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Cartas al Presidente Cárdenas. Carta 5. La Europa Central y la política alemana.
Ginebra, 20 de noviembre de 1937.

 

 

CARTA NUM. 5

Ginebra, 20 de noviembre de 1937.

La Europa Central y la política alemana.

Como expresé a usted en mi carta anterior, al terminar la 81a. Sesión del Consejo de Administración de la Oficina Internacional del Trabajo, que se celebró en Praga a principios del mes pasado, con la venia de la Secretaría de Relaciones pasé a Austria y Hungría en viaje de descanso, viaje que, al propio tiempo, aproveché para darme cuenta, aunque fuese de pasada, de la complicada situación de la Europa Central. Y como, según el parecer de mucha gente bien enterada de la política continental, es ciertamente posible y aun probable que la temida próxima guerra se iniciará en alguno de aquellos países, en razón de que los conflictos allí latentes hicieran crisis en momento inesperado, me ha parecido oportuno transmitirle, señor Presidente, el resultado de mis someros estudios y observaciones sobre asunto tan digno de atención.

***

Alemania es el factor decisivo en la política de la Europa Oriental; ella, si quiere, puede evitar la guerra; ella, si quiere, puede precipitarla. ¿Por qué? Porque Alemania no se conforma con su condición de vencida; porque asegura que no habiendo sido vencida militarmente, no tenían los aliados derecho a colocarla en una situación de inferioridad, de incapacidad, de limitaciones de toda especie, que no merece, que no puede tolerar, que no tolerará.

Cuando el Reich se sintió fuerte, y al mismo tiempo tuvo la certeza de que Francia no estaba preparada para una guerra, se lanzó a su primer acto audaz restableciendo el servicio militar obligatorio, que le estaba vedado restablecer por el Tratado de Versalles; y como el hecho le resultó impune porque las grandes potencias gritaron pero nada hicieron en su contra, el Gobierno alemán cobró bríos, sacudió su miedo de hacía poco, y arriesgando el todo por el todo se trazó un programa de reivindicaciones que ha ido cumpliendo paso a paso, pero puntualmente, según declaran los voceros de su política.

Las duras lecciones del pasado que han convencido a los estadistas teutones de sus graves errores, han afinado su gran talento en donde antaño les fallara completamente.

La diplomacia alemana, que antes de la gran guerra no se distinguió por su habilidad, sino todo lo contrario, por su falta de tacto, ahora está emprendiendo una campaña que parece darle los mejores resultados.

Sus propósitos ocultos es difícil conocerlos -el general Goering decía hace poco que la política nazi es un secreto y sorprenderá al mundo-, pero su conducta es notoria en ciertos propósitos que me voy a permitir exponer a la consideración del señor Presidente.

Desde luego, la firma del Pacto anticomunista, en Roma, entre Italia, Alemania y el Japón, agrupa ya francamente a las tres principales potencias totalitarias, como si quisieran dividir el mundo en dos bandos: el Fascismo y la Democracia. No digo Fascismo y Bolchevismo, porque, aunque Mussolini y Hitler eso den a entender con su tenaz campaña de prensa, la verdad es que, en el fondo, a quienes quizás combatan más, no son a los "estalinistas" de la U. R. S. S., sino a Inglaterra, a Francia y, secundariamente, a los Estados Unidos, cuyos imperios, dominadores del mundo, quisieran suplantar.

Esa santa alianza fascista que surge lanza en ristre y altivez desafiante, ha sido vista con desagrado y desconfianza por las grandes democracias, porque las va a obligar, las obliga ya, a volver al viejo sistema político, ofensivo y defensivo, del "Equilibrio Europeo", que, después de algunos lustros de existencia, vino a resolverse en la catastrófica guerra mundial.

Es evidente que nadie puede creer en serio que esa nueva "Triplice" ha nacido, y tiene por único objeto, defenderse contra el comunismo ruso. Por que analizando las circunstancias especiales de cada uno de esos países, podemos deducir que ninguno de ellos puede temer, fundadamente, que, en estos momentos, el marxismo les significará su peligro máximo.

