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Cartas al Presidente Cárdenas. Carta 10. Los campos de concentración.
Ginebra, febrero 24 de 1939.

 

 

CARTA NUM. 10

Ginebra, febrero 24 de 1939.

Autorizado por la Secretaría de Relaciones salí el día 10 del presente de Ginebra para Perpignan, adonde llegué el 12.

El objeto de mi viaje a la frontera franco-española era múltiple: recoger dos niños huérfanos de entre los refugiados españoles; repartir ropa, alimentos y algún dinero a las personas más necesitadas, de las primeras que encontrásemos y en la medida de nuestras modestas posibilidades; visitar los campos de concentración donde fueron internados los militares y civiles que irrumpieron en el sur de Francia al precipitarse la derrota del ejército republicano en Cataluña, y tomar impresiones directas, de diferentes personas, sobre las causas de ese desastre. Como en Perpignan se encuentra una buena cantidad de funcionarios y empleados del Gobierno del señor Azaña, así como jefes militares de los que abandonaron Barcelona recientemente, me puse en comunicación con algunos de ellos, habiéndome así formado el programa que llevé a cabo durante los ocho días que permanecí en los Pirineos orientales.

Como el grueso de los refugiados se encontraba en los campos de concentración improvisados rápidamente en las poblaciones cercanas a las fronteras con España, lo primero que hicimos fué visitar los más importantes.

LOS CAMPOS DE CONCENTRACIÓN.

El arribo inesperado a Francia de una inmigración aproximada de 400,000 personas, entre militares y civiles, obligó al Gobierno francés a internar a toda esa gente en diferentes campamentos que se establecieron en Argelés, San Ciprián, Arlés (números uno, dos y tres), Boulou, Amélie-les-Bains y otros de menor cuantía.

En Argelés se concentraron aproximadamente unos 100,000 hombres. Esta enorme avalancha humana quedó instalada frente al mar, sin otro límite que la playa y una cerca de alambre con púas fijadas en una extensión de dos y medio kilómetros de largo por uno y medio de ancho.

Fuera del campo, existen unas cuantas "villas" que ocupan las autoridades francesas y algunos españoles que han prestado servicios de emergencia desde su llegada, y que lograron captarse la confianza de los jefes respectivos.

El campo de concentración propiamente dicho, no tenía, al crearse, ni una tienda de campaña, ni una barraca, ni un cobertizo, ni un muro, ni una hondonada, ni una colina; ni tampoco árboles, arbustos ni piedras. Es en la playa abierta y arenosa frente al mar, y, tierra adentro en terrenos eriazos y viñedos escuetos, donde han vivido y viven los refugiados de España. Es decir, que los cien mil hombres alojados (?) en Argelés no tuvieron en un principio abrigo de ninguna especie, ni fuego para contrarrestar el frío invernal, ni un techo que les resguardara del cierzo, ni una pared que les defendiera de los aires marinos.

En esta costa mediterránea sopla el "mistral", viento huracanado que alcanza, a veces, velocidades considerables. Durante mi estancia en Amélie, en la noche del 13 de febrero, el "mistral" se desató con fuerza ruda al grado de no dejar dormir a los habitantes de esa estación termal que se encuentra a 50 kilómetros de la costa. ¿Cuál sería la situación de los internados en Argelés que se encontraban frente al Mediterráneo, azotados por ese viento helado y sin ninguna defensa para contrarrestarlo? En ese campamento todos los días habían habido muertos de frío y hambre, pero esa noche murieron muchos más.

La alimentación en los campos ha sido insuficiente. Los primeros días sólo pan se repartió a los recién llegados; después, y no siempre, se les ha dado carne y cereales. Pero son los sanos, los fuertes, los jóvenes, los que tienen facilidad para obtener su ración. Los débiles, los enfermos, los viejos, no siempre tuvieron manera de acercarse a tomar su alimento y por eso tantos perecieron de inanición.

Después de una semana, este estado de cosas apenas ha variado. Unas cuantas barracas fueron construídas por los mismos refugiados y otras por soldados franceses; pero como algunas noches fueron gélidas, se dió el caso de que soldados irresponsables destruyeron las barracas de madera para hacer fuego con ellas.

