 de septiembre de 1939.

Actitud de Italia.

La actitud de Italia frente a los beligerantes -Francia, Gran Bretaña y Alemania- es una incógnita de cuya solución dependerá quizá la suerte del nazismo. ¿Qué hará Italia? ¿Cumplirá su "Pacto de Acero" con Hitler arrojando sus ejércitos sobre la frontera sur de Francia y colaborando con la flota alemana en el Mediterráneo para tratar de dominarle? ¿Volverá las espaldas a Alemania, como en la guerra pasada, para sumarse a sus antiguos aliados? ¿O permanecerá neutral?

Desde luego con fundamento en el Tratado de Alianza italogermánico, se puede sostener que el Gobierno de Mussolini no ha cumplido sus compromisos con el Reich, pues desde el primer momento en que Inglaterra y Francia entraron en guerra con Alemania, Italia debió, ipso facto, haber enviado sus declaraciones de guerra a Londres y París. No lo hizo así por no sabemos qué causa oculta; pero desde luego por la razón notoria de evitar hasta donde le sea posible mezclarse en una lucha en que tendría que perder más que ganar, aun en el caso de que los regímenes totalitarios triunfaran.

Decimos esto porque si Alemania obtuviera la victoria, Italia quedaría a la merced de su aliada. El Reich victorioso sería para la península itálica una "aplanadora" que dominaría espiritual y materialmente al pueblo italiano, a pesar de que le otorgara todas las reivindicaciones que ha reclamado Mussolini a Inglaterra y a Francia, reivindicaciones que le otorgará con mil condiciones ventajosas y deprimentes.

Y si los aliados ganaran la contienda, Italia sería invadida por Francia en el Valle del Pó, pudiendo así los ejércitos franceses entrar en el territorio enemigo, según los expertos, sin grandes dificultades; a no ser que Italia declarase la guerra en el invierno, pues entonces el paso de los Alpes sería casi imposible, por no quitarle el casi.

La historia -y no muy tarde- nos revelará cuáles han sido las interesantes y trascendentales gestiones diplomáticas habidas entre Ribbentrop y Ciano; entre éste y Bonet; entre Ciano y lord Halifax. De tal manera que del intercambio de notas, telefonemas y mensajes habidos últimamente entre las Cancillerías de los tres países en guerra e Italia, dependerá en mucho la victoria final.

Asimismo sabremos si Italia, fundada en el Tratado ruso-alemán, contrario a los principios de los regímenes totalitarios, considera caduca su alianza militar con el III Reich, recuperando así su completa libertad de acción en el presente conflicto, o si, enterada de las negociaciones entre Moscú y Berlín, estuvo de acuerdo en la firma del Pacto de no agresión ruso-germánico.

En realidad, si Mussolini no fué debidamente enterado de las maniobras entre Hitler y Stalin para celebrar ese Pacto o, si conociéndolas, no las aprobó, se considerará con derecho para desvincularse de sus compromisos militares y políticos con el nazismo.

Entre el cúmulo de versiones circulantes en Ginebra, transmito a usted la siguiente por creerla de interés.

Dos alemanes que estaban comisionados oficialmente en Italia, pasaron por Ginebra hace unos días de regreso a su país, habiéndole contado a un amigo de su absoluta confianza, que lo es mío, este relato:

Mussolini, al ser apremiado por Hitler, para que cumpliera sus deberes de aliado conforme al "Pacto de Acero", presentó al rey Víctor Manuel el decreto relativo a la declaración de guerra, decreto que el emperador se negó a suscribir dos veces. Y cuando por tercera vez pretendió Mussólini obtener la firma real, Víctor Manuel le declaró enfáticamente que si le volvía a presentar nuevamente a la firma la declaración de guerra, abdicaría en favor de su hijo.

Ahora bien, como el príncipe heredero es todavía más amigo de Francia que el padre, es lo más probable que una vez en el trono tampoco estuviera de acuerdo con la guerra, corriendo así grave peligro el propio Mussolini o la corona y, en todo caso, la paz interior de Italia.

Si lo anterior es verdad puede explicarse la reservada conducta del Gobierno fascista en el actual conflicto.

De cualquier manera que sea, para Inglaterra, y sobre todo para Francia, la incógnita italiana es de una importancia suma, pues los Estados Mayores aliados necesitarán saber si Italia estará con ellos o contra ellos, o si permanecerá neutral en la contienda, para así poder distribuír sus tropas de acuerdo con un plan fundado en realidades y no en hipótesis.

