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Siglo XX > 1920-1929 > 1920

Habla el General Álvaro Obregón respecto al problema agrario en la Cámara de Diputados, el 27 de octubre de 1920.
27 de octubre de 1920.

Señores diputados:

A la bondad de ustedes debo el honor de hacerme oír en este recinto, para cambiar con ustedes impresiones sobre los asuntos trascendentales que tienen en carpeta.

Soy de opinión que el porvenir de la patria está en la labor que desarrollarán las Cámaras Legisladoras, porque de nuestras leyes dependerá el engrandecimiento de nuestra Patria, o la continuación de una vida raquítica llena de intermitencias y llena de incertidumbres: es por eso que cuando llegó hasta aquí, empiezo por hacer votos muy fervientes porque las Cámaras Legisladoras, despojadas en lo absoluto de los apasionamientos políticos, de los intereses de partido y de los intereses de bloques, fijen su mirada en el porvenir de nuestra patria y legislen conscientemente, sin temor al aplauso o a la maldición del momento, puesto que la legislación que va a implantarse será la cimentación de nuestra futura patria; y no son los frutos momentáneos los que deben alegrarnos, ni los aplausos entusiastas los que deben servirnos de estímulo, sino el aseguramiento de un futuro que. vaya más de acuerdo con las aspiraciones nacionales; creo que las Cámaras Legisladoras resolverán nuestro futuro, ya que, en lo que respecta al Ejecutivo, yo siempre he creído que tiene como única misión velar por el cumplimiento de esas leyes, sin discutir, cuando ya estén promulgadas, si son buenas o son malas; y si su criterio individual pugna con el fundamento de esta legislación y el Encargado del Ejecutivo no quiere violentar los fueros de su propia conciencia, creo que no le cabe más recurso que el de confesarlo sinceramente y volverse a su casa.

Después de hacer estas consideraciones, quiero indicar a ustedes a que cambiemos impresiones sobre algunos de los proyectos que están por discutirse y algunos que se están discutiendo, para que si en mis ideas encuentran algo digno de tomarse en consideración, lo acepten; y si no, lo desechen, seguros en lo absoluto de que, aceptadas o desechadas mis ideas, conservaré el mismo respeto para esta honorable asamblea, y la misma estimación personal para cada uno de sus componentes.

Yo quisiera, por lo tanto, que el señor diputado Manrique, que ha tomado la Presidencia de esta junta, como pudiéramos llamarla, pusiese a debate, o no a debate, sino que sometiera a discusión, para el cambio de impresiones, cualquiera de los proyectos de que antes me ocupaba, y que, en concepto mío, son la base fundamental de nuestro futuro.

Yo considero como esa base fundamental, la Ley del Trabajo, la Ley Agraria, la ley que establece el Banco Único, y algunos proyectos que se han estado ya discutiendo en esta Cámara.

Les voy a suplicar una poquita de paciencia, porque me voy a extender un poco.

Voy a empezar por hacer una serie de consideraciones para resolver, en concepto mío, cómo nació el problema agrario.

El agricultor ha sido siempre la base de las riquezas nacionales en los países esencialmente agrícolas, como el nuestro; pero el agricultor, como todas las demás fuentes de riqueza, que han servido para el progreso de la humanidad, alcanzó en los últimos tiempos una evolución admirable, una evolución que ha permitido que en otros países, combinando el capital, la inteligencia y el trabajo, hagan producir a la tierra su máximo con un costo mínimo, y permitan a los agricultores pagar jornales muy altos, y vender cereales a muy bajos precios.

Y la consecuencia de esto viene directamente a favorecer el bienestar de los trabajadores.

En nuestro país, desgraciadamente, una mayoría de los terratenientes han permanecido absolutamente ajenos a la evolución de la agricultura; tan seguido sus procedimientos rutinarios, a tal grado, que no han podido competir con los productos similares de otros países del mundo, y siempre piden derechos arancelarios proteccionistas para poder obtener un precio que les permita vender sus productos.

