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Siglo XX > 1930-1939 > 1937

Cartas al Presidente Cárdenas. Carta 6. El Presidente Cárdenas, defensor de la Sociedad de las Naciones.
Ginebra, 30 de noviembre de 1937.

 

 

CARTA NUM. 6

Ginebra, 30 de noviembre de 1937.

El Presidente Cárdenas, defensor de la Sociedad de las Naciones.

La primera noticia que tuve de la carta que usted me hizo el honor de dirigirme con fecha 29 de septiembre último, me la dió desde París el Comité "France-Amérique", pidiéndome una copia de la misiva y la autorización para publicarla en la revista "L'Amérique-Latine" (1).

Por esos mismos días el representante de una agencia internacional de información me pidió también el texto de la carta, asegurándome que debía existir puesto que las agencias cablegráficas, desde México, habían dado la noticia a la prensa mundial. Sin embargo, no fué sino mucho después, cuando llegó a Ginebra "El Nacional" de 10 de octubre, que conocí al fin el texto de la carta de usted, señor General, apresurándome entonces a dirigirle mi cable de primero de noviembre, en los términos siguientes:

"222. Hasta hoy me enteré por prensa diez de octubre de carta-abierta se sirvió dirigirme veintinueve septiembre, que no llegó mi poder. Al agradecer a usted muy sinceramente sus felicitaciones me honran alto grado, me permito, señor Presidente, expresarle mis congratulaciones fervientes por sus ideas justas y oportunas respecto trascendente misión social Sociedad Naciones y necesidad fortalecer su prestigio teniendo certera visión estadista. Reitérole agradecimientos. Respetuosamente."

Por fin, después de un retardo muy considerable, recibí el original de su atenta de referencia, que tanto le estimo, señor Presidente, y que guardaré como la mejor recompensa de mis esfuerzos constantes por representar a nuestra patria lo más dignamente que me es posible.

Estimando que debiera ser conocida aquí la interesante histórica carta de usted, la mandé al "Journal des Nations", quien la publicó en primera plana con el siguiente rubro:

"México, Estado fiel al Pacto."

y las palabras preliminares que me es grato traducirle:

"Ya habíamos anunciado el 12 de octubre, de acuerdo con un mensaje de la Agencia Havas de México, que el Presidente de los Estados Unidos Mexicanos había enviado una carta al señor Isidro Fabela, Delegado Permanente de México ante la Sociedad de las Naciones. La carta del Presidente Cárdenas apareció en todos los diarios mexicanos. Es, pues, en primer lugar un documento de política interior. El jefe del Estado ha querido confirmar con toda su autoridad la política tan hábilmente defendida en la Sociedad de las Naciones por el Delegado de México, señor Fabela.

"Este documento merece por lo demás una gran publicidad fuera de las fronteras mexicanas.

"En efecto, en esta carta, el Presidente Cárdenas precisa de una manera excelente los deberes de los Estados miembros, el papel que la Sociedad de las Naciones está llamada siempre a representar, a pesar de sus fracasos sucesivos que se llaman Manchuria, Etiopía, España.

"México, que es un Estado eminentemente fiel al Pacto, el único que frente a la guerra de agresión de que es víctima la República española, ha respetado constantemente el derecho internacional, viene a dar una vez más, por la carta del Jefe del Estado, un bello ejemplo de su civismo internacional. Nosotros nos consideramos complacidos de poder reproducir en seguida el texto de la carta del Presidente Cárdenas, que la Delegación de México cerca de la Sociedad de las Naciones ha tenido a bien transmitirnos."

***

Como una muestra de simpatía al "Journal des Nations" que tan bien se ha portado con nosotros, quise darle la exclusiva para la publicación de la carta de usted; pero con grata sorpresa ví que dos días después "Le Travail" también reprodujo su carta, señor Presidente, con el título

"México y la defensa de la Paz."

He aquí los comentarios que preceden a la transcripción relativa y que me complazco en comunicarle, traducidos:

"En múltiples ocasiones hemos subrayado la noble, justa y lógica posición adoptada por la República Mexicana respecto a los conflictos internacionales.

