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Siglo XX > 1930-1939 > 1931

Revolución y Régimen Constitucionalista. Documento 206. Artículos que presentan la actitud de Woodrow Wilson ante la situación política de México, escritos por Ray Stannard Baker y publicados en Excélsior. Capítulos I y II.
6 de diciembre de 1931.

 

Serie de artículos que presentan la actitud de Woodrow Wilson ante la situación política de México, desde el final de la dictadura del del general Díaz hasta el desembarco de marinos en el puerto de Veracruz, escritos por Ray Stannard Baker y publicados en Excelsior, del 29 de noviembre de 1931 al 6 de diciembre del mismo año.

WOODROW WILSON ANTE LA SITUACIÓN DE MÉXICO AL COMENZAR LA DICTADURA

LOS PRIMEROS INFORMES IMPRESIONANTES AL PRESIDENTE EN FAVOR DE VICTORIANO HUERTA

EL GOBIERNO DE WASHINGTON ESTABA DISPUESTO A RECONOCER AL GOBIERNO ESPURIO

[Documentos históricos]

Capítulo I

No bien había entrado Woodrow Wilson en la Casa Blanca, con el ideal de trabajar por la reconstrucción de los Estados Unidos, cuando se percató de que debía volver su atención a la gran esfera terrestre de color azul que ocupaba un ángulo de su tranquilo estudio. El que esto escribe guarda en la memoria la imagen del Presidente de pie junto a la esfera, dándole vuelta con una mano y estudiando las relaciones de los Estados Unidos con Europa, con México, con el Japón y con las Islas Filipinas. Durante el mes que precedió a la toma de posesión de Wilson, los periódicos norteamericanos publicaron innumerables noticias sobre la crisis de los asuntos mexicanos.

El mismo día en que se recibió la nueva de que el Presidente de México, señor Francisco I. Madero, había sido aprehendido y que el general Victoriano Huerta se había adueñado del poder, Mr. Wilson manifestó a un grupo de periodistas que, a su juicio, no podía ocurrir ningún daño al Presidente depuesto. Y todos sabemos cuán hondamente le conmovió la noticia recibida bien pronta, de que habían sido asesinados a sangre fría el presidente Madero y el vicepresidente José María Pino Suárez, noticia de la cual se infería que directa o indirectamente, Huerta era responsable del crimen.

Había claras pruebas en los mensajes recibidos, de que el embajador norteamericano, Henry Lane Wilson, después de fracasar en sus gestiones para lograr que el Gobierno de Huerta fuera reconocido inmediatamente por la administración del presidente William Howard Taft, había adoptado la extraordinaria táctica de trabajar para que todos los elementos del interior del país se sometieran a Huerta, a fin de que la administración de éste, gracias a su eficacia, conquistara la buena voluntad del nuevo Presidente de los Estados Unidos. El día 26 de febrero de 1913, Lane Wilson escribía lo siguiente al cónsul norteamericano en Mazatlán, Sinaloa:

"Debéis esforzaros sin cesar por conseguir la sumisión general al Gobierno provisional... más activamente este asunto... El Gobierno provisional está siendo respaldado generalmente en toda la República y está demostrando gran firmeza y actividad."... Al otro día de que Wilson tomó posesión de la Presidencia, el embajador Lane Wilson aseguraba al nuevo secretario de Estado, William Jennings Bryan, que "los Estados que se han sometido representan el noventa por ciento de la población de México, y el orden se ha restablecido en las tres cuartas partes del territorio, que ellos representan".

Mas bien pronto había de ver el presidente Wilson los informes de los agentes consulares norteamericanos, lo mismo que muchas cartas de individuos que tenían alguna autoridad, para hablar sobre la situación, y los cuales presentaban un relato muy distinto; era evidente que en muchas partes de México había causado horror el asesinato de Madero, personaje que era considerado como un libertador, y que el espíritu de revuelta contra Huerta, mucho más generalizado de lo que descubría el embajador Lane Wilson, estaba aumentando a diario. Venustiano Carranza, a la sazón Gobernador del Estado de Coahuila, había telegrafiado el 26 de febrero al presidente Taft : "La nación mexicana condena el villano golpe de Estado que ha privado a México de sus gobernantes constitucionales por medio de un cobarde asesinato."

