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Cartas al Presidente Cárdenas. Carta 4. Proyectada compra de armas en Checoeslovaquia. Situación del Gobierno checoeslovaco en la Europa Central.
Ginebra, 11 de noviembre de 1937.

 

 

 

CARTA NUM. 4

Ginebra, 11 de noviembre de 1937.

Proyectada compra de armas en Checoeslovaquia. Situación del Gobierno checoeslovaco en la Europa Central.

El día 4 de octubre salí de Ginebra para Praga, a representar a México en el Consejo de la Oficina Internacional del Trabajo. Días antes de partir, estando en la Asamblea de la Sociedad de las Naciones, el delegado español, licenciado Jiménez de Asúa, ministro de su país en Praga, nos llamó aparte al licenciado Leñero y a mí, y después de hacernos una historia del proyectado negocio de compra de armas en Checoeslovaquia, por conducto del Gobierno mexicano, llegó a la conclusión de que las negociaciones emprendidas habían fracasado por las razones principales que el señor Presidente conoce: primero, porque el Gobierno de Portugal había denunciado al Comité de No-Intervencion la proyectada compra, y, segundo, por las indiscreciones cometidas por funcionarios de B... respecto a otra proyectada adquisición de pertrechos para la misma España, por intermediación de autoridades de aquel país. Que en virtud de esas circunstancias, el Gobierno del señor Benes había estimado prudente suspender toda entrega de armas a España, por cualquier conducto que fuese.

Con esos antecedentes, me suplicó el señor ministro Jiménez de Asúa que en caso de tener yo oportunidad, durante mi estancia en Praga, de tratar de tal asunto con el ministro de Estado Krofta, no desaprovechara la ocasión para ratificarle la buena voluntad del Gobierno de usted, señor Presidente, para ayudar al Gobierno de Valencia.

Contesté al estimable colega que teniendo instrucciones de usted de ayudar en todo lo que nos fuera posible al Gobierno Republicano, yo no desperdiciaría oportunidad propicia para cumplir con los deseos universalmente conocidos de mi Gobierno; pero que delante del licenciado Leñero me permitía expresarle al señor Jiménez de Asúa que mi actitud, en Praga, no podría extenderse a ninguna gestión oficial, ya que el asunto estaba en manos de nuestra Legación en aquella capital. Por lo demás, como mi estimado colega Leñero me había enterado de la forma terminante en que el señor Krofta había dado su resolución negativa, no creí realmente que se me presentase el caso de hablar sobre el asunto.

Sin embargo, la eventualidad se me presentó, dándomela el propio ministro de Relaciones el día que nos ofreciera a los delegados al Consejo de Administración de la Oficina Internacional del Trabajo un banquete.

Apenas había saludado al señor Canciller cuando entabló conversación conmigo, diciéndome que acababa de recibir al secretario Daesslé, nuestro encargado de Negocios en ausencia del ministro Leñero, y que le había manifestado ya, con mucha pena, que el acuerdo de su Gobierno sobre el negocio que tanto nos interesaba era negativo; que ellos no podían vender ninguna clase de armamento a España, ni por conducto de México, ni por el de Bolivia, ni por el de ningún otro país. Me agregó que su situación internacional era sumamente delicada, pues estaban vigilados por todas partes, pero especialmente por sus vecinos: Alemania, Polonia, Yugoeslavia y Austria, enemigos del Gobierno español; y también por la misma Inglaterra y Portugal, con quien habían roto sus relaciones diplomáticas cuando en Lisboa se dieron cuenta de que iban a vender armas al Gobierno de Azaña, y a ellos, a los portugueses, se las habían negado. En esas condiciones, me dijo,
no nos queda más solución que rehusar a España la ayuda que estábamos dispuestos a prestarle todavía hace poco.

Entonces le pregunté si ese acuerdo de su Gobierno no podría variar si las circunstancias le permitieran modificar su criterio, a lo que me contestó que sí, pero que todo dependería principalmente de la actitud de Inglaterra y de Francia.