En efecto, Alemania que es la que está más cerca de la U. R. S. S., ha combatido tan encarnizadamente el bolchevismo, que, lo que de él quedara en su territorio no ameritaría una Triple Alianza. El "nazismo" está tan bien organizado, vive tan alerta respecto de sus enemigos interiores y externos, y es tan vigoroso, por contar con un ejército formidable, que el comunismo no es el problema urgente de Adolfo Hitler. Otros problemas tiene de real trascendencia para su pueblo y para Europa, que absorben su pensamiento, su acción constante, sus maquinaciones cotidianas. ¿Cuáles? La reivindicación de sus colonias perdidas conforme al Tratado de Versalles, tratado que la Alemania de Hitler considera caduco; la rectificación de sus fronteras actuales hasta extenderlas a los linderos que tuviera el imperio de Guillermo II, y el aniquilamiento del eslavismo que resucitó la gran guerra.

Los flamantes Estados independientes de la Europa Central son las víctimas propiciatorias del imperialismo germánico, que se siente, a sí mismo, como señalado por el destino para llevar su cultura civilizadora a esos pueblos que siempre ha considerado como inferiores.

Es ya bien sabido que Checoeslovaquia sería la primera de sus presas, por tres razones y un pretexto. El pretexto es que esa república bolchevizada, o, al menos, bolchevizante, es el conducto fácil a la intromisión del comunismo en Alemania y en Europa. Pretexto, digo, porque, teniendo noticias de lo que es el pueblo checo y la ideología de su Gobierno actual, sus costumbres y sus tendencias liberales -avanzadas, pero no marxistas-, se comprende que el supuesto comunismo checoeslovaco no es más que un cómodo expediente para molestar a esa nación que no hace mal a nadie.

La Checoeslovaquia, como Estado, como Gobierno y como nación, no tiene nada de bolchevique. No como Estado, porque su Constitución es de principios capitalistas; no como Gobierno, porque sus componentes y sus tendencias son más bien avanzados, de tipo social-agrario, y no como nación, porque, como dijera hace poco el editorialista del "News Chronicle", de Londres, "el pueblo checoeslovaco es tan pacífico y burgués como cualquiera otro del mundo".

Durante mi estancia en Praga, pude informarme que el partido comunista en ese país es muy pequeño, discreto y no combativo; de tal manera que no constituye, no puede constituír por ahora, para los hitleristas, el peligro que le atribuyen. Las verdaderas razones que puede tener Alemania para apoderarse o ejercer una hegemonía política y comercial en Checoeslovaquia pueden ser, a mi juicio, dos principales:

1.- El Gobierno de Praga tiene celebrado con los franceses un tratado de alianza que irrita mucho a los alemanes, porque cuando viniera la guerra de revancha contra su secular enemiga, Francia, ya saben que por el Este de Europa tendrían un pueblo opositor a sus planes y un auxiliar muy útil a los franceses y rusos -con quienes los checoeslovacos han suscrito también otro pacto defensivo.

2.- La Checoeslovaquia es un país de abundantes materias primas que necesita Alemania, y rico en industrias que le hacen una competencia desventajosa en el mundo entero; competencia con la que no pueden luchar los fabricantes alemanes, porque su mano de obra y las materias primas indispensables les resultan mucho más caras que a los checos. En consecuencia, se comprende que a la política expansionista teutona le interesa controlar, en cualquier forma, la producción de ese país.

***

En Checoeslovaquia existe una importante minoría alemana que alcanza el crecido número de tres millones de hombres, que son un serio problema de oposición constante para el Gobierno de la república, y un elemento de apoyo para la política nazi, ya que le sirve, muy frecuentemente, de elemento de discordia para resolver la opinión pública del Reich en contra de los checoeslovacos.

A fines de octubre último, surgió un incidente entre la policía y el pueblo, en Teplice (Bohemia), donde existe un grupo minoritario alemán dirigido por Konreidt Heinlein. El incidente en sí no tenía ninguna importancia, pero Hitler y los suyos quisieron dársela atacando al Gobierno checo furiosamente por su política atentatoria (?) contra los alemanes "sudetes".