Pero había otra fase del problema que se imponía a la atención de Wilson: la actitud de la América Latina en general. Los ínformés de los embajadores, ministros y agentes consulares norteamericanos en Centro y Sudamérica, comunicaban la opinión del momento acerca de la situación mexicana, y todos denotaban mucha inquietud, amplias sospechas y temores hacia el "coloso del Norte", hacia la intervención yanqui, el materialismo yanqui, y las consecuencias de la doctrina Knox acerca de la "diplomacia del dólar".

México, en una palabra, era una parte del complejo de problemas que afectaban a toda la América Latina. Lo que se necesitaba era una política que fuera aplicable a toda la situación.

La declaración presidencial del 11 de marzo de 1913, juntamente con la renuncia de Wilson a satisfacer las urgentes demandas en pro del reconocimiento de Huerta, contrariaron amargamente al embajador Lane Wilson, el cual no creía de ninguna manera en las finalidades idealistas del primer magistrado. Tampoco tenía confianza en el buen éxito de cualquier Gobierno mexicano que no se fundase en la fuerza. Por eso escribía el 12 de marzo al secretario Bryan:

"...a menos de que se establezca de nuevo el mismo tipo de Gobierno implantado aquí por el general Porfirio Díaz, estallarán nuevos movimientos revolucionarios y se renovará la intranquilidad general".

En verdad, las condiciones de México empeoraban a gran prisa. Antes de que terminara el mes de marzo, estaba en su apogeo una Revolución contra Huerta, encabezada por Carranza. Para complicar más las cosas, el Gobierno británico revocó su primera determinación y anunció su deseo de reconocer a Huerta como "Presidente interino". Era muy probable que los demás gobiernos siguieran el ejemplo, afianzando así la autoridad del dictador y debilitando el prestigio de la nueva administración norteamericana a los ojos de los latinoamericanos.

Wilson comprendió bien pronto que la situación era por demás complicada y que él necesitaba contar con los informes más completos acerca de ella. Había perdido la confianza en su embajador y estaba desorientado por el "babel" de informes y consejos que le llegaban de todas partes. En consecuencia, recurrió a su método favorito de enviar un agente especial, a quien juzgaba poder tenerle confianza, para que hiciera investigaciones. Escogió a William Bayard Hale, brillante periodista que, sin embargo, estaba incapacitado por su temperamento para semejante labor.

También fueron a México otros agentes, y entre ellos W. H. Sawtelle, viejo amigo de Mr. Bryan pero con Hale, conociendo poco el idioma y los antecedentes históricos, bien pronto empezaron a aumentar la confusión con sus informes y consejos.

En cierta época, durante los agitados meses posteriores logró Wilson adquirir, de libros e informes, un amplio conocimiento de la historia y los problemas de México. Era un método característico del intelectual el buscar una firme base de acción para lo presente, en el conocimiento de lo pasado.

Empero, los acontecimientos no podían permitir una investigación como la que deseaba el Presidente, el cual no sólo era apremiado a obrar por el embajador y los irritados residentes norteamericanos en México, sino que también se enteró al poco tiempo de los complicados intereses pertenecientes a los grandes bancos, ferrocarriles e industrias de los Estados Unidos, los intereses de los mismos individuos a quienes se había opuesto en Nueva Jersey y con quienes, según estaba convencido, debía enfrentarse una vez más al proponer las leyes acerca de las tarifas y el sistema monetario.

A principios de mayo el banquero neoyorquino James Speyer visitó a John Bassett Moore, consejero del Departamento de Estado, y le comunicó sus temores por el empréstito de diez millones de dólares, hecho a México y que debía vencerse en junio. Huerta no hacía preparativos para pagarlo, y Speyer insinuó que sin el reconocimiento por parte de los Estados Unidos, el mismo Huerta tropezaría con dificultades para reunir fondos, que su Gobierno podría caer y que a causa de los trastornos que resultasen, quizá los Estados Unidos se verían obligados a intervenir.

