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Siglo XX > 1930-1939 > 1931

Revolución y Régimen Constitucionalista. Documento 206 B. Artículos que presentan la actitud de Woodrow Wilson ante la situación política de México, escritos por Ray Stannard Baker y publicados en Excélsior. Capítulos V, VI y VII.
6 de diciembre de 1931.

 

Serie de artículos que presentan la actitud de Woodrow Wilson ante la situación política de México, desde el final de la dictadura del del general Díaz hasta el desembarco de marinos en el puerto de Veracruz, escritos por Ray Stannard Baker y publicados en Excelsior, del 29 de noviembre de 1931 al 6 de diciembre del mismo año.

 

WILSON MANDÓ LLAMAR A SU AGENTE JOHN LIND

ALGUNAS NOTAS EN TAQUIGRAFÍA, PERO NO MUY COMPLETAS

"NADA NUEVO SUPE -CONFIESA EL ENTONCES PRESIDENTE-, PERO VI LAS COSAS MÁS DE CERCA"

GESTIONES DE CABRERA EN FAVOR DE CARRANZA

EL 3 DE FEBRERO DE 1914, MR. WILSON DECIDIÓ AYUDAR A LOS REVOLUCIONARIOS, DESOYENDO A LOS INTERVENCIONISTAS

Capítulo V

Este sistema abundaba en perplejidades y causas de irritación. Desatendiendo del todo las severas declaraciones de Wilson, Huerta se aferraba tenazmente a su puesto, solicitaba nuevos empréstitos en París y dominaba absolutamente su Congreso de burlas, el cual, después de anular la elección del 26 de octubre, convocó al pueblo a nuevas elecciones para julio de 1914. Para colmo de dificultades, seguía habiendo hostilidades, aunque ocultas, por parte de los representantes de los gobiernos extranjeros en México. O'Shaughenessy informó el 10 de diciembre que entre el Cuerpo Diplomático decíase francamente que la política norteamericana debía fracasar y que Europa no podía permitir que sus intereses materiales fuesen sacrificados en aras de "un altruismo desorientado". Esto, decía el encargado de Negocios, estaba produciendo un "efecto muy pernicioso". Aún priva la creencia de que Europa está de parte de Huerta.


Carden estorba al presidente Wilson

El ministro inglés, Carden, parecía hacer todo lo posible por estorbar los designios de los Estados Unidos. Había insistido en que el almirante inglés Craddock, el cual provocó hostilidad al reivindicar la procedencia sobre el almirante norteamericano Fletcher, externara mejor la simpatía británica hacia el régimen de Huerta, visitando a éste en uniforme de gala. En otros aspectos el diplomático tendía a obrar en oposición, no sólo respecto de la política norteamericana, sino aun de las instrucciones de su propio Gobierno.

"No puedo apelar a vos con demasiada vehemencia para que sometáis a la atención de su Gobierno las maquiavélicas intrigas del ministro inglés", escribía O'Shaughenessy a Bryan.

Carden cometía sus indiscreciones [si acaso lo eran] tan inteligentemente, que O'Shaughenessy y Lind sólo pudieron obtener pruebas concretas muy escasas, las cuales eran pedidas por Bryan para comunicarlas a Page. En particular, Lind se mostraba muy acre en sus alusiones a la influencia británica. El 14 de diciembre telegrafió al secretario de Estado lo que sigue:

"Inglaterra puede hablar bien en Washington; pero yo les digo que en México está maniobrando siempre a fin de obtener la ventaja y colocarnos en una posición embarazosa ante los intereses extranjeros y ante el mundo, a manera de justificar los pasos que medita para conservar su preeminencia política en el Gobierno de México... Tampoco debe pasarse por alto la circunstancia, de que ninguna de las naciones europeas simpatiza con la política y conducta de los Estados Unidos, digan lo que quieran diplomáticamente."

Tanto el coronel House como Walter H. Page [Page a secas en sus cartas confidenciales] se comunicaban directamente con Wilson, al cual le proporcionaban hechos y le manifestaban impresiones que no eran puestas en conocimiento del secretario de Estado ni de los consejeros del Departamento.

Al mismo tiempo, Mr. Page empezaba a quejarse amargamente de la falta de respuesta de Bryan: "Washington es un profundo pozo de silencio para los embajadores", decía.

En una carta en que Page comentaba la política de Wilson hacia México como "una gran cosa positiva que se ha producido", dice:

"Vuestras cartas, de ello podéis estar seguro, son siempre tranquilizadoras y por demás útiles. Ellas representan las solas cosas concretas que recibo."

Bryan podía muy bien replicar, puesto que estaba enterado del carteo personal de Page con el Presidente, así como de los trabajos del coronel House, que el embajador recibía informes directos. Había un defecto fundamental en este método, una falta completa de acuerdo por parte de todos los interesados.


Wilson realizaba bien su intención

Si acaso Wilson pretendía llevar el juego por sí solo, cuando menos realizaba plenamente su intención. Si no era movido por las convenciones y los "legalismos" de los sistemas tradicionales, tampoco parecía que influyeran mucho en su ánimo los consejos y apremios de sus agentes.

Podía dar las gracias a House o a Lind en los términos más cordiales y, sin embargo, no ser sugestionado ni en grado mínimo por lo que ellos le aconsejaban.

Lo que pedía de ellos era información; por lo demás, él se bastaba para pensar.

Encontramos, por ejemplo, en sus cartas, recomendaciones para Lind concebidas en los términos más encarecidos:

"Leo vuestros mensajes a diario, como de costumbre, y podéis estar seguro de que los tomo en serio, ciertamente.

"De prisa y con el más profundo aprecio y agradecimiento por vuestros indispensables servicios."

Pero seguía sin responder en actos a los apremios urgentes, aun imperativos que le hacía Lind para que iniciara una acción inmediata y positiva hacia México.

Durante los días de Navidad, cuando Woodrow Wilson estaba de vacaciones en Pass Christian, sobre el litoral del Golfo de México, mandó llamar a John Lind, el cual hizo el viaje a bordo del crucero norteamericano Chester. Los dos personajes tuvieron una prolongada consulta.

Tenemos algunas notas taquigráficas, no muy satisfactorias, hechas por el Presidente durante la conversación, en la cual es evidente que Lind subrayó la maldad de Huerta y de los imperialistas europeos y recomendó una acción enérgica, aun la ocupación del puerto de Tampico. Wilson escribió a Bryan acerca de esta conferencia:

"En realidad, no supe nada nuevo. Sólo fue una magnífica oportunidad para ver las cosas más de cerca, como si dijéramos."

