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Siglo XX > 1920-1929 > 1924

Discurso pronunciado por el General Álvaro Obregón, Presidente de la República, con motivo de un banquete que ofreció a la misión industrial norteamericana, en los establecimientos fabriles, el 19 de septiembre de 1924.
19 de septiembre de 1924.

No quisiera librarlos de la hostilidad de mi elocuencia; pero no me sentiré satisfecho si no dijera, en unas cuantas palabras, las causas que nos han reunido en este sitio.

Dos deseos he realizado este día al congregar a nuestros distinguidos huéspedes y a los demás invitados alrededor de estas modestas mesas de pino, donde toman sus alimentos nuestros obreros.

El primero, el deseo muy legítimo de patentizar a los excursionistas que hoy son nuestros huéspedes de honor, la simpatía con que México recibe a todos los hombres que han contribuido con su esfuerzo y su inteligencia al engrandecimiento de su Patria, y que nosotros sabemos apreciar los esfuerzos de esos hombres y aspiramos a que vengan a nuestro territorio a compartirlos con nosotros y a cooperar en el engrandecimiento y prosperidad de nuestro propio país.

El segundo deseo satisfecho, consiste en haber traído hasta este recinto, cuyos muros encierran el secreto de nuestras nobles aspiraciones, los más genuinos representantes de la industria nacional y extranjera, los concurrentes a esta convivialidad podrán recoger aquí una impresión con sus propios ojos, de lo que nosotros deseamos conquistar en el campo del trabajo, para todas las clases laborantes.

Este conjunto misterioso de confraternidad y de progreso que se llama “Establecimientos Fabriles,” es una demostración del programa social que el Gobierno emanado de la Revolución se ha trazado, y es seguro que ninguno de nuestros huéspedes encontrará censurable ni una sola de las partes que integran su organización.

Nosotros hemos creído interpretar los anhelos populares que conmovieron la conciencia colectiva hasta producir la revolución que se prolongó por más de una década; que los trabajadores deben incorporarse a todas las demás clases sociales, con los mismos derechos y las mismas prerrogativas, dentro de su esfera de acción, y que la sociedad toda debe constituirse en una sola entidad, bajo una sola aspiración, desarrollar un armonioso esfuerzo en que cooperen el capital, la inteligencia y el trabajo, para buscar el secreto del bienestar colectivo.

De este recinto han salido muchas consejas y se han alentado muchos prejuicios, que, convertidos en vehículos de la calumnia y de la insidia, han tratado de mutilar el programa de la Revolución, y presentarlo como un programa anárquico, incapaz de la reconstrucción nacional y de satisfacer las aspiraciones de un pueblo civilizado; y los capitalistas cuya conciencia no había sido contaminada por estos nobles ideales, creyeron que sus fortunas peligraban si se concedía a los trabajadores el derecho de comer en una mesa de tablas, si se les concedía el derecho de tener una escuela para librarse del analfabetismo, y si se concedía a los obreros tener un recinto limpio e higiénico donde amamantar a sus pequeños hijos.

Nosotros creemos que la verdad, al fin, está establecida su autoridad en número menor de los que suponen que los derechos que se conceden a los trabajadores ponen en peligro sus intereses; que la elocuencia incomparable de las matemáticas está demostrando que produce más un trabajador bien alimentado y encariñado con su taller y con su patrono, que un trabajador, mejor dicho, una especie de acémila que se ata por la fuerza de la necesidad al trabajo de su patrono, que no sabe tenderle la mano para levantar su nivel moral y cultural.

Nosotros necesitamos mucho capital, nosotros queremos que venga el capital del extranjero, que tenga corazón y que tenga conciencia; no queremos ese capital de los grandes trusts y de las grandes empresas cuyos representantes no tienen ningún contacto con sus trabajadores, e ignoran sus necesidades, y no aprenden a quererlos; nosotros hacemos un llamamiento al capital que venga a regirse por la moral moderna, que no aprecie solamente las ventajas materiales de sus éxitos por los dividendos anuales que perciba, y que se regocija cuando contribuya con su esfuerzo al desarrollo de nuestros país y el bienestar colectivo de nuestras masas trabajadoras.

¡Volved a vuestra Patria, ilustres huéspedes nuestros!

Decid al gran pueblo de Norteamérica que si extiende su mano, encontrará la nuestra que la busca.

Que México no es el país en descomposición que le han presentado los primeros exploradores de nuestras riquezas que han querido alarmar a sus propios connacionales para tomarse el tiempo necesario y acapararlas en su propio provecho, que nosotros no queremos que las riquezas de México vayan a manos de un trust que extorsione con ellas a los hijos de su propia patria, ni que signifique lastre material en las que desarrollen su propio

Gobierno; que nosotros alimentamos aspiraciones muy nobles, que el pueblo mexicano ha regado con su propia sangre, y que aún le queda mucha para fecundizarla, si manos profanas pretendieran matarlas en su cuna; que el continente americano se nos antoja un gran navío sostenido a babor y estribor por los dos océanos; que una familia de pueblos embarcó el destino de ese navío; que su proa debe orientarse siempre hacia el bienestar colectivo, y que no habrá ninguna razón que explique discordias entre los pueblos que vamos hacia la misma finalidad, y embarcados en la misma nave.

Fuente:

Discursos del General Álvaro Obregón. Biblioteca de la Dirección General de Educación Militar. México, 1932. Dos tomos. Segunda Parte. Discursos de 1924 a 1928. 505 pp. Páginas 13 a 19.