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Siglo XX > 1920-1929 > 1928

Discurso pronunciado por el General Álvaro Obregón, en Aguascalientes, el día 16 de marzo de 1928, relativo al triunfo de la revolución. El hecho a que se debió, y los nuevos estatutos que habrán de regir a la familia mexicana.
Aguascalientes, 16 de marzo de 1928.

Muy difícil resultaría para los que fuimos actores en los importantes acontecimientos históricos que se desarrollaron en este recinto, poder substraernos a la influencia que produce en nuestro espíritu el recuerdo de aquellos días.

Era Aguascalientes el escenario donde se discutían los destinos de la Revolución, cuando se pretendía conjurar en ella la primera escisión entre los elementos armados.

Fué en este recinto donde las diversas facciones que habían logrado derrocar al Gobierno de la dictadura, se dieron cita para ver si lograban llegar a un arreglo que les permitiera resolver las controversias que motivaban las fricciones que se habían suscitado; pero resultaba una tarea muy difícil, porque el verdadero origen de la escisión lo generaban las aspiraciones o ambiciones, como quiera llamárseles, que cada grupo o cada facción armada venía sustentando para llegar al poder, cada facción creía que disponía de un número mayor de fuerzas materiales, y bajo el amparo de ese falso derecho, se creía llamada a regir los destinos de la Patria.

Fue por esto que fracasaron todos los trabajos de la Convención; fue por esto que naufragaron todos los anhelos, todas las esperanzas que una gran mayoría de los convencionistas sustentábamos de buena fe, ante las pretensiones de los que no venían, como nosotros, inspirados en intereses superiores.

Fue entonces cuando se pretendió acallar las manifestaciones del espíritu con los estallidos de la pólvora, y fue entonces cuando se pensó erróneamente que la Revolución había fracasado, porque habían fracasado los convencionistas de Aguascalientes.

Y yo tengo la impresión, señores, de que el triunfo definitivo de la Revolución tuvo su origen en el fracaso de la Convención de Aguascalientes.

El fracaso de la Convención de Aguascalientes, que sirvió para ensoberbecer a unos y para amedrentar a otros, llevó a la conciencia de la Primera Jefatura del movimiento revolucionario, la evidencia de que no podía satisfacer los anhelos de la reivindicación y de reformas que el pueblo exigía como un exponente de sus aspiraciones, el famoso Plan de Guadalupe, que había sido escrito como bandera de aquel gran movimiento revolucionario contra el gobernante usurpador de Victoriano Huerta; y fue después del fracaso de la Convención de Aguascalientes, cuando la Primera Jefatura y los hombres que con ella colaborábamos nos dimos cuenta de que sin una bandera que interpretara las aspiraciones nacionales, no podríamos vencer a las fuerzas materiales que con la División del Norte pretendían destruir la obra misma de la Revolución.

Fué después de la retirada a Veracruz, cuando en aquel puerto se establecieron las bases substanciales que servirían después de médula a la moderna legislación, que dejó insatisfechas a las legislaciones venideras.

Convencida la Primera Jefatura de la Revolución, de que no podía satisfacer los anhelos de las masas populares; convencida la Primera Jefatura de que el fracaso de Aguascalientes se debía principalmente a que ningún programa social fué discutido sobre la carpeta de la Convención, y que más que ideas, más que la elocuencia del espíritu, se pretendía resolver el problema con la elocuencia de los puños, se hicieron los nuevos estatutos sociales en el Puerto de Veracruz, y se inscribieron en nuestras banderas revolucionarias para salir al Norte a encontrar los que creían que los puestos públicos y la conciencia pública podían conquistar aquellos que tuvieran a su disposición mayor número de bayonetas.

El pueblo mexicano empezó a orientarse, empezó a sentir estímulos de su espíritu con aquella nueva organización que la Primera Jefatura le ofreciera con el triunfo definitivo de las armas revolucionarias, y fué así como el espíritu público empezó a imponerse para vencer los escollos materiales que el enemigo común de sus liberaciones le presentaba.