"Lo mismo ante la Conferencia del Trabajo que ante la Asamblea de la Sociedad de las Naciones, los representantes de México han defendido el Derecho y la Paz, cuyos deberes y responsabilidades asume su Gobierno.

"Nosotros queremos insistir, una vez más, sobre la noble actitud tomada por el Gobierno mexicano -y defendida con fuerza y constancia en Ginebra por el señor Fabela- respecto al problema español. Desde el primer momento del conflicto, el Gobierno mexicano hizo saber que, respetuoso del derecho internacional y fiel a su política de paz, estaba al lado del Gobierno legal de la España republicana. Y después, fiel a su amistad y respetuoso del derecho, ha ayudado, moral y materialmente, a la República española, víctima de la agresión del fascismo internacional. Dicho Gobierno no ha querido conocer siquiera de la deplorable política llamada de no intervención. Cumplió así los deberes que le inspiraba el respeto al derecho. Su gesto, su actitud, no serán jamás olvidados por los trabajadores del mundo, que miran en un mismo sentimiento de gratitud el México socialista y la Unión Soviética, los únicos defensores del pueblo español en su lucha por la defensa de su existencia y de sus libertades.

"Ha valido la pena de recordar estas cosas antes de publicar la hermosa carta dirigida por el Presidente Cárdenas al representante de México ante la Sociedad de las Naciones, señor Fabela, y que nosotros reproducimos del "Journal des Nations"."

***

Conocida así, profusamente, en Ginebra, la carta de usted, produjo la mejor impresión entre los amigos de la Sociedad de las Naciones y de manera singular entre los funcionarios de la Secretaría, que la calificaron como la obra de un "gran hombre de Estado".

Yo tuve la satisfacción de que se me felicitara repetidas ocasiones, no sólo por ser el destinatario de tal correspondencia, sino, principalmente, por los conceptos elevados y oportunos que contiene.

Los juicios emitidos sobre su carta han coincidido en el sentido de que ella tiene un doble alcance, interior e internacional, de trascendencia.

Se supone -y usted sabrá, señor General, si la suposición es errada (yo la creo certera)- que usted se propuso dos cosas: acallar con la fuerza de la persuasión a los enemigos que en México tiene la Liga, y exponer ante el mundo su criterio respecto de ella, estableciendo de una vez por todas que, a pesar de sus resonantes fracasos, la Sociedad de las Naciones debe subsistir porque, como usted dice con tanto acierto: "a través de la Asamblea de Ginebra se llegará a la conciencia de las masas populares y trabajadoras, capaces de comprender y aquilatar responsabilidades, y que de esas grandes reservas humanas dependen en definitiva el poder de los ejércitos, la estabilidad de los gobiernos y la producción de campos y fábricas, base de la existencia colectiva"; y porque "...los éxitos materiales y momentáneos no eclipsan definitivamente los principios del derecho y la ética internacional, y que las reformas sociales se impondrán, a pesar de las desviaciones de la política y de las presiones o agresiones extrañas que se empeñan en atacar las normas democráticas y constitucionales".

***

Estoy seguro que en nuestra República la voz de usted sorprendió a la mayoría de las personas que siguen de cerca o de oídas la marcha de la Liga, pues después de la postrera resolución de la Asamblea en el caso de España, resolución tan esperada como injusta y arbitraria, muchos han de haber pensado que la Delegación de México se retiraría estruendosamente de la Sociedad. Aquí también se pensó lo mismo, sólo que con muy contrarios estados de ánimo: unos, los fachistas o de tendencias conservadoras, decían que México se retiraría de la Sociedad, claro, porque así lo deseaban; y los verdaderos amigos de la democracia -que lo son también del Pacto-, porque lo temían.

Mientras tanto, nosotros, sin conocer los pareceres del señor Presidente, teníamos confianza en que México, el "Estado Fiel" por antonomasia, continuaría en Ginebra defendiendo el Pacto, la democracia y la libertad de los pueblos débiles, como sucedió felizmente y debía suceder.