Mientras Wilson seguía aferrado tenazmente a su táctica de vigilante espera, a pesar de los apremios de Lind, O'Shaughenessy y los intervencionistas en general, la situación de México empeoraba en vez de mejorar.

Los negocios estaban paralizados y las quiebras de bancos aumentaban. La suspensión del pago de intereses por medio año, que había decretado Huerta en enero, originó gran alarma entre los extranjeros que tenían inversiones en México, y principalmente entre los franceses. Todos esos extranjeros comenzaron a apremiar a sus gobiernos y éstos, a su vez, recomendaron a los Estados Unidos que hicieran algo.

Una observación hecha por el emperador de Alemania y transcrita por el embajador norteamericano Gerard, en una carta al secretario de Estado, expresa fielmente quizá, el modo de sentir de los europeos en esos momentos. Hela aquí:

"La moralidad está muy bien; pero ¿qué hay de los dividendos?"

España estaba indignada por el maltrato de sus súbditos en México.

O'Shaughenessy creía que los japoneses trataban de aprovechar la tirantez de relaciones entre México y los Estados Unidos, como un instrumento o arma en el asunto de California, y mientras tanto, en Londres volvía a hablarse de la idea lanzada en el Otoño anterior, de que los Estados Unidos e Inglaterra intervinieran en México, idea de la cual era ya un patrocinador el mismo Lord Cowdray.

Ocurrió entonces una cosa que mucho complació a Wilson, pues probaba cuando menos que Lord Edward Grey estaba dispuesto a secundar su política, y consistió en que Sir Lionel Carden fue retirado de la Legación Británica. Como hemos dicho, este ministro parecía ser el principal defensor diplomático de Huerta. Este acontecimiento fue atribuido por Wilson a las gestiones del embajador Page, al cual envió carta muy afectuosa, la cual revela sus profundos y sinceros designios al llevar adelante su tan combatida política. La carta decía así:

"Casi al mismo tiempo que la estaba yo leyendo [la carta de Page, fechada el 21 de diciembre], vino de Londres por conducto de la Prensa Asociada, la noticia de que Carden iba a ser trasladado inmediatamente al Brasil. Si ello es verdad, la cosa es por demás feliz, y estoy seguro de que debe atribuirse a las representaciones claras y llenas de tacto que habéis hecho a Sir Edward Grey. Creo que no comprendéis cómo trabajamos para obtener de Lind y de O'Shaughenessy datos concretos acerca de las palabras o actos de Sir Lionel, para comunicároslo a fin de que pudiérais presentarlos a Grey. Sencillamente, no se podía conseguir. Todo lo que obtuvimos fue una relación de segunda y aun de tercera mano. Que él trabajaba contra nosotros, era tan evidente que no podía negarse, y sin embargo, obró con tanta astucia, que nadie tiene pruebas directas de sus maniobras. De todos modos os felicito muy cordialmente por este traslado.

"Detrás de la sonrisa que se dibujó en mis labios cuando hablasteis del impenetrable silencio del Departamento de Estado, hacia sus representantes en el extranjero, hay ideas de muy honda preocupación. La verdadera dificultad está en poder sostener una correspondencia realmente confidencial, a no ser por medio de cartas particulares; pero seguramente que puede remediarse esto, y se remediará si yo puedo algo."

Todos estos hechos, así como el encono provocado por las demoras, originaron una tempestad de censuras en los Estados Unidos. La oposición republicana estaba ya empleando el problema de México como un arma de ataque.

En 15 de enero, el diputado Gillet habló en la Cámara para combatir la política del Gobierno acerca de México, y arrojó la responsabilidad sobre el secretario de Estado. Dijo que la acción, o mejor dicho, la falta de acción del Departamento, había colocado al país en un plano tal, que su política exterior era el hazmerreír del mundo.

También la prensa publicó otros ataques, los cuales no dejaron de causar inquietud a Wilson, ya que estaba a punto de lanzar sus proposiciones respecto a una nueva ley sobre los monopolios, para la cual habría de necesitar toda la ayuda posible.

Habiendo pensado desde hacía tiempo en ayudar a Carranza y a los revolucionarios del Norte, método que juzgaba como el menos objetable para derrocar a Victoriano Huerta, Wilson estaba ya dispuesto a obrar. Era cuando más "un arreglo por medio de la guerra civil" y entrañaba una gran responsabilidad el ayudar a los rebeldes, ya que éstos merecían poco respeto, tanto en el interior como en el extranjero. Sin embargo, los consejeros en quienes más confiaba Wilson habían escrito en términos favorables sobre Carranza y Villa, y de otras fuentes habían llegado buenos informes acerca de ellos, sobre todo de Carranza.

Éste había enviado a Washington un agente, Luis Cabrera, para que gestionara que se derogase el decreto que prohibía la exportación de armas a México, y Cabrera había tenido muchas conversaciones con William Phillips, miembro del Departamento de Estado, el cual rindió al Presidente un informe que era favorable en conjunto.

El 26 de enero de 1914, Wilson dio un paso decisivo al convocar para una junta en la Casa Blanca, a la comisión senatorial de Relaciones Exteriores. Todos los miembros de este cuerpo aceptaron el plan del Presidente y sólo el senador McCumber expresó ciertas dudas.

El 3 de febrero Wilson derogó la prohibición de exportar armas a México y empezó a ayudar a Venustiano Carranza.

En una notable carta íntima a su amiga la señora Hulbert, carta escrita el 1° de febrero de 1914, Wilson ofrece un cuadro vívido de su vida en aquella época:

"Naturalmente, he pagado mis pequeñas vacaciones, y con interés. Fue preciso hacer inmediatamente las cosas que estaban pendientes, y había otras veinte que clamaban atención y arreglo. A resultas de todo esto estoy jadeante. No he tenido ni un momento de respiro y tengo que robar hasta los minutos que debo a mi familia, a mis amigos y a mí mismo. Sé que el ama de casa, Mrs. Jaffray, opina que nunca sé lo que me pongo, o más bien, que no sé si llevo algo encima o no. ¿Será esto una censura de mi ayuda de cámara? Quizá mi aspecto personal le sugiera esa incómoda sospecha, aunque más bien quiso elogiar la concentración de mi pensamiento en otras cosas, y fundar su creencia de que nunca pienso en mí mismo.

"¡Cuánto desearía yo que ella tuviera razón en esto!

"¡Cuán grande sería entonces el reposo de mi mente!