Es natural que si la agricultura en otros países cuenta con esos tres factores que se llaman: Capital, traducido a propiedad, a maquinaria moderna, a implementos que simplifican el trabajo; inteligencia, que significa organización y dirección, y trabajo, que es en el que concurren los jornaleros; en esas condiciones, puede obtener el Capital las ventajas suficientes para satisfacer sus exigencias, y puede tener el jornalero un salario que le permita vivir con algún bienestar, es decir, puede el jornalero obtener un producto igual, o quizá mayor al que habría obtenido con su esfuerzo personal y con procedimientos rutinarios.

Es entonces que los peones del campo empezaron a observar que pasaban los días uncidos en el trabajo; que pasaban los años, y de generación en generación se iban transmitiendo la dolorosa herencia del hambre, porque los patronos, con sus procedimientos rutinarios, tenían que buscar la utilidad que exigía su capital, no en su habilidad, no en su maquinaria, no en su capital, sino en el esfuerzo personal de sus propios jornaleros.

Desde entonces empezó a campear un ambiente que poco a poco ha venido tomando el nombre de problema agrario.

Cada hombre de aquellos anhelaba un pedazo de tierra para formar sobre él su casa de pencas de magueyes, y obtener para su provecho propio el producto total de su esfuerzo personal, porque una parte de él se la estaban reclamando los patronos y no alcanzaba la participación que les daban, siquiera para alimentar a sus hijos.

Es, en concepto mío, la forma como nació el problema agrario, y es necesario, en concepto mío, también, para conjurar un mal, estudiar su origen.

Yo creo que una gran mayoría, quizá todos los aquí reunidos, estamos enteramente de acuerdo con satisfacer esa necesidad; estamos enteramente de acuerdo con resolverla de una manera favorable, y que mientras se presentan nuevos horizontes para los hombres de campo, tengan cuando menos un pedazo de tierra donde su esfuerzo personal les permita alimentar a sus hijos.

Hemos dicho en muchos tonos, y muchas veces, que se hace indispensable la ilustración de nuestras masas.

El factor analfabetismo pesa sobre nosotros y sobre nuestro país, como un lastre.

Ellos no son responsables, pero sí es necesario combatir el analfabetismo.

Necesitamos, primero, buscar la reconstrucción física de millares de indígenas que están en condiciones muy poco propicias para asimilar la ciencia que nosotros queremos llevarles, si no nos preocupamos antes de darle lo suficiente para que puedan obtener una reconstrucción física, estoy enteramente de acuerdo con el principio agrario, pero debemos proceder con absoluta discreción; debemos de proceder con un tacto tal, que se satisfaga ese problema sin poner en peligro nuestro bienestar ni nuestra parte económica.

Si nosotros empezamos por destruir la gran propiedad, para crear después la pequeña, creo sinceramente que hemos cometido un error, porque el día que se promulgue una ley, fijando la superficie máxima que cada uno de los hacendados desea, ese día el Gobierno no tendrá m siquiera el derecho de cobrar los impuestos ni las contribuciones por toda la superficie de la hacienda, y no ha creado la pequeña propiedad todavía.

Si nosotros damos una ley que sujete a los agricultores a usar los medios primitivos para seguir cultivando la tierra, llegaremos a esta dolorosa conclusión: un hombre con sistemas primitivos para cultivar como superficie máxima, ayudado por sus pequeños hijos, y en algunos casos por su mujer, de cinco a seis hectáreas.

Si nosotros condenáramos a nuestro agricultor a vivir enteramente sujeto a los procedimientos primitivos, llegaríamos a esta dolorosa conclusión: México tiene 50.000,000 de hectáreas de tierra, susceptibles de cultivarse; México tiene 16.000,000 ó ... 15.000,000 de habitantes; habrá en 15.000,000 de habitantes 3.000,000 de jefes de familia, de los cuales tendremos que descontar muchos centenares, que son obreros, muchos centenares, que forman parte del Ejército; tendremos que descontar empleados públicos y particulares; tendremos que descontar comerciantes, industriales, banqueros, y nos quedará un millón de jefes de familia que podrían encaminar todo su esfuerzo al desarrollo de la agricultura, y si condenamos a nuestra agricultura a que viva eternamente regida por las doctrinas primitivas, podríamos decir, por los procedimientos que implantó San Isidro, llegaríamos a la conclusión de que un millón de hombres dedicados a la agricultura, por esos medios podrían cultivar una superficie máxima de seis millones de hectáreas.

