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Siglo XX > 1920-1929 > 1924

Comunicación de Emilio J. Dillon a Plutarco Elías Calles en relación a que México había rechazado la solicitud del gobierno laborista.
Londres, Inglaterra, octubre 8 de 1924.

Señor general Plutarco Elías Calles

Muy distinguido y fino amigo:

Tengo el honor de participarle a usted que al recibir su grata carta en la que me comunicó su decisión de regresar a México sin aceptar las invitaciones del presidente del Consejo de Ministros y del Partido Laborista yo me fui a ver al señor [James R.] McDonald.

Y a pesar de la crisis política y de su indisposición física, él me recibió en seguida y platicó largamente conmigo sobre asuntos mexicanos, abordándolos cara a cara.

Al aprender que usted no creía posible venir a Londres mientras las relaciones actuales perduren, él expresó su sentimiento vivísimo y volvió a lamentar que a él tampoco -por otros motivos- es posible hacer un viaje a Berlín o a París en este momento para trabar conocimiento con usted por más que quisiera hacerlo.

Entonces yo le hice cargo de que sería oportuno, útil y sobre todo justo, promulgar sin perder más tiempo el establecimiento de relaciones normales con el gobierno del presidente [Álvaro] Obregón quien, como usted lo expresó, hizo grandes esfuerzos “por implantar en México, como lo ha conseguido, un gobierno basado en principios de moralidad, labor que ha sido reconocida por el mundo entero”.

El señor McDonald se puso de acuerdo y se echó a iterar toda la historia de su actitud amistosa hacia México y de la causa del fracaso de sus planes.

Así participóme que al tomar el poder en el mes de enero él no sabía todavía en qué estado hallábanse las relaciones entre los dos países pero en el mes de abril tuvo conocimiento de ellas a propósito de un informe oficial que el ministerio acababa de recibir.

Y desde aquel momento él anhelaba meter fin a todas las desavenencias, reconocer al gobierno del presidente Obregón y restablecer relaciones verdaderamente amistosas entre México e Inglaterra.

Ese deseo fue tanto más ferviente que él había leído con interés en mis artículos algo sobre el carácter personal y las gestiones del señor Presidente y a raíz de eso quiso testimoniarle su estimación.

Con este motivo él rogó al Ministerio de Relaciones señalarle un agente idóneo para visitar a México, tomar provisionalmente el puesto de [Cunard] Cummins y escribir un informe que sirviese de base para el reconocimiento del gobierno del presidente Obregón.

El Ministerio le recomendó al señor Hohler y el señor McDonald le nombró a ese diplomático en el acto, informándole que su papel sería sencillamente una formalidad porque él era decidido [sic] de restablecer relaciones normales sin más acá ni más allá.

Pero Hohler estando físicamente achacoso, pidió una licencia de un mes para descansar, lo que le fue acordado.

Entretanto el decreto de expulsión contra Cummins había estado publicado y los partidos de la oposición en la Cámara -los conservadores y los liberales- se dieron a gritar que México, que había tolerado a Cummins con paciencia durante los años del régimen conservador inglés, ya no tenía ningún miramiento para con el gabinete laborista rehusándose a esperar unas semanas para darle al señor McDonald el úempo necesario para ejecutar su plan.

México, decían ellos, está harto enterado de que el gobierno de McDonald es inseguro y tendrá que tragar todo género de denuestos.

Sea eso como fuere, el hecho es que McDonald por conducto del cónsul general, señor [Alejandro] Carrillo, suplicóle encarecidamente al gobierno mexicano dejara a Cummins quedarse en la Legación dos semanas más asegurándole en cambio que Cummins recibiría su cese al llegar Hohler a la capital de la República y que hasta aquel día no desempeñaría más el papel de agente del gobierno inglés.

Si el gobierno mexicano le hubiera complacido en lo que se le pedía, el problema hubiese estado solucionado ya y ahora el señor McDonald tendría el privilegio de estrecharle a usted la mano en ésta.

Pero lo inesperado ocurrióse y los enemigos políticos del Partido Laborista no cupieron de gozo al aprender que México había rechazado la solicitud del gobierno laborista.

