Buscar en  
  Página principal

  Conquista

  Independencia

  Revolución

  Siglo XXI

  Siglo XX

      1990-1999

      1980-1989

      1970-1979

      1960-1969

      1950-1959

      1940-1949

      1930-1939

          1939

          1938

          1937

          1936

          1935

          1934

          1933

          1932

          1931

          1930

      1920-1929

      1910-1919

      1900-1909

  Siglo XIX

  Siglo XVIII

  Siglo XVII

  Siglo XVI

  Siglo XV

Siglo XX > 1930-1939 > 1934

Comunicación de Julio Álvarez del Vayo a Plutarco Elías Calles sobre los acontecimientos ocurridos en España.
Madrid, España, diciembre 14 de 1934.

Señor general don Plutarco Elías Calles

Navolato, Sin.

Mi querido general y fino amigo:

La noticia que nos trae hoy la prensa sobre su viaje a Navolato, me decide a escribirle largamente, suponiéndole en uno de esos periodos de descanso en que la llegada de una extensa carta no interrumpirá demasiado su cuantioso trabajo de siempre.

Por tantas razones personales, por el afecto y la gratitud a que me obligó su trato, y porque cada acontecimiento de España ha ido conformando tristemente las certeras previsiones de usted, se explicará que desde mi salida de México haya pensado infinidad de veces en todo lo que usted decía, inspirado en un hondo interés por la España republicana y a base de su extraordinaria experiencia.

Ha sucedido, por desdicha, cuanto usted predijo en aquella conversación que tuvimos el año 32, en vísperas de mi rápida partida a España, justamente el 11 de agosto, es decir, un día después de sublevarse [José] Sanjurjo.

Cuidado que insistí sobre el tema [sic], convencido de que aquél era, sin duda, el momento para corregir y rectificar benevolencias incomprensibles en un cambio de régimen.

Pero fue necesario recorrer la misma experiencia amarga, y que nuestro “periodo Madero” condujese a sus conclusiones últimas y fatales, para que la gente se diera cuenta, por desgracia demasiado tarde.

En todos los tonos señalé cómo la reacción ganaba terreno cada día.

Al contacto con la realidad histórica de ahí, guiado por el agudo análisis de usted, advertí reiteradamente sobre el peligro que nos amenazaba.

Y los hechos fueron desenvolviéndose en un encadenamiento de corroboraciones sucesivas.

Lo más doloroso del retroceso sufrido es que pudo haber sido evitado a tiempo: con mano dura, con el conocimiento fácil y exacto de que la lucha entre los elementos de la reacción y del avance es siempre y en todas las latitudes un duelo a muerte.

El 10 de agosto pudo y debió haber salvado la República.

Desde entonces se fue muriendo, entre debilidades incomprensibles, hasta quedar únicamente en pie sus atributos externos, alegorías y membretes.

Y así hasta el levantamiento de octubre, forzado por la entrada de la CEDA (Ver Nota 1) en el gobierno. Un movimiento llevado a cabo con heroísmo magnífico, en el que se evidenció de nuevo la existencia de un pueblo poco dispuesto a que el fascismo se adueñase de este extremo de Europa.

Fue una lucha de cuyas proporciones, incluso pocos de los que la vivieron de cerca se dieron en los primeros días exacta cuenta.

Sin exageración alguna, el levantamiento obrero más formidable de Europa, desde la Communede París.

En Asturias los mineros tuvieron a raya durante dos semanas a un ejército de 20 mil hombres, en el que las tropas de Marruecos, Tercio y Regulares, hechas a los procedimientos más feroces de combate, apenas resistieron el choque.

Y si la población minera llega a disponer de parque suficiente -la cartuchería había sido puesta a salvo dos días antes por las autoridades militares- todavía hoy continuaría la resistencia, con desenlace favorable y seguro para nosotros.

O si de otro lado, la Generalidad de Cataluña, que disponía por sí misma de elementos de combate 10 veces superiores al resto de España junta, cuya actitud había tenido al gobierno central durante todo el verano en constante zozobra, y ello da idea de cómo se la temía, hubiese resistido sólo dos días; o, en vez de dar la batalla en Barcelona en circunstancias francamente desfavorables, hubiese levantado al campesinato [sic] catalán, iniciando la rebeldía en la provincia, la revolución hubiese triunfado igualmente.

Tal como las cosas se desenvolvieron, se luchó cuanto se pudo, arriesgando cada cual cuanto estaba de su parte.

Reacio a aceptar la terminología corriente de “derrotas” y “fracasos”, al examinar ahora la situación total en su conjunto, y no por un fácil deseo de consuelo, yo llego a la conclusión, no sólo de que la lucha no fue estéril, sino de que gracias a ella se ha impedido quizá el que las derechas se adueñasen por mucho tiempo de la política española.

Nuestra gente salió de la lucha con la moral intacta, decidida a aprender de los errores cometidos, y a reanudar en cuanto sea posible el ataque, aunque naturalmente en forma diferente.

La misma brutalidad de la represión, cuya dureza no tiene paralelo en la historia de España, si no se le retrotrae al periodo abyecto de 1824, a los peores tiempos de la época fernandina, ha puesto nuevamente en pie la opinión nacional.

Una corriente hacia la izquierda, todavía un poco informe, necesitada aún de ser moldeada y orientada, va ganando terreno cada día.

Nuestra ausencia de la Cámara ha producido la esperada escisión de las derechas.

Y hoy, dejadas a sí mismas en un Parlamento muerto, esas fuerzas se disgregan rápidamente.

Enemigo de una dictadura exclusivamente militar, ya lo probó en tiempo de Primo de Rivera, el pueblo español se revuelve aún más contra una dictadura de tipo vaticanista.

