Buscar en  
  Página principal

  Conquista

  Independencia

  Revolución

  Siglo XXI

  Siglo XX

      1990-1999

      1980-1989

      1970-1979

      1960-1969

      1950-1959

      1940-1949

      1930-1939

      1920-1929

          1929

          1928

          1927

          1926

          1925

          1924

          1923

          1922

          1921

          1920

      1910-1919

      1900-1909

  Siglo XIX

  Siglo XVIII

  Siglo XVII

  Siglo XVI

  Siglo XV

Siglo XX > 1920-1929 > 1921

Carta de Ricardo Flores Magón a Miss Ellen White. Y es al fortalecimiento de ese sindicalismo al que tenemos que contribuir.
Leavenworth, Kansas, September 19th, 1921.


Miss Ellen White
New York, N.Y.

My dear comrade:

The last gleam of hope of receiving in time your dear had already faded away, when, lo! your beautiful, sweet, encouraging letter of the 13th inst. was handed to me. I hastily thrust my fingers into the envelope, whose bulky appearance was full of promise, and found therein your dear letter, the dispersed of what in life was a rose, a magnificent poem by a magnificent poet, and a series of pictures of the Niagara and thereabouts, the most beautiful of which being the one representing the ice mountain you once climbed... and this because I see you at its white, cold summit.

You do not in the least [bother] me with your questioning, my good Ellen, but what I have to say on the subjects by you broached is so elementary, that I am afraid of annoying you, my accomplished young comrade. When I spoke of Syndicalism, I meant the revolutionary Syndicalism, that is, the union of actual workers that [has] as its aim the overthrow of the capitalist system by direct action. This Syndicalism is the one we must help get strong.

In regard to the trade unions of the AFL (1) type, we must persistently show their members the necessity of adopting the new ideals and the new tactics that the present conditions demand. We must not let them alone; we must propagate our ideal among them if we care not to run the risk of having them aligned with the enemy in a moment of crisis. This is the most we can do with the trade unions of the AFL type -to propagate our ideals among their members in order that they, at least, may not be against their own class when the circumstances should sternly compel each one to take a side.

True, and very true, the Syndicalism we have here, in this country, has degenerated, but it is the only one we have, and we are forced to deal with realities, with what is and not with what might be. If we could transform overnight the trade unions into class-conscious revolutionary unions, we should put all our energies to the task, but we cannot do it; we would necessitate years, and years, and years to accomplish the tremendous feat, and events, the phenomena of social life, will not stop their giddy flight to give us time in which to perfect and oil the machinery we intend to use in a future which is perhaps nearer to us than we dream of.

Thus, under the circumstances, we must not put obstacles to the Syndicalist minority, we must not let that minority alone to devote our whole time to the catechism of the trade unions, lest the approaching crisis surprises us teaching the ABC of social rights to the aristocracy of labor.

We must teach them that ABC of course, but without neglecting the main task, that of making of Syndicalism the most revolutionary labor organization. Had we twenty, thirty or forty years before us in which to work the astounding transformation of the trade unions into class-conscious revolutionary Syndicalism, we could attempt it, and we would necessarily succeed, but when there is no time to loose, when the crisis may start at any moment, next month, or next year, or within the next five years at the most, we must work with the best instrument or the less spoiled one we have at hand, to meet the coming events, and in our case the less spoiled instrument is the shadow of Syndicalism vegetating in the darkness around us. Let us invigorate this shadow; we have no time to construct new weapons.

I do not know whether I have succeeded in answering your questions, dear Ellen, and in case I did not, just tell me so, that I do no feel any weariness in obliging you, though I am afraid of boring you to death with these my poor cogitations.

Yes, I deserve the lovely reprimand lovely Mollie used to fling upon teasing comrades. Shame on me, because I am too selfconceited... but I was forgetting something you ask me, about the pamphlet by comrade Graham. I read it with the utmost interest and found it ultra-splendid in its indictment against the dictatorship, but I do not agree in declaring war against the Marxists that in all countries are endeavoring the overthrow of capitalism. This would be to insure a victory to the common enemy. I am for presenting a solid front against it, and then, when the monster is dead, to fight against any imposition the Marxists would pretend to carry on. And with this the space has dwindled to almost nothing, and I must stop with the regret of not having given a chance to the tiny fairy you suppose dwelling in some nook or other of my brain, to display the fabric she is glad of weaving for you.

Good-bye then, I corresponded the love those amiable comrades feel for me. I will write to our Erma this week; and now I close this scrawling sending you my comradery love.



Ricardo Flores Magón



Leavenworth, Kansas, 19 de septiembre de 1921.

Señorita Ellen White
Nueva York, N.Y.

Mi querida camarada:

Se extinguía ya el último rayo de esperanza de recibir sus tan ansiadas letras cuando, ¡oh sorpresa!, me entregaron su hermosa, tierna, estimulante carta del 13 de los corrientes. Mis dedos se dieron prisa en rasgar el sobre, cuyo abultado aspecto era muy prometedor; en su interior encontré su querida carta, los pétalos dispersos de lo que en vida fue una rosa, un poema magnífico, obra de una magnífica poetisa, y varias fotografías del Niágara y sus alrededores, de las cuales la de montaña helada que usted escaló alguna vez es la más bella... y lo es porque la veo a usted en su blanca y nevada cima.