Quedaría un excedente sin cultivo, de cuarenta y cuatro millones de hectáreas, y México, señores, aparecería ante el resto del mundo como el latifundista más formidable.

¿Por qué?

Porque cultivaría la décima parte de los terrenos que tiene que cultivar, y en un momento en que todo el mundo necesita de la producción máxima de la agricultura, para callar los gritos del hambre que empieza a hincarse en las muchedumbres, muy especialmente en los países europeos.

Vamos, pues, a resolver el problema agrario, sin descuidar que nuestro país tiene mucho más terreno que los que se necesitan para resolverlo; que no debemos destruir las propiedades grandes, antes de crear las pequeñas, porque vendría un desequilibrio de producción que pudiera quizá orillarnos a un período de hambre.

Yo soy de opinión que debemos proceder con cautela, y debemos de estudiar estos problemas de una manera mucho más reposada.

Tenemos un ejemplo que parece una ironía del destino: los enganchadores del país vecino del Norte, vienen hasta el centro de nuestra República a pagar dos y medio dólares, o sean cinco pesos mexicanos, a cada trabajador; pagarles gastos de ida y regreso, utilizarlos en trabajos agrícolas, y venir después a vendernos sus productos a unos precios que nuestros agricultores no pueden competir, y gritan y gritan pidiendo aranceles proteccionistas.

¿Será que ellos tiran su dinero?

Yo creo que no.

¿Será que ellos han evolucionado, y la agricultura en aquel país ha alcanzado su estado máximo?

Entonces yo creo que si en estos momentos se usaran los mismos implementos que se usan en aquel país, y se pagaran los cinco pesos que allá se pagan, y se vendieran los productos a un precio menor del que tienen actualmente, no existiría quizá el problema agrario.

Pero desgraciadamente existe, y ante la realidad, ante la evidencia, no nos quedará más que ir conscientemente a resolverlo; resolverlo llenando las aspiraciones de esos millares de hombres que necesitan un pedazo de tierra; llenando las aspiraciones de la Revolución, que instituyó ese principio en sus banderas.

Yo sería de opinión que se diera una ley -en su aspecto fundamental, yo no combato la ley que se acaba de leer-; que se diera una ley creando el derecho de ser propietario a todo hombre que estuviera capacitado para cultivar un pedazo de tierra; que se fijara la superficie máxima a que ese hombre tenía derecho, y que se fuera pidiendo a los latifundistas todo el terreno que fuera necesario para satisfacer todos los pedidos que se fueran presentando, de un modo tal, que cuando quedara destruida la gran propiedad, quedara substituida su producción, porque ya estaba creada la pequeña propiedad.

Este es, en concepto mío, el aspecto fundamental; evitar un desequilibrio de producción, evitar un desequilibrio económico que pudiera llevarnos a un período de hambre, y es así que sería una ironía del destino que llegáramos a crear un período de hambre, es en el único, o quizá en uno de los países que más acondicionado está para desterrar para siempre de su superficie ese fantasma del hambre, que no hemos podido desterrar en muchas clases sociales.

Además, no debemos de partir de bases falsas; la experiencia nos ha enseñado a los agricultores que la agricultura requiere mayor constancia y mayores conocimientos de los que generalmente se cree, y es preciso suponer que una gran parte de los favorecidos con parcelas de tierras, llegaría un momento en que ellos mismos no quisieran seguir siendo agricultores, y es probable que éstos vieran más a menudo si nuestros agricultores iniciaran una rápida evolución en sus procedimientos, y estuvieran acondicionados en un plazo corto, para pagar altos salarios.

