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Siglo XX > 1920-1929 > 1928

Discurso pronunciado por el General Álvaro Obregón, el día 12 de marzo de 1928, en la ciudad de Irapuato, Gto.
Irapuato, Guanajuato, 12 de marzo de 1928.

Decía yo en alguna ocasión, que entre los frutos que la Revolución ha dado, encontramos el de que ahora ni los gobernantes están tan arriba ni los gobernados están tan abajo que no puedan vivir en una franca comunión de ideas, constituyendo una sola entidad moral para ponerse en un esfuerzo común al servicio de los intereses colectivos.

Después de la revolución, la mentalidad del pueblo mexicano ha cambiado mucho, y ahora estamos conscientes de que el papel de una autoridad que quiera merecer este alto título, consiste en servir con fidelidad y honestamente los intereses colectivos, morales y materiales que le confían los que la elijan para tan elevado cargo.

Muy difícil resultaría definir dónde terminan los límites de los intereses materiales, y dónde empiezan los de los intereses morales, porque los intereses materiales empiezan a constituir una parte de la moralidad pública.

Sin intereses materiales, no puede ser una realidad el bienestar colectivo, y pugnar por el bienestar colectivo, es una función del Estado, esencialmente moral; es moral elevar el nivel económico de las masas populares, y sin aumentar el acervo de sus intereses materiales, de sus emolumentos materiales, no puede realizarse esa idealidad.

México está viviendo el período de transición más interesante de su historia.

En tiempos pasados, los movimientos que se realizaban en México eran esencialmente políticos y se encaminaban principalmente a cambiar los funcionarios públicos, deponiendo a los que resultaban vencidos y usurpando por la violencia el Poder, los que resultaban vencedores.

De acuerdo con las doctrinas de la Revolución, hemos venido a la conclusión de que al Poder no deben asaltarlo por la violencia los hombres que tienen bajo su mando un mayor número de fuerzas armadas; hemos llegado a la conclusión de que es la soberanía nacional la única que puede designar a sus representantes para los poderes públicos de la Nación y que la soberanía nacional radica en la voluntad del pueblo.

Es por eso que los hombres que hemos aceptado la complicada misión de gobernar al país, hemos venido de ciudad en ciudad y de pueblo en pueblo para auscultar la opinión de nuestros puntos de vista, y saber, si efectivamente nos apoyan para representar el poder público.

Para nosotros los que asumimos la dirección de este gran movimiento evolutivo, la tarea principal consiste en saber interpretar las diversas etapas en que tiene que desarrollarse esta evolución, saber interpretar conscientemente cuándo termina el período de la tragedia, el período de las lágrimas y de la sangre, en saber interpretar cuándo empieza el período de la inteligencia, la armonía y la reconstrucción, para que así puedan los que nos sucedan pulimentar nuestra obra, que naturalmente tendrá que adolecer de muchos defectos, primero, por la falta de preparación de los hombres que representamos al pueblo, y segundo, por la oposición que tenemos que vencer entre los elementos reaccionarios, y es natural que toda obra que se hace bajo la influencia de una pugna consciente, debe de adolecer de mayores irregularidades y de mayores vicios que una labor que se desarrolla apaciblemente, dentro de una situación normal en que los ánimos y las inteligencias pueden colocarse siempre sobre planos superiores.

Hemos terminado el período de la tragedia; ya tío será necesario que los campesinos vuelvan a ofrecer su sangre para conquistar con la violencia lo que está escrito en nuestras leyes.

Bastará con que los campesinos, los obreros, la clase media, todas las fuerzas del país que están enroladas en la misma ideología revolucionaria, seleccionen su personal para que las represente en los puestos públicos y exijan conscientemente las responsabilidades que asuman al aceptar sus altas investiduras.

El período de reconstrucción nacional es el que tenemos enfrente y en pleno desarrollo, y él exige que todos y cada uno de los que nos enrolamos en este gran movimiento evolutivo, pongamos a su servicio el contingente máximo de nuestro músculo y de nuestra inteligencia, que organicemos a los campesinos, a los trabajadores del taller, a los empleados, a todas las clases que trabajan, para que puedan mutuamente defenderse y ayudarse, cooperando más eficazmente con el Estado en la reconstrucción de sus problemas.

Las clases adineradas, por las facilidades que su posición económica les brinda, no necesitan de ese apoyo del Estado; ellas tienen bastantes elementos para proteger y defender sus intereses y sólo deben exigir todo el amparo que a sus intereses y a sus personas les otorgan nuestras leyes, y ojalá que en lo sucesivo no pretendan inútilmente seguir usando sus elementos para mutilar las libertades públicas, pero si esos hombres siguen cometiendo el error de oponer una resistencia a esa evolución que México está realizando para buscar una posición más adecuada con su decoro en el concierto universal, entonces, los hombres de la Revolución demandaremos de todos nuestros compañeros nuevos sacrificios, y seguiremos venciendo los esfuerzos que la reacción pretenda realizar inútilmente para oponerse al desenvolvimiento de nuestro programa.

Al Estado de Guanajuato le corresponde desempeñar un papel muy visible en este movimiento. Guanajuato, por su cultura, por su situación geográfica, por la densidad de su población y por haber sido el teatro principal de las grandes tragedias de nuestra Revolución, tiene que ocupar un papel que corresponda a su pasado y a las características que lo distinguen en sus últimos movimientos, ha demostrado estar capacitado perfectamente para la defensa de sus intereses cívicos, ha realizado una evolución que le ha permitido, con una conciencia que lo hace digno de la victoria que obtuviera, que fuera la ley, y únicamente la ley, la que resolviera la controversia política en que se vio empeñado.

Ya no será necesario entonces que los hijos de este Estado se preparen para la lucha; será necesario solamente que sus directores los organicen convenientemente, los ilustren constantemente y los entrenen, como diría un americano, hasta que sepan proteger y defender sus derechos, y en esta labor, que yo espero que será acertada y fecunda, contarán con la dirección, acertada y fecunda también, de su joven Gobernador, el señor Arroyo Ch.

Para terminar, señores, quiero enviar por el conducto de ustedes un saludo a todos los compañeros campesinos que no pudieron concurrir a esta fiesta, y decirles que en la lejana población de Teziutlán una catástrofe que el destino decretó en contra de los trabajadores, hizo que perecieran en el fondo de las minas un número considerable de mineros, de los que necesitan del esfuerzo diario para llevar el pan a sus hogares, y en estos momentos en que el regocijo invade nuestros espíritus, porque celebramos la fiesta del civismo, también debemos dedicar un recuerdo de confraternidad a los desventurados compañeros que perecieron en el noble ejercicio del trabajo.

Fuente:

Discursos del General Álvaro Obregón. Biblioteca de la Dirección General de Educación Militar. México, 1932. Dos tomos. Segunda Parte. Discursos de 1924 a 1928. 505 pp. Páginas 323 a 330.