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Siglo XX > 1930-1939 > 1937

Cartas al Presidente Cárdenas. Carta 3. El plan Eden.
Ginebra, 27 de julio de 1937.

 

 

 

CARTA NUM. 3

Ginebra, 27 de julio de 1937.

La situación de Europa en relación directa con el conflicto español se agrava de día en día, y por esa causa creo de mi deber informar a usted y darle mis opiniones sobre los acontecimientos que pudieran presentarse para que usted resuelva cuál deberá ser la actitud de México.

El fracaso del Comité de No-Intervención decidió a Inglaterra y a Francia a hacer un nuevo plan que formuló el ministro de Relaciones Exteriores de la Gran Bretaña, señor Anthony Eden; plan que, a mi juicio, es de suma trascendencia porque demuestra las intenciones del Gobierno británico de ayudar al general F. Franco, provocando así la derrota del Gobierno legal de España. Digo esto porque la sola proposición de reconocer la beligerancia de los rebeldes pudiera indicar esas intenciones que, de parte del Reino Unido son comprensibles, ya que la toma de Bilbao por los facciosos interesa mucho a los ingleses, que deben conservar buenas relaciones con el gobierno que posea de hecho el territorio minero de Vasconia, de donde se abastecen, especialmente de fierro, muchas industrias británicas.

Esta idea inglesa de ayudar a Franco puede tener muy graves complicaciones, no sólo respecto de la misma Inglaterra, sino principalmente de Francia. En efecto, si los ingleses hacen triunfar la rebelión española darán, ipso facto, muy grandes ventajas a Italia y Alemania, las cuales quedarán, en España, habiendo adquirido derechos que después será muy difícil arrancarles; derechos que constituirán una hipoteca política y estratégica muy grave en el Mediterráneo sobre los intereses del Imperio Británico.

Hasta ahora, y por muchos años, se había mantenido un statu quo en el Mediterráneo, que, asegurando a las grandes potencias sus colonias, su comercio internacional y sus posesiones estratégicas ya adquiridas, alejaba toda ambición y, de consiguiente, todo conflicto internacional entre esas naciones, esto es, Inglaterra, Francia e Italia, y secundariamente, Rusia, Turquía, España y, en general, los Estados costeros mediterráneos. Pero desde el momento en que la Italia de Mussolini quiso transformarse en vasto imperio colonial y conquistó la Etiopía, aquel statu quo del Mediterráneo forzosamente tenía que sufrir alteraciones que podrán ser profundas. De allí el peligro de la situación futura de Europa.

La Gran Bretaña, para conservar su vasto imperio en Africa, Asia y Oceanía, requiere la libertad completa que antes tenía en aquel mar interior, libertad que pueden restringirle Italia y eventualmente Alemania. Esto Inglaterra no puede tolerarlo a riesgo de menoscabar, más o menos intensamente, su imperio. Si las tropas italianas y alemanas no acatan el Plan Eden y no evacuan la Península ibérica, el conflicto habrá surgido, pues la posición estratégica de Gibraltar estará amenazada, no sólo por los ejércitos italoalemanes que se encuentran en España, sino por las fortificaciones e instalaciones de cañones alemanes de gran alcance colocados en la costa marroquí. Esto sin contar con los dos nuevos campos de aterrizaje recientemente acondicionados en Mallorca, y el artillamiento de esta isla y la de Ibiza, pues a la fecha, según se asegura, España sólo controla, de las Baleares, la Isla de Menorca.

En cuanto a Francia la situación es todavía más grave, porque la permanencia de los ejércitos invasores extranjeros en España puede significarle, no solamente una seria amenaza para su imperio colonial, sino también para su tranquilidad e independencia nacional. Si las tropas de Hitler y Mussolini no acatan el Plan Eden, permaneciendo en territorio español, como es muy posible que suceda, entonces Francia quedará en situación delicadísima, amenazada por el norte por su eterna enemiga Alemania, y por el sur, por su aliada de ayer y enemiga de ahora, Italia. A esto habría que agregar que si los facciosos ganaran, Francia tendría, al otro lado de los Pirineos, un gobierno hostil a la democracia francesa, que quizá no durara mucho tiempo, pero que mientras existiera significaría para los franceses una espada de Damocles cernida sobre su tranquilidad interior y sobre su independencia exterior.