Un hombre que puede obtener trabajando en concierto con el capital, una suma mayor de productos o de dinero anual que la que le ofreciere su esfuerzo personal, es indudable que abandonaría su parcela, porque todos buscamos el mejoramiento, y esto no solamente es justo, sino que debemos estimular a los que tal hacen, vamos pues a establecer este principio: vamos a darle terrenos a todo el que lo solicite, pero vamos a hacerlo gradualmente; vamos a destruir la gran propiedad, cuando esté sustituida con la pequeña propiedad.

Vamos a ir en este reparto de tierras contra todos los latifundistas que actualmente siguen usando los sistemas rutinarios, porque esos jamás estarían en condiciones de mejorar a sus jornaleros; los procedimientos que usan están en pugna con la época, y en pugna con todo principio económico, porque les resultan los productos más malos y más caros, y esto no podrá permitirles una mejoría a sus jornaleros.

Vamos entonces preferentemente a utilizar los latifundios que usen esos procedimientos, y a dar tierras a todo el que las solicite, a todo el que esté capacitado para conservarlas, y vamos a dar una tregua a los que estén usando procedimientos modernos, para que se vean estimulados, para que evolucione rápidamente nuestra agricultura, y podamos llegar a alcanzar en un período próximo un desarrollo máximo; que no tengamos que pedir aranceles proteccionistas contra los granos que vienen de fuera, y que tengan que atemorizarse los centros productores de otros países, porque nosotros invadamos sus mercados.

Si logramos, como antes decía, resolver el problema agrario en forma adecuada, haremos indudablemente un bien a una gran mayoría de hombres, y haremos indudablemente un bien a nuestra propia agricultura.

Ahora voy a darles mi opinión sobre el problema agrario y sobre su vida.

Es mi opinión, que el problema agrario será de vida transitoria, que es una necesidad que tenemos que resolver para acallar el hambre de muchos centenares de trabajadores del campo que necesitan obtener el total de su esfuerzo personal.

Aun con procedimientos rutinarios, para calmar el hambre de sus hijos y ponerlos en condiciones más favorables para que vayan a una escuela y tengan un mayor poder de asimilación; pero si nosotros llegamos a realizar otro ideal, que debe vivir dentro de nosotros, tanto como el problema agrario, y que es el de la educación del pueblo, el problema agrario tendrá vida transitoria.

Si ahorita damos a un trabajador del campo cuatro o cinco hectáreas de terreno para que satisfaga sus necesidades, él se dedicará a cultivarlas indudablemente, él encontrará un bienestar porque recogerá el total de su trabajo; pero si logramos educar a sus hijos como es nuestro anhelo, pasará una generación, y cuando aquel hombre de campo desaparezca les avisarán a sus hijos que ha muerto su padre y que ha dejado cinco hectáreas de terreno.

Si ellos han logrado obtener una educación mediana, ninguno pensará en abandonar los centros donde desarrolle su inteligencia y su acción para volver al antiguo hogar a dedicarse a cultivar las cinco hectáreas de terreno que cultivaron sus antepasados, porque aquello les producía mucho menos que lo que produce una vida de actividad y de inteligencia a un hombre medianamente culto en cualesquiera otros centros.

No voy a extenderme más, pero cada vez que ustedes me concedan el honor de dejar que mis ideas lleguen hasta ustedes, vendré aquí y las expresaré con toda sinceridad; serán malas, serán buenas; yo no soy culpable; pero yo no diré una sola frase que pugne con mi criterio, una sola frase que me la reproche mañana mi conciencia, porque consideraré como el primer fracaso de mi vida el día en que traicione mis convicciones.

Han escuchado ya algunas ideas, voy a terminar, y cuantas veces ustedes quieran cambiar impresiones conmigo, estoy enteramente a sus órdenes.

Hace un momento decía que bajo ningún concepto, y por ningún motivo, me apartaría de la ley, y no seré yo, por lo tanto, quien venga a proponer una transgresión a esa misma ley; yo, al exponer mis ideas, es muy posible me salga de las rutinas legales, yo que en derecho soy absolutamente miope; pero a una idea, si es buena, se le podrá dar forma legal por una comisión adecuada que haya aprendido derecho, y que vea cómo puede desarrollarse una idea adaptándola a las formas legales.

