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Siglo XX > 1930-1939 > 1934

Comunicación de Gonzalo N. Santos a Plutarco Elías Calles sobre la muerte del rey Alberto I de Bélgica.
Bruselas, Bélgica, febrero 23 de 1934.

Señor general de división Don Plutarco Elías Calles

Anzures,

México, D. F.

Muy querido jefe y amigo:

Tengo el gusto de informar a usted de los últimos e inesperados acontecimientos de este país, de los que ya informo con detalles a nuestro gobierno por los conductos debidos.

Como usted sabe, el rey Alberto, que era un gran deportista y muy afecto al deporte de montaña, murió accidentalmente al desprenderse una roca en los momentos en que efectuaba solo una ascención de los peñascos de Marcheles-Dames a una hora de esta capital.

El rey murió instantáneamente, y su cadáver fue hallado hasta las dos de la mañana y traído a esta ciudad.

Creo sinceramente que para Bélgica ha sido la muerte del rey Alberto una enorme pérdida, tanto por el prestigio histórico alcanzado por el rey como defensor de su patria y como soldado, cuanto por el hecho de que inspiraba un sincero respeto a todos los partidos de Bélgica, excepto el comunista que está en completa minoría, ejerciendo así el difunto gobernante una influencia valiosísima como moderador y elemento de unión entre los sectores raciales del país. A todo esto, se unía la gran modestia que caracterizaba al jefe de Estado desaparecido.

El pueblo belga ha sentido profundamente la muerte del que toda la prensa llama: el “rey caballero”, el “rey soldado”, el “rey demócrata”; y desde la translación del cuerpo de Laeken a Bruselas y luego durante el cortejo hasta la cripta de Laeken, todas las clases sociales, hombres y mujeres, formaron nutrida valla.

Los antiguos combatientes veteranos de la guerra europea formaron valla también y desfilaron varias veces con sus banderas.

El pueblo de la capital y numerosas familias que vinieron desde la provincia entera hicieron cola, ambos sexos y hasta niños, día y noche, para desfilar ante el cadáver del rey expuesto en el Palacio de Bruselas.

Aún recuerdo la conversación que tuve con el rey cuando presenté credenciales y en la que me dijo que consideraba a México como una de las tres naciones más importantes de América, después de los Estados Unidos y el Brasil.

Me ha tocado presenciar espectáculos sumamente interesantes por la facilidad que me dio el haber sido nombrado por el gobierno embajador especial: he visto aquí reunidos jefes de Estado (el presidente de Francia y el rey de Bulgaria) y numerosos príncipes herederos, parientes de la familia real de aquí, entre ellos los de Inglaterra, Suecia, Italia, Dinamarca, Noruega, Rumania, etc.

También vinieron distinguidas personalidades, como el ex presidente de Polonia [Ignacio] Paderewski, y el estadista e intemacionalista griego [Nicolás] Politís.

Con motivo del fallecimiento del que impidió con sus ejércitos la toma de París durante la guerra europea, los franceses han aprovechado la oportunidad para mostrar a Bélgica su amistad inquebrantable, habiendo acompañado al presidente [Albert] Lebrun el ministro de la Guerra Pétain, el generalísimo [Maxim] Weygand, el presidente del Consejo [Gastón] Doumergue, los ministros de Estado [André] Tardieu, [Edouard] Herriot y Qean L.] Barthou.

Eíoy fue lo que en otros reinos se llamaría coronación y que aquí se nombra simplemente jura de la Constitución.

El nuevo rey, joven de 32 años, se presentó en la sala de sesiones de la Cámara de Diputados, acompañado tan solo de su Estado Mayor, sin cortesanos, vestido de uniforme de campaña con botas de bastante uso, pues Leopoldo III llegó a la ceremonia a caballo y regresó al Palacio en la misma forma.

Después de haber leído la protesta de fidelidad a la Constitución y de obligarse a respetar y hacer respetar la independencia belga y la integridad de¡ territorio, Leopoldo leyó primero en francés y luego en flamenco, un discurso en el que declaró que “la dinastía belga está al servicio de la Nación”; recordando el papel militar desempeñado por el rey Alberto durante la guerra, el nuevo rey se obligó a ser siempre “el Jefe abnegado y decidido del Ejército”.

Sin embargo, indicó que el gobierno y el pueblo belga desean la paz, que Bélgica se adhiere sinceramente a la Sociedad de las Naciones y que su voluntad es de conciliación. Agregó que de todos modos este país “permanece tan resuelto como siempre a todos los sacrificios necesarios para salvaguardar su territorio y sus libertades”.

El nuevo rey afirmó que la independencia de Bélgica es indispensable para el equilibrio de Europa.

Respecto a la política interior, Leopoldo está persuadido de que los conflictos y los problemas sociales pueden resolverse dentro del cuadro de la Constitución, de una manera ordenada y legal.

Respecto a la crisis, el rey proclama el libre cambio para intensificar el comercio y la producción, estimando que la finalidad de dicha intensificación es el mejoramiento de las clases media y trabajadora, no mencionando concretamente al capital, omisión significativa si se considera que aunque constitucional, es un rey el que habla.