"Jessie y Frank volvieron la semana pasada del otro lado del mar y hoy partieron para su casa en Williamstown. El dolor de esta separación se ha clavado hondamente en mi alma. Cuando ellos partieron en su viaje de bodas, la cosa no me pareció definitiva, porque al fin y al cabo, deberían regresar de su luna de miel. ¡Pero ahora! Este viaje de ellos para establecer su casa aparte, me hace comprender de nuevo, o mejor dicho, por vez primera, lo que ha sucedido, y me siento afligido. Ellos son felices, deliciosamente felices, y da gusto verlos; pero eso no llena el vacío que han dejado. Hellen se muestra admirablemente valerosa y dulce ante esto, mas yo comprendo, por mis propios sentimientos, cuánto padece, y eso aumenta mi dolor. Pero basta de ello. Nada gano con quejarme. Más bien debo trabajar y agradecer a Dios el que me haya asignado una tarea digna."

Luego habla así de México:

"La espina que llevo en el costado es México, naturalmente. Experimento una secreta admiración cuando menos, por la indomable, tenaz determinación de Huerta. No hay duda de que se basa principalmente en la ignorancia; pero es tan firme como una roca. Por eso es más interesante la tarea de hacerlo desaparecer. Parece odiarme enconadamente (¿debemos culparlo?); pero yo no abrigo ningún sentimiento personal contra él. Sus insultos no me turban ni en mínimo grado. Son una prueba de cómo se le presentan las cosas y de cuán venturosamente me he convertido para él en un obstáculo insuperable.

"Pero el problema se complica, en vista de que debo calmar a los europeos a quienes no les paga los intereses de la deuda, y al mismo tiempo, tengo que orientar a la opinión pública por la senda debida. Me estoy haciendo bisojo a causa de que tengo que observar al mismo tiempo a tantas gentes que se encuentran en lugares distintos. Quizá os asombréis cuando nos veamos la próxima vez. Creo que un hombre envejece en esta labor. No es que me sienta ya provecto físicamente. Nada de eso; pero resiento el continuo e insoportable esfuerzo y sé bien que ningún hombre de cincuenta y siete años de edad puede resistirlo indefinidamente.

"Me esfuerzo más que ningún otro Presidente, y no hay duda de que no puedo acusar a nadie, sino a mí, si mis espaldas se doblan y quejan bajo el peso de la carga; pero no por esto se aligera ella.

Creo que me acontece esto en castigo de haber tenido desde joven una idea clara de lo que debía ser e intentar un Presidente de la República. No debería uno escribir libros sin saber si puede ser llamado a hacer lo que cree que debe hacerse. Ahora pago por haber enseñado a otras gentes lo que debían hacer, cuando no tenía ni la más vaga idea de verme en su lugar.

"Todos estamos bien (inclusive el quejoso); y todos nos unimos para enviaros afectuosos recuerdos."

La política de Woodrow Wilson había sido negativa. Se hizo positiva con la derogación, el 3 de febrero de 1914, de la orden que prohibía exportar armas y municiones a México.

Sin embargo, aún no estaban satisfechos los consejeros de Wilson en la República del Sur.

Parecía que nadie fuera capaz de permanecer algún tiempo en la capital mexicana sin convertirse en un apasionado sectario. Lind y Hale se oponían enérgicamente a Victoriano Huerta; Lane Wilson lo había apoyado. El encargado de Negocios de los Estados Unidos, O'Shaughenessy, desconfiaba mucho de ambos bandos, pero se inclinaba hacia Huerta y creía que la única resolución del conflicto estaba en que los Estados Unidos intervinieran por la fuerza de las armas.

Esta aguda contradicción de opiniones entre sus consejeros más íntimos representaba para Woodrow Wilson una de las mayores dificultades del problema.

En el ínterin, Huerta se sostenía firmemente, imponía agobiadoras contribuciones y préstamos forzados, e intrigaba con las empresas extranjeras.

"Yo soy indio -decía-, el estoico de los bosques, el hombre sin lágrimas."

El 19 de febrero horrorizó al mundo la ejecución, por los hombres de Francisco Villa, de un inglés apellidado Benton, el cual había residido mucho tiempo en México. Inglaterra ardió en indignación al saber la noticia.

"Matad un inglés en su patria -escribió el embajador Page a Wilson- y no habrá extraordinaria excitación, pero matadlo en el extranjero, y luego se pensará en los cañonazos, los ejércitos y las reparaciones."

Los intereses financieros de la Gran Bretaña aprovecharon el acontecimiento para dar mayor fuerza a sus quejas y el secretario de Relaciones, Sir E. Grey, tuvo grandes dificultades para tranquilizar a la Cámara de los Comunes.

El embajador norteamericano en Londres, Walter Page, informó lo siguiente:

"Comuniqué hoy por cable al Departamento de Estado cuán firme y extendida es aquí la creencia de que se ha prolongado bastante la política de la vigilante espera hacia México.

"La indignación por el caso de Benton es intensa y general. Lo leo y lo oigo así en todas partes."

Todos creían en Europa que los constitucionalistas eran simples bandidos y que los Estados Unidos habían sido engañados por ellos.

El ministro de Relaciones Exteriores de Alemania informó en lo privado al embajador de los Estados Unidos, Mr. Gerard, que era tal el estado de la opinión pública alemana que si un solo ciudadano del Reich era muerto en México el Gobierno se vería obligado a tomar enérgicas providencias.

Cierto diario londinense hablaba de la política de Wilson, consistente en ayudar a los constitucionalistas, como de "la ayuda norteamericana a los asesinos". Acerca de este último ataque, el presidente Wilson escribió lo que sigue a su secretario de Estado, Bryan:

"En verdad que la lectura del anexo ofrece una excelente disciplina para el carácter. Me complace el considerarlo como un ejemplo del spleen que han inventado del otro lado del Atlántico, tan sólo porque no pueden hacer dinero en México."

Apenas maravilla, en vista de todo esto, que el Presidente haga la siguiente confesión en una de sus cartas al coronel House:

"El caso Benton, ocurrido en México, nos causa mucha intranquilidad."

Pero las censuras no sólo procedían del extranjero, pues se formularon duros ataques en la Cámara de Diputados, donde la política de Wilson fue señalada por el representante Ainey como "una política que deriva inertemente". El fogoso Gobernador de Texas, Colocquit, indignóse porque unos merodeadores mexicanos habían cruzado la frontera y pidió permiso para enviar guardias rurales del Estado a México, a fin de aprehender a los asesinos de un ciudadano texano. Wilson negó el permiso, pero despachó dos regimientos más a la frontera "por la tranquilidad de las gentes de ahí, no porque crea que la medida sea realmente necesaria".

El Presidente había llegado a la situación del obstinado luchador que no quiere admitir que las cosas estén contra él, ni acepta ningún consejo capaz de debilitar su resolución.

