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Cartas al Presidente Cárdenas. Carta 14. Perú y la Sociedad de las Naciones. Actitud de Colombia.
Ginebra, 11 de abril de 1939.

 

 

CARTA NUM. 14

Ginebra, 11 de abril de 1939.

Perú y la Sociedad de las Naciones. Actitud de Colombia.

Con motivo de una conferencia que he celebrado hoy con el delegado permanente de Colombia ante la Sociedad de las Naciones, Dr. Luis Cano, he enviado a la Secretaría de Relaciones Exteriores la nota que tengo el honor de transcribir a usted, por considerar que ella reviste un interés especial dada la gravedad de la situación internacional por que atravesamos. La nota dice así:

"Hoy tarde, el señor ministro Luis Cano, delegado permanente de Colombia ante la Sociedad de las Naciones, me preguntó cuál es mi opinión sobre el retiro del Perú de la Liga de las Naciones, retiro que fué notificado ayer al secretario general, señor Avenol. El Dr. Cano me manifestó que al pedirme mi parecer obedecía instrucciones directas del señor Presidente de la República de Colombia, don Eduardo Santos."

Desde luego, dije al señor ministro Cano que con todo gusto le daría mi opinión sobre ese hecho histórico, pero suplicándole que al transmitir mi criterio al Ejecutivo de su país, mi estimado amigo el señor Santos, le manifestara que, no teniendo instrucciones de mi Gobierno sobre el asunto, mis declaraciones no podrían ser tomadas sino como la expresión de mi criterio personal, no oficial del Gobierno mexicano.

Con esta advertencia, que deja a salvo la opinión diferente que pudiera tener nuestra Secretaría de Relaciones Exteriores, paso a transcribir a usted, muy aproximadamente, los conceptos que externara a mi colega, el señor Cano:

-El retiro del Perú de la Sociedad de las Naciones es un acontecimiento que todos los Estados miembros de la Liga lamentarán seguramente, sobre todo los pocos países hispanoamericanos que aún siguen siendo fieles a esa Institución internacional. Es más de sentirse la actitud peruana por cuanto que la Sociedad de las Naciones ha sido reducida desde marzo de 1938 en cuatro miembros: Austria, Checoeslovaquia y, muy posiblemente, España y Albania. En consecuencia, si al retiro del Perú se agrega el de Hungría, notificado también ayer, resulta que a la fecha la Sociedad de las Naciones se encuentra muy restringida en el número de sus miembros, en los momentos en que su actuación pudiera ser de la mayor importancia y trascendencia.

Al crearse la Sociedad de las Naciones en 1920, suscribieron el Pacto cuarenta y ocho Estados. En 1937, la Sociedad de las Naciones contó con el número máximo de sus adherentes, o sean cincuenta y nueve. Ahora, en virtud de las deserciones habidas, desde la primera efectuada por el Brasil, resulta que descontando los países que legalmente quedaron fuera de la Liga, los que han notificado su retiro y los suprimidos de hecho como Estados independientes, forman parte de la Sociedad en la actualidad sólo cuarenta y cinco Estados, de los cuales solamente diez son hispanoamericanos (Africa del Sur, Argentina, Australia, Bélgica, Bolivia, Gran Bretaña, Canadá, Francia, India, Irán, Nueva Zelandia, Polonia, Siam, Uruguay, Colombia, Grecia, Noruega, Cuba, Dinamarca, Suiza, Holanda, Suecia, Portugal, Yugoeslavia, Haití, Liberia, China, Rumania, Panamá, España, Bulgaria, Finlandia, Luxemburgo, Estonia, Letonia, Lituania, Irlanda, República Dominicana, México, Turquía, Irak, U. R. S. S., Afghanistán, Ecuador y Egipto).

Quienes como yo creen en la necesidad internacional de que la Sociedad de las Naciones se mantega como un ideal en marcha -a pesar de sus fallas políticas-, deploramos sinceramente que la eminente Institución reduzca día a día sus unidades, porque lógicamente su fuerza moral, ya que no podemos hablar de la material y efectiva, se restringirá de manera proporcional al número de los miembros que la abandonan.

¿Cuál podrá ser la razón que el Perú ha tenido para retirarse de la Liga? A nuestro juicio, tres razones primordiales pueden haber inducido a la Cancillería de Lima para obrar en tal sentido.

Primera: el peligro de la conflagración europea, que seguramente cree inevitable;

Segunda: razones financieras que no le permiten en momentos de angustia económica cubrir con puntualidad sus cuotas respectivas; y

Tercera: razones ideológicas que inclinan al Gobierno peruano a estar más cerca de la política totalitaria de Hitler y Mussolini que del lado de las democracias, encabezadas por la Gran Bretaña y Francia.

La verdad es que a nuestro parecer ninguna de esas causas pueden considerarse plausibles. Si el Perú se retira basado en la primera causa, es decir, en el peligro de la guerra inminente, sería tal vez con objeto de no ligarse con los países democráticos, guardando una neutralidad absoluta o bien benévola en favor de las dictaduras. En teoría este criterio no tiene fundamento, pues aunque el Gobierno haya notificado su deseo de ausentarse de la Sociedad de las Naciones, conforme al Pacto seguirá perteneciendo a la Liga dos años más. En consecuencia, jurídicamente, si el conflicto bélico estalla, el Perú no deberá ser neutral por más que tratara de encaminar su política en tal sentido.

Si basa su conducta en el quebranto de su economía, tampoco puede excusarse de pagar los dos años que, conforme a la ley fundamental del Organismo, debe cubrir después del preaviso correspondiente, aunque, claro está, el ahorro respectivo podrá tenerlo al cabo del bienio mencionado.