El punto fue sometido desde luego a la consideración de Woodrow Wilson.

También estaba muy preocupado uno de los grandes directores ferrocarrileros de los Estados Unidos, Julius Kruttschnitt, director de la Junta del Ferrocarril Sudpacífico, cuyas líneas cruzaban por los Estados meridionales para entrar en México. Por conducto del coronel House, envió al presidente Wilson un discreto y ponderado informe de las condiciones preparado por el juez D. J. Haff, de Kansas City, personaje que tenía mucha experiencia como abogado de empresas norteamericanas en México.

Entendíase que este informe contaba con la aprobación de los intereses representados por la Phelps Dodge Co., la Greene Cananea Copper Company, Mr. Edward L. Doheny, de la Mexican Petroleum Company (la empresa petrolera más poderosa de México) y otros. En una palabra, era la propuesta de los "grandes intereses" acerca de la situación de México.

Aunque gran parte de los consejos contenidos en el informe era contraria a las inclinaciones de Wilson, ya que él desconfiaba profundamente de Huerta y del embajador norteamericano, la comunicación lo impresionó mucho, y la impresión se vio reforzada, días más tarde, por una visita del juez Haff en persona, el cual fue presentado por Cleveland H. Dodge, amigo del Presidente. El juez amplió sus declaraciones originales y Wilson quedó convencido en tal forma, que empezó a pensar en el reconocimiento provisional de Huerta, a condición de que en breve se celebrasen elecciones generales y se nombrase un Presidente constitucional. Por lo tanto, preparó, para enviarla por conducto del embajador Lane Wilson, una declaración en la cual desarrolló los puntos principales con sus notas estenográficas.

En vista de que este documento no ha sido publicado hasta ahora, lo transcribo aquí íntegramente; decía así:

"Servíos manifestar a Huerta que teníamos entendido que él debería buscar un pronto arreglo constitucional de los asuntos de México, por medio de una elección libre y popular y que nuestra demora y vacilación acerca del reconocimiento se han debido a la aparente duda e incertidumbre acerca de sus verdaderos planes y propósitos. Nuestro sincero deseo es servir a México. Estamos dispuestos a ayudar en todas las formas que podamos. para lograr un arreglo pronto y halagüeño que traiga la paz y restablezca el orden. La continuación del actual estado de cosas sería funesto para México y sería susceptible de trastornar en extremo peligrosamente todas sus relaciones internacionales.

Estamos dispuestos a reconocerlo ahora a condición de que cesen todas las hostilidades, de que convoque a elecciones para una fecha próxima, pues a nuestro juicio es muy remoto el 26 de octubre de que se habla ahora, y de que él se comprometa absolutamente como requisito para nuestra acción en favor suyo, a lograr una elección legal y equitativa, con todo el mecanismo y las salvaguardias necesarias. En esta inteligencia, el Gobierno de los Estados Unidos empleará sus amistosos oficios para conseguir de los funcionarios de los Estados que ahora se niegan a reconocer la autoridad del Gobierno de Huerta, un convenio para suspender las hostilidades, mantener el statu quo hasta que se hayan efectuado las elecciones y someterse al resultado de éstas, si se desarrollan libremente y sin intervención arbitraria de ninguna especie, como hemos sugerido.

Debe insinuarse a Huerta que no es probable que el Gobierno de los Estados Unidos asienta a cualquier método de arreglo obtenido por el Gobierno de México, interesando a los gobiernos europeos a fin de que presenten su protección y ayuda, a cambio de ventajas especiales concedidas a sus súbditos o ciudadanos."

Empero, después de haber preparado esta comunicación, Wilson vaciló en enviarla a su destino. Huerta, alentado por el reconocimiento otorgado por la Gran Bretaña y los gobiernos de la América Latina, se hacía más arrogante y dictatorial y aun anunció su propósito de negar el reconocimiento diplomático al representante norteamericano en México. Wilson empezó a pensar, si aun en el caso de que el feroz dictador aceptase sus proposiciones, podría esperarse que las cumpliera. ¿Cómo era posible esperar que tal hombre hiciera elecciones legales y cediese el puesto a un nuevo Presidente elegido por el pueblo? Y una vez que fuese reconocido, siquiera fuese como Presidente interino, ¿habría algún medio, aparte de la intervención armada, de tratar con él, si faltaba a sus promesas?