Lo que pasa, en realidad, es que el partido de Heinlein es un elemento del pangermanismo nazi que quisiera ver a Checoeslovaquia como un Estado vasallo de Alemania. Berlín se sirve de esa minoría, de los "sudetes", para entremeterse en la política de la Europa Central, que considera como su futuro campo de acción y de dominio.

Felizmente, el Gobierno de Praga está alerta y sabrá defenderse con tino y prudencia de las maniobras totalitarias. Por eso decía, hace poco, el distinguido escritor checo Ripka: "Nosotros comprendemos muy bien el juego de Berlín: para el Gobierno nazi se trata de servirse de los alemanes "sudetes" para intimidarnos y para obtener que modifiquemos nuestra política exterior, basada, antes que todo, en nuestra alianza con Francia y nuestra colaboración íntima con las otras democracias occidentales."

Más o menos estas mismas ideas expresó el canciller Krofta ante el Senado de su país, el 11 del actual: "...reprochó al Reich la campaña ofensiva de intimación que los alemanes han emprendido recientemente contra ellos...", "... rechazó con energía la presión que el Reich intenta ejercitar sobre Praga"; "en las cuestiones minoritarias, la Checoeslovaquia no se dejará guiar sino por sus compromisos, los que derivan de los Tratados de Paz, y por los principios de igualdad democrática, de conveniencia y de justicia, lo cual quiere decir que, felizmente, en Praga se dan cabal cuenta de su difícil situación, y, no sólo están alertas, sino que obran con sereno patriotismo, dispuestos a enfrentarse contra el imperialismo nazi; por supuesto, contando siempre con la ayuda de Francia y de Rusia...

Pero, señor Presidente, ¿podrán estar seguros los checos de las constantes promesas francesas y de la alianza defensiva con Rusia? Esa es la incógnita que los nuevos acontecimientos europeos, y aun asiáticos, y aun americanos, irán descifrando. La interindependencia de la política, de la economía y de la vida entre los Estados es tal, que los trastornos entre dos o más países afectan, en mayor o menor escala, a todos los del globo; pero parece ser que los conflictos de la Europa Central son de los más peligrosos para la paz de este continente; sin contar, por supuesto, el de España.

***

Esta vez la política del Reich ha operado con cautela, maña y premura. Antes de todo, naturalmente, ha tratado de asegurarse efectivas defensas en su frontera occidental para evitar posibles sorpresas que pudieran comprometer su integridad territorial.

De Luxemburgo a Basilea, las fortificaciones alemanas, según se dice, son formidables, tal vez infranqueables.

Sintiéndose Alemania resguardada por ese rumbo, su diplomacia ha recurrido a negociaciones de largo alcance, para evitar el paso de los ejércitos franceses por las únicas fronteras que podrían serle accesibles. Desde luego, consiguió de Bélgica un acuerdo ventajoso, a cambio de respetar en todo tiempo el territorio belga, ha asegurado -claro está, teóricamente- la neutralidad de los belgas.

Ha hecho más la diplomacia nazi: ha ofrecido formalmente a Holanda garantizarle su neutralidad en caso de guerra, y a Suiza le ha declarado, oficialmente, que "el Reich ha decidido respetar la neutralidad helvética".

De esa manera, con dicha cadena de países neutrales en su frontera occidental, Alemania "se asegura las manos libres en el Este".

Hitler ha procedido por etapas bien meditadas, organizadas y ejecutadas. Lo que primero hace después de resolverse a dar un "golpe", es ordenar una intensa campaña de prensa, y cuando está preparada la opinión pública, se lanza al ataque.

Así procedió el Führer cuando abandonó, dando un portazo, la Sociedad de las Naciones; cuando restableció el servicio militar obligatorio, y cuando denunció el Pacto de Locarno.

***

Con esos antecedentes, lo probable es que sus nuevos ataques se enderecen contra Danzig y Checoeslovaquia. La famosa "ciudad libre" que nació artificialmente de los tratados de paz, salvo acontecimientos inesperados, está llamada a ser nuevamente alemana -de hecho lo es ya-.