Leopoldo pasó como sobre ascuas al hablar del Congo, concretándose a indicar que se ocupará de manera preferente del problema colonial.

La colonia ha sido objeto de serios estudios por parte del nuevo rey cuando era heredero y pronunció ante el Senado, entonces, un discurso atacando los métodos de explotación de la colonia y el ningún interés que la metrópoli ha mostrado en el mejoramiento de los nativos, que deben constituir la base del progreso de la colonia y su educación un deber para el gobierno.

Dicha condena de los encomenderos parece que cayó muy mal a los capitalistas. Leopoldo terminó su discurso declarando que se entrega enteramente a Bélgica e invocando la ayuda de “la divina providencia”.

Cada vez que era aplaudido el rey Leopoldo, se ponía de pie y hacía profunda inclinación, cosa desusada en los monarcas.

Durante todo el discurso, conservó en sus manos su quepí militar y no hubo ningún acto de cortesanismo.

Aquí no existe la materialidad de la Corona, siendo la “Coronación” un acto de jura de la Constitución parecido a la protesta de nuestros presidentes.

La nota negra, o más bien “roja” porque todos iban vestidos de púrpura, la dieron los altos representantes del clero católico encabezados por el cardenal arzobispo de Malinas, fielmente auxiliado por el nuncio apostólico que desgraciadamente funge como decano del cuerpo diplomático de aquí.

Dicho alto clero ocupaba sitiales distinguidos contrastando sus ornamentos con la sencillez del joven soldado que ocupaba el trono.

La impresión es que el nuevo rey es bastante autoritario y que la nueva reina ejerce mucha influencia sobre él, influencia benéfica pues ella es una joven sueca que fue educada en un ambiente demócrata, es inteligente y sencilla y con frecuencia pasea a sus niños en los parques públicos de la capital sin acompañantes, como cualquier madre de familia.

Como en nuestra patria, el Congreso contesta aquí al discurso del Ejecutivo.

Así lo hicieron la Cámara de Senadores y Diputados la tarde de hoy.

Los discursos fueron netamente oficiales; ambas cámaras elogiaron a los tres predecesores del rey actual; la de Diputados, aunque dijo estar de acuerdo con el rey sobre el librecambismo, insinuó que las barreras opuestas a Bélgica para su exportación y la fluctuación de los cambios y los desarrollos imprevisibles de la política exterior, no dejan de originar graves dificultades para la adopción de la tesis librecambista.

Los diputados creen que las cualidades del pueblo belga bastan para sobreponerse a la crisis, ilusión que no sé si puede ser sincera o resultado de un puro oportunismo.

En cuanto a los senadores, la frase más significativa que dirigieron al rey es “la preparación, plenamente de acuerdo con el Parlamento, de las reformas exigidas por los tiempos nuevos”. ¡Cómo estará la cosa que los venerables ancianos del Senado se ponen a hablar de “tiempos nuevos”!

Me parece que el nuevo rey cuenta, para empezar su gobierno, con simpatías de los principales partidos, pero creo deber señalar a usted algo que pude observar mientras asistía a la jura de la Constitución por Leopoldo III: lo reducido del local me permitió notar que los diputados de las izquierdas permanecían silenciosos e inmóviles durante el discurso del rey, contrastando esa actitud con el entusiasmo ruidoso de las derechas.

Es sabido que en la sesión de la Cámara de Diputados efectuada la víspera de la jura, la minoría comunista protestó contra la omisión que hizo la mayoría parlamentaria de una representación de esa minoría en la redacción de la respuesta al Rey.

Como el presidente de la Cámara se opuso a que el orador comunista siguiera hablando, se cruzaron injurias entre comunistas y socialistas y uno de aquellos llegó a las manos con varios diputados socialistas, entre ellos nuestro amigo Piérard.

La primera medida política de Leopoldo III ha sido la de conservar en sus puestos a todo el gabinete que preside el católico conde de Bronqueville, gabinete de coalición católica-liberal, sin participación ni simpatía socialista.

Si cree usted que guardando el incógnito del informador debe aprovechar nuestro periódico algo de esta información, lo dejo a la superior consideración de usted.

Yo, consciente de mi deber de funcionario sólo debo informar a Relaciones, y a usted, por ser éste mi deber de revolucionario, y a su buen juicio y consideración dejo el uso que pueda darse a este informe para provecho de nuestros principios y partido.

Suplico a usted me diga si me autoriza a seguirle informando de mis observaciones directamente, sin perjuicio de comunicar siempre las de utilidad oficial a Relaciones.

Sin otro asunto por el momento, tengo el honor de repetirme una vez más como su amigo y subordinado que lo quiere.

¡La cabra tira al monte!

G. N. Santos

Fuente:

Plutarco Elías Calles. Correspondencia personal 1919-1945. Dos tomos. Introducción, selección y notas de Carlos Macías. Coeditores de la presente edición: H. Cámara de Diputados LXI Legislatura, Fondo de Cultura Económica, Instituto Sonorense de Cultura, Miguel Ángel Porrúa (librero-editor) y Fideicomiso Archivos Plutarco Elías Calles y Fernando Torreblanca. México. Primera edición, 1991. Segunda edición -no venal-, agosto del 2010. Tomo II. 547 pp. Páginas 158-161.