Es absolutamente indispensable que cada uno de los componentes de la actual Administración y de la futura, nos demos cuenta precisa de nuestras responsabilidades, y la única manera de evitar, es decir, de libertarnos de responsabilidades, es obrar con absoluto apego a nuestro criterio, que es nuestra conciencia misma.

Nadie está obligado a ser un intelectual, nadie está obligado a ser un gran legislador, pero sí están obligados todos los hombres a respetar la moral, porque es la base de todo pueblo si quiere llegar a ser grande.

Yo no quise entrar en detalles acerca de esta ley, porque al leerla encontré una absoluta falta de sentido práctico.

Aplaudo las buenas intenciones del diputado Soto y Gama, y las creo sinceras, cosa que no creí en la Convención de Aguascalientes, porque no lo había visto vagar por las montañas bajo la acción del hambre y del frío en muchas ocasiones.

Tengo, pues, la obligación de creer que el que ha seguido una vida tan azarosa durante tanto tiempo, trae dentro de sí un ideal que le aliente en las luchas, y que tiene sobrada razón en buscar los medios para realizarlo.

Voy a referirme a uno sólo de los artículos, porque si discutiera toda la ley, los cansaría; suplico a alguno de los señores diputados cojan un lápiz, el artículo segundo dice:

”En poblado de mil o quinientos habitantes...” favor de poner mil...

Es el artículo segundo, inciso b). ”La zona comprenderá un cuadrante de dieciséis kilómetros por lado...”

Favor de multiplicar dieciséis por dieciséis... favor de agregarle veinte.

Son veintisiete mil seiscientas hectáreas que divididas entre mil, son veintisiete hectáreas y fracción por habitante.

Suponiendo que los niños, las mujeres y los ancianos fueran a cultivar la tierra, no podrían cultivar sino cinco hectáreas por persona.

En mil habitantes debemos suponer doscientos jefes de familia.

Doscientos hombres capacitados para los trabajos agrícolas, pues debemos suponer que habrá un boticario, un sacerdote, un telegrafista, un maestro de escuela, algunos gendarmes, un barbero... y algunos otros servicios públicos; nos quedarían entonces alrededor de cien hombres capacitados para trabajar en la agricultura y les daríamos la tarea de trabajar veintisiete mil seiscientas hectáreas...

Yo quiero que me contesten sobre este inciso, no más, si esto es sentido común, si es sentido práctico o lírico o es entusiasmo.

Cuando se me conteste lo relativo a este inciso, seguiré con mucho gusto discutiendo la ley.

He comprobado que los que han formulado este proyecto están inflados, si se me permite la palabra, de los entusiasmos más nobles, pero carentes en lo absoluto de sentido práctico y de conocimientos agrícolas.

Antes de terminar, quiero hacer la declaración, de que en lo que respecta a ejidos, estoy enteramente de acuerdo en que se omita toda discusión, porque deben proporcionarse los ejidos a los pueblos.

Ningún pueblo puede vivir siquiera, si no tiene dónde cortar un leño o dónde proveerse de una poca de agua.

En el Estado de Jalisco, una de sus ciudades más importantes está en condiciones extraordinariamente críticas por falta de agua, cuando llegué a aquella ciudad, fui recibido con entusiasmo en mi campaña política, y al recorrer uno de sus parques, me di cuenta de que un grupo de mujeres estaban enclavadas de cabeza ejercitando una acción, que sólo pudimos conocer al acercarnos; ellas se disputaban en el fondo de una pila un pequeño escape de agua de mal olor y en malas condiciones.

Al lamentar una situación tan difícil en una de las ciudades florecientes de Jalisco, recibí la invitación para visitar una hacienda a ocho kilómetros; la hacienda tiene un molino movido por agua, cuyo caudal lo proporciona un manantial natural, a ocho kilómetros de la ciudad; pero es una propiedad particular, y los habitantes de la ciudad tienen derecho a beber agua quizá dos veces al día, pero a bañarse solamente cuando llueve.

Hecha la anterior declaración, aplazo la discusión para cuando se me demuestre que este inciso está ajustado al sentido común.

