1939
Cartas al Presidente Cárdenas. Carta 16. La declaración de guerra.
Ginebra, 3 de septiembre de 1939.


 

 

CARTA NUM. 16

Ginebra, 3 de septiembre de 1939.

La declaración de guerra.

Francia e Inglaterra han declarado hoy la guerra a Alemania. Tenía que ser. Yo recuerdo haberle escrito a usted y haberle ratificado cuando tuve el honor de hablarle personalmente en México, que la guerra era inevitable, pues era muy difícil, por no decir imposible, que hubiera arreglos pacíficos cuando por parte de Alemania existía el deseo imperialista de continuar sus conquistas y, por parte de Francia e Inglaterra, el firme propósito de oponerse a la hegemonía germánica en toda la Europa Central y Oriental.

Además la carrera de los armamentos después de los desastrosos arreglos de Munich, se había intensificado de tal manera que, tanto los países democráticos como los totalitarios, se habían colocado en una pendiente inclinada en la que no podían detenerse hasta que llegara la guerra.

La guerra, señor Presidente, va a constituír una hecatombe para la humanidad entera, porque si bien es cierto que la mayor parte de los Estados del mundo permanecen al margen del conflicto armado, sin embargo el contragolpe económico de la conflagración lo recibirán todas y cada una de las naciones del globo en más o menos proporción. La interdependencia económica de los Estados modernos es tal que en una serie de crisis como las provocadas por una guerra, toda la economía mundial se afecta en mayor o menor escala.

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Por fortuna nuestra patria está lejos del lugar de los acontecimientos y durante cierto tiempo, en vez de resentir perjuicios inmediatos y directos, tendrá al contrario las ventajas que todo país neutral recibe cuando vende sus productos a los beligerantes, a buenos precios.

Desde luego es de esperarse que en las circunstancias actuales usted encontrará, señor Presidente, la manera de arreglar los conflictos pendientes con los petroleros americanos e ingleses y aun con el Gobierno de los Estados Unidos, que a últimas fechas había intervenido indebidamente en contra de nosotros en ese negocio. Quizá también la misma Inglaterra, directa o indirectamente, se vea forzada a doblegar su altivez para recibir nuestro petróleo.

Muy de desearse sería que las ventajas económicas y políticas que la conflagración europea pudiera proporcionarlos, durara un tiempo largo; pero, por desgracia, si la guerra se prolongara demasiado, entonces, como digo antes, resentiríamos también nosotros las consecuencias del aniquilamiento europeo. ¿No lo cree usted así, señor Presidente?

Los Convenios de Munich, que como dije a usted me parecieron siempre un gravísimo error político de parte de Chamberlain y Daladier, tuvieron, sin embargo, una ventaja: la de proporcionar la ocasión para que el mundo entero se diera cuenta de la falsía y de las maquiavélicas intenciones de Hitler y para que, cometida la primera violación de aquellos Convenios con la conquista brutal de Checoeslovaquia, las democracias se convencieran de que con el canciller alemán no podía haber entendimientos pacíficos, sino que era un hombre, director de una casta militarista y hegemónica, que había que detener y vencer única y exclusivamente por la fuerza de las armas.

Además los once meses transcurridos desde el disparate de Munich hasta la invasión de Polonia, el día 1o. del actual, dieron tiempo a los aliados para prepararse militarmente en las formas adecuadas: material y moralmente.

Si es cierto, como expresé a usted en carta anterior, que, según mis noticias, el generalísimo Gamelin declaró a su Gobierno en septiembre de 1938 que el ejército francés estaba listo para la guerra y el señor Bonet, en Londres, declaró lo contrario, para sacrificar a Checoeslovaquia por una paz efímera, también es cierto que si en Francia estaban listos para pelear, la Gran Bretaña quizá no se encontraba en las mismas condiciones, a causa de una política absurda de los estadistas ingleses que no quisieron ver ni oír el peligro que significaba el imperialismo alemán.