Las plantas de vid, de los campos labrantíos, también fueron arrancadas para hacer leña.

Desde su llegada, los refugiados quedaron aislados del resto del mundo. Los civiles que habían cruzado la frontera con sus esposas e hijos, al entrar a territorio francés fueron separados, habiéndose mandado los hombres a una región, las mujeres a otra y los niños a otra. Esta circunstancia ha hecho que la vida de esos malaventurados haya sido mucho más penosa, porque a la falta de alojamiento apropiado y a su precaria alimentación, se agregó el dolor de las separaciones, en muchos casos injustificadas.

Más de 40,000 niños han sido repartidos en toda Francia, especialmente en las provincias del Mediodía y del Centro; pero sin llevar estadísticas de ningún género, lo que hará que cuando las madres deseen recoger a sus hijos no podrán fácilmente saber dónde se encuentran, y no será remoto que en muchas ocasiones la falta de registro que habría sido requisito indispensable anterior a la separación, ocasione el que miles de madres pierdan definitivamente a sus pequeñuelos. Las esposas fueron también separadas de sus maridos, no sabiendo ellos ni ellas dónde se encuentran, respectivamente.

En el campo de Argelés, un grupo de soldados republicanos propuso a la autoridad francesa hacer los censos de aquella gente, dividiendo a los soldados por armas, y a los civiles por pueblos de origen. Esa labor habría sido fácil y rápida, pues cada interesado habría llenado su cédula respectiva con la simple ministración de una hoja de papel para cada uno. Las autoridades francesas negaron ese permiso.

El mismo grupo de militares sugirió la idea de establecer diferentes magnavoces en el inmenso campamento para anunciar noticias urgentes que pudieran interesar a los asilados. La autorización respectiva fué también rechazada.

Algunos empleados del servicio postal de la República, propusieron asimismo organizar el servicio de estafeta dentro del campo, para recoger la correspondencia y repartir las cartas que por miles se acumularon en el campo. El permiso para hacer esta labor que habría sido utilísima, también fué negado.

En estas condiciones, el aislamiento de los refugiados ha sido casi total: viven como presos sin serlo, con la circunstancia de que los reclusos, en cualquier parte del mundo, tienen casa en que vivir, lecho en que dormir y comida segura, y los refugiados españoles no.

Los servicios sanitarios han sido menos que deficientes en el campo de Argelés. Seguramente se escogió la citada playa para que ella sirviera de excusado a las cien mil gentes concentradas en el vasto campamento, evitando así epidemias de tifo y otras enfermedades contagiosas; pero se ha condenado a los inmigrantes forzados a un estado deplorable de higiene personal: no tienen agua bastante para lavarse y apenas tuvieron agua potable los primeros días. Por esa causa la inmensa mayoría de los refugiados presenta un aspecto lastimoso. No se han bañado desde hace semanas, la ropa que los cubre es la misma con la que venían combatiendo, quizá desde hace meses. Llevan las barbas crecidas, el pelo en desorden, las ropas rotas, las camisas en pedazos y negras de mugre, los zapatos o las alpargatas deshechos y el aspecto general miserable, pues buen número de ellos tienen sarna, tuberculosis, piojos, granos...

Naturalmente que llevando esa existencia de incuria y desamparo, los soldados de la República y los pobres labriegos que huyeron de los bombardeos y del hambre, salvaron la vida, es cierto, pero encontraron otras torturas, como las del destierro, la cárcel singular al aire libre que los enferma o mata o desespera, por el rigor de los elementos. Y luego los acosan otros sufrimientos más: el recuerdo de la derrota, la humillación de verse tratados como culpables, la tortura de la lejanía de sus seres queridos, de quienes no saben si viven ni dónde están, y, por último, la penetrante preocupación de este dilema que les presenta el porvenir: regresar con Franco, que podría matarlos, o marchar a algún país extranjero que tenga la caridad de recibirlos, cuando casi todo el mundo los teme o los repudia. Esa es la impresión que causa al visitante el refugiado de los campos de concentración.