Separarnos de la Sociedad de las Naciones en estos momentos, cuando en el asunto etíope -que podría ser liquidado de una plumada- deberíamos dejar la constancia histórica de nuestra protesta, y cuando la causa de España se debate no sólo en las trincheras, sino en los organismos de Ginebra, donde la representación mexicana ha sido la única de entre las cincuenta y ocho de la Liga que ha defendido la causa del Gobierno constitucional, habría sido muy poco airoso de nuestra parte, pues tanto hubiese equivalido como a abandonar a un amigo por creerlo perdidoso. (Por lo demás, es posible de que cuando el Reino Unido y Francia, obligados por las intrincadas necesidades políticas del momento y como una transacción que evitase nuevos conflictos o zanjase los actuales, tuviesen que reconocer la conquista de Etiopía, lo harían a pesar de las reprobaciones de la conciencia universal no fascista.)

Por otra parte, separarnos ahora de la Sociedad de las Naciones sería hacerles su juego a Hitler y a Mussolini y a todos los totalitarios que existen en Ginebra, los cuales se habrían regocijado ampliamente de vernos partir, limpiándoles nosotros mismos el camino de un obstáculo terco y molesto que les estorba: la presencia de México en Ginebra.

No me extraña que nuestros compatriotas ultramontanos se manifiesten enemigos acérrimos de la Sociedad de las Naciones; lo que me sorprende es que nuestros revolucionarios, algunos de la mejor cepa, se empeñen en que nos separemos de la S. de N.

Sin embargo, tengo la esperanza de que las convincentes razones que usted expone en su sesuda exposición les hará reflexionar y rectificar su equivocado criterio, inspirado, eso sí, en la mejor buena fe.

Porque es claro, examinando imparcialmente las cosas, es preciso que los partidarios fieles de la Liga nos confesemos a nosotros mismos que la conducta política de ese organismo en los últimos años, ha sido tan contraria a sus deberes, tan injusta, tan ilegal, tan inmoral, que no sólo sus detractores, sino sus devotos partidarios habrán sentido, a no dudarlo, la más penetrante decepción respecto a sus actos y hasta impulsos sincerísimos de desconocerla por ineficaz y arbitraria.

¿Cómo es, sin embargo, que los Gobiernos de los cincuenta y ocho Estados que integran la Sociedad, reconociendo y lamentando su impotencia para hacer la paz y sus incapacidades para aplicar el Convenant en todo su rigor, continúan perteneciendo a ella?

Es obvio que cada uno de esos países tendrá sus razones especiales para seguir en Ginebra, pero es evidente que en el fondo una causa común los induce a tomar ese acuerdo: su confianza o su esperanza en que algún día las circunstancias políticas, económicas y militares que prevalecen ahora en el mundo cambien, en que el desarme moral se extienda e intensifique para preparar una humanidad futura más equilibrada y menos ferozmente nacionalista y agresiva, y que, en suma, la crisis actual pase y permita a la Sociedad de las Naciones cumplir sus deberes con menos tropiezos y mayor eficacia.

Además es seguro que los Estados de segundo y tercer orden, cuya influencia en los destinos universales es de poca monta, han comprendido que si las grandes potencias no tomaban a su cargo la responsabilidad de las sanciones, ellas podrían hacer muy poco práctico en tal sentido; y en esa virtud prefirieron no tomar actitudes fieras que no habrían podido respaldar en forma efectiva, sino sumarse a la opinión de quienes llevaban sobre sus espaldas la responsabilidad de ciertas decisiones que podrían provocar una nueva hecatombe.

Y en cuanto a las naciones poderosas, no se decidieron a ser estrictas en los casos de violación del Pacto, por diferentes motivos específicos que, a mi juicio, podrían ser éstos:

1.- Porque cuando el Japón intervino en Manchuria, Inglaterra y Francia, ilusionadas con que el desarme se convertiría en realidad, no están preparadas para la guerra y temieron, quizá no sin razón, que una actitud drástica contra los japoneses los hubiera llevado a una guerra tal vez desastrosa, sobre todo para la Gran Bretaña que se habría visto expuesta a poner en peligro su vasto imperio colonial de Asia y Oceanía.

