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Siglo XX > 1920-1929 > 1927

Discurso pronunciado por el General Álvaro Obregón, el día 27 de noviembre de 1927, en Toluca, Méx.
Toluca, Estado de México, 27 de noviembre de 1927.

De 1910 a la lecha, la Revolución se ha visto muchas veces en peligro; se ha visto muchas veces en peligro, porque sus directores han incurrido, o hemos incurrido, si me vale la palabra, en el error substancial de suponer que la Revolución ha triunfado en algunas de las épocas en que sus movimientos sociales y políticos han determinado un triunfo transitorio.

Incurrir en el error de que la Revolución pueda triunfar definitivamente algún día, es colocar una ventaja en las manos de nuestros adversarios.

La Revolución mexicana no puede pensar en obtener la victoria definitiva en ninguna de las épocas de su lucha, porque sustenta en sus anhelos una nobilísima generación de aspectos sociales y de aspectos humanitarios y políticos, que no son sino la eterna lucha entre el bien y el mal, que no es sino la eterna lucha entre los valores morales y espirituales contra los valores materiales; y mientras existan los grandes intereses materiales y mientras existan espíritus vigorosos que se enfrenten a ellos para subyugarlos y hacer preponderar en la Patria los intereses morales y los anhelos espirituales, la lucha tiene que ser eterna; eterna, sí, porque el bien y el mal aparecieron sobre el haz de la tierra, con los primeros hombres que la poblaron, y desaparecerán de la tierra, cuando hayan desaparecido los últimos hombres sobre ella.

Es necesario, entonces, que nos demos cuenta, todos, que la lucha está latente; que las pequeñas treguas que nos da la reacción, no son sino una estratagema para ver si nos ofusca la victoria, y quebrantamos nuestra energía entregándonos a los apetitos y a las luchas de grupos que, generalmente, se suscitan entre el Partido Revolucionario cuando sus directores creen que han obtenido la victoria.

Es necesario pensar que toda nuestra vida y que muchas generaciones venideras seguirán este eterno esfuerzo de los valores morales y espirituales para no dejarse subyugar por los intereses materiales.

Es necesario que velemos, como quien monta una guardia que está protegiendo un torreón; que velemos constantemente con las pupilas puestas sobre el horizonte de nuestros destinos, para no permitir que la reacción, alevosa, venga con sus maquinaciones a entorpecer el desarrollo sucesivo de las aspiraciones del pueblo de México, y es necesario que la reacción sepa que nos hemos da-do perfecta cuenta de que ya sus cabezas visibles rebasaron el límite de nuestras fronteras, y que están dirigiendo las maniobras de sus secuaces desde el territorio extranjero, a donde no podemos llevar la justicia de nuestras iras; y es necesario que se den cuenta, entonces, de que castigaremos en su organismo lo que no podemos castigar en sus cabezas; y es necesario que esa misma reacción comprenda que no pudiendo combatir a las cabezas visibles, a las cabezas dirigentes de sus maniobras, porque ya emigraron de nuestro territorio, iremos contra su organismo, iremos contra cada uno de sus miembros, y con esa noble finalidad se ha organizado la Liga de Defensa Revolucionaria, la que, por lo que me han dicho sus directores, obrará de acuerdo con las necesidades y las exigencias del elemento revolucionario contra la reacción, y procederá como se procede cuando se trata de combatir un enemigo colectivo sin cabezas visibles.

Ya hemos visto cómo se procede cuando nos pica una hormiga: no buscamos a la hormiga que nos pica, para matarla, sino que cogemos un balde de agua caliente y la arrojamos sobre el hormiguero.

Cuando nos pica un alacrán, no lo dejamos vivo, porque nos ha picado; lo matamos porque también puede emponzoñarnos con su veneno; y es necesario que la reacción abandone la idea de vencernos; ella no tiene armas suficientes, porque las armas que dan el derecho a la victoria, son las armas que radican en el espíritu, y no armas que radican en el vientre.

Es necesario que sepa la reacción que, si ella trae dinamita en sus manos criminales, nosotros llevamos la dinamita en el espíritu, para vencerla.

Fuente:

Discursos del General Álvaro Obregón. Biblioteca de la Dirección General de Educación Militar. México, 1932. Dos tomos. Segunda Parte. Discursos de 1924 a 1928. 505 pp. Páginas 303 a 308.