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Siglo XX > 1920-1929 > 1929

Discurso del Ingeniero Luis L. León en la Convención Constitutiva del Partido Nacional Revolucionario.
Marzo 1, 1929

Compañeros:

En nombre de la Revolución todopoderosa, de fuerza capaz para arrancar de sus hogares a los hijos del Pueblo y de convertirlos, de pacíficos y atropellados ciudadanos por una dictadura, en enérgicos campeones de una causa noble y justa que transformará radicalmente a nuestro país; en nombre de la Revolución todopoderosa, que ha hecho vibrar las fibras del corazón de las grandes muchedumbres mexicanas, llevándolas al sacrificio y a la abnegación, haciéndolas pasar por las más cruentas miserias y que ha dejado como cauda trágica una teoría dolorosa de viudas y de huérfanos; en nombre de la Revolución todopoderosa, camaradas, en esta Magna Convención de la Revolución, ¡Salud! (Aplausos.)

La vida de la República, desde el advenimiento de la atmósfera revolucionaria, se ha transformado lenta, pero definitivamente, y las viejas ideas y las viejas filosofías que reinaron en este país, impuestas por la fuerza bruta al servicio de un grupo privilegiado, no pueden alentar ni respirar en la atmósfera purificada por la Revolución; y el país, transformándose al golpe de maza del pueblo armado y de la Revolución hecha gobierno, ha venido evolucionando en su vida nacional para llevarnos poco a poco a la conquista, en lo político, de las grandes doctrinas democráticas, de los grandes principios de Gobierno del pueblo por el pueblo, y, en lo económico, a la transformación social, liberando al proletariado de la República de las viejas y oprobiosas explotaciones de los capitalistas. (Aplausos.)

Era natural que la herencia del pasado, de los prejuicios del medio en que nos formamos y en que hemos vivido, todavía deprimieran nuestros espíritus y nos hicieran seguir caminos cada vez más avanzados, lentamente, encontrándonos con un sinnúmero de obstáculos y con fuerzas conservadoras oponentes que había que vencer y que había que destruir.

Por eso la Revolución, en lo político, al hacerse Gobierno, siguió evolucionando en sus procedimientos democráticos. Por la herencia del pasado y por las condiciones mismas de la realidad, teníamos que seguir atenidos en nuestros manejos y en nuestro camino a la luz y guía que nos trazaron nuestros grandes caudillos. (Aplausos.)

Y en los últimos tiempos, al orientarse la política nacional, por lo que concierne a la familia revolucionaria, nosotros descansamos en que los grandes problemas nuestros, en los momentos de crisis, en los momentos difíciles y los momentos de peligro, fueron resueltos siempre por dos grandes corazones y por dos grandes cerebros: por Alvaro Obregón y Plutarco Elías Calles. (Aplausos.) (Voces: ¡Viva el Gral. Obregón! ¡Viva el Gral. Calles!)

Pero vino la hiena clerical que asesinó brutalmente al General Obregón , y perdimos al Caudillo máximo de la Revolución. Y las circunstancias políticas del momento, planteando un tremendo problema para el país, hicieron también que el otro gran Jefe, nuestro caudillo, se retirara voluntariamente a la vida privada. La Revolución que siempre había contado con Jefes, que siempre había contado con caudillos, llegó en ese momento a su mayoría de edad, ya carecía de tutores. Ahora nosotros, señores, hemos entrado a la mayor edad y somos responsables de nuestros actos. (Aplausos. )

Hemos venido aquí, camaradas, hemos venido aquí, precisamente, con la mirada puesta en el ejemplo de nuestros grandes caudillos, pero con la conciencia de nuestra propia misión histórica, a decir a la Nación que como revolucionarios, aceptamos la fuerza de nuestros grandes Jefes; ya no tenemos la sombra de sus grandes figuras, ni el peso de su personalidad, ni el consejo de su gran talento para resolver nuestra situación y nuestros problemas. Ahora, para encaminar al país dentro de su vida democrática, no tenemos otra fuerza que nuestra unión. (Aplausos.)

