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Cartas al Presidente Cárdenas. Carta 2. Historia del Comité de No-intervención. Idea inglesa aceptada por Francia.
Ginebra, 18 de julio de 1937.

 

 

 

CARTA NUM. 2

Ginebra, 18 de julio de 1937.

Historia del Comité de No-intervención. Idea inglesa aceptada por Francia.

Tal historia puede resumirse así:

Al estallar la rebelión en España, el Gobierno de Madrid quiso que el de Francia, de acuerdo con un tratado anterior de amistad y de comercio, le entregara inmediatamente determinada cantidad de armas y pertrechos de guerra, dándole instrucciones a su Embajada en París para que desde luego diera los pasos conducentes a ese efecto; pero desgraciadamente un attaché militar español, desleal a su Gobierno, publicó al día siguiente, y con profusión, en la prensa parisiense, unas declaraciones manifestando que él no estaba de acuerdo con la petición de su país, porque estaba seguro de que Francia no aceptaría dar a su Gobierno armas y municiones para que se destruyeran entre sí sus compatriotas.

El Gobierno francés, que conforme al tratado referido tuvo la obligación de suministrar el armamento y pertrechos que España pedía, y que además estaba en posibilidad y derecho de hacerlo, puesto que estaban destinados a un Gobierno legítimo con el que tenía las mejores relaciones, se alarmó y, por pronta providencia, no entregó desde luego las armas requeridas.

El primer ministro Blum, que simpatizó desde un principio con la causa del Gobierno del Presidente Azaña, provocó un Consejo de Ministros, en el cual el propio Blum y Auriol sostuvieron el criterio de que debía ayudarse al Gobierno constitucional, oponiéndose a tal idea Daladier, y en el fondo, el ministro de Negocios Extranjeros, Delbos.

Mientras tanto, los rebeldes ganaban terreno y el Gobierno de Azaña, desorientado y preocupado por la defensa militar de su causa, desatendió la cuestion internacional.

En vista del escándalo que habían producido las declaraciones del infidente attaché militar español, Blum se alarmó, pero como él y su Gabinete estaban decididos a ayudar a España, convinieron, el nuevo embajador de España, señor Alvino de Albornoz, y el señor Blum, en que, para no llamar la atención de las potencias ni del pueblo francés, el aprovisionamiento de armas y el contrato correspondiente se harían por medio de un Gobierno amigo de entrambos que les mereciera confianza y aceptara intermediar en el asunto, resolviéndose de común acuerdo que ese país fuera México. Se cablegrafió a su Gobierno, señor Presidente, habiendo usted aceptado la idea para ayudar así a la causa de la ley y la democracia. Así se iba a hacer, pero habiendo cambiado de parecer, el señor Blum manifestó que, habiéndolo pensado mejor, creía preferible celebrar el contrato directamente con los españoles, pues de lo contrario aparecería que el servicio prestado a España se lo agradecerían a México y no a Francia; y que, como su Gobierno tenía completo derecho y aun deber de ayudar al de Madrid, los contratos relativos se harían directamente, eliminando la intervención de México.

Como a pesar de las gestiones de la Embajada de España, Francia no tomaba una resolución decidida en el urgente asunto, Blum convocó una reunión de Gabinete, en la que, después de discutir mucho, se llegó a la determinación de que por deber internacional, por comunión de ideas con los republicanos españoles, por razones de ética y de derecho, Francia entregaría elementos de guerra al Gobierno de Azaña.

Los diplomáticos españoles en París siguieron insistiendo en el suministro de las armas prometidas, habiendo logrado por fin que se firmara un contrato, por lo pronto de quince millones de pesetas, en el cual se obligaba Francia a entregar a España, aproximadamente, unos treinta cañones, ochenta ametralladoras y varios millones de cartuchos, que desde luego se embarcarían en Marsella, donde estaban depositados.

El contrato se hizo rápidamente, habiéndose entregado a Blum un cheque por los quince millones de pesetas convenidos.

A pesar del contrato suscrito y del pago hecho por adelantado, pasaron los días y las autoridades de Marsella no entregaban las armas compradas, poniéndolas a disposición de los interesados, según arreglo, en un buque francés; ésto no obstante que el primer ministro había transmitido personalmente la orden respectiva a las autoridades de Marsella para que las pusiesen urgentemente a disposición del Gobierno español.

Los días angustiosos seguían corriendo y las armas no se entregaban. Los representantes españoles, desesperados, no dejaban de dirigir notas y hacer visitas personales a Blum, a Auriol, a Daladier, etc., no habiendo logrado otra cosa que la afirmación repetida de que el asunto estaba arreglado, y la manifestación de que les extrañaba que todavía el barco no hubiese ya zarpado a su destino.

Por fin, cuando todos creían que las dificultades hasta entonces existentes se habían zanjado, el jefe del Gabinete, Blum, llamó al señor X a su domicilio particular y haciéndolo pasar a su alcoba, donde lo encontró en pijama, con el rostro completamente descompuesto y en un gesto de verdadera y angustiada desesperación.

Apenas vió a su amigo, Blum le dijo: "Mi situación es terrible. He llamado a usted para decirle que Francia no puede entregar armas a España; lo cual quiere decir que ni cumplimos con nuestro deber de amigos, ni hacemos honor a nuestra firma, ni a nuestra política..." Y continuando, agregó: "Ayer, el embajador inglés en París me vino a declarar, categóricamente, que si el Gobierno francés entrega armas al de España, Inglaterra guardará una neutralidad absoluta en cualquier conflicto que pudiera surgir con ese motivo."

El señor X se quedó aterrado. Blum, que no había dormido un minuto en toda la noche, agregó: "Van a decir horrores de mí, y tendrán razón, pero tampoco puedo lanzar a mi patria a una aventura que pudiera acarrear otra tragedia espantosa. Francia no puede obrar por sí sola en la política internacional de Europa; necesita forzosamente ir de acuerdo con la Gran Bretaña."

Entonces fué cuando nació la idea de la no-intervención. Fué idea inglesa que Francia tuvo que aceptar y hacer suya.

El Gobierno francés, mortificado por su obligada actitud hacia España, quiso entonces tener el asentimiento del Gobierno de Madrid para que éste aceptara la fórmula de la no-intervención.

Era ministro de Relaciones en Madrid don Camilo Barcia. A él se dirigió la Embajada española pidiéndole instrucciones. Barcia aprobó el proyecto de no-intervención que le sometían Francia e Inglaterra. El señor Jiménez Asúa, que no tenía cargo diplomático en París (1), pero que sin embargo comprendió la trascendencia del momento y la necesidad de seguir protestando contra aquella arbiria decisión anglo-francesa, envió varias notas al Gobierno haciéndole notar su error y su injusticia. Pero todo fué inútil; el proyecto de no-intervención fue aceptado por Barcia, después por Alvarez del Vayo, el 12 de diciembre de 1936 en Ginebra, y más tarde por el Presidente Azaña, públicamente, en su discurso de Valencia en febrero de 1937.

Estando seguro de que estos antecedentes hístóricos le interesarán a usted, me permití dárselos a conocer, porque ellos pueden servir para explicar muchas cosas que ni las Cancillerías, la prensa, ni el público pueden comprender.

 

(1) Era ministro en Praga,

 

Fuente:

Isidro Fabela. CARTAS AL PRESIDENTE CÁRDENAS. Offset Altamira. México, 1947. pp.28-33.