1939
Cartas al Presidente Cárdenas. Carta 12. La situación del Presidente Azaña.
Ginebra, a 16 de marzo de 1939.


 

 

CARTA NUM. 12

Ginebra, a 16 de marzo de 1939.

La situación del Presidente Azaña.

He vuelto a hablar con el ex-Presidente de la República española, señor Azaña, después de su dimisión. Lo visité en su residencia de Colonges-sous-Salev, donde me recibió en el seno de su intimidad hogareña. Encaminando la conversación en el obligado tema de su renuncia y de la guerra de España, me ratificó que su conducta había sido indicada por las circunstancias y en funciones de una finalidad humanitaria.

-Convencido de que la contienda debe concluir -me dijo-, opté por renunciar mi cargo presidencial para dejar en libertad al Gobierno de Negrín a que procediera como lo estimara conveniente. Creo que de haber seguido los deseos del Dr. Negrín y de Alvarez del Vayo, que me pedían insistentemente marchara con ellos a Madrid o Valencia para seguir al frente del Gobierno y continuar la lucha hasta el fin, habría aceptado de antemano el sacrificio de muchos miles de hombres que habrían perecido inútilmente.

-¿Usted cree entonces, señor Azaña, que su separación del Gobierno puede hacer más bien que mal a su noble causa?

-Sí -me respondió-; y lo que lamento es haber estado solo cuando, después de la derrota del Ebro, propuse al Gobierno del presidente Negrín una capitulación que habríamos obtenido en muchas mejores condiciones que ahora.

-¿Y usted cree -le replico- que Franco se habría avenido a una paz condicional?

-Muy posiblemente, porque ha de saber usted que por esa época el Gobierno de Burgos había tenido muy serias dificultades de política interna que fueron solucionadas con la más rigurosa violencia, y, además, porque en aquella fecha no habían llegado a la España fachista los formidables contingentes italianos y alemanes que vinieron más tarde a preparar el ataque incontenible y decisivo que rompió nuestro frente catalán.

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La reacción que provocó entre sus compatriotas la actitud de su Primer Magistrado, no es favorable al señor Azaña. Muchos de aquéllos con quienes he hablado del asunto desaprueban su renuncia, porque estiman que ella ha colocado en mucho peores condiciones de las que estaba al Gobierno republicano, no sólo desde el punto de vista interior, sino desde el punto de vista internacional. Sostienen que si el Ejecutivo, para no romper el orden constitucional de su Gobierno, hubiera marchado a territorio dominado por las fuerzas republicanas, para desde allí haber negociado la paz que él deseaba, ésta se hubiese conseguido en mejores condiciones.

Tal vez esto hubiera podido ser, pero no es seguro que sucediera.

Lo que sí me parece evidente es que la dimisión del señor Azaña precipitó el reconocimiento de Franco por parte de Francia y la Gran Bretaña. Al pensar así parto del principio de que Chamberlain y Daladier no se hubieran precipitado a reconocer al Gobierno de Burgos si no se hubieran basado, puntualmente, en las declaraciones que les hiciera el todavía Presidente Azaña. Estas declaraciones se refirieron a dos puntos fundamentales: primero, que según el parecer del Estado Mayor republicano, el ejército estaba en la imposibilidad de resistir por más tiempo a las fuerzas rebeldes; y, segundo, que, de consiguiente, la paz debía hacerse en el más breve plazo.

Con la prenda de estas confesiones, los señores Daladier y Chamberlain se consideraron desligados de sus compromisos morales con el Gobierno constitucional y pensaron en la conveniencia de tratar rápidamente con los rebeldes el establecimiento de relaciones diplomáticas que les permitiera observar de cerca la conducta interior y exterior de Franco para defender sus intereses, no sólo en la Península ibérica, sino particularmente en el Mediterráneo.

La situación de España ante la Sociedad de las Naciones.

Como lo preveía yo, en mi carta anterior, la renuncia del Presidente Azaña acarreó trastornos de orden constitucional.

En efecto, conforme a la Carta fundamental de 1931, al dimitir don Manuel Azaña correspondió la representación del Poder Ejecutivo al presidente de las Cortes, don Diego Martínez Barrio, quien debía, en término perentorio, convocar a elecciones para designar al nuevo Mandatario.

Es evidente que dado el estado de guerra que ha prevalecido en el campo republicano, el sufragio universal no podía efectuarse, como de hecho no se ha efectuado. En cambio, antes de que hubiera podido buscarse alguna vía jurídica que zanjara las dificultades existentes para dar apariencia constitucional a las autoridades que sucedieron al señor Azaña o a su Gobierno, se precipitaron los hechos sangrientos de Madrid, esto es, una rebelión y la creación de la Junta de Defensa Nacional, encabezada por el coronel Casado.

Con estos antecedentes, para la Sociedad de las Naciones un Estado miembro de ella, ha dejado de serlo, salvo que la Junta de Defensa Nacional de acuerdo con Martínez Barrio y el doctor Negrín arreglaran las cosas en tal forma que pudieran tener base jurídica atendible por el Consejo y la Asamblea de la Liga.

Por todo lo anterior, la conclusión a que llego es esta: la Sociedad de las Naciones ha perdido uno más de sus miembros: España.

 

Fuente:

Isidro Fabela. CARTAS AL PRESIDENTE CÁRDENAS. Offset Altamira. México, 1947. pp.140-143.