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Siglo XX > 1920-1929 > 1923

Discurso pronunciado por el general Álvaro Obregón, presidente de la República, con motivo de la visita que verificó al Congreso Nacional Agrarista, el día 5 de mayo de 1923.
5 de mayo de 1923.

Uno de los más grandes acontecimientos histórico-políticos, uno de los más grandes acontecimientos, después del movimiento revolucionario, la constituye, seguramente, la reunión de este Congreso Agrario, integrado por genuinos representantes de las clases rurales de toda la República.

Yo me felicito de que estemos palpando los frutos de los sacrificios revolucionarios cuando se da oportunidad al pueblo para reunirse en Congreso de esta naturaleza, y expresar en forma sincera y espontánea los sentimientos que campean en sus propios espíritus, que son seguramente del espíritu colectivo.

Es algo inusitado en la historia de nuestra Patria este hecho que pone en contacto inmediato a las masas populares con los representantes del Poder Público.

Decía hace muy poco, y quiero repetirlo ahora, que por ventura para nuestra Patria ni el pueblo está tan abajo, ni los gobernantes están tan arriba.

Decía hace muy poco a un periodista que el anhelo supremo de los hombres de la actual administración consiste en formar un solo organismo entre pueblo y Gobierno, y que los representantes del Poder Público cambiarán el concepto de su misión y no se considerarán ya como los mandatarios del pueblo, sino como los fieles intérpretes de los anhelos populares para buscar por los caminos más cortos su realización.

Seríamos torpes si supiéramos que una reforma de las trascendencias de la reforma agraria que tiene que desarticular vicios seculares que vinieron engendrando este problema, pudieran producirse sin disloques y sin fricciones, debido a la lógica resistencia que tienen que encontrar en la raigambre que forman los intereses creados; pero debemos envanecernos de que el problema agrario ha encontrado ya un eco vigoroso en la conciencia nacional, y que ha resuelto los escollos principales que a su realización se oponían, y que va en una franca marcha hacia el desarrollo definitivo de todas sus manifestaciones agrarias.

Es lógico que encontremos nuevos escollos; es lógico que tengamos que resolverlos con discreción y con energía, y yo lo único que puedo asegurarles es que para resolver todos esos escollos, que para expeditar por completo el camino y llegar a la definitiva resolución de estos problemas, el Gobierno no necesita más que una sola cosa: el apoyo franco y absoluto, y la confianza de las clases populares.

Al Gobierno que me cabe el honor de representar, le han cabido en suerte muchos motivos de legítimo orgullo: el Gobierno emanado de la Revolución ha tenido que encontrar lógicamente una resistencia formidable en los grandes intereses materiales interiores y exteriores del país.

Ha sido boicoteado políticamente por los grandes intereses de adentro y los grandes intereses de afuera, y ha venido sorteando toda la oposición que le han presentado esos grandes intereses exteriores e interiores, sin contar con más apoyo que la fuerza que le da la voluntad popular en cuya conciencia, para orgullo nuestro, ha podido germinar el orgullo también de que el Gobierno está cumpliendo con los deberes que le impuso la Revolución.

Ni las influencias interiores, ni las influencias exteriores harán al Ejecutivo de mi cargo que varíe la ruta que se ha trazado como programa de Gobierno.

Muchos han equivocado sus juicios al juzgar a mi modesta personalidad.

Se ha creído que yo soy un revolucionario de los que han exigido una recompensa a sus sacrificios en la lucha, y están equivocados; yo he sido quizá de los más avaros de los revolucionarios, porque aliento la esperanza de obtener la recompensa por mis luchas libertarias en favor de las clases rurales, de las clases que más han necesitado del apoyo de la Revolución, de llevar la confianza y el cariño de todos estos hombres el día que abandonen el Palacio Nacional.

Esa es la mayor ilusión que alienta mi espíritu; esa será la mayor recompensa con que las clases rurales todas del país pueden premiar con creces el modesto contingente que aporté a la Revolución, al defender a sus instituciones y a sus derechos; para la realización de ese anhelo y para cumplir mis deberes como gobernante, no necesito más que la voluntad popular me siga apoyando como me ha apoyado hasta hoy, para contrarrestar todas Isa influencias que quieran oponerse a nuestro programa humanitario, ya sean influencias del interior o ya sean influencias del exterior.

Volved, pues, a vuestros hogares, y decid a vuestros camaradas y compañeros, que el pueblo todo de la República está en comunicación perfecta con el Encargado del Poder Ejecutivo que representa al Gobierno Federal de la República; que guardamos la misma distancia, fielmente, en los actuales momentos, que la distancia que guardábamos en los momentos de lucha, cuando convocamos al pueblo a defender sus derechos, y llevad a cada uno de vuestros compañeros un saludo cariñoso del revolucionario, a quien el pueblo mexicano encomendó el puesto más alto de la Administración actual.

Fuente:

Discursos del General Álvaro Obregón. Biblioteca de la Dirección General de Educación Militar. México, 1932. Dos tomos. Primera parte. Discursos de 1915 a 1923. 410 pp. Páginas 379 a 385.