Así vimos triunfar al pueblo en un esfuerzo generoso y perseverante, estimulado por la realización de aquellas conquistas.

Tuvimos entonces que aceptar como un hecho histórico cuya trascendencia ya estamos palpando, que el fracaso de la Convención de Aguascalientes no fué sino el triunfo definitivo de la Revolución, porque se impusieron entonces los imperativos del espíritu sobre las pretensiones de la fuerza.

Después, ¿cuáles han sido nuestros principales problemas?

La lucha eterna para despojar a nuestro ambiente de la serie de prejuicios y consejas que los eternos enemigos del progreso y del bienestar colectivo han querido llevar al espíritu de las masas para desorientarlas, para engañar la conciencia pública.

La tarea de nosotros es ésta: venir explicando cuáles son los anhelos que nos animan, cuáles son las esperanzas que alientan nuestras fuerzas, cuáles son las fórmulas que habremos de usar para merecer ante el pueblo la confianza que éste está depositando en nosotros, y venimos a la conclusión de que los nuevos estatutos sociales que habrán de regir a la familia mexicana, satisfacen ampliamente a una gran mayoría de ella y sólo resultan afectados unos cuantos elementos que tienen que seguir queriendo emponzoñar nuestro espíritu y desorientar nuestra conciencia.

Es necesario entonces que formemos gobiernos que sepan interpretar esos estatutos, que sepan ponerlos en vigor y dar a todos protección y facilidades para que cada quien disfrute de todos sus derechos.

Una de las causas que determinaron mi retorno a la vida política, consistió precisamente en la evidencia que tengo de que México jamás podrá resolver uno solo de sus problemas si no tiene, como en la actualidad, un gobierno de facción, un gobierno esencialmente nacional; un gobierno sectario, no podría, en estos momentos, controlar fuerzas materiales y morales bastantes para representar el equilibrio que debe guardar un estadista para que todas las fuerzas de la Nación, puedan desarrollar sus actividades, del mismo amplio margen de protección que dan nuestras leyes.

Era necesario, entonces, la creación de un gobierno que tuviera esas características, y yo sacrifiqué una parte de mi modestia cuando dije en mis declaraciones en que aceptaba figurar como candidato, cuáles eran las fuerzas en que creía apoyar mi candidatura; las enumeré con toda claridad, las enumeré con toda franqueza, y los hechos han venido a demostrar que yo tenía razón.

Hemos visto en todas partes, en los recorridos que hemos venido realizando en esta jira política, que no es un solo grupo, que no es una bandería política, que no es un núcleo sectario el que se agrupa alrededor de nosotros; que es una gran mayoría de las voluntades del país, que vienen a ofrecernos sus simpatías y su confianza para que haciéndonos dignos de ellas, sepamos corresponder a la alta misión que el pueblo nos está señalando.

En este día, en que nos encontramos en la histórica ciudad de Aguascalientes, tenemos que remover aquellos días de dolor, aquellos días de tragedia, en que las madres y las esposas pagaban largas horas de insomnio, como tributo al peligro constante en que estaban sus familiares.

Yo quiero en esta ocasión agradecer muy cordialmente a todas las clases sociales del Estado de Aguascalientes, que se han dado cita en la estación, primero, y en este teatro después, para venir a patentizarnos su simpatía y su confianza, y ofrecerles que pondré al servicio de esa confianza y esa simpatía todo el contingente de mi voluntad, todo el contingente de mi esfuerzo personal y de mi modesta mentalidad para la realización de los problemas nacionales en que está interesada la gran mayoría de nuestros ciudadanos.

Fuente:

Discursos del General Álvaro Obregón. Biblioteca de la Dirección General de Educación Militar. México, 1932. Dos tomos. Segunda Parte. Discursos de 1924 a 1928. 505 pp. Páginas 331 a 339.