Tres días después de esta entrevista regresó a su puesto de Praga el ministro Jiménez de Asúa, habiendo organizado un banquete en mi honor al que asistió el ministro de Previsión Social checoeslovaco, señor Necas, amigo personal del licenciado Jiménez de Asúa, y muy partidario de la causa democrática de España.

Entre los comensales se encontraba el señor Dominois, muy amigo del ministro francés Leon Blum, y su enviado especial en algunos países de la Europa Central.

Al terminar la comida, Asúa nos llamó al ministro Necas, al señor Dominois y a mí para decirnos lo siguiente:

-Me he permitido invitar a ustedes a tener esta conversación porque, dada la confianza plena que me merecen, quiero que conozcan cuál es el estado que guarda el asunto que tenemos pendiente con el Gobierno checo, y ver la forma en que, eventualmente, ustedes pudieran ayudarnos.

El Gobierno del Presidente Benes ha decidido no entregarnos los pertrechos de guerra que hemos comprado y pagado a una fábrica local (5,000 ametralladoras y un buen número de fusiles y cartuchos, por valor de libras 1.000,000); pertrechos que en estos momentos, como ya comprenderán ustedes, nos serían de suma utilidad.

El primero en responder al diplomático español fué el señor Necas. Dijo, sobre poco más o menos, que él sinceramente lamentaba la actitud de su Gobierno, ya que desde el principio de la rebelión franquista, por razones legales e ideológicas, había respaldado al del señor Azaña; pero que al mismo tiempo se explicaba esa actitud por la difícil postura de su país, dentro de la política exterior de la Europa Central y frente a frente de las grandes potencias europeas.

-Para nosotros, agregó, nos sería tan perjudicial el triunfo de los rebeldes como benéfica la victoria del Gobierno constitucional. En efecto, Alemania nos acecha, nos provoca dificultades bajo pretexto de que somos la vanguardia del bolchevismo y el conducto para extenderlo en Europa Central y Occidental.

Nuestros otros vecinos: Austria, Polonia, Rumania y Hungría, todos sin excepción, son contrarios al Gobierno de Valencia. De consiguiente, si triunfan los rebeldes toda la influencia política, diplomática y comercial de esas naciones y de la España conservadora estarían en nuestra contra para perjudicarnos de mil modos. Además, en ese malaventurado evento, tendríamos encima a la vencedora Italia.

En tales condiciones mi opinión es clara: por principio y por conveniencia, Checoeslovaquia debe ayudar a la España republicana. En este momento intervine yo para decirle al señor Necas:

-Siendo esa su convicción, señor ministro, ¿no cree usted que su intervención cerca de quien o quienes usted creyere conveniente, sería oportuna para ayudar a España, de una vez por todas y resueltamente?

-Sí, me contestó, no sólo la creo oportuna, sino necesaria; y, al efecto, yo les ofrezco a ustedes hablar mañana mismo con Krofta y, en la primera oportunidad que tenga, con el señor Presidente. Lo haré con mucho gusto, comunicando a mi buen amigo Jiménez de Asúa el resultado de mis gestiones.

En seguida agregué:

-Por desgracia, señores, todos lo sabemos perfectamente: la suerte del Gobierno español podría modificarse de manera radical si la Gran Bretaña y Francia rectificaran su política hacia España, en forma legal y decisiva; pero mientras estas potencias continúen sus maniobras de contemporización con Italia y Alemania, obrando fuera del sistema establecido por la Sociedad de las Naciones, del que se apartaron injusta e indebidamente desde el principio de la rebelión franquista, las cosas seguirán de mal en peor para la causa de la democracia europea.

Digo esto delante del señor Dominois, porque perteneciendo él al Partido Radical estimará, como muchos de sus correligionarios, que la conducta del Gobierno de Blum no fué la justa y debida, por más que todos nosotros sepamos cuáles fueron los motivos poderosos que lo impulsaron, a contra coeur, a crear el Comité de No-Intervención, que ha sido la causa básica del desastroso estado actual de cosas en España.