Había llegado al punto en que se vio repetidas veces durante su vida y en que nada podía apartarlo de su designio, ni los consejos de sus amigos, ni las amenazas de sus enemigos.

Sin embargo, a medida que estudiamos más atentamente sus documentos, resalta con más claridad la pureza de sus designios básicos. Puede discutirse la oportunidad de su política en tales circunstancias, pero no ponerse en tela de juicio sus ideales acerca del papel desinteresado que debían desempeñar los Estados Unidos. No hay ni el menor indicio de que Wilson se haya visto influido en cualquier tiempo, ni por los intereses mercantiles norteamericanos ni por los extranjeros, aunque pensaba firmemente que su propósito de conseguir un Gobierno fundado sólidamente en la sanción pública, sería a la larga más ordenado y ventajoso para los capitalistas, que la admiración de los déspotas sólo atemperada por revolucionarios devastadores.

La diplomacia del dólar no desempeñó ningún papel en sus determinaciones. Siempre había pensado en el bienestar del pueblo mexicano. "Anhelaba sinceramente -como escribía Page- una oportunidad de realizar una labor constructiva completa en nuestras relaciones exteriores."

A principios de abril de 1914 regresó a su patria J. Lind completamente agotado. Pocos días después surgieron las altas llamaradas del fuego latente que había ardido durante tanto tiempo en una situación política imposible.

 

CÓMO SE PARTICIPÓ A W. WILSON EL INCIDENTE CON EL "DOLPHIN". EL ALMIRANTE MAYO INFORMÓ QUE SUS MARINOS BAJARON A TIERRA SIN ARMAS

UNA EXPLICACIÓN SOBRE EL ASUNTO. EL GENERAL MORELOS ZARAGOZA DIJO CÓMO HABÍA OCURRIDO LA CAPTURA

Capítulo VI

Fue el 9 de abril cuando ocurrió el episodio de Tampico y por lo que mira a Wilson, apenas habría podido producirse en una época más difícil. La lucha por la derogación de la ley relativa a las cuotas de tránsito en el Canal de Panamá había pasado ya, de la Cámara de Diputados, donde fue firmemente sostenida por los partidarios de Wilson, al Senado, donde como bien lo sabía el Presidente, tenía que enfrentarse con una fuerte oposición, aun de los miembros de su misma partido.

El 2 de abril, el primer mandatario norteamericano había contestado así a una invitación del coronel House:

"¡Ay!, no puedo ir a veros esta semana. Mi esposa está lamentablemente débil y mientras no la vea yo discurrir por la casa con cierta facilidad y con una verdadera renovación de vitalidad, no podré decidirme a dejarla sola. El médico nos da alguna esperanza de que para la semana venidera podré llevarla, por ejemplo, a Hot Springs, para que descanse y se reponga; pero por el momento no estaría yo tranquilo lejos de ella."

Por desgracia Wilson salió para White Sulphur Springs, Virginia Occidental, el mismo día del episodio de Tampico, esto es, el 9 de abril, llevando a la señora Wilson, su enfermera, el doctor Grayson y algunos miembros de la familia. Fue a la siguiente mañana cuando el urgente mensaje del almirante Mayo, trasmitido por el secretario de Estado, William Bryan, llegó a su poder.

Wilson se encontró ante una situación que, aunque trivial en sí misma, podía acarrear las más graves consecuencias.


El incidente de los marinos del Dolphin

El 9 de abril de 1914, cuando el pagador del barco norteamericano de guerra Dolphin y siete hombres sin armas se encontraban en el Puente de Iturbide, cargando los víveres que habían comprado, los arrestaron un oficial mexicano y un pelotón de soldados bien armados.

Aunque el bote enarbolaba la bandera de los Estados Unidos, se obligó a dos marinos que estaban en él a que bajaran a tierra y todos fueron conducidos a la ciudad de Tampico. Allí los puso en libertad un jefe de mayor graduación, y poco después, el general Morelos Zaragoza, comandante de las fuerzas huertistas en el puerto, envió un oficial para lamentar el hecho y comunicar que el coronel que había ordenado la aprehensión ignoraba las leyes de la guerra y no había hecho sino cumplir la orden recibida, de no permitir que atracara ningún bote al muelle de las almacenes.

Después de averiguar los hechos, el almirante Mayo, jefe de la escuadra norteamericana, envió al general Zaragoza un ultimátum en el cual pedía una satisfacción más formal; decía:

"No puede evitarse simplemente la responsabilidad arguyendo ignorancia."

Al trasmitir el informe, escribió el secretario de Estado:

"No veo qué otra cosa podía hacer Mayo, espero instrucciones."

Cualquiera que fuese la irritación del Presidente, parecía que no había otra cosa que hacer sino apoyar al almirante en jefe. Esa misma noche, Bryan telegrafió al encargado de Negocios, O'Shaughenessy:

"Ordena el Presidente que presentéis desde luego el asunto al Ministerio de Relaciones con el mayor empeño, energía y franqueza, manifestándoles la extremada delicadeza de la situación y la posibilidad de que surjan más graves consecuencias si no son prontamente castigadas los culpables."


Huerta dispuesto a reparar el mal

Pero antes de recibir las instrucciones, O'Shaughenessy, por su propia iniciativa, había visitado a Victoriano Huerta, del cual obtuvo una declaración por escrito, la cual lamentaba lo ocurrido y aseguraba que el coronel que había ordenado la aprehensión sería castigado, si resultaba culpable. A su vez, el dictador pedía que el ultimátum fuera retirado.

Sin embargo, el secretario de Estado juzgó evasiva e insuficíente la respuesta de Huerta al encargado de Negocios, e insistió en que fueran satisfechas las demandas del almirante. Estaba dispuesto, empero, a ampliar el plazo hasta la noche del 19 de abril, en caso de que hubiera dificultades para arreglar el asunto en vista de que se interponían los días feriados de la Semana Santa.

Pero Huerta no quería ceder, sino que empezó a argüir, no sin habilidad, acerca de las obligaciones del Derecho Internacional y de la cortesía.

Mientras se desarrollaban estas negociaciones, y al día siguiente del episodio de Tampico, ocurrieron otros dos irritantes hechos que vinieron a reafirmar la determinación del Gobierno de los Estados Unidos. Un censor mexicano detuvo un mensaje oficial del Departamento de Estado a O'Shaughenessy, y un ordenanza estafeta del barco de guerra norteamericano Minnesota fue aprehendido en Veracruz.

La sucesión de estos triviales hechos parecía indicar la existencia entre ellos de una relación deliberada, y en ciertos centros se sospechaba que si no habían sido apoyados por un Gobierno desesperado, cuando menos eran bien recibidos, como una oportunidad para imponer una acción que resultase favorable a los huertistas.