Esta situación de peligros futuros para la paz de Europa proviene de un error fundamental de Francia e Inglaterra: el de no haber seguido el camino legal y justo al iniciarse la rebelión española. En efecto, si en vez de inventar el malhadado Comité de No-Intervención, sencillamente, como lo previene el Pacto de la Sociedad de las Naciones, en su artículo 10, los Estados miembros de la Liga deciden, como era su deber, ayudar a la España agredida por los ejércitos invasores de Italia y Alemania, y aplican las sanciones previstas por los artículos 16 y 17 contra los Estados, miembros o no miembros de la Sociedad, que atacan la integridad territorial y la independencia política de otro Estado miembro, como es España, entonces las circunstancias hubieran sido muy otras; Italia, no preparada todavía para la guerra, y Alemania, menos aún, no se habrían atrevido, de fijo, a enviar los formidables contingentes militares, aéreos, terrestres y marítimos, que han enderezado contra la democracia española. Pero, señor Presidente, hablando a usted con franqueza, Francia tuvo temor a la guerra; y más que eso, Francia no tuvo el estadista que esos momentos solemnes requería para obrar con habilidad, con energía y con audacia.

Por otra parte, y por desgracia, el Gobierno republicano no obró con la rapidez y eficacia necesarias para hacer valer la doble fuerza legal que le daba el Pacto de la Sociedad de las Naciones y el tratado de amistad y comercio celebrado no ha mucho con Francia.

Fueron pocas semanas las que transcurrieron entre el levantamiento fascista en España y el nacimiento del Comité de No-Intervención. Si en esas dos semanas la diplomacia española, con enérgica decisión actúa cerca del Quai d'Orsay para conseguir lo que tenía derecho a obtener, el envío de pertrechos de guerra para el Gobierno de Azaña, y si Francia hubiera mandado antes que Inglaterra pudiera vetar sus resoluciones, esos pertrechos que estuvieron preparados en Marsella (como he explicado a usted en mi carta anterior), entonces, puesto en práctica por Francia el principio del artículo 10, otros Estados de la Liga, entre ellos Inglaterra, y finalmente la Liga misma, se habrían puesto del lado del derecho y los tratados. Así las cosas se hubieran desarrollado de otro modo radicalmente diferentes.

Pero las indecisiones del señor Blum y su Gabinete y el desconcierto español dieron lugar a que en esos quince días la política de Inglaterra, no enteramente favorable al Gobierno republicano ni enteramente decidida por Franco, ideara la "no-intervención", como medio de eludir la aplicación del Pacto, es decir, las sanciones del artículo 16, que hubieran podido, a juicio de ella, acarrear la guerra, para la que tampoco Inglaterra estaba preparada.

En realidad, el Comité de No-Intervención, como lo he explicado a usted en mi "segunda carta" fué absolutamente impuesto por el Gobierno británico al Gobierno de Blum, con el principal objetivo de alargar las cosas para que el tiempo se encargara de definirlas, y mientras tanto la impreparada Inglaterra votara sus formidables presupuestos de guerra actuales que le permitirán, de ahora en adelante, afrontar la guerra contra Italia y Alemania, si absolutamente no pudiera impedirla.

Con estos antecedentes, y dado que el 13 de septiembre próximo se abrirá la XVIII Sesión de la Asamblea Ordinaria de la Sociedad de las Naciones, espero que usted sea servido darme las instrucciones que estime pertinentes respecto a la actitud que la Delegación de México deberá tomar.

Cuando me dí cuenta del segundo fracaso del Plan Eden, estuve a punto de dirigir a la Secretaría de Relaciones un mensaje proponiéndole que la Delegación a mi cargo, en nombre del Gobierno mexicano, hiciera declaraciones a la prensa, con conocimiento de la Secretaría de la Sociedad de las Naciones, ratificando una vez más nuestra actitud en el conflicto español e insinuando, si no pidiendo a los miembros de la Liga, que el conflicto español, que nadie puede ya negar que sea claramente de carácter internacional, se llevara al estudio y resolución de la Asamblea de septiembre. No lo hice, sin embargo, por la atendible razón de que de aquí al 13 de septiembre hay tiempo de sobra para meditar más bien las cosas, ya que la actitud de México ante la Liga y ante el mundo no significaría simplemente la definición de un gesto teórico, sino que podría entrañar una grave responsabilidad histórica para el Gobierno de usted, ante el pueblo mexicano, ante España, ante la Liga y ante el mundo.

