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Siglo XX > 1920-1929 > 1927

Discurso del General Álvaro Obregón, pronunciado el día 3 de septiembre de 1927, en el Teatro Lírico de Saltillo, Coah., durante el mitin que se efectuó.
Saltillo, Coahuila, 3 de septiembre de 1927.

Viene a sumarse ahora a las manifestaciones de regocijo y de adhesión que hemos recibido por todos los Estados de la República recorridos hasta hoy, esta manifestación llena de entusiasmo y llena de fe que la ciudad de Saltillo organiza para recibir a su candidato y a sus compañeros de lucha.

Estas manifestaciones de júbilo vienen a fortalecer la tesis establecida por nosotros, de que en lugar de ser una lucha política la que se avecina para el próximo mes de julio, será una gran fiesta democrática en que el pueblo todo de la República resolverá en una explosión de entusiasmo y de civismo, en las urnas electorales, quién debe representarlo en el Supremo Poder de la Nación.

Decía yo anoche en Monterrey, y quiero repetirlo ahora, que no sería lógico ni juicioso siquiera, que hubiera yo dejado todo el bienestar que disfrutaba en mi tierra y en mi hogar para venir a la lucha política, si no fuera por el anhelo de buscar a cambio de ese bienestar personal sacrificado, el bienestar de los semejantes, el bienestar de todas las clases trabajadoras de la República, con quienes nos vinculan las más grandes responsabilidades desde que las arrastramos a la tragedia, ofreciéndoles a cambio de su sangre un poco de libertad y un poco de bienestar.

Hemos aceptado en toda su magnitud las inmensas responsabilidades que el pueblo deposita en nosotros con su confianza, esperando que sepamos corresponder a ellas, abarcando su trascendencia y laborando perseverante y enérgicamente por la prosecución del programa esencialmente revolucionario que iniciara el que habla en su período de Gobierno, y que secunda viril y gallardamente el actual Primer Magistrado de la República, General Plutarco Elías Calles.

Las luchas políticas producen en nosotros, el fenómeno de desconocer los méritos de nuestros enemigos, y reconocer solamente sus defectos y abultarlos.

Nosotros, para ser consecuentes con la verdad, debemos reconocer a los Generales Serrano y Gómez, el mérito que han demostrado cuando al lanzarse a la lucha política confesaron que no tenían la personalidad bastante para poder desarrollar un programa tan vigoroso como lo requieren las clases populares, y formularon por eso un programa de componendas, tratando de eliminar de la carpeta presidencial los grandes problemas que ha afrontado con gallardía el actual Primer Magistrado, programa que corresponde a la pequeñez de su estatura política y moral, porque ellos sabían que si afrontaban las grandes responsabilidades de los problemas planteados por la Revolución, carecían de personalidad bastante para resolverlos en un sentido favorable a los intereses nacionales.

El mérito de Serrano y Gómez, consiste en haber demostrado su incapacidad para afrontar los problemas nacionales.

Por otra parte, ellos habrían hecho muy mal en solidarizarse con un programa de Gobierno que no estaba en consonancia con su personalidad política, que no habían sido capaces de cumplir, aunque hubieran jurado al pueblo llevarlo al terreno de la práctica.

Es por eso, que nosotros ahora reconocemos el mérito de esos dos ex candidatos, de haber aceptado modestamente su insuficiencia política.

Nosotros, por otra parte, satisfechos de que el pueblo nos respalde con sus actos, hemos aceptado todas las responsabilidades de ese programa revolucionario, y estamos dispuestos a llevarlo al terreno de la práctica, con el apoyo moral y el apoyo material que nos está dando en estos momentos la inmensa mayoría de los ciudadanos de la República y el pueblo todo de ella, como el pueblo de Saltillo debe saber que al afrontar la prolongación de ese programa, lo hemos hecho con plena conciencia de los escollos que tenemos que vencer para realizarlo; pero es que el programa que se desarrolló en las esferas administrativas no es sino un inmenso anhelo popular que les impone el pueblo de México a los mandatarios o a los servidores de él, que quieran seguir mereciendo su confianza y su apoyo moral y material.

Fuente:

Discursos del General Álvaro Obregón. Biblioteca de la Dirección General de Educación Militar. México, 1932. Dos tomos. Segunda Parte. Discursos de 1924 a 1928. 505 pp. Páginas 267 a 272.