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Siglo XX > 1920-1929 > 1923

Discurso pronunciado por el general Álvaro Obregón, presidente de la República, con motivo de la inauguración de los trabajos de construcción de la línea que completará el sistema del Sud-Pacífico, el día 5 de marzo de 1923.
5 de marzo de 1923.

Es una verdadera fortuna para nosotros haber logrado reunir en este acto, que hoy realizamos, a los más altos representantes de la intelectualidad norteamericana, a los representantes de los más grandes capitales de aquel país, a los representantes de su periodismo, a un representante de su Ejército, y a un grupo de damas que representan igualmente a la mujer norteamericana, mujer que, por su alta posición cultural, y por sus relevantes dotes, está siendo considerada como un importante factor en la orientación de la civilización moderna; porque así nos podremos hacer oír por el verdadero pueblo norteamericano.

México, como los demás pueblos de la tierra, aspira, con legítimo derecho, a conquistarse una posición más ventajosa en el concierto universal, y a reportar el bienestar a que le dan derecho las riquezas naturales con que el Destino le dotó su suelo; pero este pueblo, en el período de su desarrollo, ha tenido que sufrir errores como todos los demás, y pagar, como ellos, muy caras sus consecuencias.

Hace algunos lustros que, cuando México empezara a ser conocido como poseedor de fantásticas riquezas, un grupo de hombres logró adueñarse del poder y, perdiendo todo contacto con el pueblo, encaminó su preocupación única y exclusivamente a su desarrollo material, ligando con él sus propios intereses, y descuidando en lo absoluto el desarrollo moral y cultural, hasta llegar a pretender una situación privilegiada, en relación de las demás clases sociales que formaban la familia mexicana.

El pueblo se dió cuenta, y realizó un esfuerzo máximo para librarse de aquella lacra que estaba contaminando todo su organismo, y se produjo un choque cruento, porque aquel grupo de hombres, en combinación con los intereses materiales de fuera, habían tejido una red que oprimía el corazón y el cerebro de la colectividad.

Pero al fin, el pueblo venció y volvió al punto de partida, donde había perdido su derrotero, para iniciar de nuevo su desarrollo.

El capital invertido en México sufrió grandes perjuicios durante el período revolucionario, lo mismo que un estancamiento que se prolongó por más de diez años.

Pero ahora, ese mismo capital abre un nuevo período de actividades, y obtendrá la compensación de sus perjuicios, porque en lo sucesivo no trabajará sobre bases falsas, ya que los arreglos que ahora realiza para sus actividades del futuro, están llevándose a cabo con los verdaderos representantes del pueblo; toda la República, que está dando su sanción a hechos de tanta trascendencia, como queda comprobado a los ojos de cualquier observador que estudie el regocijo que hemos visto retratado en el semblante de cada uno de los hijos de Jalisco, que han salido a nuestro paso a brindarnos un saludo cariñoso y una franca hospitalidad.

Ahora, por fortuna, las clases directoras no están tan arriba, y es por eso que viven en comunión continua, y no existe por fortuna ningún distanciamiento entre gobernantes y gobernados.

Yo ruego a ustedes, señores representantes de las diversas clases sociales que integran la familia vecina de Norteamérica, digáis a vuestros representados que México ha declarado abolidas sus fronteras, y abierto sus brazos para los hombres de buena voluntad, de todas las latitudes y de todos los idiomas que quieran atravesar su línea geográfica y venir a realizar con nosotros un esfuerzo noblemente armonioso, encaminado al engrandecimiento de nuestra patria y al bienestar colectivo.

Barreras infranqueables esas mismas fronteras, las convertiremos en murallas, y con ellas cerraremos el paso a todos aquellos hombres que pretendan venir a explotarnos, sin conciencia, con un aire de superioridad, y obtener mayores ventajas que las que legítimamente les corresponden, en consonancia con el contingente de sus aportaciones.

Que México no es un país refractario a la civilización, pero se opone y se opondrá a que se le imponga civilización determinada, porque quiere llegar a obtenerla mediante el esfuerzo de sus propios hijos y el apoyo de los que quieran impartírsela, sin miras aviesas, para obtener esa civilización en absoluta concordancia con su origen, y sin perder ninguna de las características de sus nobles y sagradas tradiciones.

Que México comprende que una gran parte de su masa popular se encuentra en un estado menos de cultura y civilización que el que disfrutan los pueblos más venturosos, pero que estas condiciones desfavorables, de las cuales ese pueblo es el menos responsable, no autorizan a ningún otro para tratarlo en forma despectiva, y si nosotros reconocemos que existen pueblos cuyos directores han sabido hacer mayores conquistas para sus gobernados, en el terreno del progreso y de la ciencia, nos consideramos con derecho de exigir a esos pueblos un apoyo franco y decidido para ofrecer las ventajas de que ellos disfruten, misión que les impone su propio estado de pueblos civilizados que le exige un concepto más amplio de la fraternidad humana, para que pueda llegarse algún día a un estado más uniforme de progreso, y desvanecer así todas esas sombras de mala inteligencia que por fortuna van perteneciendo ya al pasado, pero que han sido el origen de nuestras más grandes desventuras.

Yo les ruego, señores, que al volver a vuestra patria, llevéis una interpretación fiel de estas palabras que llevan el sello de la sinceridad de un pueblo que quiere, de una vez por todas, cancelar su pasado de conmociones intestinas, y marchar sobre una línea recta, en sentido ascendente, con toda la potencialidad que pueda arrancar de sus propias fuerzas, hasta conquistarse un puesto que haga honor a su abolengo.

Fuente:

Discursos del General Álvaro Obregón. Biblioteca de la Dirección General de Educación Militar. México, 1932. Dos tomos. Primera parte. Discursos de 1915 a 1923. 410 pp. Páginas 371 a 377.