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Siglo XX > 1920-1929 > 1921

Discurso del general Álvaro Obregón, presidente de la República, con motivo de las fiestas del centenario de la consumación de la Independencia, en el Palacio Nacional, el día 30 de septiembre de 1921.
Palacio Nacional, 30 de septiembre de 1921.

Es para mí motivo de satisfacción profunda el reunimos en torno de esta mesa, si bien, juntamente con ese sentimiento placentero, me embarga otro que no acertaría a expresar, porque es de suyo indefinible: el sentimiento de la despedida.

A decir verdad, sólo los amigos se despiden; quienes no lo son, simplemente se apartan.

Así, pues, si nosotros nos despedimos, ello quiere decir que nos estimamos y que ahora, al estrecharnos la mano por última vez, y al seguir cada uno su camino, nos consideramos unidos por algo que antes no existía, y que en este momento nos acerca: la estimación cordial derivada de una mutua comprensión, y nacida bajo el techo de una misma casa.

Habéis honrado a México con vuestra presencia y con la representación de vuestros países, y México os ha recibido con los brazos abiertos, como a huéspedes predilectos, cuya visita esperaba, ansioso de subrayar con testimonios vivos una amistad sincera.

En esta vieja meseta del Anáhuac, que os ha brindado todos sus encantos naturales, habéis hecho -creedlo sin reservas- muy buenos amigos.

Ojalá que de ella llevéis gratos recuerdos que os hagan evocar con gusto estos días, cuando os encontréis de vuelta en vuestra casa.

Pero antes de separarnos, y con la solemnidad que reclama la magnitud de esta hora, os ruego, en nombre del pueblo mexicano, cuyos sentimientos y anhelos espero interpretar fielmente, que aceptéis el encargo de transmitir a los Gobiernos y a los pueblos de vuestros países un mensaje sobre lo que México piensa y sobre los propósitos que lo animan.

Helo aquí:

La definitiva liberación del espíritu colectivo es la conquista más grande que ha realizado el hombre en los últimos tiempos, el desvincular en lo absoluto los poderes humanos de los poderes divinos, en nombre de los cuales se han cometido tanto desacatos a la humanidad, y tantos errores pertenecientes ya, por ventura, al pasado.

Han llegado los hombres al convencimiento de que son ellos los llamados a regirse a sí mismos y que, para llenar tan noble misión, los elegidos por sus semejantes necesitan rendir el más ferviente culto a la moral, y subordinar siempre a ella los intereses materiales, para hacer así posible la distribución equitativa de los bienes con que la naturaleza dotó a la tierra.

Nosotros creemos que la humanidad asiste actualmente al derrumbamiento de un pasado caduco, construido por tiranías sobre base de fanatismo y prejuicios, y que bajo los escombros de esas formas envejecidas, quedarán sepultados todos aquellos que intenten oponerse al derrumbamiento.

Nosotros creemos que la humanidad entera surge a una nueva vida orientada por la más amarga de las experiencias, la experiencia de la última hecatombe europea, donde quedó demostrado el fracaso de la fuerza bruta, incapaz de dar una victoria ventajosa y definitiva a ninguno de los combatientes, ya que vencedores y vencidos se encuentran todavía perplejos ante la magnitud de los problemas que la tragedia ha creado.

Y en el desarrollo de esta nueva vida, en el proceso de transición del viejo Estado al Estado nuevo.

México será uno de los países que menos habrán de sufrir, porque la lucha de que ahora sale airoso, trae, justamente, como una de sus principales finalidades, libertarlo de arcaicos prejuicios, y darle una posición avanzada, propicia a una mayor armonía y a una mayor equidad sociales.

Nosotros creemos que la moral, la inteligencia constructiva y generosa, y la cultura, son las fuerzas llamadas a gobernar al mundo en la vida moderna, y que no serán por cierto los países que construyan cañones de mayor alcance, los que realicen las más grandes conquistas, sino aquellos que den a la humanidad pensadores cuyo genio permita ahondar el porvenir y señalar las catástrofes que podrían nacer de la imprevisión y del egoísmo.

Nosotros creemos que en la futura organización política y social de los pueblos, quedarán abolidos los privilegios creados por los hombres, y que sólo imperarán los impuestos por la naturaleza al distribuir desigualmente sus dones, pues la realización de ese ideal social traerá como consecuencia lógica el que cada ser humano ocupe el lugar que le corresponda por su inteligencia y su voluntad, y obtenga en la lucha por la vida las ventajas a que le dan derecho esos mismos dones.

Para colaborar en la nueva organización del mundo, con el contingente que sus propios deberes y aspiraciones le exigen, México se propone levantar constantemente el nivel moral y mental de su pueblo, cosa de que ya da señales evidentes, aunque modestas, reduciendo sus presupuestos de guerra, licenciando Regimientos y Batallones, aumentando sus presupuestos de educación pública, alistando maestros y abriendo nuevos colegios.

Y en esta noble labor, el esfuerzo de México no se encerrará dentro de los límites de sus fronteras, sino que saldrá de ellas para ir a trabajar con eficacia cerca de todos aquellos países que se encuentren en condiciones menos favorables para desarrollar esa labor, y que crean, como México, que son los factores espirituales los que darán cuerpo a la grandeza de los pueblos, y harán posible el bienestar humano.

Permitidme, señores, que levante mi copa, no sólo para significaros el profundo agrado que vuestra presencia causa a México, y los votos que hacemos por la ventura de las naciones que representáis, sino para invitaros a que brindéis por la felicidad de todos los pueblos y de todos los países, a quienes un inmenso pasado de luchas, de dolor y de angustia, ha hecho acreedores a que se realice el precepto evangélico que pregona la paz en la tierra para todos los hombres de buena voluntad.

Fuente:

Discursos del General Álvaro Obregón. Biblioteca de la Dirección General de Educación Militar. México, 1932. Dos tomos. Primera parte. Discursos de 1915 a 1923. 410 pp. Páginas 355 a 361.