En la mañana del lunes 13 de abril, Wilson estaba de nuevo ante su mesa de trabajo. Había dejado a su esposa y a la enfermera en White Sulphur Springs.


John Lind recomendó una acción enérgica

El día trascurrió sin que diera ningún paso el viejo indio de la ciudad de México.

En la mañana del 14, Bryan llevó a John Lind para que hablara con el Presidente. Ignoramos lo que hayan tratado, pero podemos estar seguros de que Lind recomendó una acción severa para traer a un arreglo a Huerta. Posteriormente, pero el mismo día, el secretario de Marina, Daniels, acatando órdenes de la Casa Blanca, despachó a Tampico todas las naves de guerra que había en disponibilidad en Hampton Roads, Virginia, con un regimiento de infantería de marina, y en la misma noche se envió a O'Shaughenessy, para que la trasmitiera a Huerta, una enérgica nota, en la cual se le hacía ver "la muy seria índole de la presente situación".

Estos extraordinarios acontecimientos hicieron comprender repentinamente al pueblo norteamericano la gravedad de las cosas. A partir del 15 de abril, las noticias acerca del particular empezaron a llenar las columnas de la prensa, y la correspondencía de Wilson se agrandó con muchas cartas en las más de las cuales se aprobaba su conducta.


Wilson no se decidía a provocar ta guerra

En la mañana del día 15 de abril el Presidente recibió a los senadores Shively y Lodge y a los diputados Flood y Cooper, miembros de las comisiones de Relaciones Exteriores del Senado y la Cámara, respectivamente, y les informó acerca de los pasos que se habían dado. Citó como precedente el bombardeo, por los norteamericanos, de Greytow, Nicaragua, en 1854, cuando era Presidente Pierce.

Lodge escribió lo que sigue en su diario, acerca de la consulta:

"Nos dijo que se avecinaba una crisis con motivo del episodio de Tampico y que él podría verse obligado a hacer uso del ejército y de la marina de guerra. Agregó que deseaba saber si, a nuestro juicio, debía pedir autorización del Congreso. Yo manifesté que, sin duda alguna, tenía facultades para obrar y tomar posesión de un puerto a fin de proteger las vidas y haciendas de los norteamericanos, aun sin autorización de la Legislatura. Se había hecho así con frecuencia cuando el Congreso estaba en receso (rebelión Boxer), y por lo tanto, podía hacerse aunque la Legislatura estuviera en sesiones. Pensaba yo, sin embargo, que sería mejor pedir al Congreso que autorizara una resolución. Otros convinieron y el Presidente dijo que tal era su opinión."

Los senadores y diputados que asistieron a la conferencia aprobaron después la demanda del Presidente y dieron seguridades de que la apoyarían. Aun hubo notas revelantes de ardor patriótico.

"Yo los obligaría a saludar la bandera, aunque tuviese que volar toda la ciudad", dijo el senador Chilton, de Virginia Occidental. Por su parte, el senador William Borah declaró:

"Esto se asemeja mucho a una intervención armada. En tal caso, puedo decir solamente que si la bandera de los Estados Unidos llega a ser izada en México, nunca será arriada. Éste es el principio de la marcha de los Estados Unidos hasta el Canal de Panamá."

Las expresiones de simpatía y aprobación publicadas por la prensa londinense, viéronse atemperadas por la acusación de que las dificultades con que tropezaba el presidente Wilson eran debidas a su política idealista.

¿Se conmovía acaso Victoriano Huerta? Más bien parecía que las perspectivas le complacían. Esperaba claramente que los actos de Wilson unificaran el sentimiento mexicano en apoyo de su Gobierno dictatorial y que quizá llegase a conquistar la simpatía de Europa; pero se equivocaba en esto.

Parece que Venustiano Carranza juzgó que el episodio de Tampico era debido a las chapucerías de Huerta, y no quiso discutir el asunto.

Francisco Villa fue más franco que ellos y dijo: "Es el toro de Huerta el que es corneado", y que se trataba de un asunto "entre Huerta, el traidor, y Wilson, el gran Presidente del pueblo norteamericano".

Huerta esgrimió el argumento que más tarde había de usarse con mayor eficacia, o sea que si los Estados Unidos no reconocían su Gobierno ¿cómo era que exigían un saludo y por qué habría de hacerlo él?

Pero no bastaron los argumentos para suspender la marcha de las naves de guerra que surcaban las aguas del Atlántico, y la negativa de Huerta causó no poca inquietud en Washington. Cuando se conoció su determinación en la mañana del 19 de abril, estaba tan inquieto el público que cosa de cincuenta periodistas, deseando informarlo, esperaban en los corredores del Departamento de Estado para obtener siquiera alguna insinuación acerca del texto del mensaje enviado a Mr. O'Shaughenessy.


Un nuevo ultimátum del presidente Wilson

Bryan y Tumulty en un coche de la Casa Blanca se encaminaron precipitadamente a la pista de Virginia, donde el Presidente estaba jugando al golf. Un mensajero lo había ya localizado en la zona del décimocuarto agujero y Wilson había emprendido el regreso a Washington. Halló a sus colaboradores en el puente del Potomac y allí leyó el mensaje. Discutieron brevemente el asunto y en la tarde un nuevo ultimátum escrito por Wilson advirtió a Huerta que si no anunciaba su deseo de acceder a la demanda del almirante Mayo para las 6 de la tarde del 19 de abril, el Presidente expondría el asunto al Congreso al día siguiente, "con el fin de hacer lo necesario para lograr que respetara la bandera nacional".

La única respuesta de Huerta fue una nueva proposición para que O'Shaughenessy firmara un protocolo prometiendo que los norteamericanos devolverían el saludo en caso de que Huerta lo mandara hacer en Tampico. El informe del encargado de Negocios sobre esta propuesta le llegó a Bryan a medianoche del 18 de abril, y él le dio respuesta en las primeras horas de la mañana del 19, el último día de gracia:

"El Presidente está fuera de la ciudad -decía-, no podré verlo antes de las ocho de la mañana. Sin embargo, estoy seguro de que querría que firmarais el protocolo mencionado. Debe hacerse el saludo sin que medie un acuerdo previo para contestarlo. Puede confiarse en que los Estados Unidos cumplan con su deber en este asunto, de acuerdo con las costumbres internacionales y la cortesía, aparte de otras razones, la firma del protocolo sería objetable, porque podía ser interpretada como el reconocimiento del Gobierno de Huerta, siendo que el Presidente no tiene intención de concederlo."