El imperialismo germánico no se ha conformado nunca con la pérdida de ese puerto -donde la población alemana predomina-, y por eso ha ido trabajando con éxito, dentro de los partidos políticos de la ciudad, para ganarlos, como los ha ganado ya, a su causa. El Centro católico fué disuelto por el prefecto de Danzig y los partidos socialdemócrata y comunista fueron prohibidos, de tal suerte que no combatirán, en las elecciones de primavera, más que los grupos nacional-socialista y el polaco; es decir, que las autoridades estarán sometidas de hecho al Tercer Reich.

En estas condiciones la llamada "Ciudad libre de Danzig", no espera otra cosa que ser absorbida definitivamente por Alemania. Y esto se haría sin que Inglaterra y Francia, ni la Sociedad de las Naciones, se atrevieran a reaccionar contra el hecho consumado, como no reaccionaron contra los acontecimientos que he mencionado antes, y que, más o menos directamente, quebrantaban los intereses y lastimaban la orgullosa dignidad de aquellos poderosos Estados.

Por supuesto que, si de aquí a entonces la política medrosa, que es la que ha privado en esas potencias, hubiese despertado ya, podría, con el respaldo constitucional del Pacto de la Liga de las Naciones, mantener el statu quo, paralizando así el impulso pangermanista del Führer.

Sin embargo, una razón de conveniencia pudiera hacer que Danzig, de hecho alemana, continuara como "Ciudad libre" teóricamente: esa razón sería la de no contrariar a Polonia, su secular y enconada enemiga, con la cual, actualmente, está en buenas relaciones oficiales, a causa de sus semejantes tendencias totalitarias.

Además, el 7 del actual, los Gobiernos de Varsovia y Berlín celebraron un acuerdo respecto a los principios a que deberán sujetarse las minorías alemanas en Polonia y las polacas en el Reich; acuerdo que establece un modus vivendi que no ha contentado a la opinión pública, y que, a la larga, puede ser motivo de nuevas perturbaciones entrambos Estados.

Por otra parte, no hay que olvidar dos arcaicos elementos, de raíces hondas, que separan a los dos pueblos: la raza y la historia. Los germanos han visto siempre a los polacos, y en general a los eslavos, con olímpico desdén; y los polacos, por esa causa, que conocen y sienten, y por haber sido víctimas ancestrales del tratamiento injusto que recibieron durante la larga opresión de la dominación alemana, no pueden creer en la sinceridad ni en la estabilidad de esas aparentes buenas relaciones oficiales que, indudablemente, serán pasajeras.

Por último, esa "entente" polono-nazi, no podrá ser sólida mientras el problema vital de los polacos, el de Danzig, no se resuelva en términos de justicia por parte del Reich. Al respecto, decía hace muy poco el ministro Lipsky a Hitler: "el mejoramiento de las relaciones polaco-alemanas será ilusorio si la agitación nacional-socialista continúa en Danzig, si la constitución de Danzig no se restablece y si los derechos de la población polonesa en la "Ciudad libre" no son respetados".

Y bien, señor Presidente, ¿podrán ser respetados realmente esos derechos, cuando los alemanes siempre se tuvieron por despojados de ese puerto que consideran suyo cien por cien? No lo creo, y por eso pienso que también allí está vivo el germen de un serio conflicto que pudiera ser otra de las chispas causantes de la futura conflagración. Ojalá el anunciado viaje del ministro de Negocios Extranjeros francés a la Europa Central, comprenda también Varsovia, porque, para la causa de la democracia, sería indispensable que Francia reconquistara toda la simpatía y el apoyo de Polonia en el eventual conflicto, pues ella, como Rusia, podrían ser una barrera vigorosa contra el fascismo. Sólo que, para eso, sería preciso que el Gobierno totalitario que impera en Polonia fuera sustituído por otro, de izquierdas, que no le hiciera su juego a Hitler, sino que, recordando todo lo que tradicionalmente debe esa nación a Francia y a los aliados, que le restituyeron su libertad y crearon su nueva patria, se pusiera del lado de la democracia y de las masas. Lo que sería factible si las sutiles y admirables diplomacias de París y Londres, puestas de acuerdo con Checoeslovaquia y Rusia, premeditaran un plan conjunto de ofensa y defensa.