Y si el asesinato clerical, por una parte, y el alejamiento voluntario, por la otra, nos han privado de nuestros magnos abanderados, nos queda la fuerza de la Revolución, el concurso de todas las voluntades, la unión de todos los revolucionarios del país, de los revolucionarios que todavía conmueven a las muchedumbres porque les hacen justicia, y dentro de esa fuerza, y con esa unión, y ese haz de voluntades sabremos labrar las personalidades del Partido Nacional Revolucionario.

Hay que hacer un esfuerzo sobre nosotros mismos, que es la victoria más cara y más difícil, pero también la más definitiva, para vencer la herencia que el pasado proyecta sobre nuestros espíritus y acallar los prejuicios personalistas para que en esta asamblea no triunfen las personalidades, sino que sea el triunfo definitivo y glorioso de la Revolución. (Aplausos.)

Y por esto, compañeros, en este momento en que ese prejuicio personalista, en que esa ambición desmedida que no se controla, en que ese deseo a todo trance de obtener un triunfo aunque vaya en contra de los intereses de la Revolución, ha venido a plantearnos un problema, en este momento, yo acudo al espíritu revolucionario de ustedes para que acallen el sentimiento personalista, para que se venzan a sí mismos y obtengan una de sus mayores victorias, y para que invitemos a los compañeros que por un prejuicio no han venido a este recinto, a que concurran, porque son revolucionarios y son compañeros nuestros.

Yo invito a todos los compañeros a la serenidad. (Aplausos.) Yo invito a todos los compañeros, a que conscientes de nuestra responsabilidad en estos momentos difíciles, tengamos un sentimiento de armonía y de atracción para nuestros amigos que no concurrieron hoy a esta Asamblea; y para los que estén envenenados de interés, aquellos que aman más el triunfo de una personalidad, el interés mezquino y bastardo, que el triunfo de la Revolución, para que eso, digo, se pinten por sí solos por su falta de asistencia. (Aplausos.)

Hagamos un fraternal llamamiento y para los que quieran venir a formar en nuestras filas, aquí están sus lugares; es tiempo de que pasen lista de presentes. (Aplausos.)

Yo tengo plena confianza en que en esta Asamblea triunfará la Revolución. Con el llamamiento cálido, generoso y honrado del General Pérez Treviño, han vibrado las almas de todos ustedes, y en estos momentos creo yo ver aquí las fuerzas revolucionarias vivas de todo el país, congregándose para formar el Partido Nacional Revolucionario que será la salvación definitiva del futuro de México. (Aplausos.)

En este mismo ambiente todavía palpitan las voces revolucionarias de los constituyentes que aprobaron los artículos 27 y 123 de la Constitución. (Aplausos.) Y a pesar de la atmósfera levítica que los conservadores de Querétaro hayan querido agitar en esta ciudad, el Teatro de la República ha conservado la atmósfera de la Revolución. (Aplausos.)

Tengo plena confianza en que todos estaremos a la altura de nuestro deber, y en que, cuando vayamos a distribuirnos en las regiones de donde hemos venido, llevaremos la buena nueva a todos los nuestros, de que aquí en Querétaro no ha triunfado una personalidad, sino que aquí ha triunfado la Revolución. (Aplausos.)

Cumpliremos con nuestro deber y organizaremos el Partido Nacional Revolucionario y le daremos la base sólida de los principios revolucionarios y de la unión de todos los hombres y de todas las organizaciones, a base de buena fé y de respeto de los derechos mutuos. Triunfaremos y llevaremos de aquí victoriosamente a través de la República la bandera de la Revolución; y ante la tumba de nuestros héroes y de los mártires de nuestro pueblo, no tendremos que enmudecer ni que arrepentirnos de haber concurrido a esta Asamblea.

Tengo por seguro que de Yucatán a Sonora, los mártires de la Revolución estarán satisfechos de nuestra obra, y que en Yucatán, Felipe Carrillo Puerto, desde su tumba, sonreirá a toda la República, y desde Sonora, nos saludará satisfecho el espíritu glorioso de Álvaro Obregón. (Aplausos.) (Voces: ¡Viva el General Obregón! ¡Viva Luis León!)

Fuente:

Historia Documental del Partido de la Revolución. Tomo I.
Partido Revolucionario Institucional / ICAP.
México, 1981, páginas 94 a 97.