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Siglo XX > 1920-1929 > 1924

Comunicación de Ernest Gruening a Plutarco Elías Calles donde le dice que la derrota infligida a los traidores, ha sido motivo de gran regocijo para él.
Nueva York, N. Y., marzo 20 de 1924.

Mi querido general Calles:

Le he tenido a usted constantemente en mi pensamiento durante las difíciles semanas por las que México acaba de pasar.

Y muy especialmente me ha preocupado el arduo futuro con el que usted se ha de ver tan íntimamente envuelto.

Naturalmente, la derrota infligida a los traidores, ha sido motivo de gran regocijo para mí.

Hubo un brevísimo periodo hacia el fin de los dos primeros meses de la rebelión cuando las cosas tomaron malísimo aspecto -y parecía como si el caos y anarquía que había desencadenado el elemento de la traición no pudiese ser atajado.

Y fue precisamente entonces, que llegó la feliz noticia de la victoria de Esperanza [Veracruz], la evacuación de Veracruz y la respuesta de las fuerzas agrarias y laboristas a la llamada de los estandartes del gobierno.

Sin embargo, mi creencia es que aunque el momento es uno de satisfacción, no es precisamente de regocijo.

En un sentido, el daño causado por los rebeldes es irreparable.

No hablo de los destrozos materiales -la voladura de trenes y puentes, la pérdida de entradas-, aun cuando esas sean cosas serias en un país que necesita escuelas, carreteras, materiales para los campesinos y obras públicas de todas clases.

Todo eso puede reponerse.

En ese sentido los daños causados por [Adolfo] de la Huerta son simplemente un retroceso temporal en el movimiento reconstructivo de México.

Tampoco me preocupa la pérdida de confianza en México por parte del capital extranjero -pues todo eso carece de importancia.

La entrada del capital extranjero, especialmente norteamericano, puede no ser una bendición abiertamente, sino que traería ciertas desventajas.

No; me refiero al efecto que habrá causado en el corazón y espíritu de los mismos mexicanos una nueva revolución, un nuevo asalto contra una evolución decente, tanto más incomprensible esta vez, por cuanto que estaba encabezado por el hombre que más que ningún otro había sido parte integrante y había sido favorecido por el régimen de [Álvaro] Obregón, la administración que por primera vez desde la caída de [Porfirio] Díaz había sido constructiva.

Y ahí está la infinitamente trágica y completamente irreparable pérdida de Felipe Carrillo.

Nada, absolutamente nada, puede compensar su muerte.

Y con todo, hay aún esperanza para México y ventajas que aprovechar, con tal, solamente, de que las lecciones de esa revuelta se tomen en su propio valor.

Digo: si se aprende la lección.

Y ese si, asume las mayores proporciones.

Creo, sin embargo, que la alternativa no es otra sino más rebeliones -rebeliones actuadas por un motivo no más exaltado que el deseo de saqueo- lo que no significaría más que interminable caos a no ser que ese si condicional se haga una verdadera realidad.

El primer paso no puede ser otro sino la irremediable ejecución de todo oficial rebelde, y toda otra persona responsable identificada con el movimiento traidor.

Yo lo soy todo menos sanguinario.

Y he llegado a esa conclusión muy en contra de mis inclinaciones naturales.

Con todo calor aplaudí la política de amnistía que inauguró el presidente Obregón para los pocos rebeldes que permanecieron bajo las armas desde los días de [Venustiano] Carranza.

Mi inclinación natural en esos casos es la de creer en el perdón y en olvidar las pasadas ofensas.

Pero estoy firmemente convencido de que la única manera de evitar mucho más derramamiento de sangre -de sangre inocente- es proceder con entera entereza al exterminio de esos bichos que no tienen el menor sentido de conciencia, decencia, ni de honradez.

Creo que perdonar a tales gentes será, en sí mismo, un crimen contra el pueblo mexicano.

No creo que sea preciso por mi parte presentar el argumento de que esos hombres, de ser tratados con lenidad hoy, serán los primeros en sublevarse en cuanto se les presente la primera oportunidad.

Cuando leí en el periódico la noticia de que el presidente Obregón ha perdonado a un general rebelde [Jesús M. Ferreira] y que aún le ha devuelto su status en el ejército federal, noticia que espero no sea verídica, mentalmente no puedo más que levantar las manos al cielo y exclamar que tal locura no puede traer tras de sí, y que en realidad debería de traer, completa destrucción.

No será, tal vez, de más recordarle a usted que México se libró por bien poco.

Si la ocurrencia hubiera tenido lugar antes del reconocimiento por parte de los Estados Unidos, y si el apoyo moral de la administración de [Calvin] Coolidge les hubiera faltado, los resultados hubiesen sido diferentes.