Naturalmente que fué en ese lugar, principalmente, así como en los campamentos y el hospital de Arlés, donde prestamos nuestros modestos auxilios, habiendo socorrido a personas de distintas categorías sociales que se encontraban, todas, en el mismo estado deplorable de abandono y miseria. Pero con todo, las mujeres, ancianos y niños se encontraban en menos mala situación que los hombres, militares y civiles, que no tuvieron desde su dramático arribo a tierras de Francia la acogida cordial o al menos humanitaria que merecían.

En Amélie-les-Bains se crearon tres lugares de refugio que visité con frecuencia por haberme instalado en esa estación termal, pues los hoteles de Perpignan estaban plenos.

Con gran sorpresa de nuestra parte encontramos el hospital atendido por un solo médico, un joven español, sin los aparatos, útiles y medicamentos indispensables para la atención de los heridos y enfermos; a tal punto que carecían de desinfectantes para curar a los heridos, de anestésicos para las intervenciones quirúrgicas y aun de analgésicos para calmar las dolencias de los pacientes. En vista de esta apremiante situación, suministramos al servicio médico lo estrictamente indispensable para sus cuidados más urgentes.

La emigración de los refugiados a México.

Encontré en Argelés, en Arlés y en Amélie buen número de universitarios que desean ir a México: profesores de las Facultades de Filosofía y de Derecho de las Universidades de Madrid y Barcelona, médicos, ingenieros, abogados que no quieren de ninguna manera regresar a su patria. Asimismo, muchos mecánicos, militares salidos de las Academias, aviadores, que también quisieran radicarse en nuestra tierra a la mayor brevedad posible, no sólo porque nuestro país ha declarado que les abrirá sus puertas, sino porque es el que más simpatía les inspira desde el punto de vista político. Pero como no tienen seguridad en ese viaje, pues ni siquiera han expresado aún oficialmente sus deseos, se les ve hondamente preocupados, pues como he dicho antes, ellos se dan cuenta de que si no se resuelve en breve plazo su inmigración a México, corren el riesgo muy prohable de ser entregados al rebelde Franco, cuando Francia e Inglaterra lo reconozcan como jefe de un gobierno de jure.

El problema de migración a México de esos infelices es, por consiguiente, de una urgencia inmediata.

A todos los que me expresaron su deseo de establecerse en nuestra República, les manifesté que yo no tenía autoridad ni facultades para aceptar sus solicitudes ni menos, naturalmente, para resolverlas.

Sin embargo, dolido y mucho por la suerte de esos seres, muchos de ellos de verdadera responsabilidad intelectual o personas estimables por diferentes conceptos, les ofrecí investigar cuál sería la forma de que la manifestación de sus deseos llegara a conocimiento de nuestro Gobierno, para que él, teniendo en cuenta los antecedentes y especialidades de trabajo de cada solicitante, resolviera lo conducente.

Después de mi primera visita a Argelés, conferencié con el subsecretario de Estado, señor D. Quero Morales, y con el cónsul de España en Perpignan, quienes me expresaron que el presidente de las Cortes, señor Diego Martínez Barrio, presidía un Comité que se ocupaba de la emigración a América de sus compatriotas; y que a él deberían dirigirse los memoriales respectivos, de acuerdo con los formularios impresos que al efecto me entregaron y de los cuales acompaño a usted, señor Presidente, un ejemplar. Dicho Comité, obrando en armonía con las autoridades diplomáticas o consulares de los Estados que en cada caso particular fuesen objeto de la emigración, resolverían las demandas recibidas.

Posteriormente, y con conocimiento de nuestro embajador en España, el coronel Tejeda, munido de una buena cantidad de tales cédulas, regresé a los campos de concentración para repartir los formularios impresos a las personas que me parecieron de mayor representación, o de más grado entre los militares, a fin de que ellas las hicieran circular entre sus compatriotas, sirviéndoles de modelo en cuantos casos de solicitud se ofrecieren.

