1939
Cartas al Presidente Cárdenas. Carta 11. Causas del desastre militar.
Ginebra, febrero 24 de 1939.


 

 

CARTA NUM. 11

Ginebra, febrero 24 de 1939.

Concluyo en esta carta el informe que usted se sirvió pedirme acerca de mi viaje a los Pirineos orientales, informe que se extiende a algunas cuestiones íntimamente ligadas con el desastre de Cataluña y con el problema internacional de España en sus relaciones con la política europea.

Causas del desastre militar.

Mi viaje a Perpignan y demás poblaciones francesas fronteras a España me dió ocasión para investigar cuáles fueran las causas de la precipitada derrota de los ejércitos republicanos en Cataluña. Después de escuchar opiniones diferentes de civiles, militares, profesionistas, artistas, profesores universitarios, etc., llegué a las conclusiones siguientes:

1a. Superioridad de armamento de los rebeldes.- La derrota se debió, antes que nada, a la gran superioridad de armamento de los franquistas y de sus aliados los ejércitos de Italia y Alemania. Según "Le Temps" de París, periódico francamente inclinado a favor de los rebeldes, he aquí las estadísticas que demuestran la enorme diferencia de armamentos de ambos bandos: "La proporción entre la artillería gubernamental y la de los nacionalistas es de 1 a 9; la de las armas anti-tanques, de 1 a 20; la de las ametralladoras ligeras, de 1 a 5; la de los cañones contra aviones, de 1 a 50. En el frente de Cataluña existen 40 ametralladoras pesadas de 20 milímetros para un ejército de 200,000 hombres.

2a. La falta de pan.- Como consecuencia de los acuerdos del Comité de No-Intervención, y del cambio de Gobierno en Francia (de Leon Blum a Daladier) los franceses, queriendo cumplir al pie de la letra obligaciones que por otra parte Italia y Alemania no cumplían, establecieron un rigor cada día más efectivo respecto a las exportaciones a la España republicana, no sólo de pertrechos de guerra, sino aun de avituallamiento para la población civil. Esto dió por resultado que los artículos de primera necesidad fueran escaseando paulatinamente, hasta que la gente de Cataluña llegó a verse privada de los más indispensables. La leche, la carne, los cereales desaparecieron por completo para los pobres y casi por completo para las personas de cierta posición, que compraban sus alimentos a precios fantásticos. En cambio, algunos grupos políticos sí los tenían, y a las veces en abundancia, lo que provocaba grandes decepciones y reyertas entre los diferentes partidos que integraban el Gobierno republicano. Sin embargo, mientras el pan no faltó a la población, ésta pudo alimentarse, aunque en forma precaria; pero cuando la harina llegó a escasear en tal forma que muchas familias se quedaban sin comer, entonces vino el hambre y con ella el desaliento, la irritación, la desesperación y, en definitiva, el deseo de que aquel estado de cosas terminara en cualquier forma.

Sobre este punto he escuchado relatos de los más dolorosos: madres y jefes de familia acomodados que imploraban la caridad pública; ricos de antaño que buscaban como los perros hambrientos, entre los botes de basura, algún desecho comible.

En este estado físico, fisiológico y moral el pueblo de Cataluña no podía resistir más. Su simpatía, su apego y aun su amor de epopeya por una causa que creían la mejor, se encontraban sin fuerzas para seguir palpitando en organismos desfallecidos.

Claro es que al ejército que peleaba se le daba la preferencia en la cuestión alimenticia; pero cuando a los soldados mismos les llegó también a faltar lo indispensable, el desastre se desencadenó con rapidez.

3a. Los bombardeos.- En estas condiciones materiales, los bombardeos vinieron a completar la obra desquiciadora de la moral pública. Las bombas de los aviones italianos y alemanes causaron estragos indecibles. Todos los días, a todas horas, durante meses. En un principio, el pueblo contempló las irrupciones frecuentes de la aviación rebelde con calma, con valor, con estoicismo; pero cuando las familias poco a poco fueron perdiendo a sus seres más queridos, cuando los padres veían mutilados a sus hijos, y éstos contemplaban la muerte trágica de sus padres y hermanos; cuando centenares primero y luego miles de familias vieron deshecho su hogar, y sus casas convertidas en escombros, entonces los caracteres más recios se fueron doblegando hasta sentirse aniquilados.

Ya al fin, cuando los franquistas iniciaron sus últimos ataques de artillería gruesa, de ametralladoras, tanques y aeroplanos de bombardeo, el ejército leal estaba derrotado moralmente. Por eso, cuando todo el mundo pensaba, después de las declaraciones oficiales, que Barcelona sería un segundo Madrid en cuanto a su espartana resistencia, la realidad provocó una sorpresa brusca, inclusive a Franco y sus aliados, que esperaban una defensa dura y larga. No, esto ya no era humanamente posible, y por eso se desencadenó la catástrofe. Al darse cuenta la población civil de que las tropas retrocedían, abandonando las ciudades y aldeas sin la menor resistencia, entonces el pánico se apoderó de los pueblos cercanos a Barcelona, y después de la capital misma, provocándose así la desbandada y el "sálvese el que pueda", que originó la evacuación intempestiva de villorrios, cortijos y ciudades que se vaciaron en unas horas. Las carreteras que ligan Cataluña con Francia se atestaron en tal forma y en tan breve tiempo, que la circulación quedó paralizada muchas veces y por largo tiempo.