Bryan de acuerdo con el Presidente

Cuando en la mañana del 19 le llegó a Bryan el informe de Wilson, éste envió desde luego el siguiente mensaje:

"Vuestra respuesta a O'Shaughenessy es precisamente como yo la había deseado. En ningún caso debe hacerse concesiones de ninguna especie, ni en detalle, ni en otra forma."

Wilson regresó de White Sulphur Springs a la Casa Blanca a las 8:40 a. m. del lunes 8 de abril. Poco después se presentó Bryan para tener con él una consulta, y a las 10:30 de la mañana el Presidente reunió su Gabinete y expuso en breves palabras la situación ante la cual se hallaba el país. Luego esbozó el discurso que se proponía pronunciar en el Congreso esa misma tarde.

El secretario Bryan ha escrito así acerca de esa junta:

"El Presidente estaba muy perturbado y nos dijo con mucho sentimiento que entrañaba una tremenda responsabilidad el adoptar una conducta que pudiera conducir al país a la guerra y causar la muerte de muchos hombres. Luego agregó repentinamente `Si hay entre vosotros algunos que creen en la oración, ruego que mediten este asunto desde ahora hasta nuestra próxima reunión.' Esto nos sorprendió e hizo que saliéramos de la sala del Consejo con una expresión de solemnidad en el semblante."


Victoriano Huerta no representaba a México

En una breve entrevista con los representantes de la prensa, Wilson aseguró de la manera más positiva que no habría guerra: "...en ninguna circunstancia concebible pelearemos contra el pueblo mexicano", dijo, y agregó: "Se trata exclusivamente de un asunto entre ese Gobierno y una persona que se llama a sí mismo Presidente provisional de México y cuyo derecho a llamarse así nunca hemos reconocido nosotros en ninguna forma."

Luego hizo notar que era posible "tratar con un dictador empleando la flota, sin precipitar una guerra. Ya se ha hecho", y citó varios ejemplos. Surgió entonces otro acontecimiento que aumentó notablemente la tensión e hizo creer en varios centros que era inevitable la guerra; habían llegado noticias de que una nave alemana, el Ipiranga, cargada de armas y municiones para Huerta, estaba por llegar a Veracruz, y esto constituía un nuevo y grave problema.

A las dos de la tarde, Wilson recibió de nuevo a los miembros importantes de las comisiones de Relaciones Exteriores, o sean Shively, del Senado y Flood y Cooper, de la Cámara de Diputados. Lodge, que era el censor más enconado de Wilson, nos indica en un memorándum lo que se habló:

"Deseaba [el Presidente] leer su mensaje y leer nuestra opinión. Como ya estaba escrito para la prensa, no podía ser enmendado; pero de todas maneras le dio lectura. Me pareció flojo e insuficiente, aunque naturalmente bien redactado. Wilson presentó entonces el acuerdo que deseaba ver aprobado. Es el mismo sancionado después por las Cámaras y que autorizaba las hostilidades contra Huerta precisamente."

En su mensaje al Congreso, Wilson enumeró brevemente las circunstancias de la aprehensión de los marinos en Tampico y las demandas de Mayo, luego agregó:

"No puede considerarse el episodio como trivial, pero si hubiese sido el único podría haber sido atribuido a la ignorancia o arrogancia de un solo oficial.

"Por desgracia no es un hecho aislado."


Guerra contra Huerta y contra los suyos

Explicaba que en caso de que por desdicha ocurriese un conflicto armado, "deberemos luchar contra el general Huerta y aquellos que están con él y le prestan su apoyo. Sólo debe ser nuestro objeto restituir al pueblo de la perturbada República el medio de restablecer sus leyes y su Gobierno."

El mensaje excitó mucho menos entusiasmo de lo que esperaba y muchos diputados juzgaron que era muy estrecha la base de acción que se exponía. Sin embargo, Wilson había omitido de propósito las referencias a los muchos "agravios" y rogado por México a los extranjeros y a sus bienes, con la esperanza de evitar discusiones sobre cada uno de los hechos ya mencionados, pues creía que tales debates indignarían a la nación y harían más probable la guerra.

Desarrollóse desde luego un enconado debate.

El senador Lodge dice en su libro que en el seno de la comisión senatorial de Relaciones Exteriores "fue unánime la objeción al acuerdo del Presidente en que nombraba a Huerta como el enemigo directo".

Lodge y su colega Root encabezaran los ataques en el Senado y propusieron en vez del proyecto presidencial, una iniciativa en cuyo preámbulo figuraban el asesinato de ciudadanos norteamericanos y la destrucción de sus propiedades como la verdadera causa de la acción que se recomendaba.

Lodge sostuvo que su iniciativa no constituía de hecho una declaración de guerra.

"Si debemos intervenir por alguna causa en cualquier punto del territorio de México, deseo que ello se haga Con fundamentos amplios y suficientes", dijo.

Pero quizá el discurso más elocuente en favor de la enmienda Lodge fue pronunciado por el senador Root, el cual dijo en parte:

"... si no existiesen otros hechos fuera del mencionado en la iniciativa ¿habría pensado el Gobierno de los Estados Unidos siquiera por un momento en tratar a ese pobre y débil país en esta forma perentoria?"

No fue sino el día 22 de abril de 1914 cuando el Senado aprobó la iniciativa un tanto modificada, pero la cual daba la razón al presidente W. Wilson en "emplear las fuerzas armadas de los Estados Unidos para imponer sus demandas de inequívoca reparación a las afrentas e indignidades".

 

EL ARRIBO DEL "IPIRANGA" PRECIPITÓ EL DESEMBARCO DE MARINOS EN VERACRUZ. EL PRESIDENTE WILSON SE RESISTÍA A DAR ESE PASO TRASCENDENTAL

NO ESPERABAN QUE HUBIERA COMBATE

LOS CONSEJEROS DE LA CASA BLANCA SE SORPRENDIERON DEL RESULTADO

ARMAS Y PARQUE. PENSABA EL JEFE DE LA UNIÓN QUE EL DICTADOR SE HARÍA INVULNERABLE

Capítulo VII

En el ínterin, y mientras el Senado discutía, el presidente Wilson había obrado. Cierto que legalmente no tenía que esperar la aprobación del Congreso para proceder en ese caso extraordinario, pero como había dicho en su mensaje: "No quería obrar en un asunto quizá de grave importancia, sino en completo acuerdo y estrecha colaboración con el Senado y la Cámara."

El día 20 de abril de 1914, al atardecer, tuvo una conferencia en la Casa Blanca, a la cual citó a Bryan, a Daniels, secretario de Guerra, a John Lind y a los jefes del Estado Mayor del ejército y la flota. Daniels expuso en detalle los primeras planes trazados por su Departamento para desembarcar infantes de marina en Tampico y Veracruz.