Le repugna doblemente.

Y hoy es el Vaticano quien dirige la política española, incluso por encima del poderoso juego de intereses de terratenientes, monopolistas y banqueros.

Todo gira desde hace un año y medio en torno de las intrigas de la curia romana.

El nuncio, cuya presencia tolerase absurdamente la primera República -me refiero a la del 14 de abril de 1931- y que durante dos años se hiciese el discreto e inexistente, es actualmente en el escenario político madrileño la figura más sobresaliente.

Dos odios mueven a las derechas.

Como partido a ninguno se le detesta tan cordialmente como al nuestro, el socialista.

Como hombre, a nadie se le ha tratado de manera tan indigna y canallesca como a [Manuel] Azaña.

Pero nuestro partido rehace sus filas, sin que ninguna de esas tentativas de Frente Nacional del Trabajo, mal copiada del fascismo de fuera, disgregue o debilite nuestros cuadros.

Y el prestigio de Azaña resurge a medida que lo desvergonzado en la persecusión -ese constante cambio de motivos y causas; cuando se evidencia que no tuvo arte ni parte en la sublevación de la Generalidad, se le procesa por el alijo de armas; cuando tampoco lo del alijo de armas da la suficiente base legal, se revive la causa de Casas Viejas- pone de relieve un ensañamiento, en el que sólo se trasluce la adversión a un valor auténticamente republicano.

Es difícil prever hoy ningún desenlace claro. Indudablemente [Niceto] Alcalá Zamora, cuya elección para la Presidencia de la República fue de todos los errores el más grande, trata ahora, bajo las proporciones del levantamiento de octubre y la presión de la reacción popular, de encontrar el camino para una solución intermedia, hacia una especie de gabinete-puente que suavice un poco el ambiente, que permita en plazo corto nuevas elecciones.

Pero las derechas pesan por el momento todavía demasiado para dejar margen a esas habilidades equilibristas.

Para nosotros, escritores de izquierda, el campo de actuación pública es naturalmente muy reducido.

La prensa clandestina a su vez tropieza con las dificultades naturales.

Yo me había comprometido a poner en marcha Adelante, un periódico que iba a salir en plena censura, con todas las trabas consiguientes, pero con nervio.

Estaba autorizado ya, y cuando hace sólo tres días me hallaba ajustando el primer número, una contraorden del gobierno nos lo suspendió indefinidamente.

No hay un solo periódico de los otros, es decir de los republicanos más o menos tibios, que se decida a publicar artículos nuestros.

Sin embargo, seguimos haciendo lo imposible en decenas de comités clandestinos, o de comités pro-presos, que nos absorbe cada minuto del día y nos impone, a los que todavía andamos sueltos por la calles, un trabajo inmenso.

He seguido con apasionado interés los acontecimientos últimos de México: la batalla reciente contra el reverdecer clerical, que en los escasos órganos de opinión de izquierda que nos quedan, procurábamos subrayar con titulares intencionados y alusivos.

He visto con gran satisfacción cómo las elecciones se desarrollaron, y en qué forma el porvenir de México se afirma a lo largo de las grandes líneas seguras que usted lo trazó.

Sostiene y alienta el ejemplo de ahí.

Y aunque no se aprendiese a tiempo lo que él ya ofrecía, ahora la dura lección recibida aquí, acrecenta la expectación y simpatía de las izquierdas españolas por todo cuanto México intenta y realiza.

A Genaro Estrada, justamente irritado a veces del vacío que encontraba en el mundo oficial, solía yo decirle que el nuevo cambio de actitud era natural y lógico. (Ver Nota 2)

Volvía a repetirse el mismo fenómeno que durante la monarquía, y asi tenía que ser.

El odio a las izquierdas españolas se reflejaba también en actitudes más ariscas hacia México.

En el fondo, ustedes y nosotros somos un mismo enemigo.

Pero es un episodio pasajero que no debe afectar esencialmente a la corriente de aproximación general, de acercamiento de pueblo a pueblo, por encima y a despecho de los actuales portavoces oficiales de aquí.

Cuanto es izquierda y revolución en España mira hoy a México con más afecto que nunca.

He abusado excesivamente de su bondad. Hacía mucho tiempo que sentía la necesidad de escribirle.

Cuando el general [Lázaro] Cárdenas tuvo la bondad de invitarme para la toma de posesión, abrigué la esperanza de volver a saludarle a usted y de reanudar aquellas conversaciones unidas inseparablemente al recuerdo de México.

Los sucesos de España me obligaron a desistir del viaje, y no obstante lo he colocado en primer término de los itinerarios próximos.

Espero vivamente que usted y los suyos se hallen bien de salud.

Les deseo a todos ustedes un feliz 1935.

Le saluda con la gran estimación cordial de siempre, quedando muy atentamente suyo.

Julio Alvarez del Vayo

Notas:

1. Siglas de la Confederación Española de Derechas Autónomas, dirigida por José María Gil Robles.

2. Estrada permaneció como embajador en España hasta octubre de 1934.

Fuente:

Plutarco Elías Calles. Correspondencia personal 1919-1945. Dos tomos. Introducción, selección y notas de Carlos Macías. Coeditores de la presente edición: H. Cámara de Diputados LXI Legislatura, Fondo de Cultura Económica, Instituto Sonorense de Cultura, Miguel Ángel Porrúa (librero-editor) y Fideicomiso Archivos Plutarco Elías Calles y Fernando Torreblanca. México. Primera edición, 1991. Segunda edición -no venal-, agosto del 2010. Tomo II. 547 pp. Páginas 179-182.