Hay quienes opinen, y no son pocos, que Hitler y Mussolini están de acuerdo en un juego secreto para, en el momento oportuno y en el lugar que convenga, arrojar sobre Francia y sus posesiones en el Mediterráneo al ejército italiano y dar un golpe que pudiera ser decisivo o, al menos, de gran ventaja para los totalitarios.

Otra opinión contraria a la anterior, consiste en creer que las diplomacias del Quai d'Orsay y Downing Street, trabajando con la premura y habilidad que las caracteriza han tratado de conseguir, primero, que Italia no declarase la guerra a los aliados, fundándose en la celebración del Pacto nazi-comunista, que es una burla del Pacto anti-komintern, para, segundo, conseguir su colaboración en alguna forma o, por lo menos, su efectiva neutralidad.

¿Cuál de estas disyuntivas será la cierta?

Nosotros nos inclinaríamos por una hipótesis intermedia que exponemos y fundamos como sigue: es posible, pero muy poco probable, que Mussolini haya estado de acuerdo con Hitler respecto a la conclusión del Pacto germano-ruso; y en esa virtud las conferencias de Salzburgo entre Ciano y Ribbentrop, al ser conocidas, nos revelarán cuál fue la actitud de Italia frente a la cuasi-alianza entre comunistas y nazistas.

Fué allí, en esa entrevista histórica, donde probablemente Mussolini, contrariado por los propósitos de Hitler de invadir Polonia después de arreglarse con Rusia, se desligó tal vez de su compromiso de entrar en una guerra que no le parecía necesaria ni conveniente a los intereses italianos. Y por eso entonces el führer, sabedor de que no contaría con el apoyo del ejército italiano, se adelantó a declarar al mundo que, para su empresa militar de Polonia, no necesitaba la ayuda del ejército fascista.

Ignoro si será cierto el hecho, pero también se dice que el Führer pidió a Mussolini para la invasión de Polonia la ayuda de 500,000 soldados italianos, los cuales le fueron negados, habiendo hecho entonces Hitler las declaraciones aludidas. Como he dicho a usted antes, señor Presidente, si realmente Mussolini no fue consultado respecto a la celebración del Pacto ruso-germánico, ha tenido derecho para adoptar su actitud actual que le coloca en una situación privilegiada que quizá le permita quedar al margen de la horrenda conflagración, pudiendo así salvar su régimen y la deplorable situación económica en que está sumido el imperio italiano.

Ahora bien, si el Duce se inclina a favorecer a los aliados aseguraría la victoria de éstos, pero, claro, no sin sacarles algunas de las reivindicaciones que tanto les ha reclamado y que han sido causa de su distanciamiento.

Yo no dudo que desde el mes pasado las Cancillerías de París y Londres hayan trabajado intensamente para ganarse a Mussolini, aun comprando cara su colaboración. Cara en el sentido de que le dieran buena parte de lo que ha pedido; por ejemplo, si no Djibuti -que es un puerto importante de primer orden para proteger el paso de la armada francesa hacia sus posesiones asiáticas-, sí al menos el ferrocarril de Djibuti a Addis Abeba, o bien ciertas ventajas en la administración del Canal de Suez, así como determinado estatuto en Túnez.

He dicho a usted antes que quizá Italia pueda permanecer al margen del conflicto, porque no sería difícil tampoco que Francia e Inglaterra, queriendo resolver de una vez por todas la interrogación italiana, plantearan a Mussolini el fatal dilema: con nosotros o contra nosotros.

Aquí en Ginebra se dice que el Estado Mayor francés está empeñado en conocer la actitud de Italia, y que preferiría obtener una resolución negativa en el sentido de que Italia no se sumaría a los aliados, a que guardara una neutralidad benévola para Alemania que sería sumamente peligrosa para el porvenir de los aliados.

Pero, claro, en este terreno se hacen muchas conjeturas que no tienen más fundamento que el criterio más o menos lógico de cada observador. Sin embargo, nosotros pensamos que así como en la guerra pasada Italia canceló su colaboración con la Tríplice para unirse a los aliados porque tuvo buen ojo al prever el triunfo de éstos, así ahora sopesando de modo realista los sucesos actuales se venga al fin con Francia y la Gran Bretaña cuando tenga el convencimiento de que serán las democracias las que triunfen.

En un futuro que creemos próximo habremos de saber cuál es finalmente la resolución de Mussolini.

 

Fuente:

Isidro Fabela. CARTAS AL PRESIDENTE CÁRDENAS. Offset Altamira. México, 1947. pp.210-216.