Y concluí:

-Mientras el Gobierno no reaccione en alguna forma contra la política británica, que a ojos vistas se inclina a favor de los rebeldes, la situación española empeoraría en vez de mejorar.

El señor Dominois, hombre inteligente y convencido partidario de la causa legitimista, nos dijo que nos hablaría con entera franqueza.

Expuso que, en efecto, el había considerado como errónea la política de su Gobierno hacia el de España, sobre todo desde que los primeros contingentes italianos llegaron a la Península para aliarse a la rebelión; que desde ese momento la política francesa debió haber obrado con energía, aun contra el parecer de Inglaterra, pues una vez tolerado el principio de ese abuso, las dificultades para sacar un ejército italiano de España tendrían que aumentar considerablemente, como en realidad han aumentado, hasta convertir esa intervención en un gravísimo problema europeo de imprevisibles consecuencias.

Dijo que él lamentaba que su país, que siempre había seguido su política internacional propia, ahora estuviese ligado tan estrechamente a la Gran Bretaña, que no pudiese actuar por su cuenta y riesgo, y agregó: "tengo esperanza de que las últimas elecciones locales que indudablemente han fortalecido la posición del Gobierno, le permitan tomar ciertas iniciativas que quizá modificaran la conducta franco-británica en el conflicto español.

-Y como yo debo, nos dijo, informar a Blum de ciertos problemas de la Europa Central que nos interesan en gran manera, y esos problemas están estrechamente vinculados con la suerte de España, yo también hago a ustedes un ofrecimiento: el de escribir mañana mismo a Leon Blum, encareciéndole el ver si es posible la revisión de la política francesa hacia España, al menos en lo que se refiere a facilitarle al Gobierno del señor Azaña el aprovisionamiento de armas, cooperando en alguna forma con el Gobierno de Checoeslovaquia.

-Muy bien, expresó el ministro Necas. De ese modo, si Francia se pone de acuerdo con nosotros en el caso concreto que tanto nos interesa, creo que la exportación de pertrechos se facilitará.

Con esto, y con la manifestación que yo les hiciera de que México había hecho y haría cuanto estuviera en su mano por ayudar a la noble causa del Gobierno español, con el más absoluto desinterés y la plena convicción de defender así los principios de la democracia; con esta manifestación, repito, terminó aquella interesante plática que se prolongó por cerca de hora y media.

***

Al terminar la sesión del Consejo de Administración de la Oficina Internacional del Trabajo, partí para Viena y Budapest, con anuencia de la Secretaría de Relaciones, a tomar unos días de reposo; y como supiera que el señor Dominois marcharía luego a Hungría, concertamos una cita para Budapest, donde tuvimos dos entrevistas.

Sus conversaciones, como lo esperaba, fueron jugosas, y por eso me permito referírselas, señor Presidente.

Dominois iba a la Europa Central en viaje de investigaciones y propaganda políticas. Su asiento principal era Praga, pero sus actividades se extendían a Viena, Hungría, Polonia...

¿Su objetivo principal?

Ponerse en contacto con los elementos de izquierda de esas naciones y averiguar cuáles eran las actividades políticas de Italia y, sobre todo, de Alemania en la Europa Central, y especialmente en Checoeslovaquia, para poder orientar la conducta francesa en el sentido de sus conveniencias.

Porque, señor Presidente, la situación en esa parte del continente es muy delicada, a tal punto que puede ser en Checoeslovaquia donde se inicie la muy posible guerra futura. Pero este tema será motivo de una de mis próximas cartas.

Explayándose conmigo, el señor Dominois me expuso su parecer de que Francia, ligada estrechamente con Checoeslovaquia, tenía que cuidar y cuidaba con celo la estabilidad política de este país, porque era además el único de ideología avanzada y el único también con el que, en un momento dado, Francia podría contar, por esos rumbos, llegado el caso de una guerra con Alemania.