En estas circunstancias imprevistas de terrible desorden y desesperación colectiva, la aviación italiana causó estragos en las rutas que unen Mataró, Gerona y Figueras con la frontera francesa, desarrollándose la última etapa, y la más injusta, de la tragedia, porque sus víctimas propiciatorias fueron las mujeres, los niños y los labriegos que huían de su terruño en busca de un refugio contra los obuses de la aviación extranjera.

4a. La falta de defensas materiales alrededor de Barcelona y dentro de la ciudad misma.- La verdad es que las informaciones oficiales del Gobiemo leal no fueron exactas, pues al sostenerse con énfasis que las fortalezas y construcciones ad-hoc para la defensa de la Ciudad Condal eran hasta inexpugnables, no eran veraces. Lo contrario era lo cierto. Barcelona no tenía obra apropiada de defensa militar.

Algunos ingenieros con quienes hablé sobre este particular me decían con amargura que los consejos de los técnicos no fueron escuchados por quienes tenían la responsabilidad del mando y la defensa: las trincheras de cemento que habrían sido salvadoras o que habrían, por lo menos, retardado bastante la derrota, no se hicieron. ¿Falta de cemento? ¿Falta de previsión? ¿Confianza absurda y, por consiguiente, culpable? La verdadera historia de esta cruenta guerra aclarará estas interrogaciones.

5a. La falta de gasolina.- Parece ser que, en efecto, el petróleo y la gasolina faltaron a últimas fechas, y sin ese combustible la movilización del ejército, el abastecimiento de las tropas y, en general, las actividades de una lucha tan desigual no pudieron desarrollarse con el ritmo acelerado que era indispensable en los momentos de apremio.

6a. La política interna.- Esta fue, quizás, el enemigo más terrible de la victoria. Todas las personas con quienes cambiamos impresiones sobre este punto estuvieron conformes en que la falta de un mando único militar fué la causa básica de la derrota. En lugar de la dictadura militar que se imponía, cada jefe de partido y aun de grupo mandaba a su arbitrio, sin obedecer órdenes superiores que tendían a armonizar una labor de conjunto.

Todavía poco antes de la evacuación de Barcelona, un grupo político pugnaba porque las autoridades respetaran el descanso dominical y aun la semana inglesa, sobreponiendo el triunfo de sus ideas sociales a la causa eminente de la defensa de la República contra la rebelión y la intervención extranjera.

Así era imposible resistir y menos vencer. Cuando el ejército estaba en manos de jefes técnicos salidos de las Academias militares, cuyas órdenes eran vetadas o francamente desobedecidas por individuos sin conocimientos tácticos ni técnicos, pero con arraigo en las masas que los obedecían a ellos y no a los altos jefes de la milicia, el empuje del ejército no podía ser todo lo eficaz que pudo y debió haber sido.

El general Pozas me declaraba con profunda amargura y decepción que él jamás hubiera pensado que la disciplina militar que él aprendió y enseñó en las Academias llegara a ser relajada en la forma en que lo fué por los distintos grupos que dominaban la situación política, y que muchas veces ataban de manos a los altos jefes militares, estorbando los planes técnicos de quienes más sabían y menoscabando día a día la fuerza efectiva de la resistencia, hasta doblegarla completamente.

-Imagínese usted -me decía el viejo soldado- que hasta hace unos cuantos días declaró el Gobierno el "Estado de guerra". Una semana antes del desastre, todavía vivíamos en "Estado de alarma"; lo cual quería decir, ni más ni menos, que el Gobierno no aceptó antes, a pesar de las apremiantes dificultades bélicas por que atravesaba, ceder el mando a las autoridades militares. Esto lo hicieron ciertos jefes de partido, porque, conforme a la Constitución, una vez declarado el "Estado de guerra", los civiles, es decir, los políticos y los politiqueros, habrían tenido que declinar su autoridad, hasta entonces omnímoda, en manos del ejército, lo que no les convenía ni quisieron aceptar sino cuando ya era muy tarde.

Qué distinta situación habríamos tenido -me decía el ilustre militar- si, como era, apremiante y legal, el "Estado de guerra" se hubiese decretado al inicio de la rebelión. No se hizo así y las consecuencias han sido lógicas, inevitables, fatales...

De más está decirle a usted, señor Presidente, que esta opinión de calidad la comparten la inmensa mayoría de los gubernamentales civiles y seguramente todos los militares.

 

Fuente:

Isidro Fabela. CARTAS AL PRESIDENTE CÁRDENAS. Offset Altamira. México, 1947. pp.133-139.