De ninguna manera, mi buena Ellen, me molestan sus preguntas; pero lo que puedo decirle acerca de las cuestiones que me plantea es tan elemental que corro el riesgo de cansarla, mi inteligente joven camarada. Cuando aludo al sindicalismo, me refiero al sindicalismo revolucionario, es decir, a la unión de los auténticos trabajadores con el propósito de derrocar al sistema capitalista por medio de la acción directa. Y es al fortalecimiento de ese sindicalismo al que tenemos que contribuir.

Respecto de los agremiados en las uniones gremiales, del tipo de la AFL, (1) debemos demostrarles persistentemente que las condiciones actuales imponen la adopción de nuevos ideales y nuevas tácticas. No debemos abandonarlos; debemos propagar entre ellos nuestros ideales, so pena de tenerlos alineados del lado del enemigo en el momento crítico. Esto es lo más que podemos hacer en el caso de las uniones gremiales del tipo AFL: difundir nuestros ideales entre sus miembros para evitar, por lo menos, que lleguen a ponerse en contra de su propia clase cuando las circunstancias hagan inevitable que cada uno tome partido.

Es cierto, y muy cierto, que el sindicalismo de este país se ha degenerado; pero es el único que tenemos, y estamos obligados a enfrentar la realidad, lo que es, y no lo que debería ser. Si, de la noche a la mañana, pudiéramos transformar las uniones gremiales en sindicatos revolucionarios con conciencia de clase, estaríamos obligados a poner todas nuestras energías en esa tarea. Pero no es posible; llevar a cabo un reto de esa magnitud nos tomaría años y años y más años; y los acontecimientos, los fenómenos de la vida social no van a frenar su vertiginosa carrera para darnos tiempo de organizar y lubricar la maquinaria que pretendemos usar en el futuro, un futuro que quizás esté más próximo de lo que suponemos.

Por lo tanto, y en consideración a las circunstancias, no debemos ni obstaculizar ni abandonar a la minoría sindicalista para dedicar todo nuestro tiempo a catequizar a las uniones gremiales, a riesgo de que la crisis que se avecina nos sorprenda mientras nosotros predicamos el abecé de los derechos sociales a la aristocracia laboral. Debemos, por supuesto, enseñarles ese abecé, pero sin descuidar nuestra tarea principal: hacer del sindicalismo la más revolucionaria de las organizaciones laborales. Si pudiéramos disponer de veinte, treinta o cuarenta años para dedicarlos a la monumental tarea de transformar las uniones gremiales en un sindicalismo revolucionario, con conciencia de clase, estaríamos obligados a emprender el esfuerzo y, con seguridad, tendríamos éxito.

Sin embargo, no teniendo tiempo que perder, pues la crisis puede estallar en cualquier momento, en un mes o en un año o en cinco a lo sumo, tenemos que trabajar con el mejor instrumento o, si se quiere, con el menos deteriorado, con que contamos para poder enfrentar los acontecimientos futuros. Y, en nuestro caso, el instrumento menos deteriorado es esa sombra de sindicalismo que vegeta en la oscuridad que nos rodea. Démosle fuerza a esa sombra, no tenemos tiempo para construir armas nuevas. No sé si habré podido responder a sus preguntas, querida Ellen; de no ser así, simplemente dígamelo, porque no me molesta de ninguna manera responderle; lo que sí me molestaría sería abrumarla con estas limitadas elucubraciones.

Sí, merezco el encantador regaño que la encantadora Mollie suele infligir a los camaradas bromistas. Debería sentirme avergonzado por ser tan engreído... pero me estaba olvidando de comentar algo que usted me pregunta acerca del folleto del camarada Graham. Lo leí con el mayor interés, y me pareció ultraespléndido en su acusación contra la dictadura; pero no estoy de acuerdo con su declaración de guerra a los marxistas que están luchando en todos los países por el derrocamiento del capitalismo. Así lo creo porque de esa manera se garantizaría la victoria sobre el enemigo común. Yo me inclino por presentar un frente sólido contra él y, más tarde, una vez muerto el monstruo, luchar contra todo lo que los marxistas pretendieran imponer. Y, con esto, el espacio se ha reducido a casi nada, y tengo que terminar, lamentando no haberle dado oportunidad a la minúscula hada que usted supone habita en algún rincón de mi mente para que le muestre el tejido que tiene el placer de estar tramando para usted.

Me despido, entonces. Correspondo al afecto que esos amables camaradas sienten por mí. Esta semana le escribiré a nuestra Erma, y concluyo ésta enviándole mi amor de camarada.

 

Ricardo Flores Magón



(1)   American Federation of Labor.

 


Fuente:

Obras Completas de Ricardo Flores Magón. Correspondencia 2 (1919-1922). Compilación, prólogo y notas: Jacinto Herrera Bassols. Consejo Nacional para la Cultura y las Artes. México, 2000. pp.261-265.