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Siglo XX > 1920-1929 > 1927

Discurso del General Álvaro Obregón, pronunciado el día 23 de noviembre de 1927, en la Ciudad de México, D. F., con motivo del banquete que le fue ofrecido por el bloque revolucionario obregonista de la Cámara de Senadores.
Ciudad de México, Distrito Federal, 23 de noviembre de 1927.

Al agradecerles la oportunidad que me has brindado para reunimos en esta convivialidad, fuera del bullicio de nuestra metrópoli, y departir amigablemente algunos minutos, quiero también agradecerles la franca adhesión que dieron a mi candidatura desde que se iniciara el movimiento político; época en la cual todavía muchos grupos y personas se mostraban reservados, esperando explorar el horizonte político para ver qué candidato ofrecía mayores probabilidades de triunfo.

Mucho me satisface ver cómo en el Senado de la República hubo una mayoría que, identificada con los anhelos revolucionarios, se ha inscrito en las avanzadas de lo que ha dado en llamarse “Obregonismo,” y que no es, en mi concepto, sino la Revolución misma que nos viene marcando sus derroteros; y más me satisface saber que a pesar de los incidentes personales que en el grupo han surgido, una gran mayoría de él se conserva en fila compacta, y espero que en la trayectoria que aún nos falta por recorrer, continúe así este grupo desoyendo los resentimientos personales, desoyendo las maniobras de individuos o de grupos que tratan de desunirlo, y cuyas pugnas entre sí valen siempre mucho menos que los altos intereses de la Revolución.

El atentado que se consumó en contra mía el domingo 13 del actual, no tiene más trascendencia que la de un “Alerta” que nos da la reacción clerical, demostrándonos que sigue en plena actividad combatiendo nuestra causa, por todos los medios, hasta los más reprobables, sin darse por vencida, y que su actitud nos niega todo derecho a discordias o controversias entre nosotros mismos, que son de mero detalle, pero que en muchos casos dividen y debilitan a la causa común.

Por eso debemos velar constantemente por la consolidación de nuestras doctrinas, colocándonos sobre un plano superior que nos haga dignos de la victoria definitiva.

Nuestro país exige el concurso armonioso de todos sus buenos hijos, para el desarrollo de esa obra gigantesca que hemos dado en llamar “Reconstrucción Nacional,” y será necesario que nos preparemos para continuar el pleno desarrollo de esa labor, que con energía y talento viene desarrollando el actual Presidente de la República, señor general Plutarco Elías Calles.

Decía uno de los directores del atentado dinamitero, cuando fue interrogado por el licenciado Arturo H. Orcí, que no me conocía personalmente ; que no tenía contra mí ningún motivo de agravio personal, y que su conducta había sido inspirada solamente por la creencia de que yo siguiera, al llegar al Poder, la política del señor general Calles; y si ese es mi delito, acepto toda la responsabilidad de él y bendigo la hora en que me enseñaron a rendir culto a la verdad, y por eso mis labios no han podido modular una sola frase que pudiera halagar a los enemigos de la Revolución, porque para ello habría tenido que quebrantar mi conciencia y haber mentido ofreciéndoles, al llegar al poder, quebrantar nuestra Legislación y ayudarlos a controlar la conciencia nacional para poner a nuestro pueblo al servicio de los grandes intereses de Roma.

Los pueblos que, como México, ofrecen tan espontánea y generosamente un contingente tan grande y tan oportuno de sangre, para conquistar sus libertades, tienen el derecho de exigir un puesto de honor en el concierto del mundo, y por eso nosotros debemos preocupamos de realizar esa obra, sin descansar un momento, hasta que México logre esa conquista.

Fuente:

Discursos del General Álvaro Obregón. Biblioteca de la Dirección General de Educación Militar. México, 1932. Dos tomos. Segunda Parte. Discursos de 1924 a 1928. 505 pp. Páginas 289 a 294.