Por esa causa la victoria de los republicanos españoles le interesa tanto a París, porque si Franco triunfara las presiones italianas y alemanas se dejarían sentir en Praga, con perjuicio de la influencia francesa que ahora es dominante y controlaría cualquier intento de pangermanismo, siempre absorbente, que se intentara.

En cambio, si los leales ganasen, disminuirían considerablemente las preocupaciones de Francia, porque ella tendría un Estado amigo al otro lado de los Pirineos y otro entre los países danubianos, que seguiría siendo, como hasta ahora lo es, el primer dique contra el imperialismo de Adolfo Hitler. De ahí el empeño decidido de Dominois de inducir a Blum a que intentara modificar la política del Quai d'Orsay, ya fuera en el sentido de convencer a la Foreing Office de acabar con la absurda "no-intervención", o bien apartándose, de hecho, de esa nefasta política para ayudar a España en forma eficaz.

Al despedirme del agente secreto del señor Blum, me confirmó que ya había escrito una larga carta a su jefe y amigo, carta que tenía esperanza tuviera su efecto, por lo menos en el sentido de facilitar la salida, por Francia, de las armas y pertrechos que el Gobierno español había comprado en Checoeslovaquia.

***

Al regresar a Ginebra estuvo a verme Jiménez de Asúa para contarme de sus últimas conferencias con Necas y Krofta y de sus proyectos en París, para donde debería salir en seguida.

Necas había cumplido su formal ofrecimiento: había hablado con Krofta, tratando de convencerlo de que ellos estaban obligados moralmente a entregar las armas susodichas, porque con consentimiento y complacencia del Gobierno se habían contratado y pagado; y además, por las razones políticas que nos había expuesto.

Krofta todo lo sabía y entendía, pero no estimaba prudente, en estos momentos, variar su resolución.

Después de Necas, Asúa se personó con el propio Krofta. El cual lo desahució en un principio, reiterándole su negativa respecto al armamento de marras; pero como el diplomático español le hablara de la eventual posibilidad de transportar los pertrechos por tierra, introduciéndolos a España por la frontera francesa, la actitud del Canciller cambió favorablemente.

En definitiva quedaron en que si Asúa conseguía la anuencia del Gabinete francés para pasar las armas por tierra, de Francia a España, el Gobierno de Praga entregaría las armas compradas.

-Por eso me tiene usted aquí, de paso para Francia, me dijo el colega español. Voy a París a conferenciar con Blum y Auriol, a fin de impetrar su ayuda en el hasta ahora frustrado negocio de las armas checoeslovacas; agregándome que si los informes y consideraciones de Dominois hubiesen tenido eco en el espíritu de Blum, no perdía la esperanza de obtener algún éxito en sus gestiones, de las cuales me tendría al cabo.

Como lo hizo. Ayer domingo, que regresó de París, lo invité a cenar y charlamos ampliamente. Venía el hombre optimista. El vicepresidente del Consejo y otro de los ministros le habían ofrecido muy formalmente que encontrarían la manera de solucionar satisfactoriamente el asunto en cuestión.

Por supuesto, señor Presidente, que, de hecho, los franceses han ayudado al Gobierno republicano constantemente y de manera real y efectiva, dejando pasar, clandestina y hábilmente, grandes cantidades de municiones y armamentos, por su frontera terrestre. Por eso se explica que el Gobierno de Valencia no haya podido atacar sino hasta cierto punto a los Ministerios Blum y Chautemps.

Por eso también estimo que el apoyo que ahora les ofrecen no sea vano y que al fin puedan obtener los pertrechos comprados por conducto del Gobierno mexicano.

 

Fuente:

Isidro Fabela. CARTAS AL PRESIDENTE CÁRDENAS. Offset Altamira. México, 1947. pp.43-54.