Empezaré por aclarar, que no hubo error alguno en los números; solamente que yo entiendo por agricultor al que cultiva la tierra, y para cultivar la tierra se necesita tener condiciones adecuadas.

Yo creo que los habitantes de un pueblo no pueden ser agricultores, porque es posible que haya muchos en brazos todavía, otros en las escuelas y muchas señoras que tienen ocupaciones muy diversas a la agricultura.

Un pueblo de mil habitantes, prácticamente no arroja más que cien hombres capacitados para dedicarse al trabajo de la agricultura, y si a cien hombres se les da la tarea de cultivar veinticinco mil hectáreas, están muy lejos de satisfacer esa tarea.

Es precisamente la parte fundamental, o mejor dicho, es de lo que adolece fundamentalmente el proyecto de ley; se pretende dar más tierras de lo que es posible cultivar, y serán tierras ociosas todas las que posean uno o varios individuos si no las hacen producir.

Y si el latifundismo es malo, más en nuestro país donde los procedimientos agrícolas son rutinarios, que no hacen producir la tierra, será igualmente malo el latifundismo pequeño, donde un hombre tenga lo que pueden cultivar ocho: con la diferencia de que el latifundismo al por mayor hay muchas mayores facilidades para exigirle que haga producir las tierras, y sobre todo para que pague todos los impuestos y todas las contribuciones que fijen los gobiernos, tanto locales como el gobierno general, los ayuntamientos, etc., etc.

Yo no he venido a defender al latifundismo: vengo a defender la forma en que trata de destruirse.

Naturalmente, como lo presenta el señor diputado Soto y Gama, no se puede destruir el latifundismo sin repartir las tierras ni se pueden repartir las tierras sin destruir el latifundismo.

No, yo quiero que se haga un proceso gradual; que el gobierno esté capacitado para cubrir todas las peticiones de tierra que tenga, y que pida todas las tierras necesarias para cubrir esas peticiones a los que tengan las mayores superficies de tierra en el lugar donde se esté desarrollando el problema.

De esa manera se conseguirá la destrucción del latifundio.

¿En cuánto tiempo?

No lo sabemos, pero cuando esté destruido, estará creada la pequeña propiedad y sustituida la producción ventajosamente.

Esas son mis ideas.

Si mis ideas pugnan en parte con algún precepto legal, yo creo que es muy posible armonizar el aspecto legal con el aspecto de lógica.

Si se da una ley declarando que nadie puede poseer más de cincuenta hectáreas, queda automáticamente destruida la propiedad.

Con la destrucción de la propiedad, viene la destrucción absoluta del crédito agrícola.

El hacendado que tiene cinco mil hectáreas de terreno actualmente, irá con un banco y le dirá: “Necesito cien mil pesos.”

El banco le contestará: “Hay una ley que no te autoriza a tener sino cincuenta mil hectáreas, y tu crédito solamente significa el valor de la tercera parte de las cincuenta mil hectáreas que te autoriza a tener esa ley.”

Destruida la propiedad, destruido el crédito agrícola, ahuyentaremos el capital extranjero que en estos momentos lo estamos necesitando más que nunca: habremos cometido un desequilibrio económico, porque no habrá ya a quien cobrarle las contribuciones, porque hay una ley que no autoriza a nadie a tener más de cincuenta hectáreas de terreno.

El Gobierno se encontrará de improviso con que tiene muchas hectáreas de terreno ociosas y que no haya a quien dárselas.

Vamos a suponer que esta ley se copiara en toda la República.

¿Cuál sería el resultado?

Ya antes decía, que no estamos capacitados por procedimientos primitivos, a cultivar con todos los hombres susceptibles de dedicarse a la agricultura, mas que seis millones de hectáreas en el país; entonces quedarían sustraídas a la agricultura e incapacitadas para desarrollar y cultivar por grandes empresas cuarenta y cuatro millones de hectáreas de terrenos, y entonces habría que hacer gravitar sobre seis millones de hectáreas los impuestos indispensables para el sostenimiento de una administración.