Es evidente, en vista de sus cartas y documentos, que el interés de Wilson en México era más amplio y profundo que el simple problema del de reconocimiento. ¿Los Estados Unidos debían favorecer los mejores intereses de México?

¿Y cómo era posible esto si se imponía a la nación un sanguinario tirano? ¿Cómo era posible que esto fuese una ayuda positiva para el 85 por ciento del pueblo que estaba subyugado? En una palabra: no se conformaba Wilson con seguir la línea de conducta que con tanto apremio y empeño recomendaban los grandes negocios, sino que pensaba en una especie de intervenciones democráticas mexicanas y del bienestar del pueblo. Eso puede parecer idealista, pero era lo que Wilson pensaba más honda y sinceramente.

 

WILSON SÓLO PEDÍA A HUERTA QUE CONVOCARA A ELECCIONES

EL PRESIDENTE DE LOS ESTADOS UNIDOS NO TENÍA PREFERENCIAS

RECONOCIMIENTO DE EUROPA

LA ACTITUD DE LA GRAN BRETAÑA DESCONCERTÓ A LOS AMERICANOS

Capítulo II


Los informes de Hale

Habiendo demorado el envío a Huerta, del mensaje que él mismo había redactado, Woodrow Wilson acabó de eliminarlo del todo. Este acuerdo motivó una nueva acción por parte de Mr. Kruttschnitt y de las empresas petroleras que lo apoyaban, se abstenían entonces de proponer el reconocimiento pero pedían que la administración norteamericana usase sus buenos oficios para que se efectuasen elecciones en fecha próxima y para arreglar las diferencias entre Huerta y los revolucionarios del Norte.

Para entonces habían comenzado a llegar los informes del agente confidencial Hale, los cuales censuraban acremente el Gobierno provisional, y especialmente al embajador Lane Wilson, el Presidente los leyó con cuidado y los trasmitió a Bryan, con notas anexas, las cuales indicaban que daba no poco crédito a las noticias que contenían. Al mismo tiempo recibía mucha información desfavorable de otras fuentes, algunas de las cuales se referían a la actuación de los intereses financieros norteamericanos en México, y de la cual había tenido Wilson poco o ningún conocimiento.

Después de todo ¿hasta qué punto podía seguir el consejo de hombres que, aunque competentes, más se interesaban por la seguridad de sus inversiones, que por el bienestar y el buen gobierno del pueblo mexicano? Sin embargo, había que hacer algo. La situación empeoraba y el embajador Lane Wilson enviaba urgentes mensajes a Bryan:

"...aunque he sido su representante personal [del Presidente] en este puesto, por espacio de tres meses, no se me ha indicado la actitud de la administración en lo que toca al reconocimiento", decía.


Instrucciones concretas al embajador Wilson

El 14 de junio, después de una conferencia con los secretarios Bryan y Garrison, se enviaron instrucciones concretas al embajador, que constituían la primera declaración franca del nuevo Gobierno. Es imposible decir quién hizo el borrador original, que la pluma del Presidente corrigió y enmendó en su manera característica. Aunque contenía ciertas ideas de reconocimiento, Wilson empezaba por hacer hincapié en la profunda desconfianza del Gobierno de los Estados Unidos, el cual...

"Está convencido de que, dentro de México mismo, hay una fundamental carencia de confianza en la buena fe de los que dominan en la ciudad de México y en su propósito de salvaguardar los derechos y métodos constitucionales de acción."