***

En cuanto a la patria del ilustre Masaryck, ¿cuándo comenzará la embestida germánica, puesto que la campaña de prensa ha mucho que se organizó y persiste?

Es difícil averiguarlo, pero dentro de la lógica política (que no es tan lógica a veces, señor Presidente), lo probable es que el nazismo espere el momento propicio para operar en Checoeslovaquia y provocar su desmembramiento, que significaría, al mismo tiempo, la extensión del pangermanismo en Europa y, quizás, fuera de Europa.

Ya que viene a cuento, permítame usted, señor General, un paréntesis sobre el que valdría la pena de preocuparse: ¿Por qué no pensar que el nazismo victorioso e impune, pretendiera llevar su influencia a Asia y a nuestra América Latina? ¿No cree usted, señor Presidente, que si Italia y Alemania triunfaran en España y en el Centro de Europa, y el Japón en China, las desmesuradas ambiciones de los Gobiernos totalitarios se envalentonaran de tal modo que pretendieran hincharse hacia el otro lado del Atlántico? A mí, francamente, el peligro no me parece absurdo y por eso me permito mencionarlo, a reserva de insistir sobre él en carta próxima.

***

El caso de Austria es también delicado, no por culpa de los austríacos, sino de los pangermanistas nazis. Los nacional-socialistas no pueden pensar en serio que Austria sea una república independiente; no la conciben sino como un "Estado alemán" que debiera formar parte del Reich, o al menos, que siguiera sus pasos, su política, su diktat, en calidad de vasallo.

El Gobierno austríaco y la prensa reaccionan dignamente, y la atención internacional se mantiene dentro de relaciones vidriosas que cualquier incidente podría romper.

En suma, Austria es otro de los peces chicos que quiere tragarse el pez grande. Sólo que, para intentar comérselo necesita, primero, pensar el modus operandi, y prepararse bien, pues el buen bocado podría provocar la "Guerra Terrible", como podría llamarse la próxima, para diferenciarla de la "Gran Guerra". En efecto, no es creíble que una seria intromisión de Alemania en los destinos austríacos dejara impasibles a las grandes potencias, porque sería tanto como dejarse derrotar sin luchar, ya que la desaparición de esa pequeña y empobrecida república entrañaría la integración de la Gran Alemania, que podría después extenderse, con relativa facilidad, a Hungría y a Checoeslovaquia, y más tarde a los Balcanes, si no con fines de conquista territorial, si con el objeto de establecer esferas de influencia política y comercial que, desde hace tiempo, están trabajando los diplomáticos de la Wilhelmstrasse.

Sobre este particular es bien sabido que la ahora inteligente política del Reich, dirigida desde Berlín y bien secundada por los agentes del Führer en Bucarest y Belgrado, ha conseguido un acercamiento cada día más y más estrecho entre los Gobiernos de Rumania y Yugoeslavia. Esto con la finalidad, bien explicable, de hacer nugatoria la política de la "Petite Entente", que estuvo en un principio fuertemente ligada a la República Francesa.

Los alemanes, ni tardos ni perezosos, han aprovechado las tendencias francamente fascistas de los Gobiernos del rey Carol y del regente Pablo, para entenderse con ellos por medio de la celebración de tratados de comercio que han dado por resultado el que en estos momentos esos países estén más cerca de Alemania que de Francia, a pesar de las corrientes sinceramente francófilas de la élite cultural rumana, cuya influencia, en la actualidad, permanece en acecho encabezada por el eminente estadista Titulesco, caído en desgracia.

 

Fuente:

Isidro Fabela. CARTAS AL PRESIDENTE CÁRDENAS. Offset Altamira. México, 1947. pp.55-69.