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Siglo XX > 1920-1929 > 1924

Discurso pronunciado por el General Álvaro Obregón, Presidente de la República, con motivo de un brindis en un banquete que le ofreció en Tlalpan, D. F., el consejo directivo de la Corporación Bancaria y Comercial Ferrocarrilera, el día 3 de agosto de 1924.
Tlalpan, Distrito Federal, 3 de agosto de 1924.

Agradezco sinceramente las nobles frases de encomio que me han dirigido.

Cuando la confianza popular, en las elecciones de 1920, depositó en mis manos el supremo poder de la República, llegué con la deslumbradora ambición de llevar a cabo una labor efectiva y positiva de engrandecimiento para nuestro querido pueblo.

Hoy, lleno de tristeza y de amargura, veo que todo aquel tesoro de mis ilusiones era muy grande para lo que realmente be podido llevar a la práctica.

Sinceramente, señores, les aseguro, a fe de caballero, que de esto no he sido culpable; los enemigos de la civilización, inconformes con la liberación del pueblo, me han estado siempre acechando, obstruyendo en todas las formas imaginables mi senda, y, por último, no pudiendo torcer la firmeza de las rectas intenciones que siempre me animaron en pro de mis conciudadanos, encendieron la hoguera de la última revolución, cumbre de su labor, que al extinguirse dejó, como un saldo doloroso, los campos cubiertos de las blancas osamentas de tantos de nuestros hermanos, héroes anónimos de esta contienda provocada por malvados.

Y tuve que interrumpir la obra constructiva con tanto tesón emprendida en favor de mi país, y lanzarme de nuevo a la lucha, porque no podía permitir, sin gran responsabilidad histórica por mi parte, que un grupo de militares ignorantes, y de tiranuelos que no pudieron nunca prosperar en un ambiente pródigo en libertad y en democracia, arrebataran las conquistas que, a través de tantos y tan intensos períodos revolucionarios, habíamos conquistado; y así fué cómo, con el látigo de la justicia en la mano, les cruzamos el rostro a los traidores.

No fué sino un acto de estricta justicia.

Los retardatarios, los enemigos de todo progreso, se habían armado para convertir nuevamente a las masas populares conscientes ya de su fuerza y de sus derechos, en aquellos tristes rebajos de miseria y de dolor a los que esquilmaban sin piedad, en otro tiempo, en sus productivos puestos de pastores.

Pero, afortunadamente, todas esas bajas y mezquinas ambiciones, se estrellaron ante la muralla de la indignación popular que los aplastó.

Y hoy, yo quisiera que todos esos enemigos de las ideas del progreso moderno, que esos escépticos que llevan muerta el alma para todo principio generoso, que todos esos parásitos de un pasado caduco, que se desmorona al propio peso de su polilla, vinieran aquí y se congregaran en torno de esta mesa, y vieran las conquistas de la Revolución, glorificada en esta democrática reunión de sencillos trabajadores.

Por último, quiero que ustedes, señores que me escuchan, con previsión, con ahorro, poniendo en juego la unión de la solidaridad y el esfuerzo colectivo, formen las bases de esa patria mexicana, libre, noble, fuerte y grande, que es el sueño y la ilusión de todo hombre bien nacido en este nuestro México, tan grande como infortunado.

Así, las conquistas que tantos sacrificios nos han costado, no serán estériles, no serán siembras en el viento, y las generaciones que nos sucedan, y nuestros hijos, bendecirán a la Revolución.

Aunque no realicé todas mis ilusiones, terminaré mi período satisfecho.

Los innúmeros obstáculos que se atravesaron en mi camino, y las condiciones desfavorables que prevalecieron en el país, durante mi gobierno, me privaron de poder llevar a la práctica todas mis sinceras intenciones por el engrandecimiento de mi Nación.

Me retiraré al amparo amable de mi terruño, a las actividades de mis negocios particulares, pero desde ahí estaré siempre como un centinela, alerta, y en cualquier momento ofreceré mis pocas energías, si alguna mano criminal pone en peligro las libertades del pueblo mexicano.

Fuente:

Discursos del General Álvaro Obregón. Biblioteca de la Dirección General de Educación Militar. México, 1932. Dos tomos. Segunda Parte. Discursos de 1924 a 1928. 505 pp. Páginas 7 a 12.