Luego seguía diciendo, sin embargo:

"Si el actual Gobierno provisional da satisfactorias seguridades al Gobierno de los Estados Unidos de que se celebrará próximamente la elección libre de coerción y compulsión de que Huerta cumplirá su promesa original de que no será candidato en esa elección, y de que a ella seguirá una amnistía absoluta, el Gobierno de los Estados Unidos se complacerá en hacer uso de sus buenos oficios, para lograr un genuino armisticio y obtener la aquiescencia de todas las partes interesadas en el plan. También se complacería en servir de instrumento para provocar entre los jefes de los diversos partidos de México, la reunión de un Congreso que pueda prometer paz y arreglo."

El embajador Lane Wilson siguió apremiando al Gobierno de Washington en favor del reconocimiento de las autoridades provisionales y lo que fue peor, cometió la indiscreción de invitar a Huerta a comer en la Embajada norteamericana. El Presidente y Bryan quedaron consternados, y el primero de ellos escribió estas palabras en un memorándum de Hale que daba la noticia:

"Creo que Wilson debería ser retirado."

El embajador, y quizá la cosa fuese natural, se ofendía por la presencia de Hale en México. No tenía el periodista los métodos tranquilos, llenos de tacto, nada estorbosos, que formaban gran parte de las cualidades del coronel House como emisario presidencial. Su evidente posición como autoridad molestaba al embajador Wilson y producía confusión e irritación entre los funcionarios mexicanos. El embajador protestó ante Bryan por la intervención de Hale en la ciudad de México, y más tarde, el mismo Hale informó al Presidente que se creía en peligro de ser aprehendido por las autoridades.

Sin embargo, sus informes ejercieron mucha influencia sobre el Presidente y sirvieron para apresurar el retiro del embajador.


Entra en escena la Gran Bretaña

Otra fase de la complicada situación, la actitud de los gobiernos extranjeros, causaba a Wilson constante inquietud. El reconocimiento de Huerta por la Gran Bretaña contrarió a Wilson. Fue seguido por una acción semejante de España, China, Italia, Alemania, Portugal, Bélgica, Noruega, Rusia, y más tarde, por las más de las naciones latinoamericanas. La llegada del embajador japonés a la ciudad de México se caracterizó por manifestaciones que indicaban un sentimiento hostil a los Estados Unidos en la capital y que vinieron a agravar la ferocidad de Huerta.

En el caso de la Gran Bretaña, tanto Wilson como Bryan estaban convencidos de que los grandes intereses petroleros encabezados por Lord Cowdray, eran en gran parte responsables del reconocimiento de Huerta, y había muchas circunstancias que confirmaban tal creencia; Walter Page, embajador de los Estados Unidos en Londres, escribió a Washington en julio, diciendo que el ministro mexicano en Londres le había manifestado que era grande la influencia de las empresas petroleras, en vista del contrato que tenía la flota inglesa de guerra con la compañía de Lord Cowdray. Los desórdenes en México no sólo ponían en peligro los intereses consagrados, sino que si se prolongaban demasiado, podrían amenazar las fuentes mismas de abastecimiento de las naves británicas.


No hubo entendimiento con la Gran Bretaña

Es de lamentar que en este terreno no haya habido una inteligencia más pronta y una mejor colaboración diplomática entre Inglaterra y los Estados Unidos; se hubiesen evitado muchas confusiones, pérdidas y derramamiento de sangre.

El ministro de Relaciones Exteriores de Inglaterra, Sir Edward Grey, era de opiniones liberales, como Wilson, y si los dos hombres se hubiesen puesto en contacto, se habría observado que compartían muchos modos de ver.

Mas no había instrumento adecuado para provocar tal inteligencia. La crisis se había producido en un desdichado intervalo entre dos gobiernos de los Estados Unidos. Debido al cambio operado en la política norteamericana, y a la ascensión de un partido que por espacio de 16 años no había empuñado las riendas del Gobierno en Washington, los que dirigían las relaciones exteriores eran novicios.

Wilson, como se ha visto, tenía escasos conocimientos acerca de México y de la técnica diplomática. Y aunque Bryan había visitado ese país, era probable que tuviese menos conocimientos aún. En todo caso, Wilson quería ser su propio secretario de Estado.