2.- Porque en el caso de Abisinia, una vez que la aplicación de las sanciones contra Italia no dio el resultado apetecido y esperado, para cumplir rigurosamente con el Pacto habría sido preciso declarar la guerra al agresor y ninguno de los países que hubiesen tenido que soportar el peso cuasi total de esa guerra, esto es, Francia y la Gran Bretaña, estaban listos ni moral ni materialmente para llevarla a cabo.

3.- Porque cuando Alemania militarizó la Renania con violación de los Tratados de Versalles y Locarno, los franceses no contaron, seguramente, con los apoyos decididos del Reino Unido y Rusia (de los dos al unísono, de la U. R. S. S. sola creo que sí), y no sintiéndose fuertes por sí mismos para luchar aislados contra el Reich -que maravillosamente había surgido de sus cenizas-, prefirieron tolerar el hecho consumado con tal de no arriesgarse a otra conflagración espantosa por la que el pueblo francés tiene verdadera pavura.

4.- Porque en el caso de España, cuando Franco se rebeló contra el Gobierno legítimo y en poquísimo tiempo llegó a las puertas de Madrid, la Gran Bretaña y Francia creyeron que los rebeldes vencerían pronto, eliminando así todo el problema internacional, y porque después, cuando Italia, ensoberbecida y audaz, invadió la Península con sus ejércitos, secundada eficazmente por Alemania, los Gobiernos de París y Londres comprendieron que una reacción enérgica de su parte podría casi seguramente precipitar la guerra que no deseaban sus pueblos, en absoluto, y cuya responsabilidad histórica no quisieron afrontar.

5.- Porque en el último fracaso político de la Sociedad de las Naciones, el de la guerra imperialista del Japón contra China, para evitar la persistencia de la agresión habría sido indispensable que Inglaterra, Francia, Rusia y los Estados Unidos, hubieran resuelto una acción conjunta contra el agresor, lo que no quisieron ni probablemente harán, por razones algunas similares y otras diferentes, cada una de ellas.

El Reino Unido y Francia, porque tienen aún pendiente el grave problema del Mar Mediterráneo que, si se descuidan, podrían transformárseles en mar fascista, con menoscabo quizá irreparable de sus posesiones y colonias; y porque la actitud de Alemania, cada día más soberbia, no les permite apartar su atención perenne de España y la Europa Central, donde una chispa cualquiera podría provocar un incendio voraz que les alcanzara irremediablemente a ellas. Rusia, porque aunque deseosa, y mucho, y aun dispuesta a arremeter contra el Japón totalitario, no tanto para redimir a China, sino para extender el bolchevismo en Asia y en el orbe entero, no se atreve a pelear sola, ya que los ingleses y franceses se han resistido a afrontar los riesgos trascendentales de una contienda en el Extremo Oriente, como se víó en la última Asamblea y en la Conferencia de Bruselas.

Los Estados Unidos, porque a pesar del admonitorio discurso de Mr. Roosevelt que pronunciara en Chicago contra las guerras bárbaras de conquista, su representante en la Conferencia de las doce Potencias, Mr. Norman Davis, se presentó en Bruselas más tímido que prudente, resuelto a no resolver nada que pudiera comprometer a su patria en un ataque al Mikado, por la atendible razón de que el pueblo estadounidense no respaldó al Presidente Roosevelt en su breve gesto, ni el Congreso de Wáshington ha dado al Ejecutivo el apoyo requerido para ir en cualquier forma violenta contra un magnífico cliente como es el imperio nipón.

Estas consideraciones no quieren decir de ninguna manera que nosotros encontramos justificada la conducta de las grandes ni de las pequeñas potencias, ya que la hemos condenado públicamente como egoísta y contraria a los preceptos del Pacto; no, no la justificamos, la explicamos solamente, pues lo mismo en la vida de los hombres que en la de las naciones conviene colocarse en las circunstancias especiales de los demás para compenetrarse de su espíritu y comprender sus moviles y la razón de sus actos para así poderlos juzgar con mayor acierto, ya apoyándolos, ya condenándolos con o sin atenuantes; pero en todo caso entendiéndolos.

 

(1)   Dicha carta se inserta como Epílogo (Carta 23) al final de este libro.

 

Fuente:

Isidro Fabela. CARTAS AL PRESIDENTE CÁRDENAS. Offset Altamira. México, 1947. pp.70-82.