Por otra parte, es indudable que ni Francia ni la Gran Bretaña estaban preparadas moral y políticamente para ir a la guerra en 1938. Me explico: franceses e ingleses habrían cumplido patrióticamente sus deberes en septiembre del año pasado si hubieran sido llamados al servicio de las armas, porque, tanto los súbditos de su majestad como el ciudadano francés, son tipos humanos de la más alta categoría espiritual. El patriotismo de esos hombres que hacen honor a sus pueblos y a la humanidad, es de una conciencia profunda y recta. Los dos pueblos aliados habrían ido a la guerra a cumplir con su sagrada obligación, pero no como van ahora, con el convencimiento de que sus Gobiernos respectivos no se equivocan.

Cuando surgió el conflicto de Checoeslovaquia y Hitler amenazó con la guerra si no se le entregaba la región de los sudetes, había en Francia un estado de espíritu verdaderamente anárquico: unos, los "munichistas" de buena fe, creyendo en las promesas de Hitler, sacrificaron al pueblo checoeslovaco pensando que así establecerían una paz duradera en Europa. Otros por el contrario, todos los del Frente Popular, deseaban ardientemente la guerra porque tenían la convicción de que la guerra era inevitable y que después de sacrificar a Checoeslovaquia, dejando incumplido un solemne Tratado de alianza con aquel país, sólo se conseguiría hacer más fuerte a Alemania aplazando la guerra.

Los capitalistas no la deseaban; los obreros, sí. Los partidos, todos estaban divididos y aun entre los miembros de un mismo partido, unos querían la paz a toda costa y otros preferían que la lucha comenzara desde entonces. Y como en Inglaterra pasaba lo propio, quiere decir que si en septiembre de 1938 hubiese estallado la conflagración, la opinión pública de ambos Estados no habría tenido la uniformidad completa que tiene ahora, por considerarse la guerra como una necesidad imperiosa del momento.

En efecto, poco antes de la declaración de guerra pasé unos días en pequeñas ciudades francesas al borde del Lago Leman -Thonon, Evian y también en Annemasse, que está a diez minutos de Ginebra-, y en esas ciudades, lo mismo que en el campo, pude darme cuenta de que sin excepción, hombres y mujeres (hablando con el obrero, con el industrial, con el funcionario, con el empleado, con el labriego, con la mujer de trabajo, con madres e hijas), pensaban lo mismo: que ya no era posible detener la guerra; que era preciso hacerla, porque era la única manera de evitar que la Alemania de Hitler impusiera su voluntad a Europa. Todos se sentían convencidos de que su patria no iba a defender exclusivamente los intereses extranjeros de Polonia, sino los intereses políticos, materiales y espirituales de las democracias. Y por eso estaban resueltos a aceptar la guerra con gran serenidad y valor.

Los días que pasé en Thonon fueron profundamente emocionantes para mí: cuando se hizo la primera requisición de reservistas y la conciencia pública estuvo convencida de la proximidad del conflicto, los soldados dejaban sus casas perfectamente tranquilos, decididos a todo, sin un rictus de amargura, sin un gesto de reproche, soberbiamente serenos.

Las mujeres que en la guerra pasada llegaron al paroxismo de la desesperación, al contemplar al esposo, al hijo o al amante que partía movilizado, ahora, como si hubieran fortalecido su espíritu en una convicción profundamente humana y patriótica, se han mostrado al propio tiempo energicas y calmadas. Yo mismo oí en varias ocasiones las voces de las matronas francesas alentar a sus esposos y a sus hijos al decirles que era preciso acabar con el estado de cosas existente en Europa, porque la vida de zozobra constante actual y la vida de peligros futuros sólo podría salvarse por medio de una guerra injusta que Hitler les había impuesto.

Y así como los soldados van con el profundo convencimiento de que cumplen no sólo un deber de amor patrio, sino de altruísmo continental y hasta humanitario, asimismo llevan todos la arraigada idea de que van a una victoria que esta vez constituiría la derrota de los regímenes tiránicos y el triunfo de la libertad y la democracia.

En medio de tanta entereza masculina y tanta gallardía femenil, sólo unas lágrimas contemplé, señor Presidente, y esas fueron las de un campesino que, abrazado a su caballo, se despedía de él quizá para siempre...

 

Fuente:

Isidro Fabela. CARTAS AL PRESIDENTE CÁRDENAS. Offset Altamira. México, 1947. pp.199-204.