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Siglo XX > 1920-1929 > 1920

Discurso pronunciado por el general Álvaro Obregón en el banquete que le fue ofrecido en el edificio de la Tabacalera Mexicana, la noche del día 5 de diciembre de 1920.
5 de diciembre de 1920.

Honorables miembros de la Banca, del Comercio, de la Industria y de la Agricultura:

Empezaré por agradeceros la distinción de que me habéis hecho objeto al organizar esta fiesta en mi honor, fiesta que revela en todos los detalles de organización y preparación un gusto exquisito y que recibe mayor relieve por el lugar donde ha sido preparada, y por la persona designada para ofrecerla.

Al referirme al local, no es la magnificencia del salón, es que se ha preparado en el edificio de “La Tabacalera Mexicana,” que, siendo una de las industrias más vigorosas del país, ha podido seguir una vida sin interrupción, sin registrarse, al decir de mi memoria, una sola huelga en los últimos años.

Al referirme al señor Zetina, designado para ofrecerme este banquete, es porque tengo la creencia de que es uno de los industriales de mayor potencialidad en este país que ha sabido encontrar desde hace mucho tiempo, con medios adecuados, la resolución, para otros muy difíciles, del problema que ha dado en llamársele del capital y el trabajo.

Quiero aprovechar la oportunidad que se me brinda esta noche, para aceptar con entusiasmo el esfuerzo que ofrecen cada uno de los aquí reunidos, que representan a todos los hombres de trabajo de la República, para cooperar en la reconstrucción nacional con el Gobierno que apenas se inicia.

Nosotros creemos que la manera más eficaz de lograr la reconstrucción nacional, es dando toda clase de facilidades y seguridades a los hombres de capital y de acción, para que inicien desde luego el desarrollo de nuestras riquezas naturales, sin descuidar, por supuesto, los justos anhelos de mejoramiento económico que tienen todas nuestras clases trabajadoras, y a los cuales tienen también derecho.

Al hablar de las justas aspiraciones, me refiero a todo aquello que se manifieste dentro de los límites de la equidad y de la justicia, y que recibirán también todo el apoyo del Gobierno que ahora se inicia.

No ignoramos nosotros, que diez años de lucha intestina han segado muchas fuentes de riqueza y han abierto muchas fuentes de egresos; no ignoramos que esta situación creada por la Revolución misma ha traído como consecuencia lógica una vida raquítica y difícil en muchas de nuestras industrias y negocios; pero todos anhelamos y creemos fundadamente que esta situación tiene que ser transitoria con el advenimiento de la paz; con esa paz que anhelan todos los hombres de acción para volver al campo de la actividad, y sentimos ya una afluencia de capital de todas partes del mundo que viene a cooperar en concierto armonioso a la reconstrucción nacional, al desarrollo de nuevas industrias, a la explotación de nuevas riquezas, y que podrá dar margen al Gobierno para reducir sus egresos y aligerar la pesada carga que gravita sobre el Erario, y que ha quedado durante la lucha intestina.

Muchos han tenido que ser los sacudimientos políticos que ha sufrido nuestro país para que hayan, por fin, llegado al poder hombres que, sin que esto se interprete como orgullo nuestro, llegamos con la frente levantada, sin manchar nuestras conciencias ni manchar nuestras manos en el tesoro público.

Muchos de nosotros carecemos de la preparación necesaria para una carga tan ardua como la que pesa sobre nuestras espaldas; pero creo que bien podremos compensar esa falta de preparación con las energías manifiestas durante la lucha y con la honradez de todos o de la mayor parte de los hombres que están al frente de la administración pública.

Esperamos, pues, la cooperación de todos y cada uno de los hombres de trabajo de la República, esperamos esa cooperación franca y eficaz, haciendo votos por que cada uno se dé cuenta de la época en que vivimos, y si alguien tiene todavía prejuicios y dictados del egoísmo los haga a un lado para entrar de una manera franca al amparo de la actividad, procurando que la justicia al obrero y al trabajador se haga en su propio taller y en su propia fábrica, sin necesidad siquiera de las autoridades.

Si logramos obtener ese contingente de todos los hombres de acción, es indudable que nuestra carga se aligerará y que la podremos cumplir con mayor eficacia, es decir, con menos deficiencia, porque de lo contrario, tendremos que estar sujetos a los vaivenes que produce el continuo jugar del capital y el trabajo.

Voy a terminar, señores, haciendo votos por que en lo sucesivo cada uno de nosotros reconozca como único juez, su deber, que es nuestra conciencia misma, y que la justicia sea impartida de los de arriba a los de abajo, sin el contacto de la ley ni de las autoridades.

El Gobierno procurará buscar el equilibrio de esas dos fuerzas, pero jamás prejuzgará ni se colocará frente de una para combatir o para destruir a la otra, pues no creo que sea tarea de un Gobierno ahondar las dificultades que han empezado a manifestarse entre los trabajadores y el capital, sino que la tarea más noble del Gobierno es acabar con esas deficiencias y encontrar la manera de cooperar en un concierto armonioso a la reconstrucción nacional.

Fuente:

Discursos del General Álvaro Obregón. Biblioteca de la Dirección General de Educación Militar. México, 1932. Dos tomos. Primera parte. Discursos de 1915 a 1923. 410 pp. Páginas 327 a 333.