La segunda y tercera veces que me presenté a los campos de concentración a repartir nuevamente alimentos, ropa, dulces, cigarros y algún dinero, fuí recibido con muestras de positivo agradecimiento, estando convencido de que quienes desean incorporarse a nuestra vida nacional, ven a nuestra patria como la esperanza de su salvación. Pero todos saben que el acuerdo que recaiga a sus peticiones no puede ser rápido, y esto les tiene seriamente preocupados y aun desesperados, pues la perspectiva de regresar a una España hostil, que podría arrancarles la vida, es para ellos un martirio anticipado.

Por esta causa, señor Presidente, me permití dirigirle con fecha de ayer el cablegrama siguiente:

"16.- HABIENDO REGRESADO PERPIGNAÑ YA ENVÍOLE AMPLIO INFORME, PERMITIENDOME ANTICIPADAMENTE COMUNICARLE TUVE VARIAS CONVERSACIONES EMBAJADOR TEJEDA STOP SITUACIÓN ESPAÑOLA CAMPOS DE CONCENTRACIÓN PAVOROSA, POR LO QUE ESTIMO DEBEN ACTIVARSE PREPARATIVOS Y CONCEDER RÁPIDAMENTE AUTORIZACIÓN PARA QUE PUEDAN IR MÉXICO AQUELLOS SUPERIORIDAD DECIDA DE ACUERDO SELECCIÓN TEJERA STOP RESOLUCIÓN ES TANTO MAS URGENTE CUANTO RECONOCIMIENTO FRANCO POR FRANCIA, INGLATERRA, QUE ES INMINENTE, IMPOSIBILITARÁ GOBIERNO REPUBLICANO PAGAR POR SU CUENTA VIAJE EMIGRADOS COMO ACTUALMENTE ESTÁ DISPUESTO A HACERLO, SEGÚN DÍJOME EMBAJADOR TEJERA STOP RESPETUOSAMENTE, FABELA."

Ya con estas impresiones personales tomadas directamente en los campos de concentración, hablé en tres ocasiones con nuestro embajador Tejeda, quien se sirvió decirme cuáles eran sus actividades en el asunto de los eventuales expatriados.

Por él supe que, de acuerdo con las autoridades correspondientes del Gobierno español que se encuentran en Perpignan se hará una selección que, naturalmente, será en primer lugar de agricultores y después de técnicos y mecánicos en diferentes industrias, y que una vez hecha la selección y fijada la cantidad de inmigrantes, éstos serán enviados a México por cuenta del Gobierno español.

Pero la dificultad va a ser esta, señor Presidente:

Posteriormente a mis entrevistas con el señor Tejeda, las actividades diplomáticas entre el delegado del Gobierno francés, señor Bérard, y el general Jordana, ministro de Estado de Franco, han sido intensas y podrán decidir, en gran manera, de la suerte de España rápidamente. ¿En qué han consistido las negociaciones de Burgos y cuáles pueden ser las decisiones que tomen los Gobiernos de Franco y Daladier?

Es muy difícil predecirlo; pero lo más probable es que en esas entrevistas diplomáticas, Bérard haya intentado ofrecer el reconocimiento de jure a cambio de ciertas condiciones que, aunque no se den a conocer al público porque los reconocimientos de los gobiernos no deben hacerse sub-conditione, sean de hecho planteados al gobierno rebelde. Esas condiciones han podido ser tal vez las siguientes:

1.- Amnistía general para las altas autoridades del Gobierno legítimo que preside el señor Azaña;

2.- Salida de las tropas extranjeras, italianas y alemanas, principalmente, de la Península; y

3.- Garantías múltiples y complejas respecto a los muchos y complicados problemas internacionales que la guerra de España ha planteado a Francia y a Inglaterra en el Mediterráneo, a consecuencia del dominio fascista en España y en alguna de sus islas y posesiones coloniales.

¿Será posible tal acuerdo? Posible sí, pero arduo en grado sumo, porque Franco no podrá obrar solo: Mussolini y Hitler estarán detrás de él para no dejarle aceptar condiciones que a ellos no les convengan. Por otra parte, Franco mismo se ha de manifestar reacio para aceptar las condiciones que Francia le imponga para el reconocimiento legal de su Gobierno; y como, repito, Alemania e Italia no lo dejarán obrar libremente, es muy probable que Franco -que por lo demás se siente fuerte y está ensoberbecido con su triunfo en Cataluña- rechace toda pretendida imposición y siga adelante su ofensiva contra Madrid y Valencia, hasta aniquilar al ejército republicano y dominar el territorio español íntegro.