Esta es una penosa declaración, y es lástima tener que hacer tal admisión, pero sería una locura negar los hechos.

Con esto no quiero decir que De la Huerta hubiese, necesariamente, triunfado, pero no me cabe duda de que hubiese resultado en una amarga guerra civil, tal vez de varios años de duración, al fin de los cuales el país hubiera quedado en ruinas, sin que ningún hombre, o grupo de hombres, hubiesen después podido reconstruirlo.

Con respecto a esa política -no de venganza, sino como prevención simple y llana, de sentido común- quiero decir unas cuantas palabras sobre Yucatán.

Cuando yo estuve allá, durante la primavera pasada, el único hombre, entre los que le rodeaban, en quien Felipe [Carrillo Puerto] tenía absoluta fe, no era otro que Manuel Cirerol.

Mientras Felipe tontamente confiaba en muchos que pretendían ser sus amigos, los cuales aún yo mismo podía ver a las claras que le adulaban simplemente porque estaba en el poder, el único hombre que él sabía que le era en absoluto leal, no sólo a él sino a sus doctrinas revolucionarias y programa de reconstrucción, era Manuel Cirerol.

Y yo quiero contribuir mi personal y más enfática convicción de que Cirerol es el hombre para Yucatán, en el que se puede confiar en un todo.

Acabo de obtener una descripción muy iluminadora de lo que tuvo lugar en Yucatán, durante esos trágicos días cuando Felipe fue traído a Mérida, imprisionado [sic] y sacrificado.

Un muy buen amigo mío, Ramón Fina, ciudadano americano, nacido en España, estaba allí en esos momentos.

Aun cuando sus simpatías estaban fuertemente con Felipe, su juicio es enteramente imparcial y frío.

Él estaba en el comedor del Gran Hotel, donde Juan Ricárdez Broca transaba sus negocios y él estaba allí cuando el malvado firmó la sentencia de muerte de Felipe, quiero decir que estaba presente en el comedor, a pocos pasos de él.

La historia que mi amigo relata es tan nauseabunda que me he puesto enfermo al oiría.

Me ha dicho, y quiero que se lo repita a usted en persona -pues él sale para la ciudad de México próximamente- lo que tuvo lugar con respecto a la abominable deserción y traición hacia Felipe de aquellos que se decían sus amigos, y a los que creía y consideraba como tales.

También le puede decir Fina [sic] el miedo que inspira en Yucatán la posibilidad de que Manuel Cirerol vuelva allá como gobernador.

Asimismo, le puede describir la actitud del cónsul de los Estados Unidos, [George] March, aparentemente una segunda edición de Henry Lañe Wilson, el cual hubiera podido salvar a Felipe fácilmente si hubiera querido hacerlo.

Él puede decirle a usted la parte o papel que representaron los hacendados en esta espeluznante tragedia.

Pero vuelvo a mi tema.

En Yucatán, donde se iniciaron los más nobles esfuerzos de decencia elemental, me parece necesario que se haga una limpieza completa y efectiva.

La única manera de que la muerte de Felipe no resulte en vano, en lo que humanamente cabe, el único modo de levantar a su memoria un monumento digno de él, es llevar el programa que él se había trazado a la práctica.

Y eso quiere decir que los traidores y arrastrados responsables de lo ocurrido deben ser quitados del medio de un modo permanente.

Claro está que cuando las fuerzas federales entren en Yucatán todo el mundo proclamará su lealtad al gobierno y demostrará su adicción en cuanto a sus verdaderos sentimientos.

Me imagino que Elvia Carrillo podrá decir quiénes eran leales y quiénes no lo eran.

Desgraciadamente la lista de los leales no creo que sea muy larga.

El próximo paso que hay que dar, general, después de haber hecho una limpieza completa, es el de eliminar el ejército.

Esto, tal vez no sea posible hacerlo hasta después de la elección -es posible que le falte a usted el poder necesario hasta entonces, así como la autoridad- pero es algo que debe hacerse tan pronto y tan efectivamente como sea factible después de la elección.

Hablando en general, el elemento ése es sólo de una clase.

Algunos de los generales que permanecieron adictos se hubiesen pasado al enemigo si los rebeldes hubiesen ganado más terreno.

Otros no lo hicieron por lealtad a Obregón.

A otros les detuvo su lealtad hacia usted.

Pero la idea básica de lealtad a la patria, lealtad al servicio, es el único camino que un soldado al que se le confían las fuerzas de su país puede y debe seguir; esa idea, sé que apenas encuentra eco en la mayoría de los generales de México.

Con eso no quiero hablar a la ligera de algunos de sus amigos personales, generales como Joaquín Amaro, que, como sé, peleó con la mayor lealtad y devoción.

Pero la lealtad que no se desprende de los principios más hondos y que puede cambiar según el giro de las circunstancias, es esencialmente la característica del ejército mexicano.

