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Siglo XX > 1920-1929 > 1924

Discurso pronunciado por el General Álvaro Obregón, Presidente de la República, con motivo del regreso del General Plutarco Elías Calles, Presidente Electo para el periodo de 1 de diciembre de 1924, al 30 de noviembre de 1928; procedente de Europa y Estados Unidos; al arribar a esta ciudad el día 11 de noviembre de 1924.
11 de noviembre de 1924.

Es muy justificado el regocijo que invade a todas las clases populares de México, porque vivimos uno de los momentos más trascendentales de nuestra historia.

Al pueblo mexicano, que ha ofrendado su sangre generosa para defender las libertades patrias, no podía faltarle el fruto de sus sacrificios, y está llegando el momento solemne en que el pueblo todo de la República va a presenciar el magnífico espectáculo de que el representante popular que él eligió para que lo gobernara durante cuatro años, salga por la puerta principal del Palacio Nacional, sin haber llevado el rubor a sus electores, y que haga entrega del Poder a un representante genuino de las clases populares que le han confiado su voto para que gobierne a la República durante los cuatro años siguientes.

Este es un acontecimiento que servirá de base para ir encarrilando al pueblo mexicano y levantar el edificio de su patria futura.

El pueblo está unido al gobernante que sale; el pueblo está unido al gobernante que entra, y ambos gobernantes están también estrechamente unidos por la más sublime de sus idealidades.

Mientras que en México se dividían los Partidos políticos, por razones de ambición y privilegios, disputándose el poder público, vivían una vida bochornosa que no permitía el establecimiento de ninguna institución sólida, y que sólo servía para colocar en la conciencia mundial al pueblo mexicano como incapaz de descubrir la tierra prometida; pero desde que Madero inició el movimiento social y libertario cuyas bases son del dominio público, han venido desarrollándose grandes e importantes acontecimientos, hasta cristalizarse cada vez más los anhelos populares, y llegamos al punto culminante en que México demuestra que las ambiciones no encontrarán ya refugio en el Palacio Nacional, y que los ambiciosos y los traidores a los ideales revolucionarios, sólo podrán vivir en el extranjero, cambiándose de nombre, para esconder su ignominia y su vergüenza.

Yo llevo, al entregar el poder, la inmensa satisfacción del deber cumplido y el orgullo incomparable de conservar el cariño y respeto de mis conciudadanos, y auguro y deseo al General Calles que, transcurridos cuatro años, experimente esas intensas y nobles satisfacciones que ahora invaden mi espíritu y mi corazón.

Fuente:

Discursos del General Álvaro Obregón. Biblioteca de la Dirección General de Educación Militar. México, 1932. Dos tomos. Segunda Parte. Discursos de 1924 a 1928. 505 pp. Páginas 21 a 25.