En cuanto al tercer motivo, es muy posible que los lazos comerciales y políticos que unen al Gobierno del Presidente Benavides con Roma y con Berlín y las muy posibles gestiones de la diplomacia fascista cerca del dictador peruano hayan hecho que éste tomara la decisión de darles gusto a Hitler y a Mussolini, ya que su ideología se armoniza más con la de aquellos dictadores que con la de la democracia propugnada por sus contrincantes.

La verdad es que las tres causas anteriores reunidas pueden dar la clave de la actitud asumida por el Perú al retirarse de la Sociedad.

De todas maneras, nosotros pensamos que no puede ser más inoportuna la conducta peruana. En efecto, abandonar la Liga en los momentos en que ésta puede representar un papel de la más alta significación, me parece impolítico.

Si la guerra estalla, los países fieles a la Sociedad de las Naciones serán pocos, pero ellos pueden mantener la bandera del Pacto, para utilizarlo al hacerse la paz en una forma que sea efectiva para el porvenir.

Nosotros creemos que si la guerra se desencadena en Europa, la suerte de la Liga quedaría echada ante el porvenir: si triunfan las democracias, la Sociedad de las Naciones, viva durante la guerra, podría tener un refuerzo considerable al establecerse la paz, para obrar después en una forma efectiva que fuera útil al porvenir de las naciones. ¿Cómo? Aplicando el Pacto fielmente con el ánimo de hacerlo respetar, lo mismo por las pequeñas que por las grandes potencias. Ya entonces la Liga no dejaría pasar inadvertida ninguna violación del Pacto. Cualquier faltante a sus deberes sería castigado. Los artículos 10, 11 y 16 se aplicarían estrictamente, y el mundo, entonces, caminaría en otra forma, que lo llevara por los verdaderos senderos de la paz dentro de la seguridad colectiva.

Si en cambio el fin de la guerra fuera el triunfo del fascismo, entonces la Sociedad de las Naciones moriría, quizá definitivamente, o al menos durante varias generaciones, para ser sustituída por el régimen de la fuerza, la más absoluta, en Europa y posiblemente en el universo entero.

En consecuencia, los Estados miembros que siguen todavía fieles a la Institución de Ginebra deben mantener vivo el ideal que ella entraña, para hacerlo valer en el momento preciso, ya sea el de la paz después de la guerra, como hemos dicho, o bien en la pre-guerra en que vivimos si la conflagración pudiera evitarse.

Esta eventualidad, aunque poco probable, no sería imposible. Es decir, que no habría que descartar completamente la idea de que la Sociedad de las Naciones, una vez que Inglaterra y Francia se han decidido a detener el avasallador empuje de los totalitarios, por medio de pactos bilaterales o multilaterales fuera del Pacto, llegaran a organizar una defensa ideológica que pudiera transformar en práctica, alrededor de la Institución de Ginebra. Y entonces sería el momento en que los grandes y los pequeños Estados, de consuno; prestaran su colaboración a un régimen internacional que pudiera ser provechoso para la paz.

En resumen, pensamos que si la Sociedad de las Naciones ha vivido hasta ahora a pesar de sus fracasos políticos ocasionados por sus graves errores, no es el momento oportuno para abandonarla cuando ella puede ser útil para tener más tarde una verdadera resurrección que le dé una vida larga y fecunda, haciendo efectivo el pensamiento para que fue creada.

El señor ministro Cano me manifestó que opinaba enteramente como yo, agregándome que por ello se congratulaba muy de veras. Me dijo que transmitiría en seguida el sentido de nuestra conversación al señor Presidente Santos y que me ofrecía estar en comunicación conmigo en estos momentos graves para la paz europea, habiéndole hecho yo igual promesa.

Aproveché la ocasión de esta conferencia con el distinguido representante de Colombia para suplicarle que, teniendo en cuenta que solamente diez países de la América Latina forman parte de la Sociedad de las Naciones y que de ellos solamente Colombia y México tienen acreditadas Delegaciones permanentes en Ginebra, puesto que los otros delegados radican en Londres, París o Berna, estuviera en estrecha relación conmigo para comunicar a nuestros Gobiernos nuestros mutuos pareceres, ya que ellos podían hacer que las Cancillerías de Bogotá y de México tomaran acuerdos idénticos o parecidos respecto a la conducta que habremos de seguir en Ginebra.

La ocasión de esta entrevista me pareció propicia para revelar al señor Cano una manifestación personal que me hiciera en la Asamblea de 1937 el actual Presidente de su país, señor Santos. El entonces primer delegado colombiano ante la Asamblea, a requerimiento mío, me hizo la siguiente promesa: la de que, siendo Colombia y México pueblos de tendencias democráticas e históricamente unidos en un noble ideal bolivariano, que es en el fondo el de la Sociedad de las Naciones, siempre que hubiera algún problema que resolver en Ginebra en el que la América Latina tuviera alguna actuación de importancia, Colombia seguiría una política paralela a la de México. Al conocer esta declaración del señor Santos, su compatriota, el ministro Cano, se manifestó profundamente complacido, expresándome "que no le extrañaba tal gesto del actual Primer Mandatario de su país, ya que conocía de mucho tiempo el espíritu liberal, humanitario y democrático de don Eduardo Santos y su admiración y su apego por la tierra de Benito Juárez, que con tanto patriotismo preside ahora el señor General Cárdenas".

 

Fuente:

Isidro Fabela. CARTAS AL PRESIDENTE CÁRDENAS. Offset Altamira. México, 1947. pp.154-161.