Page, el nuevo embajador en Londres, y el coronel House, no eran más experimentados. Siempre se necesita tiempo para que aun los hombres más hábiles dominen complicaciones tales como las que presentaba la situación de México. Ciertamente que podía Wilson consultar más ampliamente a los peritos del Departamento de Estado, aún podía haber seguido sus consejos, con la confianza de que si no avanzaba, tampoco incurría en graves errores, pero tanto él como Bryan habían llevado al Gobierno ideas progresistas y desconfiaban de la silenciosa, lenta, poderosa y a veces muy útil burocracia permanente del Departamento de Estado, que era tradicional hasta la médula y que bajo tres gobiernos había trabajado bajo la dirección de los republicanos.


Paralización de las relaciones normales

Pero el empleo de embajadores especiales o secretos, tales como House, Hale, Lind, aunque presentaba ciertas ventajas y reportaba a Wilson muchos informes recogidos por hombres que compartían sus opiniones liberales, tendía a paralizar las relaciones normales y el acuerdo entre el Departamento de Estado y los ministros de Relaciones de los demás países, ese sistema debía ejercer un profundo efecto, no sólo en el problema mexicano, sino también, más tarde y más gravemente, en la Guerra Universal.

Por ejemplo, quizá el coronel House, con el deseo más sincero de ayudar a Wilson, haya agravado las dificultades con que éste tropezaba, al tratar de explicar a Sir Edward Grey lo que él mismo no entendía claramente acerca de los asuntos mexicanos. Era una situación extraordinaria. House había hablado con el Presidente poco después de la conversación de éste con el juez Haff cuando se pensaba en el mensaje que proponía el reconocimiento de Huerta, siempre que hubiera elecciones legales, mensaje que, como hemos visto, nunca fue despachado a México. Poco después, House partió para Europa.

No hay indicios de que después de su partida haya sido advertido en alguna forma sobre los rápidos cambios del problema, y sin embargo, al reunirse con Sir Edward Grey por vez primera, el 3 de julio, expuso con una seguridad completa el modo de pensar de Wilson acerca del problema de México. Y como House era representante personal de Wilson pues llevaba cartas que eran inequívocas credenciales, Grey no tenía motivo para dudar de lo que le decía. House da una relación de la entrevista con Grey, en su diario personal; dice así:

"Le manifesté que el Presidente no quería intervenir y que estaba dando a las diferentes facciones todas las oportunidades para reunirse. Quiso saber Grey si el Presidente se oponía a determinada facción. Le dije que, según pensaba yo, no tenía importancia para mi Gobierno el que ocupara el poder una u otra facción, siempre que se salvaguardara el orden. Creía yo que mi Gobierno habría reconocido al Gobierno provisional de Huerta si éste hubiese cumplido su promesa, dada por escrito, de convocar en breve a elecciones y aceptar el resultado de ellas."


Se tergiversaban los propósitos de Wilson

House estaba tergiversando fundamentalmente los propósitos de Wilson, porque aunque en verdad que tenía razón al decir que el Presidente no deseaba intervenir al afirmar que "importaba poco qué facción llegara al poder, siempre que se salvaguardara el orden", interpretaba fundamentalmente las principales finalidades de Wilson, tales como son reveladas por los archivos.

Después de oír de labios de House una exposición de las opiniones de Wilson, no era contrario al orden natural de las cosas que Grey hiciera uso de su influencia para recomendar al Presidente que reconociera a Huerta como jefe provisional del Gobierno mexicano.

Desorientados, sin duda, por no comprender la actitud de Washington y urgidos por sus empresas petroleras, los ingleses nombraron a Sir Leonel Garden para que se encargara de la Legación en la ciudad de México. Apenas habría sido posible tener otro nombramiento más desagradable. Garden había servido varios años en las legaciones británicas de la América Central y las Indias Occidentales, era un imperialista económico y notoriamente antiamericano. El secretario Knox había insinuado al Gobierno inglés dos veces que el retiro de Garden, el cual estaba a la sazón en Cuba, sería lisonjero para los Estados Unidos, pero la insinuación fue desoída y Garden recibió el título de caballero.