He aquí el punto de vista de la mayoría en la Cámara.

El señor McDonald, sin darles razón a los conservadores, no se puede explicar aún la acción del gobierno mexicano.

Yo le hice ver el motivo del gobierno que repetidas veces durante dos años había inútilmente solicitado el retiro de Cummins y finalmente al percibir que no se hacía caso de su justa demanda se ocupó en el asunto directamente.

Esa gestión se dirigía exclusivamente contra el súbdito inglés Cummins que no tenía ningún puesto oficial y por consiguiente no podía interpretarse como un acto contra el gobierno inglés.

Tal interpretación es enteramente arbitraria y si le gusta a los conservadores, santo y bueno, pero bien saben los laboristas que es una falacia y no deberían aplazar el reconocimiento en obsequio a esos enemigos políticos.

Por consiguiente el gobierno inglés no tiene vela en ese entierro.

Además, el ministro de Relaciones, general Aarón Sáenz, al saber que el señor McDonald deseaba un aplazamiento prolongó el término algún tanto.

El señor McDonald comprendió esa y las demás explicaciones que yo le di y no presentó un argumento en contra, pero al fin de una conversación muy larga me dijo: Lo que pesa más que los argumentos es el hecho de que en este momento la Cámara no aprobaría el reconocimiento si yo lo promulgara.

Por eso yo estoy buscando un momento plausible para la reanudación de las gestiones.

Yo le pregunté qué género de motivo.

El me replicó: algo como, por ejemplo, la terminación del proceso de los asesinos de la señora [Rosalie] Evans.

Si aquel proceso estuviese terminado nosotros podríamos comenzar un capítulo nuevo.

Eso es lo que espero ahora.

Yo le expuse la causa del entorpecimiento.

El expresó su sentimiento y añadió que concluido el proceso él empezaría a obrar de nuevo.

Yo le comuniqué lo que usted me había escrito respecto a la actitud de usted en lo sucesivo, es decir, que “si las relaciones entre los dos países no quedan restablecidas para antes de que termine el periodo del señor general Obregón, el gobierno inglés, sea el señor McDonald quien esté al frente de él o cualquier otro, de parte del gobierno mexicano no volverá a oír otra palabra respecto a reanudación de relaciones”.

Yo hice hincapié en esa declaración de usted que hizo una impresión profunda.

Entonces él manifestó el deseo de leer mi libro sobre el presidente Obregón y me pidió yo le participara mis señas permanentes para que él pudiera ponerse en comunicación conmigo si él lo juzgaba preciso.

El Partido Laborista, que había preparado una invitación para usted, me escribió una carta en la que expresa su pena, lamentando la decisión de usted y sobre todo las circunstancias que la causaron.

Esperan que esas causas se alejarán en breve.

Mis tres conversaciones con el señor McDonald duraron bastante tiempo y platicamos sobre otros aspectos de este asunto, pero acabo de referirle lo esencial.

Dentro de unos días iré a París a fin de tener el privilegio de volver a verle a usted (Ver Nota 1) y si hay alguien en París o en Francia con quien usted quisiera platicar atrévome pedir su permisión de buscarle y presentarme a usted porque conozco casi a todos los hombres eminentes en ese país.

Agradezco a usted sinceramente la amistad con que me honra y queda incondicionalmente a sus órdenes su afectísimo amigo y seguro servidor.

Emilio J. Dillon

Nota:

1. El general Calles realizó un viaje a Europa y a los Estados Unidos entre agosto y octubre de 1924 siendo presidente electo; visitó Berlín, París, Nueva York y Washington.

Fuente:

Plutarco Elías Calles. Correspondencia personal 1919-1945. Dos tomos. Introducción, selección y notas de Carlos Macías. Coeditores de la presente edición: H. Cámara de Diputados LXI Legislatura, Fondo de Cultura Económica, Instituto Sonorense de Cultura, Miguel Ángel Porrúa (librero-editor) y Fideicomiso Archivos Plutarco Elías Calles y Fernando Torreblanca. México. Primera edición, 1991. Segunda edición -no venal-, agosto del 2010. Tomo II. 547 pp. Páginas 139-141.