México puede seguir en el conflicto actual uno de dos caminos: Primero, el de hacer declaraciones, ya sea antes de la celebración de la Asamblea o durante ella, en el sentido de ratificar su actitud anterior de respaldo absoluto al Gobierno constitucional de España, agregando que de ninguna manera aceptaría formar parte del Comité de No-Intervención (este Comité, en su punto tres, decidió solicitar la cooperación de las potencias no miembros de la Sociedad y el reconocimiento de ambos beligerantes), y protestar contra la agresión exterior de que es víctima España; o bien, el Segundo, de pedir abiertamente, con base del Pacto mismo, que la Asamblea se avoque al conocimiento del conflicto español en cuanto significa la agresión de tres Estados, dos de ellos miembros (Italia y Portugal) y otro no (Alemania), contra otro Estado miembro, como lo es España.

Mi obligación como Representante de México ante la Sociedad de las Naciones, es la de analizar todas las circunstancias que rodean a un conflicto determinado y ver cuál solución es la que dentro del decoro y la dignidad patria, y al mismo tiempo dentro de los principios que debemos guardar, es la más conveniente. Partiendo de estas circunstancias, me permito con todo respeto, señor Presidente, proponerle, como Jefe del Ejecutivo y de consiguiente como responsable de nuestra política internacional, que México siguiera el primer camino: es decir, el de hacer simplemente declaraciones y ratificando nuestra conducta inicial en el caso español, eliminando el segundo camino, esto es, el de pedir concretamente a la Secretaría de la Liga o a la Asamblea misma el que la Liga se avocara al conocimiento y resolución del conflicto internacional de España.

He llegado a esta conclusión, señor Presidente, por las consideraciones que siguen: Si México solicita la inclusión del caso español en la orden del día de la próxima Asamblea, podría exponerse a un doble fracaso: a que la Asamblea lo rechazara por mayoría de votos, en cuyo evento nuestro Gobierno sufriría una derrota que podría evitarse, y a ser más "papistas que el Papa", esto es, a pedir para España lo que ella no ha pedido y quizá no pida para sí misma, porque no le convenga tal vez, en virtud de compromisos secretos que nosotros ignoramos.

Por supuesto que yo estoy convencido, señor General, de que el Gobierno está de tal manera comprometido y en una pendiente tan fatal, que arrostrar el todo por el todo y llevar el asunto a la Liga no lo quebrantaría más de lo que ya está, y en cambio si pudiera, con enjundia y audacia, aprovechar su personalidad en la Liga para llevarse con ella a la mayoría de los pequeños Estados, que podrían quizás hacer su primer acto de presencia contra las hasta ahora dominantes grandes potencias.

Pero, señor Presidente, no creo que sea el Gobierno de México el indicado para tomar esas resoluciones extremas, sino el Gobierno español; porque si hasta ahora tenemos (o debemos tener) el agradecimiento de los izquierdistas hispánicos, tal vez mañana tuviéramos su execración por haberlos llevado a una crisis que ellos mismos trataran de evitar.

En esa virtud estimo que para dar relieve final a la actitud de México en el conflicto español, bastaría con que el Gobierno que usted preside, por conducto de su Delegación en Ginebra, hiciera declaraciones, oportunamente, no sólo reafirmando su criterio legalista, su fidelidad al Pacto y a la justificación de su ayuda al Gobierno del señor Azaña, sino su oposición a entrar en arreglos con cualquier organismo ajeno a la Sociedad de las Naciones y, muy particularmente, al reconocimiento de la beligerancia de los rebeldes españoles.

Mucho agradecería a usted, señor Presidente y distinguido amigo, que me hiciera saber si recibió usted esta carta y mis anteriores, números uno y dos.

 

Fuente:

Isidro Fabela. CARTAS AL PRESIDENTE CÁRDENAS. Offset Altamira. México, 1947. pp.34-42.