Hacia el mes de julio, Wilson había ido más allá del punto en que estaba dispuesto a considerar el reconocimiento, siquiera provisional, de Huerta, y comenzaba a entender más claramente que nunca, que sus verdaderos antagonistas eran los petroleros y otros propietarios de intereses consagrados en México, tanto norteamericanos como ingleses. Por eso escribió:

"Tengo que detenerme y recordar que soy Presidente de los Estados Unidos y no de un pequeño grupo de norteamericanos con intereses consagrados en México."

El embajador Lane Wilson se hacía más apremiante en un mensaje, el cual decía en parte:

"...me veo obligado de nuevo a exponer al Presidente, que persuada de una acción de índole severa y convincente, que persuada al Gobierno y a este pueblo de que es preciso garantizar las vidas y haciendas de nuestros nacionales y de que debe cesar la bárbara e inhumana guerra que se ha desarrollado por espacio de tres años".


Henry Lane Wilson llamado a Washington

La respuesta de Wilson consistió en llamar a Washington al embajador, para "una consulta relacionada con la situación mexicana", pero con la idea de destituirlo. Lane Wilson llegó a Washington el 25 de julio y el 28 fue a ver al Presidente a la Casa Blanca.

El 4 de agosto, Bryan informó al embajador que Wilson había decidido aceptar su renuncia, ya que era evidente que había una amplia divergencia en sus opiniones respecto a la política hacia México.

¿Por qué tuvo Wilson en su puesto, aún por cinco meses, a un embajador que evidentemente simpatizaba tan poco con las opiniones y los designios del nuevo Gobierno? En primer lugar no hay duda que el Presidente suponía que su representante en México [un embajador es el portavoz de su Gobierno] aceptaría inmediatamente las consecuencias de su declaración del 11 de marzo y, especialmente, las instrucciones del 14 de junio, y que haría todo lo posible por colaborar con él. Claro está que tenía derecho a esperar esto. Cuando se aclaró que el embajador no sólo se oponía a los designios de su jefe, sino que hacía lo más que podía por derrotarlo, y seguía aferrado a su empleo, es probable que el Presidente haya vacilado en llamarlo, pensando que un cambio en tan críticos momentos aumentaría la gravedad de las dificultades que él esperaba resolver en breve.

Por ende era patente que Wilson no quería obrar precipitadamente en un problema acerca del cual estaba tan poco informado, pero había otra fase personal o "temperamental", repugnaba a Wilson particularmente los cambios de personal. Durante todo su Gobierno pareció preferir seguir trabajando con un funcionario que era severamente atacado, o de quien él desconfiaba, antes que afrontar la dificultad de nombrar otro y adiestrarlo.


La misión de John Lind

A grandes pasos se hacía más caótica la situación de México, y al mismo tiempo que se extendía en el Norte la Revolución contra Huerta, el obstinado y viejo indio afianzaba su posición en la capital.

De todas partes se urgía a Wilson, o a que empleara la fuerza en una forma o en otra, o a que reconociese a Huerta. Mas el empleo de la fuerza podría comprometer a los Estados Unidos en una guerra y enajenar aún más los buenos sentimientos de la América Latina ya recelosa de las intenciones del Gobierno de Washington. Por otra parte, no interviniendo, se ponía en riesgo las vidas y haciendas de los norteamericanos, se sublevaba a la opinión de los Estados Unidos y se lesionaba el prestigio del país, así en Europa como en la América del Sur.

Wilson se había abstenido de actuar, buscando más luz, esperando, contra toda esperanza, que de alguna manera la situación se resolviese por sí sola y que los mexicanos arreglaran sus problemas sin intervención extraña, pero estaba inquieto.


"Manejar cosas como ese bribón de Huerta..."

"Trabajo mucho... pero no es eso lo que fatiga a un individuo -escribía a la señora Edith E. Reid-, sino la ansiedad que causa el manejar 'cosas' como ese bribón de Huerta, y todos aquellos asuntos en que parece que se toca mercurio: asuntos en que los juicios y principios no proporcionan ninguna norma".