Si Inglaterra se pusiera enérgica contra los franquistas y también contra Italia, tal vez Francia pudiera conseguir algunas ventajas previas al reconocimiento, pero como lejos de manifestarse rigurosa, la política británica no ha hecho otra cosa que ceder a todos y cada uno de los caprichos y de los chantajes de los totalitarios, es poco probable que, cuando la victoria definitiva de los fachistas es indudable, Inglaterra contraríe a Franco, a Mussolini y a Hitler, por miedo de provocar una conflagración que Chamberlain ha evitado a costa del honor de Francia y a costa también de los intereses de ambas potencias democráticas en el Mediterráneo y en Oriente.

Así pues, señor Presidente, lo más probable es que, antes de que usted reciba esta carta, los Gobiernos británico y francés hayan reconocido sin condiciones al general Franco. Claro que este señor ofrecerá públicamente no ejercer represalias contra sus enemigos, declarando que unicamente castigará a quienes la ley deba sancionar. Y en esto estribará precisamente el peligro del reconocimiento sin condiciones, porque entonces la venganza del jefe rebelde alcanzará a miles y miles de gentes, de las cuales la inmensa mayoría no habrá hecho otra cosa que cumplir con su deber militar y con sus ideales democráticos.

En este caso la guerra seguirá hasta completar el desastre, si algún acontecimiento inesperado no lo evita. Los ejércitos del general Miaja y demás republicanos resistirán heroicamente, pero serán arrollados por el formidable material de guerra de los aliados de la España conservadora. Y entonces, lo que podría ser una paz humanitaria se transformará en una tragedia cruenta, de la que serán víctimas principalmente las figuras de tercero y cuarto orden. Nosotros creemos que todos los directores de la política y del ejército, salvo casos de heroísmo sublime o de martirio muy castellano, saldrían de los puertos de Valencia, Cartagena y Alicante en barcos ingleses, franceses y otros, para salvarse del sacrificio, pues es de esperarse que Inglaterra y Francia, penetradas de sus responsabilidades en la debacle española, estarán dispuestas a salvar en los barcos de sus escuadras del Mediterráneo la mayor cantidad de políticos y militares que les pidieran su ayuda en los momentos de apremio, y, en tal caso, serían los segundones los que sufrirían el castigo del vencedor.

Pero quizás extrememos nuestro pesimismo, señor Presidente (aunque creemos no exagerarlo). Quizás los pourparlers entre el senador Bérard y el general Jordana se resuelvan en la amnistía de los republicanos. En todo caso, el drama español habría terminado su primer acto. El segundo acto tendrá por tema los conflictos de Franco con Italia y Alemania y con sus partidarios de ahora, que se transformarán, muchos de ellos, en sus enemigos de mañana. El tercer acto del drama se reservará a la resolución del conflicto europeo a través del problema español, que tal vez acabe en forma trágica. Porque, en realidad, si Mussolini y Hitler no abandonan las posiciones estratégicas que tienen conquistadas en España y el Mediterráneo, y si Inglaterra y Francia, abriendo al fin los ojos y preparadas ya para la guerra ponen un "hasta aquí" a las ambiciones fascistas, la guerra será inevitable.

Como no quisiera, señor Presidente, que esta carta se retarde en llegar a sus manos, aquí la termino, prometiéndome enviarle, muy en breve, la segunda parte de mi informe, que se refiere a la actitud del Gobierno republicano desde la evacuación de Cataluña hasta ahora, así como las causas determinantes de la derrota del ejército leal, según el parecer de los mismos españoles a quienes me fué dado entrevistar.

 

Fuente:

Isidro Fabela. CARTAS AL PRESIDENTE CÁRDENAS. Offset Altamira. México, 1947. pp.118-132.