El desequilibrio sería desastroso para la Administración, y el desequilibrio de producción sería angustioso para todo el país.

Yo quiero que seamos más reposados, que consultemos a los hombres prácticos, porque la práctica en muchos casos nos enseña cosas que no nos enseña la teoría.

En teoría puede ser buena una cosa; en el terreno de la práctica puede ser un fracaso.

Yo he vivido dedicado a las labores agrícolas, quizá tres cuartas partes de mi vida, y me ha tocado en suerte vivir en una región donde se han establecido colonias y se han distribuido las tierras.

En las regiones del Yaqui y del Mayo se han distribuido alrededor de medio millón de hectáreas de terreno en un período aproximado de veinticinco años.

Yo mismo fui un agraciado y recibí hectárea y media, que era lo que yo personalmente estaba capacitado para cultivar.

Tengo, pues, alguna experiencia.

Yo no vengo aquí a defender intereses de nadie: vengo a defender los intereses nacionales, los intereses de las grandes colectividades que son los que me están confiados.

Si hubiera querido yo renunciar a mis principios, hace mucho tiempo que habría comerciado con ellos, porque es el comercio más provechoso en nuestro país, el que se hace con los principios.

Me van a perdonar dirigirles todavía unas cuantas palabras sobre el problema agrario, si ustedes me lo permiten.

Hay solamente una diferencia entre lo que propone el señor diputado Soto y Gama, y lo que proponemos nosotros.

No se trata de mayor o menor radicalismo; nosotros estamos enteramente de acuerdo en que en el problema agrario se obre con absoluto radicalismo; pero no queremos o no creemos, que favorezca al problema agrario una ley que esté en pugna con la lógica, con la práctica y con las matemáticas.

Si yo no tuviera la continua preocupación de ser un fiel servidor de la ley al llegar al poder, no estaría preocupado en estos momentos por estas discusiones, porque diría yo: al fin después yo haré lo que quiera.

Pero no, señores, yo al venir a esta lucha, al permitir que mi nombre figure en esta lucha, he traído como objetivo único servir a mi patria, y creo, que ningún hombre, ningún gobernante, puede servirle a su país si no se rige absolutamente ajustado a la ley.

Pero no hay una ley, no hay un precepto de lógica, no hay un principio de sentido común, no hay un principio técnico ni práctico que me diga que un agricultor puede desarrollar el esfuerzo de veinticinco agricultores: que un hombre que sobre el terreno de la práctica nos demuestre que cuando sólo puede cultivar una superficie de cinco hectáreas pueda en un momento dado, por obra de su entusiasmo revolucionario, cultivar doscientas cincuenta hectáreas.

Yo soy de los que he dejado asentado en esta tribuna, que una gran mayoría de nuestros hombres de campo tienen hambre, no de ahora, hambre que se ha venido transmitiendo de generación en generación, y si alguien propone una ley para obligar a esos hombres a comerse veinticinco panes por hora, yo me opongo, porque no haremos su felicidad, no interpretaremos sus necesidades: habremos agotado la harina de la República y habremos asesinado a los trabajadores del campo.

Esa es, señores, la verdad; es preciso que aquí cada uno de los que vienen a hablar diga lo que piensa; que no venga a decirnos de entusiasmos revolucionarios, yo también tengo y he tenido esos entusiasmos... porque sin entusiasmo no me habría lanzado a la Revolución.

Sin un sentido práctico, sin una legislación lógica adecuada a la práctica y adecuada al medio, no llegaremos a ninguna parte.

Se habla de muchos otros países y yo creo que uno de los grandes errores de nuestros legisladores, ha sido el de implantar leyes sin estudiar el medio en que vivimos.

Voy a terminar, porque se ha prolongado la discusión.

He expresado mis ideas, sin asegurarles que sean buenas; son mías y son sinceras.

Fuente:

Discursos del General Álvaro Obregón. Biblioteca de la Dirección General de Educación Militar. México, 1932. Dos tomos. Segunda Parte. Discursos de 1924 a 1928. 505 pp. Páginas 467 a 491. En el Apéndice.