A eso de las dos y media de la madrugada del 21 de abril, habiéndose confirmado la noticia de que había llegado a Veracruz el vapor alemán Ipiranga con armas para Huerta, el secretario de Estado, William J. Bryan, con la ayuda del secretario particular del Presidente, Joseph Tumulty, despertó a Wilson.

El mismo Bryan leyó el mensaje que había recibido y recomendó que se dieran órdenes a la escuadra norteamericana para que impidiera el desembarque de las armas.

"¿Qué opináis, Daniels?", preguntó el Presidente.

"No debe permitirse que las municiones caigan en manos de Huerta -respondió el secretario de Marina-. Puedo ordenar por telégrafo al almirante Fletcher que lo evite y que ocupe la Aduana. Creo que eso debe hacerse."

Wilson vacilaba en dar semejante paso; pero después de un intercambio de impresiones con Bryan, dio la orden para la confiscación.

"Lo que determinó este acto, así como las recomendaciones de los secretarios -dice Daniels-, fue la creencia de que si eran desembarcadas las municiones darían más fuerza al Presidente usurpador y aumentarían las pérdidas de vidas en México; aparte de que las armas podrían ser usadas más tarde contra los jóvenes norteamericanos."

Lo que hemos narrado se funda en las cartas de Josephus Daniels al autor, así como en el relato de Tumulty y en la biografía de Wilson, escrita por el mismo Daniels.

A las 11:30, en el mismo instante en que Woodrow Wilson estaba en junta con su Gabinete en Washington, los marinos y los infantes de marina desembarcaban en Veracruz y tomaban posesión de las oficinas del Cable, el Correo, el Telégrafo y la Aduana, así como de la terminal de ferrocarril y los patios con el material rodante.

Sin embargo, los detalles de la ocupación fueron conocidos por el Presidente hasta el atardecer, cuando aún estaba con los secretarios Bryan, Daniels y Garrison y con Mr. Robert Lansing.

Parece casi seguro que Wilson no esperaba oposición, ninguna resistencia a la captura del puerto. Le había asegurado repetidas veces a John y otros que sería un alarde que entrañaría poco o ningún peligro. Por ese motivo, la noticia de que habían sido muertos cuatro norteamericanos y heridos veinte, lo conmovió profundamente.

"No me gusta el sesgo que han tomado los asuntos mexicanos -escribió Wilson a Thomas D. Jones el 22 de abril de 1914-. Parecería posible que Huerta hubiese llegado a punto de que estuviese dispuesto a arriesgarlo todo para lograr una salida dramática."

En respuesta a un acre mensaje de censura por "la situación inmoral en que nos encontramos respecto de México", el Presidente escribió lo que sigue:

"No veo qué otro camino nos podía quedar, ni cómo podíamos haber evitado el dar los pasos que hemos dado. Ahora le toca a Huerta. A él le incumbe determinar hasta dónde debe ir esto. Yo ruego sinceramente a Dios que no tengamos que ir hasta la guerra."

Hay pocas dudas de que Wilson lamentaba el que el conflicto tuviese que plantearse sobre la base de la demanda formulada por el almirante Mayo. ¿Hasta qué punto tiene un almirante derecho para comprender a su Gobierno, sin el conocimiento ni la voluntad de éste? Pero había costumbres y procedimientos internacionales, y si se humillaba al almirante Mayo retirando sus demandas, ello podría ocasionar que Huerta cometiera indignidades más graves. Aunque los episodios eran triviales, la situación en sí misma era seria; Mr. Wilson decía:

"Realmente era un momento psicológico... No mediaba ningún gran desastre, como el del hundimiento del Maine, pero para que obráramos existía una razón suficiente en ese hecho, en que culminaba una serie de insultos a nuestro país y a nuestra bandera."


Mediación de las potencias del Sur

Justamente en ese momento, el 25 de abril de 1914, cuando todo el horizonte se presentaba oscurísimo y parecía inevitable la guerra con México, tres embajadores sudamericanos, los señores Rómulo S. Naón, D. da Gama y Eduardo Suárez Múgica, visitaron al secretario Bryan en el Departamento de Estado. Esos caballeros representaban a los Estados más poderosos de la América Latina, a saber: Argentina, Brasil y Chile, e hicieron una proposición para mediar en los delicados asuntos méxico-americanos. Bryan conferenció desde luego con Wilson y la oferta fue aceptada pronta y aun ansiosamente.

No necesitaba apremios Huerta, el cual aceptó el ofrecimiento con avidez, como un medio decoroso de librarse de una situación que se estaba tornando rápidamente insostenible. Era más difícil tratar con Venustiano Carranza, el cual se negó a aceptar un armisticio y limitó expresamente su aceptación al arreglo de las dificultades entre los Estados Unidos y el Gobierno provisional de Huerta en México.

Los tres meses que siguieron a la aceptación de la oferta hecha por los mediadores del A.B.C. (mayo, junio y julio de 1914), fueron los más agitados que había vivido Mr. Wilson hasta entonces.

Examinando los documentos y cartas relacionados con sus problemas y deberes, muchos de ellos críticos, parécenos imposible que haya podido sobrevivir a la carga por ellos representada. Porque no eran solamente los complicados asuntos de México los que exigían de él la mayor atención, sino que, al mismo tiempo, proseguía las campañas legislativas ya mencionadas y para colmo de males habían estallado obstinadas huelgas en las minas de Colorado, huelgas que él fue llamado a arreglar.

El 10 de mayo escribió a su amiga, la señora Hulbert:

"Desespero de tener tiempo para escribiros, porque materialmente no hay un momento que tenga derecho a llamar mío. Sencillamente me veo obligado a robar el que necesito para escribir. Solía yo reservar una hora, después de una mañana o una tarde para mi propio uso y esparcimiento pero poco a poco los innumerables sucesos y deberes lo han arrastrado todo a su dominio, y no soy libre ya de pensar en mí mismo, ni en las cosas que personalmente me son más caras.

"Claro que mis pensamientos vuelan hacia ellas a la menor ocasión u oportunidad; pero cuando sucede, son truhancillos que se escapan de dolorosa escuela. No sabéis cómo necesito estos momentos de comunicación con mis amigos, ni qué hondo consuelo representan para mí cuando los tengo...

"Ciertamente, estoy muy bien y los seres queridos que me aman se tornan compañeros más dulces, a medida que nos acercamos dentro de este círculo que va estrechándose."

El día siguiente de escrita esta carta, o sea el 11 de mayo, Wilson trasladóse a Nueva York para tomar parte en el desfile hecho en memoria de los soldados norteamericanos muertos en Veracruz, y para pronunciar una oración fúnebre.