La misión del ejército era proteger al país.

Protegerlo no contra una invasión extranjera, sino contra su propia rebeldía, y fue ese mismo ejército el que hizo que la revolución fuese un hecho.

Piense usted que si el presidente Obregón hubiese aceptado la petición de Felipe Carrillo de sacar las tropas federales de Yucatán, Felipe estaría vivo hoy.

Mi creencia en que el método más práctico sería reducir el ejército a un núcleo, un núcleo movible, tan pequeño, que en caso de sublevación, los agraristas y obreros propiamente pertrechados podrían fácilmente reducirlos.

Otro efecto beneficioso que eso traería sería el ahorro de dinero que significaría.

Aparte de los gastos legítimos que el sostenimiento del ejército ocasiona, es también el origen de mucha inmoralidad y rapiña.

Sé que usted comprenderá mi franqueza.

Pero deseo profundamente ver el programa de reconstrucción de México en el que usted cree, llevado a la práctica, y creo que la historia de los últimos 13 años ha mostrado, primero, que medidas extremas son necesarias, y segundo, quiénes son los verdaderos y los falsos revolucionarios.

Creo, sin embargo, que debería ser considerado como un axioma para la conducta futura que el hombre que abusa de su posición, que roba los fondos públicos, es sola y simplemente un traidor.

Ya sé que eso es tarea difícil de llevar a la práctica en México.

Y sé también que usted se encontrará con grandes escollos que salvar por falta de hombres de confianza y capacidad administrativa a los que confiar cargos públicos de importancia.

Y es cosa clara que todo lo que sea tratar con picaros políticos de la calaña de Jorge Prieto Laurens, y confiarles los lugares de responsabilidad y confianza -y por cierto que abundan los tales tipos- hará punto menos que imposible toda labor que se inicie en pro de México y de los mexicanos.

Hace dos años, aun hace un año, había aquí un problema definido con respecto a la opinión pública en este país con relación a México.

Tal problema, me complace decírselo, no existe hoy, ni existirá por lo menos por algún tiempo.

Los únicos problemas que quedan por resolver en México, son enteramente de orden interior.

Me consta que usted es precisamente la persona indicada para resolverlos y es mi más ferviente deseo que nada le haga flaquear en su alta misión.

Permítame que le diga a usted que aprecio en lo que verdaderamente vale su invitación de volver a México.

Tendré el mayor gusto en aprovecharme de ella y deseo especialmente hacerlo por el libro (Ver Nota 1) en que me estoy ocupando ha sido nulificado, hasta cierto punto, por los rápidos sucesos que han tenido lugar últimamente.

La situación de los elementos obreros, la situación agraria, la situación política y la historia de muchos de los estados, como Yucatán, por ejemplo, ha cambiado totalmente.

Y todavía han de cambiar más después de la elección e inauguración de usted [sic].

Por eso mismo, aparte del gusto que me ocasionará verle a usted y a los muchos otros amigos que sé tengo en México, quiero volver otra vez y hacer que el material de mi libro incluya los últimos acontecimientos.

Pero creo que debo aplazar esa visita unos cuantos meses, tal vez hasta el momento de su elección o para poco después.

Entonces me será posible revisar las mejoras llevadas a cabo por el régimen de Obregón de una manera comprensiva y augurar lo que es de esperar de su sucesor.

Estamos esperando con el mayor gusto e interés la visita de Manuel Gamio a los Estados Unidos.

Se le tiene en muy buena opinión aquí, tanto en los círculos científicos como en los educativos. (Ver Nota 2)

Con mis afectuosos saludos y mejores deseos, tanto para Cholita [Soledad González] como para usted mismo, quedo de usted como siempre su buen amigo.

Ernest Gruening P. D.

He dado a Ramón Fina una carta de presentación para usted.

Notas:

1. El libro que refiere Gruening era México and its Heritage, fue editado en Nueva York hasta 1927.

2. Para una amplia información sobre las actividades de Manuel Gamio en los Estados Unidos, véase la correspondencia relativa a él entre los años 1924-1926 en la Segunda Parte (“Aspectos de la cultura nacional”) del primer volumen.

Fuente:

Plutarco Elías Calles. Correspondencia personal 1919-1945. Dos tomos. Introducción, selección y notas de Carlos Macías. Coeditores de la presente edición: H. Cámara de Diputados LXI Legislatura, Fondo de Cultura Económica, Instituto Sonorense de Cultura, Miguel Ángel Porrúa (librero-editor) y Fideicomiso Archivos Plutarco Elías Calles y Fernando Torreblanca. México. Primera edición, 1991. Segunda edición -no venal-, agosto del 2010. Tomo II. 547 pp. Páginas 63 a 67.