Habiendo llamado a Washington al embajador, pensó Wilson que había que hacer alga positivo, y a fines de julio acordó enviar un representante personal a México, para que expusiera sus opiniones acerca de un arreglo satisfactorio. La declaración que debería trasmitir era, por su brevedad, claridad y "puntos", la precursora de las grandes proposiciones de una época posterior, cuando iba a liquidarse la guerra. El memorándum original, escrito en su máquina por el Presidente y corregido de su puño y letra, está aún entre sus papeles.

Aunque fue redactado en términos firmes, era cordial en todos aspectos, por más que algunas de sus frases: "Tratamos de aconsejar a México por su propia bien", tenían el tono de "tutela" que tanto irritaba a la América Latina.

Decía que no se avanzaba en México hacia el establecimiento de un Gobierno "que el país obedeciese y respetase" y que, por lo tanto, "ofrecemos nuestros buenos oficios, porque las potencias del mundo esperan que obremos como los amigos más próximos de México". De nueva aclaraba que "los Estados Unidos se juzgarían desacreditados si obraban con finalidades egoístas o ulteriores en las transacciones en que estaban entrañadas la paz, felicidad y prosperidad de un pueblo entero".


Huerta, ni candidato en las elecciones

La circunstancia relevante de sus proposiciones, naturalmente que no sugería el reconocimiento de Huerta en ninguna contingencia. Había más: Ni candidato debía ser Huerta en las elecciones.

Bryan aprobó firmemente la declaración y propuso al mediador, John Lind, radicado en Minnesota, sueco de nacimiento, ex miembro del Congreso General y ex Gobernador de ese Estado. No hablaba el castellano, ni tenía experiencia en la diplomacia; pero era un hombre de firme honradez y de buen juicio.

Lind tuvo una conferencia con el Presidente y el secretario de Estado el 2 de agosto. Wilson leyóle la declaración que había preparado y le entregó una carta credencial, escrita por él mismo y dotada de la mayor autoridad. Bryan envió una nota, revisada por Wilson, a varios de los principales diplomáticos, con la esperanza de obtener su buena voluntad para el plan del Presidente.

Algunas gobiernos, de buen grado, pidieron a las autoridades mexicanas que escuchasen amistosamente al emisario presidencial, Sir Edward Grey telegrafió al ministro inglés en la ciudad de México, rogándole "que informara extraoficialmente al Gobierno mexicano, que si se negaba a recibir a alguien, enviada en misión por el Gobierno de los Estados Unidos, o a escuchar lo que quería decir en un espíritu amistoso, incurriría a nuestro juicio, en un grave error y perjudicaría a México". Francia, aunque tardíamente, aconsejó también un espíritu conciliador, y Alemania obró en la misma forma, pero con renuencia.

"Por desgracia, es claro -telegrafiaba el embajador americano en Berlín, Joseph C. Grew- que las opiniones del Gobierno alemán son diametralmente opuestas a la del Gobierno de los Estados Unidos."

Negociaciones como las que reseñamos no podían ser desarrolladas calladamente, y la llegada de Lind a México, así como los indicios de la oposición del Gobierno de Huerta, llenaron las columnas de la prensa de rumores más o menos pasmosos.

 

Fuente:


DOCUMENTOS HISTÓRICOS DE LA REVOLUCIÓN MEXICANA. Revolución y Régimen Constitucionalista I.
Editados por la Comisión de Investigaciones Históricas de la Revolución Mexicana bajo la dirección de ISIDRO FABELA.
Fondo de Cultura Económica. Primera edición, 1960. pp.417-429.

Y también en:

DOCUMENTOS HISTÓRICOS DE LA REVOLUCIÓN MEXICANA.
Revolución y Régimen Constitucionalista. Volumen 1° del Tomo I.
Fundador: Isidro Fabela 
Editados por la Comisión de Investigaciones Históricas de la Revolución Mexicana bajo la dirección de JOSEFINA E. DE FABELA.
Coordinador: ROBERTO RAMOS V. Investigadores: LUIS G. CEBALLOS, MIGUEL SALDAÑA, BALDOMERO SEGURA GARCIA, HUMBERTO TEJERA.
EDITORIAL JUS, S. A. MÉXICO, 1968.