Con gran inquietud de sus amigos, el Presidente anunció su determinación de tomar parte en ese desfile. Él había sido su comandante y ellos habían ido a Veracruz acatando sus órdenes. Argüía, además, que puesto que ellos habían arriesgado y perdido la vida por la patria, el deber suyo consistía en rendir a su memoria los más altos honores.

Su secretario Mr. Tumulty, así como el doctor Grayson y los miembros del servicio secreto le rogaron que no se expusiera. El coronel House los secundó para recomendarle que fuera discreto. No hacía mucho tiempo que se había hecho una tentativa para dar muerte al alcalde de Nueva York, Mr. Mitcherl, y además se habían recibido amenazas anónimas respecto del viaje de Wilson, a esa ciudad, amenazas que podían tener o no significación, pero que, de todos modos, originaban cierta alarma. Empero, nada logró conmover la determinación del Presidente, en cuyo carácter había cierto elemento de fatalismo. En otra ocasión, cuando se le hicieron advertencias semejantes, replicó: "Soy inmortal, mientras no llegue mi hora."

La ceremonia de Nueva York fue solemne e imponente. Cada ataúd era llevado en un armón de artillería, a los lados del cual iban cuatro infantes de marina. Otro cerraba la marcha.

En el instante en que la columna partió de Bowling Green para entrar en Broadway, en medio de una doble fila de ciudadanos silenciosos, comenzó a sonar la campana de Trinity Church, y más tarde dio sus dobles la de St. Paul.

Varias cartas escritas por Wilson en las dos o tres semanas siguientes a este hecho, nos dejan vislumbrar el corazón del hombre.

El 24 de mayo decía a la señora Hulbert:

"Estoy muy bien, aunque resiento la pérdida de mis dos hijas, que se han marchado. La mayor parte de lo que leeis en la prensa acerca de mí es falso, inventado, pero estoy procurando ver con alguna claridad en el asunto de México, y tratando de que vea así un número de gentes cada vez mayor. Me sorprende que, aunque a veces crea lo contrario no sea todavía intolerable la carga de las demás cosas. ¿Recordáis que cierta ocasión predije en Bermuda que la Presidencia me mataría probablemente? Pues bien, sigo creyéndola pero, de cualquier modo, la catástrofe no sobreviene todavía."

Quizá Wilson había podido aligerar su trabajo, delegando parte de la responsabilidad en sus ministros o ayudantes, pero le era difícil delegar la autoridad. Sobre todo en asuntos que atraían su interés o despertaban sus emociones, y padecía en la dirección de los asuntos exteriores, especialmente en vista de la debilidad de aquellos en quienes, como Presidente, debía confiar.

La devoción, la lealtad y los ideales de William J. Bryan estaban fuera de duda, mas el hecho es que Wilson no permitió jamás que escapara a su atención ni un solo hilo de la complicada trama representada por el problema mexicano.

Los más de los mensajes y las instrucciones de importancia los escribía en su máquina [aún están los originales en su archivo], para entregarlos a Bryan a fin de que éste los trasmitiera.


Resultados de la mediación

El convenio al cual llegaron finalmente los mediadores el 24 de junio de 1914, después de discusiones al parecer interminables, estaba muy lejos de aplicar el programa de Wilson.

Prescribía el establecimiento de un Gobierno provisional formado por un arreglo entre todas las partes interesadas en la guerra civil, y el cual debía ser reconocido por Washington en cuanto se constituyera. Los Estados Unidos se comprometían a "no reclamar indemnización de guerra, ni cualquier otra satisfacción internacional, bajo ninguna forma". No se prometía nada acerca de la eliminación de Huerta aunque ella quedaba implicada; no se decía ni una palabra acerca de las reformas interiores, ni se hacía alusión al saludo exigido a Huerta, el cual nunca fue hecho. Finalmente, el "convenio" no fue firmado por los carrancistas.

Por desagradable que este resultado haya sido para Wilson, contribuyó a asegurar varias ventajas. En primer lugar, se hizo menos probable la guerra entre Estados Unidos y México, y se habló menos de ella. Después aceleró la caída de Victoriano Huerta, el cual tras de "renunciar" el 15 de junio, huyó del país el 20 del mismo mes. El 21 de agosto Carranza ocupó el poder, cosa que también Wilson había deseado. Pero sobre todo, las deliberaciones de las potencias del A.B.C. ... con la ayuda norteamericana, y las positivas seguridades dadas por el Presidente acerca de la integridad de México, como lo indica William R. Shepherd en su obra Las naciones hispánicas, contribuyeron a aplacar en la América española las sospechas contra los Estados Unidos, y allanaron el camino para "el concierto del mundo occidental".

El problema de México no fue arreglado, pues debía prolongarse por varios tediosos años, constituyendo siempre una espina en el costado de Wilson, pero fue eclipsado luego por la tremenda explosión de que fue teatro la vieja Europa.

Hablando en términos generales, los resultados de la diplomacia de Woodrow Wilson hasta ese punto, cualesquiera que haya sido el yerro y deficiencias de su método, fueron considerados en los Estados Unidos como un "triunfo".

Sin embargo, Wilson no estaba engañado. Se había iniciado la obra, pero estaba lejos de su término.

Cuando el diputado Adamson felicitó a su jefe por su "ilimitada y sin par victoria en el asunto de México", Wilson escribió estas palabras:

"Aún es un poco incierto el arreglo final de la situación de México, pero seguramente hemos despejado el escenario y realizado el principio. Con la ayuda de hombres reflexivos, será posible continuar constantemente hasta que el proceso quede terminado."

 

Fuente:

DOCUMENTOS HISTÓRICOS DE LA REVOLUCIÓN MEXICANA. Revolución y Régimen Constitucionalista I.
Editados por la Comisión de Investigaciones Históricas de la Revolución Mexicana bajo la dirección de ISIDRO FABELA.
Fondo de Cultura Económica. Primera edición, 1960. pp.440-460.

Y también en:

DOCUMENTOS HISTÓRICOS DE LA REVOLUCIÓN MEXICANA.
Revolución y Régimen Constitucionalista. Volumen 1° del Tomo I.
Fundador: Isidro Fabela 
Editados por la Comisión de Investigaciones Históricas de la Revolución Mexicana bajo la dirección de JOSEFINA E. DE FABELA.
Coordinador: ROBERTO RAMOS V. Investigadores: LUIS G. CEBALLOS, MIGUEL SALDAÑA, BALDOMERO SEGURA GARCIA, HUMBERTO TEJERA.
EDITORIAL JUS, S. A. MÉXICO, 1968.